—¡Ya llegamos! —exclamó Mandy, emocionada, mientras el chofer bajaba para abrirles la puerta.

Mandy salió casi de un salto.

Alegra, en cambio, permaneció unos segundos más dentro del coche. Sacó el pequeño espejo que llevaba en el bolso y revisó por enésima vez su maquillaje. Estaba tan nerviosa que tenía la sensación de que el sudor le había corrido la máscara de pestañas.

—¡Vamos, Ale! —la apremió Mandy desde fuera.

—Voy… voy…

Guardó el espejo, respiró profundamente y aceptó la mano que le ofrecía el chofer. Al bajar, la falda de su vestido nuevo se desplegó alrededor de sus piernas. Había elegido uno de los vestidos que David le había enviado: largo, de un intenso color terracota con reflejos cobrizos, confeccionado en una tela ligera que caía suavemente hasta el suelo. La cintura ceñida resaltaba su figura y el escote en pico, elegante pero pronunciado, dejaba al descubierto parte del pecho. Las mangas eran largas y amplias, recogidas delicadamente en las muñecas, y se movían con cada uno de sus pasos.

Mandy había insistido en recogerle el cabello en un moño bajo, dejando un par de mechones ondulados alrededor del rostro. Unos pendientes dorados y un pequeño bolso de mano completaban el conjunto.

Alegra se alisó nerviosamente la falda.

—¿Estoy bien?

Mandy la miró de arriba abajo.

—No.

Alegra palideció.

—¿Qué?

—Estás espectacular.

—¡Mandy!

—¿Qué querías que hiciera? Estás tan nerviosa que necesitaba divertirme un poco.

Alegra le dio un pequeño golpe en el brazo.

—Casi me matas.

—Pues procura sobrevivir hasta que David te vea con ese vestido. Quiero verle la cara.

Aquello solo consiguió ponerla más nerviosa. Ahí estaba ella, en frente del edificio de los Canarias, esperándo por subir. 

—¿Y si no le gusto?

—¿A David?

—¡A su madre!

Mandy tomó su brazo y comenzó a caminar con ella hacia la entrada.

—Pues tendrá que acostumbrarse a ti.

—Mandy…

—Además, esa mujer te compró dos billetes de avión y nos metió en un hotel de cinco estrellas. Creo que ya tenemos una ligera ventaja.

Alegra soltó una risa nerviosa.

Ambas entraron en el elegante edificio y se dirigieron al ascensor. Un hombre uniformado las recibió en el interior.

—Vamos al piso de los Canarias —indicó Alegra.

—Última planta —respondió el ascensorista.

Las puertas se cerraron.

Mientras ascendían, Alegra observó con detenimiento el interior. Hasta el ascensor parecía demasiado elegante para ser simplemente un ascensor: madera oscura, detalles dorados, un pequeño espejo y una alfombra impecable bajo sus pies.

No pudo evitar preguntarse cuánto costaría vivir en un lugar como aquel.

—En realidad, los Canarias son los propietarios del edificio —comentó el ascensorista.

Alegra lo miró sorprendida. Por un momento tuvo la incómoda sensación de que aquel hombre podía leerle el pensamiento.

—¿De verdad?

—Sí, señorita. Pertenece a la familia desde hace años.

—¿Y todos viven aquí?

El hombre sonrió.

—No. Algunos pisos están alquilados. Principalmente a empresarios, diplomáticos y familias que pasan temporadas en Madrid. La familia conserva varios para su propio uso.

Mandy miró a Alegra con los ojos muy abiertos.

—¿Varios?

—Sí. La familia Santander tiene uno en la tercera planta. Lo utilizan cuando vienen a Madrid, en lugar de alojarse en un hotel. El señor Canarias y su esposa ocupaban las dos últimas plantas.

Alegra tragó saliva.

—¿Las dos?

—La penúltima contiene las habitaciones privadas, señorita. La última, los salones, el comedor, la biblioteca, el despacho y las terrazas.

Mandy se volvió lentamente hacia Alegra.

—Los Santander viven aquí… —murmuró, impresionada.

—¿Quiénes son los Santander? —preguntó Alegra.

Mandy abrió los ojos.

—¡Dios! ¿Cómo que quiénes son? Son los empresarios del vino. Tienen algunas de las mejores bodegas de España. —De pronto se volvió hacia el ascensorista—. ¿Romeo Santander está aquí?

El hombre sonrió con discreción.

—Me temo que no puedo darle información sobre nuestros residentes.

—Vamos… Solo quiero saber si está.

—El joven señor Santander se enfadaría bastante conmigo.

Mandy se mordió el labio, encantada.

—Entonces sí lo conoce.

El ascensorista no respondió, aunque su sonrisa lo hizo por él.

En ese momento el ascensor se detuvo.

Las puertas se abrieron.

—Hemos llegado.

Mandy se dispuso a salir junto con Alegra, pero el hombre levantó discretamente una mano.

—Disculpe, señorita. Por indicaciones de la señora Canarias, la señorita Amanda baja en esta planta.

Ambas se miraron.

—¿Cómo? —preguntó Alegra.

—La señora Canarias recibirá a la señorita Bustamante en el solárium.

—¿Sola?

—Así es.

Alegra sintió que el estómago se le hacía un nudo.

—Mandy…

—No. —Su amiga negó inmediatamente—. Ni se te ocurra poner esa cara.

Al otro lado de las puertas esperaba un mayordomo con una bandeja y una copa preparada.

—Señorita Amanda —la recibió—. La señora Canarias ha pedido que la atendamos mientras espera.

Mandy miró la copa.

Después al mayordomo.

Después nuevamente a Alegra.

—Creo que voy a estar bien.

—¡Mandy!

Su amiga se acercó y le habló al oído.

—Respira. No intentes impresionarla. Y por el amor de Dios, no le cuentes lo del yate.

Alegra abrió los ojos.

—¡Fuera!

Mandy soltó una risita y salió del ascensor.

—Suerte.

Las puertas se cerraron.

Alegra quedó sola con el ascensorista.

La cabina comenzó a subir nuevamente.

Un piso.

Nada más.

Pero a Alegra le pareció eterno.

Se miró rápidamente en el espejo y se acomodó un mechón de cabello.

—¿Puedo preguntarle algo?

—Por supuesto.

—La señora Canarias… ¿es amable?

El hombre la miró a través del espejo.

Alegra esperó.

—La señora Canarias es toda una señora.

Las puertas se abrieron, entonces. Una rafaga de aire cálido entró a la cabina provocando que Alegra subiera la mirada. Frente a ella ya no había otro pasillo, sino el cielo. 

El último piso se abría hacia un enorme solárium rodeado de plantas, macetas de barro y mobiliario de exterior. Madrid se extendía más allá de la terraza, bañada por la luz dorada de las últimas horas de la tarde. 

Alegra salió lentamente del ascensor y otro mayordomo la recibió con un gesto amable.

—Sígame, señorita Bustamante.

Ella asintió y caminó tras él.

A medida que avanzaban, el aroma de las flores comenzó a envolverla. Había macetas enormes, rosales, jazmines y pequeños árboles que convertían aquella terraza en una especie de jardín suspendido sobre Madrid.

Más adelante distinguió la silueta de una mujer. Ahí estaba: Ainhoa Donato de Canarias.

La madre de David se encontraba junto a la balaustrada, contemplando la ciudad. Vestía un sencillo pero impecable vestido negro, todavía de luto, y llevaba el cabello recogido en un delicado moño bajo. No lucía demasiadas joyas, apenas unos pendientes de perla que se balanceaban. Aun así, había algo en su porte que hacía imposible confundirla con cualquier otra persona.

—Señora Canarias —anunció el mayordomo con discreción—. La señorita Alegra Bustamante.

Ainhoa se volvió y Alegra olvidó en ese instante todo lo que había ensayado decirle.

—Gracias, Morris —respondió ella con una sonrisa.

El mayordomo hizo una ligera inclinación de cabeza y se retiró, dejándolas solas.

Alegra se quedó impresionada por lo joven que era la madre de David. Sabía que lo había tenido muy joven, pero aun así esperaba encontrarse con una mujer mayor. Ainhoa apenas aparentaba los treinta y tantos. Sin embargo, había algo en ella que contradecía aquella juventud. Se le notaba que ya había librado demasiadas batallas.

Ainhoa la observó durante unos segundos. 

—Así que tú eres Alegra Bustamante —dijo finalmente.

—Sí, señora Canarias.

Ainhoa sonrió.

—Por favor, dime Ainhoa.

—Claro… Ainhoa. —Le costó pronunciarlo. 

La mujer soltó una pequeña risa.

—Tranquila. No voy a examinarte. 

Alegra abrió los ojos.

—¿Se me nota mucho?

—Muchísimo.

Aquello consiguió que ambas sonrieran. 

Ainhoa la tomó suavemente del brazo y ambas comenzaron a caminar entre las plantas del solárium.

—Ahora, Alegra, cuéntame sobre ti.

Alegra sintió regresar parte de los nervios.

—¿Qué le gustaría saber?

—Todo.

—Eso puede tomar bastante tiempo.

—Tenemos tiempo… 

Alegra sonrió.

Comenzó por lo sencillo.

Le habló de Gran Canaria. De su padre, al que apenas recordaba, y de su madre, Vera. Le contó cuánto había trabajado para sacarla adelante y cómo, después de perderla, su vida había cambiado por completo. Habló de la escuela, de las buenas calificaciones que había conseguido mientras pudo estudiar y de todas las cosas que había tenido que aprender después fuera de las aulas.

No entró en todos los detalles.

Había recuerdos que todavía no podía compartir con nadie.

Ainhoa tampoco la presionó.

Simplemente caminaba a su lado y escuchaba.

—¿Y la música? —preguntó.

Aquello hizo sonreír a Alegra.

—La música llegó después.

Le contó cómo había descubierto que podía cantar, las primeras veces que se había subido a un escenario y lo extraño que resultaba que una muchacha que había pasado gran parte de su vida intentando no llamar la atención encontrara precisamente frente a un público el único lugar donde no tenía miedo de ser vista.

—¿Siempre quisiste ser cantante?

—No.

—¿Qué querías ser?

Alegra vaciló.

—Médico.

Ainhoa se detuvo.

—¿Médico?

—Pediatra.

—¿Y por qué no lo hiciste?

Alegra soltó una pequeña risa.

—Porque querer algo y poder hacerlo no siempre son la misma cosa.

Ainhoa no respondió inmediatamente.

Aquella frase pareció afectarla de una manera que Alegra no comprendió.

—No —dijo finalmente—. Supongo que no.

Continuaron caminando.

Después llegó David.

Alegra le contó cómo se habían conocido durante la boda de Gastón, aunque omitió algunas circunstancias que todavía le resultaban demasiado vergonzosas. Le habló de sus encuentros posteriores, de Ibiza, de las conversaciones, de lo mucho que la hacía reír y de aquella extraña facilidad con la que David conseguía que durante unas horas olvidara todo lo demás.

Ainhoa la escuchaba con atención.

—¿Y cuándo te enamoraste de él?

Alegra casi tropezó.

—¿Perdón?

—De David.

Alegra se sonrojó.

—Pues… me gustó mucho cuando lo vi.

Ainhoa sonrió.

—Eso no es enamorarse.

—No, claro que no. —Alegra rio, avergonzada—. Eso fue… bueno, tiene un hijo muy guapo.

Ainhoa soltó una carcajada.

—En eso no puedo discutir contigo.

Alegra se acomodó un mechón detrás de la oreja.

—Después empezamos a hablar y descubrí otras cosas. Es muy divertido y escucha, de verdad escucha. Se acuerda de cosas que le digo y que ni siquiera yo recuerdo haberle contado.

Ainhoa la observó con atención.

—También me hizo sentir… —Alegra buscó las palabras— importante.

—¿Importante?

Ella asintió.

—Por como me miraba como si realmente quisiera saber quién era. Como si lo que yo pensaba le importara. Nunca me había pasado.

Ainhoa no dijo nada.

—Después me llevó a conocer Ibiza. Caminamos, hablamos… —Alegra sonrió al recordarlo—. Y creo que ahí empezó todo.

—¿Crees?

—No lo sé. Tal vez fue antes. O después. —Se encogió ligeramente de hombros—. No hubo un momento en el que pensara: «Ya está, me enamoré de David Canarias». Un día simplemente me descubrí esperando verlo. Pensando qué le contaría cuando llegara. Queriendo que me pasara algo durante el día solo para tener una excusa para buscarlo.

Ainhoa sonrió.

—Eso ya suena bastante a enamoramiento.

—Sí…

Alegra bajó la mirada, todavía ruborizada.

—Y luego llegó el momento en que empecé a imaginar mi vida con él.

—¿Cómo la imaginas?

Alegra soltó una pequeña risa.

—Bueno, creo que imagino cosas muy tontas.

—¿Como cuáles?

—Desayunar juntos. Esperarlo cuando vuelva del trabajo. Discutir porque deja la ropa tirada. Ir al mercado. Que me escuche cantar mientras hago cualquier cosa por la casa…

Ainhoa dejó escapar una sonrisa.

—Tener hijos —añadió Alegra casi en un susurro.

Ainhoa volvió la mirada hacia ella.

Alegra se sonrojó todavía más, pero esta vez no intentó corregirse.

—Me gusta imaginar cómo sería envejecer con él.

Ainhoa se detuvo.

Tomó ambas manos de Alegra y la miró a los ojos.

—Entonces hay algo que quiero decirte.

La seriedad repentina de su expresión hizo que Alegra sintiera un pequeño nudo en el estómago.

—¿Qué?

—No te preocupes. —Ainhoa sonrió—. No voy a darte uno de esos discursos de madre que amenaza a la mujer que se acerca a su hijo.

Alegra soltó una risita nerviosa.

—Gracias.

—Pero si de verdad estás pensando en un futuro con David, creo que debes comprender algo sobre él.

Alegra asintió.

—David ha tomado decisiones muy importantes estos últimos días. Algunas no han sido fáciles y otras van a cambiar completamente el rumbo de su vida.

—¿Por las empresas?

—Por las empresas, por su padre… por él mismo. —Ainhoa hizo una pausa—. Y una de esas decisiones eres tú.

Alegra bajó ligeramente la mirada.

—Yo no quiero que renuncie a nada por mí.

—Lo sé.

—De verdad. Nunca se lo pediría.

—Alegra. —Ainhoa apretó suavemente sus manos hasta conseguir que volviera a mirarla—. No te estoy responsabilizando de las decisiones de mi hijo. David es perfectamente capaz de arruinarse la vida él solo.

Alegra se rió levemente, su suegra le dio una sonrisa. 

—Y créeme, los Canarias tienen un talento extraordinario para ello.

—Eso empieza a preocuparme.

—Debería.

Ambas rieron y la tensión desapareció.

—Lo que intento decirte —continuó Ainhoa— es que David ha elegido una vida distinta de la que otros habían preparado para él y te ha elegido a ti para compartirla. Eso no significa que tengas que convertirte en alguien diferente pero sí que habrá momentos difíciles. 

—Lo sé. 

—No, todavía no lo sabes —respondió Ainhoa con dulzura—. Y está bien. Nadie lo sabe hasta que lo vive.

Ainhoa dirigió un instante la mirada hacia Madrid.

—Ser la pareja de un Canarias puede ser complicado. Estos hombres cargan con una idea bastante absurda de que tienen que resolverlo todo solos. Trabajan demasiado, se responsabilizan de cosas que nadie les pidió y algunas veces se olvidan de que existe un mundo fuera de sus problemas.

Alegra sonrió.

—Eso sí suena a David.

—Y ahora más que nunca va a necesitar a alguien que le recuerde ese otro mundo.

Ainhoa volvió a mirarla.

—No alguien que luche sus batallas por él. Ni alguien que viva esperando a que regrese. Una compañera. Alguien con una vida propia, capaz de caminar a su lado y también de decirle que está equivocado cuando lo esté.

Alegra asintió lentamente.

—No quiero convertirme en una carga para él.

Ainhoa frunció ligeramente el ceño.

—No he dicho eso.

—Lo sé, pero…

—Escúchame. —Le apretó suavemente las manos—. Todos somos una carga alguna vez para las personas que amamos. David también lo será para ti.

Alegra sonrió.

—Seguramente bastante.

—Muchísimo —confirmó Ainhoa—. Lo que quiero decir es otra cosa. No hagas de él tu salvador.

Aquellas palabras se quedaron suspendidas entre ambas.

Alegra dejó de sonreír.

—¿Mi salvador?

—David tiene esa tendencia que cuando quiere a alguien, cree que debe solucionar todos sus problemas. Y ahora que su vida está cambiando, tendrá todavía más responsabilidades.

Alegra pensó en todo lo que David ya había hecho por ella: la ropa, las flores, los paseos. 

—No permitas que haga por ti aquello que tú misma puedes hacer —continuó Ainhoa—. Conserva tu independencia. Tus decisiones. Tus problemas también, cuando seas capaz de resolverlos. Es importante que sepa que la mujer que tiene a su lado puede sostenerse sobre sus propios pies.

Alegra asintió.

—Entiendo.

Ainhoa sonrió.

—Pero tampoco seas orgullosa. Ser independiente no significa estar sola. Si algún día tienes un problema demasiado grande, si tienes miedo o si necesitas ayuda, díselo. Para eso sirve una pareja.

—Claro.

—Prométemelo.

Alegra sonrió.

—Lo prometo.

Ainhoa acarició sus manos antes de soltarlas.

—Bien. Porque compartir una vida también significa compartir las cosas desagradables.

Alegra volvió a asentir. Lo había entendido o al menos eso creyó.

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