-Gran Canaria. Horas después-

Alegra había tenido la mejor noche de su vida. Durante el vuelo de regreso apenas pudo dormir. Cada vez que cerraba los ojos volvía a verlo. Regresaba a ese lugar, al mar, a escuchar las risas de David, a la forma en que pronunciaba su nombre y aquel beso que todavía parecía permanecer sobre sus labios.

Todo había sido perfecto, tanto que casi parecía un sueño; lo confirmó en cuanto se detuvo frente a la casa de Federico Montero. La fachada descuidada, desgastada y las ventanas sucias, le dieron la bienvenida.

Eran las seis de la mañana. El avión privado que Empresas Canarias había puesto a disposición de la banda había aterrizado una hora antes y, tras despedirse de sus compañeros, Alegra había regresado a lo que ellos llamaban hogar. Para ella era otra cosa, una condena, una prisión de la que llevaba años intentando escapar. Bastó ver la fachada de la casa para que la magia de Ibiza comenzara a desvanecerse.

—Bien… —se dijo a sí misma, mientras trataba de olvidar lo que había vivido.

El sol apenas comenzaba a asomarse por el horizonte. Todavía reinaba la oscuridad sobre las calles de Las Palmas y la humedad de la madrugada impregnaba el aire.

Alegra caminó lentamente hasta la casa arrastrando la maleta detrás de ella. Cuando abrió la puerta, se detuvo. Había silencio.  Sus hermanastros solían darle la bienvenida entre gritos, discusiones y el sonido de la radio que Federico solía dejar encendida durante la noche. Pero esta vez no había nada.

—Tal vez no estén en casa —se dijo a sí misma.

No sería extraño. Federico y sus hijos llevaban años viviendo más de noche que de día. Entraban y salían a horas imposibles. A veces desaparecían durante jornadas enteras y otras regresaban al amanecer con el rostro agotado y el humor aún peor de lo habitual.

Quizá habían ido al puerto. Últimamente pasaban mucho tiempo allí. Los negocios de Federico no atravesaban su mejor momento y Alegra lo sabía. No porque él se lo contara, sino porque aquellas cosas terminaban reflejándose en todo, en el carácter de Federico, la comida, el estado de la casa y, sobre todo, el dinero.

Cuando las cosas iban bien, Federico bebía menos y sonreía más. Cuando iban mal, todos procuraban mantenerse lejos de su camino. Ni siquiera Pedro, su hijo mayor, se atrevía a hablar con él.

Alegra dejó la maleta junto a las escaleras y suspiró. La cocina estaba iluminada, el olor a tabaco era penetrante y supo que había alguien ahí.

—¿Pedro? —Llamó Alegra al entrar.

Era lo más probable. Si fuera Pedro, tendría que estar alerta; siempre tendría que estar alerta. Avanzó lentamente por el pasillo oscuro hasta la cocina. Entonces una voz respondió.

—¡¿Dónde estabas, muchacha?!

Alegra se quedó inmóvil; era Federico y estaba borracho… otra vez.

Ella entró en la cocina y encontró el desastre habitual: botellas vacías, platos sucios, ceniza sobre la mesa. Federico estaba sentado en una silla con una botella en la mano. Alegra soltó el aire por la nariz y negó con la cabeza.

—¿Dónde están tus hijos? —preguntó, tomando una bolsa de basura y comenzando a limpiar.

—¿Qué te importa? ¿Dónde estabas? —preguntó, arrastrando las palabras.

—¿Cómo puedes vivir así? —respondió Alegra, molesta.

—¡Te he hecho una pregunta! — le dijo Federico, molesto.

—Y yo acabo de hacerte otra.

Federico golpeó la mesa.

—¿Dónde estabas? —gritó enojado.

—Trabajando —contestó, mientras quitaba los cigarros sucios del cenicero.

—¿Toda la noche? —continuó.

—A ti qué te importa…

—¿Y quién te dio permiso? —preguntó.

Alegra se rió.

—¿Ahora vas a actuar como padre? Por favor.

Federico se levantó lo más rápido que pudo y con las manos aventó la mesa, haciendo que todo se cayera al piso y las botellas se rompieran. Alegra se hizo para atrás hasta que su cuerpo tocó el lavatrastes. Comenzó a temblar.

—¡Mientras vivas bajo mi techo, tendrás que responderme! ¡Quién te dio permiso! —gritó.

Aquella imagen hizo que algo se rompiera en Alegra. Llevaba años aguantando, años, y estaba cansada de las amenazas, de los golpes, de todo.

—¿Permiso?

—Sí. Permiso.

—No sabía que tenía que pedirte permiso para ganarme la vida —respondió.

Federico la tomó de los hombros y la acercó a él. Alegra de inmediato puso las manos sobre el pecho para alejarlo. El aliento alcohólico le dio en el rostro.

—Te he dado todo, Alegrita, ¡todo! Pude haberte echado a la calle después de que murió tu madre, pero me compadecí de ti y te dejé vivir bajo mi techo y protección. Lo único que te pido es que me respetes.

—¿Respeto? —preguntó Alegra, mientras tomaba valor.

La joven señaló alrededor.

—Mira esta pocilga, Federico, una que día y noche limpio porque tus hijos y tú no la pueden mantener limpia. Tengo que cuidarme de todos ustedes. De sus groserías, de sus desplantes y golpes. ¿O qué…? ¿Se te olvidó la golpiza que me puso Ramiro solo porque le reclamé que se robó mi dinero? ¡Mejor me hubieras echado a la calle! Lo preferiría en lugar de la miserable vida que me has dado.

El hombre frunció el ceño.

—Cuida tu lengua.

—No.

Por primera vez en años, Alegra no retrocedió.

—Estoy cansada. Cansada de limpiar. Cansada de trabajar. Cansada de mantener esta casa mientras tú y tus hijos os bebéis hasta el último céntimo. Cansada de no encontrar la salida. Cansada de no tener esperanza.

—¡Alegra!

—¡No! ¡Escúchame tú ahora! —La voz le temblaba, de rabia, de dolor, de años acumulados—. Mi madre se mató trabajando para darme una oportunidad. Y yo llevo media vida intentando salir adelante mientras tú haces todo lo posible por arrastrarme contigo.

Federico avanzó un paso.

—Te estás pasando.

—No. Me estoy quedando corta.

El hombre la agarró bruscamente del brazo.

—¡Suéltame! —gritó ella.

—¿Qué? Ahora, porque ya eres una gran cantante, te crees mucho… ¿no es así? Pero no eres nadie, Alegra, nadie. No sirves para nada y nunca servirás para nada.

Alegra intentó zafarse. Federico olía a alcohol, lo que le provocó náuseas. Sus dedos se clavaron en su piel y entonces ella vio algo en sus ojos que la hizo sentir un miedo helado. Un miedo antiguo, familiar, instintivo.

—Suéltame —repitió.

—Después de todo lo que he hecho por ti…

—¡Suéltame!

—Te recomiendo, Alegrita, que encuentres una manera de ponerme de nuevo contento, porque si no lo haces, te va a pesar.

La mano de Federico se deslizó por debajo del vestido de Alegra. Ella sintió como el frío le subía por toda su espalda y le rasgaba la nunca. Comenzó a temblar, mientras su padrastro intentaba tocarla más arriba.

—No —murmuró.

Federico tapó su boca, pero ella logró quitarse la mano y gritar.

—¡No!

Ella se zafó de un tirón y subió la rodilla dándole una patada en el hueco del estómago. Federico se hizo para atrás mientras un quejido salía de sus labios.

—¡Maldita hija de puta! —gritó.

Ella, desesperada, corrió hacia la puerta de la cocina con la intención de escapar. Solo quería llegar a su habitación. Encerrarse y alejarse de él. Sin embargo, apenas había dado unos pasos cuando sintió una fuerte presión en el cuero cabelludo.

Federico la había sujetado del cabello. El tirón fue tan brusco que perdió el equilibrio y cayó al suelo.

—¡Suéltame! —gritó Alegra, intentando apartar sus manos.

—¡Quédate quieta! —rugió él—. ¡Voy a enseñarte a respetarme!

El miedo le recorrió todo el cuerpo, pero, de pronto, dio paso a otra cosa.

Rabia… Años de rabia.

Alegra comenzó a forcejear con todas sus fuerzas, pataleó, se retorció y terminó por morderle un brazo.

—¡Perra! —gritó Federico.

De nuevo consiguió soltarse. Cayó de costado y comenzó a gatear sobre el suelo alejándose de él.  Con esfuerzo logró incorporarse junto al pie de la escalera. Su respiración era agitada. Las manos le temblaban. Federico ya venía detrás de ella.

—¡Vuelve aquí!

Alegra no respondió.

Giró sobre sus talones y comenzó a subir los escalones. Escuchó pasos atrás y una vez más Federico la tomó de la puerta y la jaló.

—¡Vuelve acá, perra!

—¡Suéltame!

Entonces, Alegra dio una patada con la pierna que él tenía agarrada. No lo pensó ni lo calculó, solo quiso apartarlo. Fue tan fuerte el movimiento que Federico perdió el equilibrio y su pie resbaló en el borde del escalón.

Cayó… se saltó los cuatro escalones y finalmente azotó contra el suelo, quedando inmóvil al pie de la escalera. El golpe resonó en toda la casa. El silencio fue absoluto.

Alegra se quedó paralizada. Se llevó las manos al rostro mientras trataba de analizar lo que había pasado. No podía respirar. El corazón le latía tan fuerte que lo escuchaba en sus oídos.

—¡Ay Dios! —murmuró, mientras las lágrimas brotaban sin control—. ¿Federico?

No hubo respuesta.

—¿Federico? —Su voz salió apenas como un susurro.

El hombre permaneció inmóvil; segundos después la sangre comenzó a correr por el suelo.

Alegra sintió auténtico terror.

—No… no… —pronunciaba, mientras bajaba las escaleras con precaución.

Federico estaba muerto. Ella lo había matado.

—¡Dios! ¡Dios mío! ¿Qué voy a hacer? —dijo en voz alta.

Sus hermanastros iban a llegar pronto, iban a ver la escena y la iban a matar. Era una mujer muerta.

La respiración agitada no la dejaba pensar; tenía que hacer algo. Tenía que irse de ahí, desaparecer.

Entonces, sin pensar, corrió hacia su habitación. Abrió la puerta de golpe, entró y la cerró tras de sí. Su respiración era tan agitada que apenas podía pensar, pero el instinto tomó el control. Fue directamente hacia la cama y la apartó de la pared con una facilidad que jamás habría creído posible. Después levantó las tablas ocultas bajo el somier y sacó una pequeña caja de madera.

Dentro estaban sus ahorros, las fotografías de Vera, algunas cartas y los pocos recuerdos valiosos que poseía. Todo lo que realmente importaba y que era suyo.

Alegra abrazó la caja contra el pecho durante unos segundos. Luego volvió a colocar las tablas en su sitio, empujó la cama hasta dejarla exactamente donde estaba y cerró los ojos.

—Me tengo que ir…

La frase apenas salió como un susurro.

Miró a su alrededor. Su ropa, sus libros, el tocadiscos que tanto le había costado comprar y los discos. Toda una vida reunida en una habitación diminuta. Sin embargo, supo que no podía llevarse nada. No tenía tiempo. Si sus hermanastros regresaban, descubrirían que había estado allí y, si la encontraban… No quiso terminar aquel pensamiento. Alegra salió de la habitación. Al cerrar la puerta, sintió que estaba abandonando una parte de sí misma, quizá para siempre.

Cuando comenzó a bajar las escaleras, volvió a ver el cuerpo de Federico.  Alegra se quedó inmóvil, temblando, incapaz de apartar la vista. No podía dejar de ver la sangre. No podía dejar de escuchar el sonido de la caída resonando en su memoria.

—Dios mío…

Retrocedió un paso, después otro y después algo se le ocurrió. Su mente comenzó a trabajar a toda velocidad. Recordó el alcohol, sus adicciones, cómo se encontraba cuando ella llegó. Recordó las botellas vacías sobre la mesa.

Y una idea tomó forma.

—Se cayó…

La frase salió temblorosa.

—Él se cayó.

Lo repitió como si necesitara convencerse. Como si escuchar aquellas palabras en voz alta pudiera convertirlas en verdad.

Corrió hasta la cocina, tomó un trapo, recogió una de las botellas vacías y la colocó cerca del cuerpo. Le aterraba la facilidad con la que estaba haciendo aquello u con la que su cerebro intentaba sobrevivir. Porque eso era exactamente lo que estaba haciendo. Sobrevivir.

Cuando terminó, tomó la maleta, evitó mirar nuevamente hacia las escaleras y salió de la casa sin volver la vista atrás. No sabía adónde iba, solo que tenía que alejarse. Lejos. Muy lejos.

Agradeció que las calles permanecieran casi vacías a aquella hora. Cerró la puerta con llave, dejó la llave en el buzón y comenzó a caminar. Primero despacio, después comenzó a acelerar. Cada sombra  parecía perseguirla. Cada coche le parecía sospechoso. Cada ruido la hacía sobresaltarse. La paranoia terminó apoderándose de ella. Sentía que alguien iba a llamarla por su nombre, que alguien iba a detenerla o que, en cualquier momento, una mano se cerraría sobre su hombro. Pero nadie apareció.

Sin saber exactamente cómo, terminó llegando a una avenida principal. Un taxi circulaba por allí. Alegra levantó la mano y el vehículo se detuvo y ella subió de inmediato.

—¿Dónde la llevo? —preguntó el conductor.

Alegra abrió la boca y descubrió que no tenía respuesta. No sabía dónde ir, no tenía dónde ir. No podía ir con sus compañeros, no podía involucrarlos o ponerlos en peligro.

Bajó la mirada y entonces recordó algo.

Metió la mano en el bolso y encontró la tarjeta que Tristán Ruiz de Con le había entregado apenas unas horas antes. La observó durante unos segundos. Era solo un pequeño rectángulo de papel, pero en aquel momento representaba una posibilidad, una salida, una última puerta abierta.

Apretó la tarjeta entre los dedos.

—Al aeropuerto —dijo finalmente.

El conductor asintió y el taxi arrancó.

Mientras las calles de Gran Canaria comenzaban a despertar con los primeros rayos del amanecer, Alegra observó por la ventanilla cómo la ciudad se alejaba poco a poco. Era libre, al fin libre pero… ¿A qué costo? El destino había lanzado los dados, pero no sabía si ganaría la partida.

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