David y Jorgelina llegaron a Ibiza a bordo del avión privado de la compañía. Apenas descendieron por la escalerilla, una brisa tibia y salada les dio la bienvenida. El cielo estaba despejado y, aunque todavía era marzo, el sol de la isla parecía anunciar una primavera anticipada.
Jorgelina bajó con una sonrisa radiante y una energía que difícilmente podía atribuirse únicamente a las copas de champán que había bebido durante el vuelo.Había pasado buena parte del trayecto conversando con su jefe. Al principio sobre asuntos de trabajo: correspondencia pendiente, reuniones, documentos que debían revisarse antes de regresar a Madrid. Después, cuando David dio por terminados los asuntos urgentes, la conversación se volvió más distendida.
David Canarias resultaba mucho más encantador de lo que ella había imaginado. Jorgelina quizá no lo habría admitido en voz alta, pero comenzaba a sentirse peligrosamente atraída por él. No se trataba únicamente de que fuera un hombre extraordinariamente guapo, con aquella sonrisa fácil que parecía quitarle años y unos modales que nunca perdía, ni siquiera cuando estaba irritado. Era también su inteligencia, la seguridad con la que tomaba decisiones y aquella capacidad casi desconcertante para encontrar soluciones donde otros solamente veían problemas.
Le gustaba escucharlo hablar de negocios pero le gustaba todavía más cuando le pedía su opinión. Pero, sobre todo, le gustaba saber que David confiaba en ella.
En muy poco tiempo había dejado de ser la muchacha que atendía llamadas, preparaba café y mecanografiaba correspondencia para convertirse en una pieza indispensable de su rutina. Había resultado ser una empleada excepcional.
Organizaba con precisión, poseía un sorprendente don de mando y tenía la habilidad de anticiparse a los problemas antes de que alguien tuviera que señalarle su existencia. Sabía distribuir tareas, tratar con proveedores difíciles y conseguir que una jornada repleta de compromisos transcurriera sin mayores contratiempos. Tomaba dictados con rapidez y exactitud, llevaba una agenda impecable y se defendía en inglés, idioma que, según había explicado, aprendió mientras trabajaba rodeada de extranjeros.
David, que valoraba la eficiencia por encima de cualquier otra cualidad profesional, no tardó en darse cuenta de que estaba desperdiciando sus capacidades limitándola a labores de oficina, por eso la había nombrado su asistente personal.
Jorgelina se había tomado el ascenso con una seriedad casi solemne, que no tardó en presumirlo a sus otros colegas. Aquella cercanía alimentaba su orgullo. Había ocasiones en que, al verlo entrar en una sala y buscarla inmediatamente con la mirada para pedirle un documento o confirmar una cita, Jorgelina experimentaba una satisfacción difícil de disimular. Le gustaba imaginar que ocupaba un lugar especial en su vida, que compartían una complicidad que los demás empleados no podían comprender.
Casi como si fuera su esposa. Aunque, por supuesto, David se encargaba de recordarle constantemente que ese lugar ya pertenecía a otra mujer. Alegra aparecía en todas sus conversaciones.
En las largas jornadas de trabajo, cuando David miraba el reloj y anunciaba que debía marcharse porque había prometido cenar con ella. En las llamadas que hacía desde el despacho para preguntarle cómo se encontraba. En los pequeños comentarios que surgían sin venir a cuento, como cuando veía algo en un escaparate y decía que a Alegra le encantaría, o cuando escuchaba una canción y recordaba que su mujer solía cantarla.
Incluso durante el vuelo había hablado de ella.
Jorgelina había aprendido a sonreír y escuchar; después de todo, Alegra era la señora Canarias. Por ahora, al menos, disfrutaba de la posición que había conseguido.
Al bajar, un automóvil los esperaba a la salida del aeropuerto. David había dispuesto que otro vehículo quedara a su servicio durante su estancia, aunque esperaba no necesitarlo más de un día.
Se acomodó en el asiento trasero y abrió la cartera de documentos que llevaba consigo.
—Te quedarás en el Hotel Villa Canarias —le informó mientras revisaba unos papeles—. Mañana mandaré al chófer a recogerte. Tenemos que salir temprano.
Jorgelina, que acababa de acomodarse junto a él, volvió la cabeza.
—¿Cómo? ¿No se quedará usted allí?
David levantó la mirada y con una sonrisa ladeada le contestó.
—No. Tengo casa en Ibiza, Lina. ¿Por qué habría de quedarme en un hotel?
Lo dijo con naturalidad, aunque había en su respuesta una firmeza suficiente para recordar que aquel viaje no era por placer, sino por negocios.
—Claro, señor Canarias. Disculpe. No lo había pensado.
David cerró la cartera. El auto se puso en marcha y salieron del aeropuerto. Jorgelina volteó hacia la ventana y comenzó a observar el paisaje.
—Es una lástima que pase el día solo, señor —se atrevió a decir.
David se aflojó la corbata y se la quitó de un tirón.
—¿Quién dice que estaré solo? Tengo a mis amigos y mi madre está pasando unos días aquí, así que aprovecharé para quedarme con ella. Hace tiempo que no tenemos oportunidad de estar juntos.
—Qué agradable —respondió Jorgelina, recuperando la sonrisa—. Debe de estar encantada de verlo.
—Todavía no sabe que he venido.
David sonrió ligeramente.
—Espero que no haya organizado nada para esta noche, porque pienso invitarla a cenar.
Jorgelina soltó una pequeña risa.
—Estoy segura de que encontrará tiempo para usted.
—Eso espero.
El automóvil redujo la velocidad hasta detenerse a un costado de la carretera. Jorgelina levantó la mirada, sorprendida. No habían llegado al hotel y, hasta donde podía ver, tampoco se encontraban frente a ninguna residencia.
El chófer apagó el motor, descendió sin decir palabra y rodeó el vehículo para abrir la puerta de David.
Este guardó los documentos en su cartera y salió con la naturalidad de quien había llegado exactamente adonde quería.
—¿Señor? —preguntó el conductor, esperando instrucciones.
—Lleva a la señorita al hotel. Te llamaré desde el Paraíso cuando necesite que vengas a recogerme.
—Sí, don Canarias.
Jorgelina miró a través de la ventanilla. A un lado de la carretera se extendía una vereda estrecha, bordeada de árboles y vegetación. No distinguía ningún edificio cercano, mucho menos un establecimiento donde su jefe pudiera celebrar una reunión.
—¿Señor Canarias?
David se inclinó ligeramente hacia el interior del automóvil.
—¿Sí, Lina?
—¿Vamos a bajar aquí?
Ella ya había comenzado a recoger su bolso y la carpeta que llevaba sobre las rodillas, pero David la detuvo con un gesto de la mano.
—No te necesito, Lina. Ve al hotel y descansa. La compañía cubrirá todos tus gastos.
—Pero, señor, pensé que debía acompañarlo a sus reuniones.
—Y así será cuando te necesite.
No había brusquedad en su voz. David seguía siendo tan amable como de costumbre, aunque aquella vez no parecía dispuesto a dar explicaciones.
—Tengo un asunto personal que atender antes de ir a casa de mi madre —añadió—. No tardaré demasiado.
—Podría esperarlo aquí.
David negó con la cabeza.
—No es necesario. Has trabajado durante todo el vuelo y mañana tendremos un día bastante ocupado. Aprovecha para descansar.
—Pero…
—Lina.
Bastó con que pronunciara su nombre para que ella guardara silencio.
David le dedicó una sonrisa breve.
—Nos vemos mañana.
—Sí, señor Canarias.
Él se enderezó y cerró la puerta.
El chófer regresó a su asiento, pero Jorgelina permaneció inmóvil, observando por la ventanilla.
David se acomodó la chaqueta, miró a ambos lados de la carretera y comenzó a caminar hacia la vereda. Llevaba únicamente su cartera de cuero. En pocos segundos se había alejado lo suficiente para que las ramas de los árboles comenzaran a ocultarlo.
Jorgelina frunció el ceño.
—¿Adónde va? —preguntó al conductor.
El hombre miró brevemente por el retrovisor.
—Tiene un asunto personal, señorita.
—Eso ya lo escuché. Me refiero a por qué ha querido bajar aquí.
—No sabría decirle.
—¿Y siempre hace esto?
—¿El qué, señorita?
Jorgelina soltó un suspiro impaciente.
—Desaparecer en mitad de una carretera.
El chófer no respondió inmediatamente.
—Don David conoce muy bien la isla. Estará bien.
Aquello fue todo.
El motor volvió a ponerse en marcha y el automóvil avanzó lentamente.
Jorgelina giró la cabeza para mirar una última vez hacia la vereda, pero David ya había desaparecido.
Bufó, molesta, y se recostó contra el asiento.
****
—¡Eh, macho!
David reconoció la voz de Tristán antes de distinguirlo entre las rocas.
Su amigo lo esperaba a la orilla de la playa, sentado sobre una de las grandes piedras que bordeaban el camino. Tenía las mangas de la camisa remangadas, el cabello revuelto por la brisa y un cigarrillo entre los dedos. A su espalda, el Mediterráneo se extendía tranquilo bajo la luz de aquella tarde de marzo.
Por un instante, David sintió el impulso de echar a correr hacia él, como habría hecho cuando eran unos críos y llevaban semanas sin verse. Pero ya no tenían doce años y, además, Tristán jamás le permitiría olvidar semejante demostración de entusiasmo.
Así que se limitó a sonreír y continuó caminando con las manos en los bolsillos.
Tristán dio una última calada al cigarrillo y expulsó el humo lentamente. Después lo apagó contra la misma piedra de siempre, aquella que había sido testigo de innumerables conversaciones, confidencias y travesuras desde que ambos eran niños.
—¡Pero mírate! —exclamó, incorporándose y extendiendo los brazos—. Ven acá, hombre, que ya ni recuerdo tu cara.
—¡Para, Tristán! —protestó David, sintiendo que se le encendían las mejillas.
—¿Qué pasa? ¿Ahora te da vergüenza abrazar a tus amigos?
—Me da vergüenza que montes semejante espectáculo.
—Ah, claro. Lo había olvidado. Ahora eres un hombre importante.
Tristán hizo una exagerada reverencia.
—Don David Fernando Canarias Donato, distinguido empresario y flamante fundador de LACAN. ¡Qué honor tenerlo nuevamente entre nosotros!
David soltó una carcajada.
—Eres un idiota.
—Un idiota que se alegra muchísimo de verte.
Tristán le dio un fuerte abrazo antes de que pudiera seguir protestando.
David terminó correspondiéndole con la misma fuerza.
Durante unos segundos, el tiempo pareció retroceder. Volvieron a ser aquellos dos muchachos que se escapaban de sus casas para encontrarse junto al mar, convencidos de que los problemas de los adultos jamás llegarían a alcanzarlos.
Cuando se separaron, Tristán le dio un par de palmadas en la espalda.
—Oye… —comenzó, bajando la voz—. Tu madre me contó lo del bebé.
David dejó de sonreír.
—Ah.
Tristán se pasó una mano por el cabello.
—Lo siento muchísimo, macho. De verdad.
David asintió.
—Gracias.
Hubo un silencio breve.
El sonido de las olas llenó el espacio entre ambos.
—¿Cómo está Alegra?
David miró hacia el mar.
—Mejor, creo. Hay días buenos y días malos.
—Me imagino.
—Todavía se asusta cuando sale sola. Y por las noches… —Se interrumpió y negó ligeramente con la cabeza—. No está siendo fácil.
Tristán lo observó con preocupación.
—¿Y tú?
David tardó un momento en contestar.
—Estoy bien.
—No te he preguntado eso para que me mientas.
David soltó una risa sin humor.
—Entonces no sé qué quieres que te diga.
Tristán bajó la mirada hacia la arena.
—Nada, hombre. No tienes que decirme nada.
Se quedaron callados un instante.
Después Tristán, quizá buscando alguna forma de consolarlo, añadió:
—Pero bueno… ya sabes lo que dicen los mayores. Sois jóvenes. Tenéis toda la vida por delante.
David cerró los ojos y dejó escapar un suspiro.
—Estoy harto de escuchar eso. Que somos jóvenes. Que tenemos tiempo. Que ya vendrán otros hijos. —David apretó la mandíbula—. Todo el mundo parece creer que eso debería consolarnos.
—Lo sé.
Su respuesta fue inmediata, aunque no consiguió disimular el cansancio que había en ella.
—Sé que lo dices con buena intención. Todos lo hacen. —Se pasó una mano por el rostro—. Pero no quiero pensar en los hijos que podríamos tener dentro de cinco años. Ni en los que quizá lleguen el próximo verano. Quiero a los que perdimos.
Tristán guardó silencio. David dejó su saco sobre una roca, y ambos se sentaron sobre ese tronco viejo que hace años habían colocado ahí como asiento exclusivo.
—A veces… —dijo David serio—. Me da la impresión de que nunca llegaremos a tener hijos.
—Venga… no digas eso. Uno de los dos debe multiplicarse y juro que no seré yo. Primero me corto los cojones antes de tener un hijo con Bego.
David miró a su amigo y, por un instante, recordó todas aquellas conversaciones que habían tenido cuando eran apenas unos chiquillos.
Solían hablar del futuro con la despreocupación de quienes todavía no conocen el peso de las responsabilidades. Imaginaban que algún día se casarían, tendrían hijos y continuarían reuniéndose en aquella misma playa, mientras los pequeños corrían entre las rocas y construían castillos de arena.
Los hijos de Tristán lo llamarían tío David, y los suyos, tío Tristán.
Habían llegado incluso a discutir quién sería el padrino de quién y cuál de los dos terminaría teniendo la familia más numerosa. David siempre ganaba aquella discusión. Quería siete hijos, tres niñas y un niño.
Tristán se burlaba de él, asegurándole que tendría que construir otra casa para meterlos a todos, pero David insistía en que no le importaba. Él había crecido tan solitario a pesar de tener una hermana mayor, así que deseaba una casa llena de risas, de carreras por los pasillos, de dias enteros en la playa y que se pelearan por sentarse sobre sus rodillas.
Después, Tristán se había visto obligado a comprometerse con Begoña, y aquellas fantasías infantiles fueron perdiendo espacio entre las obligaciones de sus respectivas familias.
David, sin embargo, nunca había renunciado del todo a ellas. Cuando conoció a Alegra volvió a imaginarlas, solo que esta vez las tres niñas y el niño llevaban los ojos de su esposa.
Bajó la mirada hacia sus manos. Había querido siete hijos y ya había perdido dos. Dos pequeños a los que nunca podría enseñarles a nadar en aquellas aguas, ni llevar de la mano por los senderos de Ibiza, ni presentarles al hombre que había sido su mejor amigo desde la infancia.
—Es solo un pensamiento… —murmuró después de un largo silencio.
Tristán volvió la cabeza hacia él. David contempló el mar y respiró profundamente.
—Todavía tengo esperanza de que Alegra y yo seremos padres.
No lo dijo con la seguridad de quien conoce su destino, sino con la cautela de alguien que había aprendido que desear algo con todas sus fuerzas no bastaba para conservarlo.
—Lo seréis —afirmó Tristán.
David sonrió apenas.
—Eso espero.
—Y el crío se parecerá a ella, por supuesto.
David levantó una ceja.
—¿Por qué por supuesto?
—Porque Alegra es preciosa y tú eres feo. Sería una desgracia que heredara tu cara.
David soltó una carcajada inesperada.
—¡Serás imbécil!
—¡Hombre, alguien tenía que decírtelo! Tu mujer es demasiado buena para hacerlo.
—Pues para ser tan feo, nunca me fue mal con las mujeres.
—Porque tenías dinero, Canarias. No confundas las cosas.
David le dio un empujón con el hombro. Tristán rio y estuvo a punto de perder el equilibrio sobre la piedra.
—¡Ten cuidado, animal! ¡Que esta camisa es nueva!
—Entonces no me insultes.
—¿Insultarte? ¡Si estoy velando por el futuro de tus hijos! Con un poco de suerte heredarán la belleza de su madre y la fortuna de su padre.
—¿Y de mí no heredarán nada más?
Tristán fingió meditarlo.
—Bueno… quizá esa cabezonaría tuya. Aunque espero que no, por el bien de Alegra.
David volvió a reír y Tristán, satisfecho de haber conseguido arrancarle aquella carcajada, se permitió sonreír también.
—¡Venga, ya! Basta de sentimentalismos —exclamó David, incorporándose un poco sobre la rama—. Ahora cuéntame todo lo que sabes de Nicolás Castillo.