Fragmento del diario de Alegra.
-22 de enero de 1971-
Este embarazo va a matarme.
Lo escribo con cariño, por supuesto, pero hay días en los que verdaderamente siento que será así.
Tengo muchísimas náuseas y unos dolores de cabeza que aparecen cuando menos los espero. Sé que son las molestias normales de los primeros meses y el médico dice que todo marcha como debe, pero nadie me había advertido que podían sentirse con tanta intensidad. A veces termino tan mareada después de devolver el estómago que tengo que sentarme en el suelo del baño porque siento que voy a desmayarme.
Y los olores. ¡Dios mío, los olores!
Todo me molesta. El café, algunos perfumes, la comida cuando comienza a cocinarse. Ayer tuve que salir de la cocina porque el olor de los huevos me revolvió tanto el estómago que David terminó desayunando solo. Lo peor es que una hora después tenía tanta hambre que me comí casi todo el pan que había en casa.
Mi suegra asegura que pronto pasará. Me ha dado algunos de esos remedios que conocen las madres y las abuelas para aliviar las náuseas y está pendiente de que coma, descanse y no intente hacer demasiado.
David es peor.
Creo que si pudiera envolverme en algodón y dejarme sobre la cama durante los próximos meses, lo haría. Entiendo que tenga miedo, yo también lo tengo. Pero tampoco me pueden mantener quieta todo el día, no estoy acostumbrada.
Como el médico dice que todo está bien, ¿por qué no podría continuar con mis actividades? Sobre todo ahora que empiezo a tener responsabilidades importantes dentro de la fundación y que David está a punto de fundar su empresa.
Todo va bien. Tengo fe en que seguirá siendo así.
Desde que mi suegra está en Madrid he empezado a acercarme mucho más a Dios. Ainhoa es una persona profundamente espiritual. Me está enseñando a rezar el rosario y vamos juntas a misa con frecuencia. A veces me sorprende la tranquilidad con la que vive su fe. No parece recurrir a Dios solamente cuando necesita algo, como he hecho yo tantas veces para ella está presente todos los días, tanto en las cosas buenas como en las malas.
Hace unos días me habló de su hija. Me dijo David que no suele hacerlo, ni siquiera con él porque es una herida permanentemente abierta.
Me contó que, cuando la perdió, hubo días en los que creyó que no sería capaz de continuar. Me dijo que ninguna madre está preparada para enterrar a un hijo y que durante mucho tiempo se preguntó por qué Dios había permitido que aquello sucediera.
«No encontré una respuesta», me confesó. Creo que eso fue lo que más me sorprendió. Esperaba que me dijera que su fe le había explicado el motivo, que con los años había comprendido algún propósito que entonces no podía ver. Pero no.
Me dijo que su fe no le dio respuestas sino algo a lo que aferrarse mientras aprendía a vivir sin ellas. Fue lo que la mantuvo cuerda, según sus propias palabras. Lo que consiguió que permaneciera con los pies sobre la tierra cuando el dolor amenazaba con llevárselo todo.
Desde entonces he pensado mucho en eso. Yo también perdí un hijo, aunque apenas supiera que estaba dentro de mí. Y ahora que llevo otro creciendo en mi vientre, creo que una parte de mí continúa buscando garantías de que esta vez nada malo sucederá.
Pero quizá la fe no funcione así. Quizá creer no significa estar segura de que nunca ocurrirá nada malo. Quizá significa confiar incluso cuando no puedo estar segura.
Todavía estoy aprendiendo. Me equivoco contando las cuentas del rosario, olvido algunas oraciones y Ainhoa tiene que indicarme en voz baja qué sigue; me dice que Dios no lleva la cuenta de mis equivocaciones.
Creo que me gusta rezar con ella. Me da paz. Y últimamente la paz es algo que necesito aprender a aceptar sin preguntarme cuánto tiempo durará.
***
Febrero entró como una ráfaga de viento que no sólo sacudió las copas desnudas de los árboles de Madrid, sino también las vidas de Alegra y David.
El día que habían esperado durante meses finalmente había llegado. Era 9 de febrero de 1971 y, en apenas unas horas, Empresas LACAN sería presentada oficialmente ante el mundo empresarial.
Para David Canarias aquella fecha significaba mucho más que la fundación de una compañía. Con apenas veinte años, estaba a punto de convertirse en uno de los empresarios más jóvenes de su familia en fundar una empresa desde cero. Una compañía nueva, con una visión propia y, sobre todo, nacida de una decisión que él mismo había tomado.
Y, sobre todo, lo hacía junto a Alí Lafuente. Un apellido que llevaba décadas relacionado con el dinero y el poder. Un banquero que confiaba tanto en él que asumiría el riesgo.
Alí confiaba en él no sólo para hacerlo más rico, algo que, como se había encargado de recordarle, ya sabía hacer perfectamente, sino para llevar el apellido Lafuente a un terreno diferente.
Para construir algo que pudiera sobrevivirlos a ambos.
Y aquella mañana, por primera vez, dejó de ser solamente una idea.
La firma se realizó poco antes del mediodía, en uno de los salones privados elegidos para la ocasión. No fue un acto multitudinario. La parte verdaderamente importante ocurrió alrededor de una mesa, frente a abogados, representantes y algunos testigos, con varios documentos perfectamente ordenados esperando las firmas que terminarían de dar vida a la nueva sociedad.
David permaneció de pie unos instantes antes de ocupar su lugar.
Alegra estaba a su lado.
No había querido separarse de él aquella mañana. Llevaba un vestido elegante que comenzaba a insinuar apenas su embarazo y una sonrisa que parecía imposible de borrar desde que habían salido de casa.
David la miró antes de sentarse y ella le apretó suavemente la mano. Después, vio los documentos que estaban frente a él y por un segundo contempló el espacio reservado para su nombre.
David Fernando Canarias Donato.
—¿Qué esperas muchacho? —preguntó Alí, mientras tomaba la pluma y firmaba bajo su propio nombre
Le dio la pluma a David y él puso su firma con tanta firmeza que la tinta brilló más que nunca.
Y, con dos trazos de tinta, aquello que había comenzado con dos apellidos garabateados sobre una hoja se convirtió oficialmente en una empresa.
LACAN.
Alegra fue la primera en aplaudir.
David levantó la vista hacia ella y su sonrisa terminó por romper toda la solemnidad que había intentado mantener durante la firma. Estaba feliz. Pero verla a ella tan orgullosa hizo que, por primera vez aquella mañana, se permitiera estarlo de verdad.
Él se acercó a su oído y, mientras deslizaba una mano sobre su vientre, le murmuró:
—Este es el comienzo de una nueva vida para los dos. —Hizo una pausa y la miró—. Voy a darte el mundo, como te lo prometí.
Alegra se mordió el labio, intentando contener las lágrimas.
—Ya me lo diste —susurró.
David sonrió.
Ella cubrió con su mano la que él mantenía sobre su vientre. Durante unos segundos permanecieron así, ajenos a los abogados, los documentos y las personas que los rodeaban. David besó la sien de Alegra antes de apartarse y regresó a su lugar.
Alí se puso de pie y lo invitó a hacer lo mismo. Los dos hombres quedaron frente a frente. Había algo simbólico en aquella imagen. Alí Lafuente, con décadas de experiencia y un apellido consolidado en el mundo financiero, frente a David Canarias, que apenas acababa de cumplir veinte años y tenía prácticamente toda su vida profesional por delante.
Alí extendió la mano y David la aceptó. El apretón fue firme y decidido.
—Por el inicio de una gran empresa —dijo Alí.
David sostuvo su mirada.
—Por hacerla inolvidable.
Una sonrisa apareció en el rostro del banquero.
—Eso espero, Canarias.
Las cámaras captaron el instante. Uno que quedó registrado ante los ojos de toda España.
***
Alegra paseaba del brazo de David entre los invitados mientras él estrechaba manos, recibía felicitaciones y la presentaba con un orgullo que todavía conseguía hacerla sonrojar.
—Mi esposa, Alegra.
Repetía constantemente mientras ella sonreía y saludaba.
—Un gusto, Alegra de Canarias —respondía.
Todos estaban allí, todos. Ninguno de los antiguos socios y colaboradores de David Tomás Canarias había faltado a la convocatoria de Alí Lafuente y aquello, por si solo, decía mucho más de lo que David Fernando había querido admitir.
Algunos recibían a Alegra con curiosidad y enseguida terminaban contándole anécdotas de su marido.
—Yo conocía a David cuando apenas llegaba a la altura de esta mesa —aseguró uno de ellos.
—Su padre lo llevaba a todas partes. David pasó más tiempo en el mundo de los negocios que en el jardín infantil —bromearon.
David se rió.
—Claro no.
—Es verdad, señora Canarias, lo sentaban en una esquina y te ordenaban que no hablaras. Pero el niño cuestionaba a su padre todo, es por eso que ahora está aquí, labrando su propio futuro en los negocios.
—Señor González… —habló David entre risas.
—¿O lo vas a negar? —insistió.
—¡Déjenme pasar! —se escuchó una voz.
Las conversaciones se interrumpieron poco a poco y todos se volvieron hacia las puertas del salón, donde un hombre discutía con uno de los empleados que intentaba impedirle el paso.
David reconoció la voz incluso antes de verlo. Él se puso serio, el ambiente cambió y todos guradaron silencio. Alí Lafuente, caminó antes que todos hacia la puerta.
—No puede entrar, señor. Su nombre no aparece en la lista de invitados.
—Me importa una mierda la lista —gritó—. Quítese de en medio.
David se soltó del brazo de Alegra y se adelantó a Alí.
—Yo lo veo —le comentó.
—¡Hijo de puta! —gritó Gastón mientras veía como David se acercaba—. ¡ERES UN HIJO DE PUTA!
Dante, su hermano, venía atrás de Gastón. La mirada de David y la de él se cruzaron y supo que no había podido hacer nada para evitar este encuentro.
—Déjelo pasar… —ordenó David.
—Pero señor Canarias… —dijo el hombre que resguardaba la puerta.
—Sólo hazlo…
Dos hombres que agarraban a Gastón, lo soltaron al instante y él se acomodó el sacó y manotéo para que se alejaran.
—Imbéciles —murmuró.
David se acercó y ambos quedaron frente a frente.
—¿Señor Canarias? —dijo, en forma de burla.
Después Gastón alzó la vista y vio a todos los invitados.
—Vaya —soltó con una risa seca—. Ahora entiendo por qué nadie apareció.
David permaneció inmóvil.
—Gastón… —pronunció su nombre con firmeza.
—Todos… —continuó él, recorriendo el salón con la mirada —. Absolutamente todos.
Entonces, Alí apareció entre los invitados con una serenidad que sorprendió a todos. Gastón, al verlo, cambió su expresión de burla por una más neutra.
—Buenos días, señor Gastón.
—Usted… —contestó Alí.
—¿Yo? —contestó, arqueándo una ceja.
—Hijo de las mil putas.
—Cuidado con lo que dices, Gastón —lo defendió David, colocándose entre los dos.
—Así que éste es vuestro plan —continuó—. Bonita forma de inaugurar una empresa, primo. Robando los socios de la tuya.
David frunció el ceño.
—¿De qué estás hablando?
—No te hagas el imbécil, conmigo no funciona. Sabías que hoy teníamos el almuerzo anual. —Gastón señaló a su alrededor, cada vez más alterado—. Sabes perfectamente que siempre se celebra por estas fechas y escogiste este día a propósito.
Alí estuvo a punto de intervenir, pero David se adelantó.
—¿Qué hice a propósito? ¿Fundar mi empresa? ¿Tengo que pedirte permiso para eso o revisar tu agenda antes de fijar una fecha?
—No tergiverses las cosas.
—No estoy tergiversando nada.
—¡Invitaste a mis socios!
David soltó una risa breve, incrédula.
—¿Tus socios?
La pregunta hizo que algunos de los hombres presentes intercambiaran miradas.
—Sabes perfectamente a qué me refiero.
—No, Gastón. Lo que sé es que ninguno de los hombres que está aquí me pertenece. Ni a mí ni a ti. Son empresarios capaces de decidir dónde quieren estar.
—Los obligaste a elegir.
—¿Y crees que yo elegí por ellos? —David abrió una mano, señalando el salón—. ¿Que los obligué a venir? ¿Que mandé un coche a buscarlos y los traje por la fuerza? Todos están aquí porque quisieron estar aquí.
Gastón apretó la mandíbula.
—¡SABÍAS LA FECHA!
David perdió finalmente parte de la serenidad.
—¡Y AUN ASÍ ESTÁN AQUÍ!
El silencio cayó de golpe.
La frase resonó con mucha más fuerza de la que David había previsto. Levantó tanto la voz que provocó que las esposas de varias socios saltaran.
Gastón se quedó en silencio e inmóvil tratando de procesar todo lo que estaba pasando. Pero es que, en realidad, no había nada que explicar. Ahí estaba el verdadero problema. No la fecha, ni las invitaciones y ni siquiera que Alí Lafuente estuviese ahí. Era la elección que habían hecho otros.
Gastón había organizado el almuerzo anual de Empresas Canarias confiando en que décadas de relaciones comerciales, costrumbre y lealtad al apellido bastarían para llenar las mesas. Era algo seguro por no decir tradicional.
Sin embargo, ahora todos se encontraban allí, con su primo, celebrando la apertura de una nueva empresa que llevaba el mismo apellido que la suya, pero que nacía con algo que Empresas Canarias había comenzado a perder: futuro.
David no necesitaba aquellos socios, pero Gastón sí, y estaba presenciendo cómo los perdía.
Gastón recorrió los rostros que lo rodeaban y, por primera vez desde que había irrumpido en el salón, pareció comprender la dimensión de aquella humillación.
—Mi padre hizo negocios con muchos de vosotros durante años —dijo, dirigiéndose ahora a los presentes—. Mi tío también. Empresas Canarias os dio contratos, rutas, oportunidades…
—Gastón —lo interrumpió David—. No hagas esto.
—¿Que no haga qué?
—Reclamar lealtades como si fueran deudas.
Aquello lo hizo volverse de inmediato.
—Qué fácil es decirlo cuando estás aquí aprovechándote del apellido que tanto dices haber rechazado.
David endureció el gesto.
—Nunca rechacé mi apellido.
—Rechazaste su empresa.
—Exactamente. La empresa. Pero no mi nombre. —David hizo una pausa y respiró hondo, obligándose a mantener la calma—. Entiendo la historia de Empresas Canarias. Sé lo que significa y sé perfectamente lo que mi padre hizo para mantenerla en pie. De eso no hay ninguna duda. Pero tú la querías y te la di.
Gastón soltó una risa cargada de desprecio.
—¿Ahora debo darte las gracias?
—No. No quiero tu agradecimiento. Simplemente decidí tomar otro camino. —David señaló discretamente el nombre de LACAN que presidía el salón—. Pero, al parecer, eso es precisamente lo que te molesta.
—¿Qué demonios estás diciendo?
—Que esperabas que fracasara.
Gastón dejó de sonreír.
David lo observó durante unos segundos y muchas cosas comenzaron a encajar.
Las burlas.
Los comentarios sobre su edad.
Las veces que Gastón había intentado hacerlo sentir como un niño jugando a ser empresario.
—Esperabas que, cuando renunciara a Empresas Canarias, descubriera que sin ella no era nadie. Que necesitaba el apellido de mi padre, su despacho, sus contactos y su dinero para hacer cualquier cosa por mí mismo.
—No te confundas. Todo lo que tienes sigue siendo gracias a tu apellido.
—Mi apellido me abrió algunas puertas. Nunca he negado eso. —David señaló a Alí—. Pero no obligó al señor Lafuente a hacerme su socio. Tampoco consiguió los contratos que he cerrado ni hizo el trabajo por mí.
Gastón apretó la mandíbula.
—Tienes veinte años, David.
—Y eso parece molestarte muchísimo.
La respuesta provocó algunas sonrisas discretas entre los presentes.
David dio un paso hacia él.
Esta vez bajó la voz.
Ya no necesitaba gritar.
—A ti no te molesta que haya dejado Empresas Canarias. Te molesta que haya descubierto que puedo vivir perfectamente sin ella. Que tengo los conocimientos y la capacidad para valerme por mí mismo sin depender de ti, de nuestros tíos ni de lo que mi padre dejó detrás.
—No tienes idea de lo que estás diciendo.
—Sí la tengo.
David se acercó un poco más.
—Lo que realmente te molesta es no tenerme cerca para esconder tu ineptitud detrás de burlas, provocaciones y comparaciones conmigo.
El rostro de Gastón cambió.
David lo vio.
Y supo que había acertado.
—Porque eso es lo que siempre hiciste, ¿verdad? —continuó—. Mientras yo fuera el niño, tú podías ser el hombre. Mientras yo fuera el heredero mimado, nadie tenía que preguntarse si tú eras realmente capaz. Mientras pudieras reírte de mí, no necesitabas demostrar que eras mejor.
—Cierra la boca.
—Pero ahora ya no estoy allí.
—He dicho que cierres la boca.
David no retrocedió.
—Y por primera vez tienes Empresas Canarias para ti solo.
Hizo una pausa.
—Sin mi padre.
—David… —murmuró Alegra, percibiendo que aquello empezaba a cruzar una línea.
Pero él terminó:
—Y sin mí.
Gastón sostuvo la mirada de su primo.
—Eso era exactamente lo que querías —añadió David—. Así que deja de venir a reclamarme cada vez que descubres que tener lo que querías no te convierte automáticamente en el hombre que creías ser.
El silencio se volvió incómodo.
David respiró hondo.
Había dicho suficiente.
Se apartó ligeramente y recuperó la compostura.
—Empresas Canarias es tuya, Gastón. —Su voz volvió a ser serena—. Ahora demuestra que sabes qué hacer con ella.
Gastón lo tomó bruscamente por el cuello de la camisa y lo jaló hacia él.
Un grito ahogado de sorpresa recorrió el salón.
Varias personas retrocedieron instintivamente. Las conversaciones desaparecieron por completo y, durante un segundo, sólo se escuchó el tintineo de una copa al ser depositada con demasiada rapidez sobre una mesa.
—¡David! —exclamó Alegra.
Su primer impulso fue acercarse, pero apenas dio un paso, Fátima Lafuente la sujetó con firmeza de la mano.
—No. Recuerda que estás embarazada.
Aquello consiguió detenerla. Fátima se colocó ligeramente delante de ella, sin soltarle la mano.
—Hay veinte hombres aquí que pueden separarlos. Tú no vas a hacerlo.
David ni siquiera había intentado apartar las manos de su primo. Gastón lo tenía sujeto por la camisa, tan cerca que podía sentir su respiración agitada.
—¿Eso es una amenaza? —preguntó entre dientes.
David sostuvo su mirada.
—Tómalo como quieras.
—¿Estás amenazando a Empresas Canarias?
—No. —David bajó la voz—. Si tú ves nuestra empresa como una amenaza, ése es tu problema.
Gastón apretó todavía más la tela.
—No juegues conmigo, David.
—El único que parece estar jugando eres tú.
—¿Qué has dicho?
—Mírate.
David inclinó apenas la cabeza hacia los invitados que los rodeaban.
—Has entrado sin invitación, has insultado a mi socio y ahora me tienes agarrado por la camisa delante de todos los hombres a los que esta mañana querías convencer de que eres capaz de dirigir una empresa.
Aquello hizo que Gastón parpadeara.
Por primera vez desde que había irrumpido en el salón, pareció darse cuenta de que todos los presentes lo estaban observando.
Dante, que no había intervenido durante toda la discusión, decidió entonces acercarse a su hermano. Hasta ese momento se había mantenido a cierta distancia, con las manos en los bolsillos y una expresión que no permitía saber de qué lado estaba.
—Vámonos, Gastón.
Gastón ni siquiera lo miró. Continuaba sujetando a David por la camisa.
Dante se acercó un poco más.
—Gastón… vámonos.
Gastón sostuvo la mirada de David unos segundos más antes de soltarlo con brusquedad.
David retrocedió apenas medio paso. Se acomodó el cuello de la camisa sin apartar los ojos de su primo.
Gastón hizo lo mismo con su saco, alisando las solapas como si aquel sencillo gesto pudiera devolverle parte de la dignidad que acababa de perder frente a todos.
—No tienes idea de lo que acabas de iniciar —le dijo entre dientes.
David lo miró con calma, pero no respondió.
No porque no tuviera nada más que decir. Podría haber continuado. Había demasiadas heridas viejas entre ambos y suficientes palabras acumuladas durante años como para prolongar aquella discusión hasta el anochecer.
Pero también sabía cuándo detenerse. Había aprendido que no todas las batallas se ganaban pronunciando la última palabra. Además, ya tendría tiempo para eso.
Gastón sostuvo su mirada unos segundos más antes de darse la vuelta. Dante lo siguió y ambos abandonaron el salón sin despedirse.
Las puertas se cerraron detrás de ellos.
Entonces ocurrió algo extraño. Todos los presentes parecieron respirar al mismo tiempo. Como si durante los últimos minutos el salón entero hubiese contenido el aliento y apenas entonces recordara que podía volver a hacerlo.
Alí observó a los presentes, levantó su copa y, con una naturalidad extraordinaria, anunció:
—¡Esto amerita champán!
Las carcajadas estallaron de inmediato provocando que la tensión se rompiera.
—¡Más champán! —ordenó Alí a uno de los camareros—. Y procure que esta vez nadie intente estrangular a ninguno de mis socios antes de que podamos brindar.
Las risas aumentaron y, poco a poco, las conversaciones volvieron a llenar el salón. Las copas comenzaron a circular otra vez, alguien pidió que retomaran la música y la presentación de LACAN recuperó el ambiente de celebración que había tenido antes de la irrupción.
David aprovechó el momento para regresar junto a Alegra. Ella no esperó siquiera a que llegara. Cruzó la poca distancia que los separaba y lo abrazó.
David la rodeó inmediatamente con los brazos.
—¿Estás bien? —preguntó ella.
—Sí. No te preocupes.
Alegra se apartó lo suficiente para observarlo. Le acomodó el cuello de la camisa que Gastón había arrugado y pasó los dedos por la tela con una delicadeza que contrastaba con lo ocurrido apenas unos minutos antes.
—Estoy bien —repitió David.
Ella asintió, aunque no parecía del todo convencida; besó su frente.
Después levantó la mirada y vio al otro lado del salón. Alí se encontraba ahí. El banquero sostenía una copa de champán mientras conversaba con dos empresarios. Sin embargo, en cuanto sus miradas se encontraron, una sonrisa apareció en su rostro.
David la reconoció.
Era la misma sonrisa que había visto meses atrás, cuando Alí le había propuesto dejar de trabajar para él y comenzar a trabajar con él. Era esa sonrisa satisfecha y calculadora.
David entrecerró los ojos. Lo había hecho a próposito; por su puesto que sí. El banquero tenía contactos, averiguar lo que quisiera, hacer lo que se le pagara la gana. No había duda que lo había puesto a prueba y David comenzaba a sospechar que los antiguos socios de su padre también.
Alí había querido saber qué haría cuando tuviera enfrente algo mucho más difícil que un balance, un proveedor enfadado o un contrato a punto de perderse. Su propia sangre.
Había colocado a David delante del pasado y esperado para descubrir si correría nuevamente detrás de él o sería capaz de mantenerse firme en el futuro que había elegido.
David negó ligeramente con la cabeza.
Viejo cabrón.
Como si hubiera podido escuchar sus pensamientos desde el otro extremo del salón, Alí levantó la copa hacia él.
Después golpeó suavemente una cucharilla contra el cristal.
—Señores.
Las conversaciones fueron apagándose. David sintió que Alegra buscaba su mano y entrelazó los dedos con los de ella.
—Creo que después de esta pequeña interrupción —continuó Alí, provocando algunas risas— nos hace falta terminar el brindis como corresponde.
Tomó aire.
—Hace algunos meses conocí a un muchacho que llevaba uno de los apellidos empresariales más antiguos de esta ciudad. Un apellido que ya tenía historia mucho antes de que él tuviera edad suficiente para comprender lo que significaba cargarlo.
David bajó ligeramente la mirada.
—Pudo vivir de él. Pudo conformarse con heredarlo. También pudo pasar el resto de su vida intentando demostrar que era digno de su padre.
Alí negó con la cabeza.
—Pero eligió algo bastante más difícil.
Miró directamente a David.
—Averiguar quién podía llegar a ser por sí mismo.
El salón quedó en silencio.
Alegra apretó su mano.
—Así que brindo por David Canarias Donato y por su futuro. —Alí elevó la copa—.Por el Canarias que será recordado.
Las copas se elevaron.
—¡Por David!
David levantó su copa.
—Por LACAN —contestó él, levantando la suya.
El salón respondió al unísono.
—¡Por LACAN! —respondieron.
David dio un sorbo a su bebida y esbozó una sonrisa. No había más que decir.