—¡Dante!
La voz firme de David resonó en la terraza del restaurante del Club Náutico, donde su primo disfrutaba con absoluta tranquilidad de un Bloody Mary mientras contemplaba el Mediterráneo, como si el mundo entero existiera únicamente para entretenerlo.
Dante ni siquiera se volvió de inmediato. Dio un sorbo a su bebida, dejó el vaso sobre la mesa con parsimonia y solo entonces levantó la vista, fingiendo sorpresa.
—¡Primo! Qué alegría verte dos veces en un mismo día. Debe de ser mi día de suerte.
Señaló la silla frente a él.
—Siéntate. ¿Te invito un Bloody Mary? ¿O prefieres un café? Lo cargaré a la cuenta de mi madre. Ya sabes que es quien realmente paga mis caprichos.
—Cállate.
David tomó asiento sin apartar los ojos de él. Para su fortuna, el restaurante estaba vacío, asi que la plática sucedería en cierta privacía.
Dante sonrió de lado.
—Qué carácter. Después de haberte follado a la corista deberías de estar de mejor humor.
Los puños de David se cerraron con fuerza. El impulso de romperle la cara invadió todo su ser. Sin embargo, él no era tan bueno peleando como Tristán y tan pronto iniciara se vería en desventaja.
Respiró profundo y apoyó las manos sobre la mesa.
—Dime qué quieres…
Dante arqueó una ceja.
—Ese es el David que conozco. El que siempre va directo al negocio. Ni siquiera me has preguntado cómo estoy. Por cierto… estoy de maravilla. Tengo el presentimiento de que mi suerte está a punto de cambiar.
—Basta de juegos. ¿Qué quieres? ¿Dinero?
Dante soltó una carcajada.
—¿Dinero? —repitió, negando lentamente con la cabeza—. Primo… dinero es precisamente lo que me sobra.
Tomó un sorbo de su Bloody Mary sin dejar de mirarlo.
—Aunque, ahora que lo pienso, sí tengo curiosidad por saber una cosa.
Hizo una pausa deliberada.
—¿Cuánto vale esa cantante para ti?
David no respondió.
Dante sonrió.
—No, mejor aún… —Se inclinó ligeramente sobre la mesa—.Dime, David… ¿cuánto vale tu miedo?
David odiaba cuando su primo encontraba algo con qué chantajearlo. No era la primera vez que lo hacía. Desde niños, Dante había descubierto que los secretos valían más que cualquier cosa. Si David rompía un jarrón, escapaba de clases de piano o sacaba una mala calificación, Dante era siempre el primero en enterarse y el último en guardar silencio.
Se había librado de Dante cuando su madre tomó la decisión de enviarlo al internado. Durante algunos años creyó que aquella etapa había quedado atrás. Se equivocaba. Su primo seguía siendo el mismo y solo había aprendido a jugar mejor.
—David, David, David… —dijo Dante con una sonrisa casi paternal—. No entiendo por qué me tienes tanto miedo. ¿De verdad crees que voy a correr con mi tío para contarle lo que vi esta mañana? ¿Tan poco confías en mí?
—Sé que lo harás —respondió David sin titubear—. Y también sé que no lo harás gratis. Primero exprimirás el secreto hasta sacarle el mayor provecho posible.
Dante soltó una risa divertida.
—Ahí te equivocas. —Tomó con calma otro sorbo de su Bloody Mary—. Yo no quiero obtener nada. —Hizo una pausa y clavó los ojos en David—. A mí me gusta ver el mundo arder. Y no sabes cuánto disfrutaría viendo arder el tuyo…
El silencio se instaló entre los dos. David sostuvo la mirada de su primo durante varios segundos, intentando adivinar cuál sería su siguiente movimiento. Entonces comprendió algo. Dante no tenía un plan, no estaba negociando. En realidad, disfrutaba mucho más del chantaje que de sus consecuencias. Le fascinaba sembrar el miedo, hacer que los demás imaginaran los peores escenarios y contemplar cómo se consumían antes incluso de que ocurriera nada. Pero, una vez que obtenía lo que quería, rara vez sabía qué hacer con ello.
Lo que Dante buscaba no era dinero, ni favores, lo que realmente quería era verlo suplicar y, mientras David siguiera interpretando ese papel, su primo tendría el control.
Entonces, recordó las palabras de su madre: Haz lo que te dé paz.
Así que respiró hondo. Después se puso de pie con toda la calma del mundo.
—Bien… —Contestó. Dante arqueó una ceja—. Entonces dejaré que arda.
Dio media vuelta y comenzó a alejarse de la mesa sin mirar atrás. No iba a discutir con él. Sabía que Dante odiaba dos cosas por encima de cualquier otra: perder el control… y que alguien abandonara la partida antes de que él terminara de jugar. Así, apenas había avanzado unos metros cuando escuchó la voz de su primo detrás de él.
—¡David!
Él no se detuvo.
—¡David, vuelve!
Esta vez sí se detuvo. Una sonrisa leve se dibujó en su rostro. Sabía que funcionaría y, ahora sí, Dante le daría la oportunidad de negociar.
David regresó hasta la mesa donde su primo seguía sentado y volvió a ocupar su lugar. Dante terminó de un solo trago el Bloody Mary y dejó el vaso sobre la mesa. Soltó un suspiro tan fuerte que su primo pudo oler el alcohol que expedía su boca.
—Es curioso cómo se voltearon los papeles. Yo, que siempre he sido el hijo desastre… la bala perdida de la familia… hoy descubro que el hereder perfecto tampoco lo es tanto.
David no sonrió.
—Yo nunca he pensado que fueras una bala perdida.
Dante arqueó una ceja.
—¿No? —preguntó entre risas.
—No. —David se inclinó hacia adelante—. Creo que eres un hombre muy inteligente.
Dante permaneció en silencio. No podía creer lo que escuchaba.
—Incluso, más inteligente que Gastón.
Su primo tomó la copa llena de agua que se encontraba sobre la mesa y tomó un sorbo. Tal vez estaba demasiado ebrio y estaba distocionando las palabras de su David.
—El problema. —Continuó David con su discurso—. Es que llevas toda la vida viviendo bajo su sombra. Tu madre siempre lo ha preferido a él, no sólo porque es el primogénito sino porque sabe que no es tan inteligente como tú. Da igual que se equivoque una y otra vez; siempre encuentra la forma de justificarlo. ¿Por qué crees que lo casó con la francesa? Porque sabía que ninguna mujer se fijaría en él.
David hizo una breve pausa. Observó el cambio en la expresión de Dante y comprendió que, por primera vez en toda la conversación, había encontrado una grieta por la que podía entrar.
—Mientras tanto, tú aprendiste que la única forma de llamar la atención era provocar problemas. Bueno… fue la única que se te ocurrió.
Se inclinó ligeramente hacia él.
—Porque liderazgo tienes de sobra.
Dante sostuvo su mirada.
—¿Me estás endulzando el oído? —preguntó con una sonrisa incrédula.
David esbozó apenas una mueca.
—Tal vez… —Hizo una pausa—. O tal vez soy el primero en darte una oportunidad.
Dante, esta vez, abrió los ojos ante la última frase.
—Llevas años intentando demostrarle a esta familia que eres mejor que Gastón.
—Lo soy.
—Lo sé —respondió David—. Pero nunca lo vas a conseguir chantajeando a la gente.
Dante entrecerró los ojos.
—¿Y cómo, según el futuro heredero?
David respondió sin vacilar.
—Convirtiéndote en un hombre al que respeten, no en uno al que todos busquen por miedo o porque tiene el último cotilleo de la familia.
—Ve al grano, David.
David apoyó los codos sobre la mesa.
—Tú sabes perfectamente qué ocurrirá cuando mi padre muera.
Dante permaneció en silencio.
—Gastón hará todo lo posible por quedarse con la presidencia de Empresas Canarias.
—Eso me beneficia —respondió Dante con una sonrisa—. Más dinero para nosotros.
David negó despacio.
—Eso es lo que tú crees. — Se acomodó en la silla antes de continuar—. En cuanto Gastón se siente en la presidencia, varios de nuestros principales socios retirarán su confianza. Lo conoces tan bien como yo. Es impulsivo, no sabe negociar y jamás ha dirigido nada importante.
Dante no dijo nada.
—Después empezarán las pérdidas. Buscará consejo en nuestros tíos y cada uno intentará salvar su propio patrimonio. Nadie pensará en la empresa. —Hizo una pausa—. Y Empresas Canarias terminará hundiéndose.
—Eso es una exageración.
—No. —David sostuvo su mirada—. Es un balance.
El silencio volvió a caer entre ambos.
—Si yo pierdo la presidencia, encontraré otra forma de vivir. Tengo una carrera, experiencia y contactos. Si me caso con Sarahí, tendré el respaldo de los Lafuente. Y si no me caso con ella… seguiré teniendo una profesión. —Se inclinó ligeramente hacia él—. Pero tú… —Dante tragó saliva—. ¿Qué harás tú cuando Gastón destruya lo único que mantiene a tu familia?
Dante desvió la mirada hacia el mar. El sol ya se encontraba alto y el calor comenzaba a hacerse sentir sobre la terraza del Club Náutico. A lo lejos, algunos veleros entraban y salían lentamente del puerto mientras las gaviotas rompían el silencio con sus graznidos.
—Si le cuentas a mi padre lo de Alegra, Gastón tendrá vía libre para convertirse en el próximo presidente de Empresas Canarias. Pero si guardas silencio… —Dante volvió a mirarlo—…yo me encargaré de apartarlo del camino.
La sonrisa burlona de Dante desapareció por primera vez. La posibilidad de demostrar que era mejor que Gastón, o al menos de ocupar un lugar que su hermano jamás tendría, era una tentación demasiado grande para ignorarla.
—Déjame pensarlo…
David asintió con serenidad.
—Hazlo. Pero, mientras tanto, guarda mi secreto.
Dante levantó la vista.
—Si lo haces, no te arrepentirás.
Sin esperar una respuesta, David se puso de pie.
Dante no intentó detenerlo.
Permaneció sentado, con la mirada perdida en el Mediterráneo, tamborileando los dedos sobre el vaso vacío mientras, por primera vez en muchos años, parecía considerar un futuro distinto al que siempre había imaginado.
David esbozó una leve sonrisa. Tal vez no había conseguido poner a Dante de su lado pero había logrado algo igual de valioso: tiempo.
Tiempo para viajar a Madrid, para hablar con su padre antes de que alguien más lo hiciera y para intentar cambiar un destino que, hasta hacía unas horas, había creído inamovible.