Paz.
Eso era justo lo que Alegra Bustamante había buscado durante toda su vida y, al parecer, era también lo más difícil de encontrar.
Había creído hallarla en Ibiza, en la casa de Mandy, en el aroma del mar al amanecer, en las largas jornadas de trabajo que la dejaban exhausta y, sobre todo, en los brazos de David. Pero la paz nunca permanecía demasiado tiempo a su lado.
Ella sabía, desde el primer beso que compartieron, que aquel romance era tan hermoso como peligroso. Por eso ambos habían aceptado vivirlo entre madrugadas, yates escondidos y despedidas discretas. No era la vida con la que soñaban, pero era la única que podían tener. Lo que nunca imaginó fue que la realidad los alcanzaría tan pronto.
Bastó una sola mirada de Dante Canarias para recordarles que los secretos no duran para siempre y que, a veces, un instante de felicidad basta para poner en riesgo todo aquello que más amas.
Lo que más le dolía no era que Dante los hubiera descubierto, sino el no saber qué responderle a David cuando le preguntó qué debía hacer. ¿Qué consejo podía darle? En su mente, la respuesta siempre había sido la misma: dejarla.
Era una solución dolorosa, cobarde quizá, pero también la más sencilla. Si ella desaparecía de su vida, David conservaría a su familia, las empresas y el futuro que todos esperaban de él.
Ella podía marcharse o continuar con su vida. Siempre lo había hecho no importando lo mucho que le dolía o si el corazón se le rompía. Ella estaba acostumbrada a resolverlo y a sufrirlo sola, sin molestar a los demás.
Aquel pensamiento despertó un recuerdo que llevaba años intentando enterrar.
—Tú siempre complicas las cosas, Alegrita… —le repetía Federico cada vez que algo salía mal—. Tienes el don de arruinarles la vida a los demás. Traes mala suerte.
“Alegra Mala Suerte.”
Así la llamaban sus hermanastros entre risas. Durante años ella intentó convencerse de que solo eran palabras crueles. Sin embargo, la vida, a veces, parecía empeñada en darles la razón.
Había tenido una familia y la perdió. Había tenido una madre amorosa y murió. Creyó haber encontrado un hogar y un trabajo que le gustaba en Gran Canaria y tuvo que huir de él. Ahora había encontrado el amor en Ibiza y, al parecer, debía dejarlo.
No cabía duda de que Federico tenía razón. Las personas que se involucraban con ella siempre terminaban pagando un precio. No iba a permitir que David también lo pagara.
Mientras se arreglaba para ir al Paraíso Club y después de meditarlo toda la mañana, la joven tomó una decisión: ella sería quién dejara a David. Alegra vio su reflejo en el espejo y y sonrió. Ya no era la misma mujer que había llegado a Ibiza semanas atrás. Ahora tenía el rostro más lleno, los ojos brillantes y una sonrisa que, por primera vez, aparecía con facilidad.
David había cambiado muchas cosas en ella y, precisamente por eso, la decisión que acababa de tomar le desgarraba el pecho.
Estaba enamorada de él de eso ya no tenía ninguna duda. Juntos habían imaginado una vida. Habían hecho planes, compartido sueños y hablado de un futuro que, aunque imposible, por unos instantes se había sentido al alcance de sus manos. El yate, su refugio, se había convertido en el testigo silencioso del nacimiento de aquel amor y, quizá, también sería el escenario donde terminaría.
Alegra bajó la mirada hacia el lavabo y dejó escapar una sonrisa triste.
—Era un amor que no podía ser… —murmuró para sí misma—. ¿Qué te hizo pensar que esta vez podías ganar?
Alegra, que había pasado toda una vida sobreviviendo, se había permitido creer que el destino, por una vez, podía estar de su lado. Sin embargo, ahora comprobaba que los cuentos de hadas no estaban escritos para mujeres como ella.
Se secó las lágrimas con el dorso de la mano, respiró hondo y volvió a retocar cuidadosamente el maquillaje frente al espejo. No quería que Mandy le preguntara qué ocurría, todavía no estaba preparada para explicarlo.
—¡Ale! ¡Es hora de irnos! —escuchó la voz de Mandy.
Ella dio un último suspiro y se obligó a sonreír frente al espejo, una vez más tendría que despedirse de alguien a quien amaba. Bajó la mirada y respiró hondo. Se preguntó cuántas veces podía romperse un corazón antes de dejar de sentir. Porque el suyo ya había sobrevivido a demasiadas despedidas.
***
La noche en el Paraíso Club estuvo especialmente movida. Coincidieron dos despedidas de soltero, un par de cumpleaños y la visita de un amigo de Tristán que provocó que el dueño brindara más de una vez.
Como era habitual, Mandy y ella antendieron a los clientes importantes y Alegra recibió buenas propinas. Sin embargo, poco después de la medianoche Tristán se marchó del club sin dar demasiadas explicaciones, dejando a Mandy al frente del negocio.
Ella no le dio importancia. No era la primera vez que Tristán desaparecía de aquella manera, aunque esta vez notaba que había algo distinto. Parecía preocupado o alterado. Ella supo que se enteraría más tarde.
Cuando el Paraíso Club cerró sus puertas y los últimos clientes abandonaron el lugar, Mandy se despidió de Alegra.
—Hoy no puedo más… Me voy directa a la cama.
—Descansa. Yo espero un momento.
Mandy sonrió con complicidad.
Entonces, Alegra esperó junto a la puerta, como hacía todas las madrugadas. Al principio no le preocupó la demora porque David solía retrasarse algunos minutos.Sin embargo, pasó el tiempo y la calle fue quedándose vacía. El rumor de las risas desapareció y solo quedó el sonido del mar golpeando suavemente el puerto.
Alegra levantó la vista. El cielo comenzaba a teñirse de un azul cada vez más claro, anunciando el amanecer. David no llegó. Ella sintió un vacío en el estómago.
No…
Dio un par de pasos hacia la calle, buscando el Mercedes negro que conocía de memoria pero no había nada. Ella tomó su bolsa con fuerza y comenzó a caminar hacia la casa de Mandy con una serenidad que ni ella misma comprendía.
Cuando llegó a su casa, encontró a Mandy sentada en la cocina con una taza de café entre las manos, al verla entrar, sonrió levemente.
—¿Todo bien? —preguntó.
Alegra asintió.
—Sí. Me iré a dormir, estoy cansada.
—Vale… Descansa.
Alegra entró en su habitación y cerró la puerta con cuidado. Al día siguiente le llegó la noticia. David se había marchado a Madrid.
Una respuesta
Noooo, yo creo que fue hablar con el papá