David recordó todas las veces que su padre había terminado en un hospital o había puesto su vida en peligro por algún problema de salud. Habían sido tantas que, con los años, la familia había terminado acostumbrándose a los sustos.

La salud de David Tomás Canarias nunca había sido precisamente buena. Desde que su hijo tenía memoria, lo había visto fumar un cigarrillo detrás de otro, beber más de la cuenta y desoír cualquier recomendación médica. No se cuidaba y tampoco parecía tener intención de hacerlo.

—De algo me tendré que morir —solía responder cada vez que Ainhoa o algún médico intentaban hacerlo entrar en razón.

David siempre pensaba lo mismo al escucharlo: A mí no me preocupa el qué. Me preocupa el cómo.

Tampoco ayudaba demasiado la genética de los Canarias. Su abuelo había padecido problemas del corazón, al igual que otros hombres de la familia antes que él. Parecía existir una especie de condena hereditaria que pasaba de generación en generación junto con el apellido, las empresas y el mal carácter.

Quizá por eso David le tenía tanto miedo a enfermar porque sabía el final de la historia. Así que procuraba comer bien, hacía ejercicio todos los días y evitaba el tabaco. Bueno, casi siempre, porque a veces algún cigarrillo ocasional terminaba entre sus dedos, especialmente cuando estaba con Tristán o cuando los negocios conseguían sacarlo de quicio, pero jamás había permitido que se convirtiera en una costumbre.

Había crecido viendo a su padre tratar el cuerpo como si también fuera una de sus empresas: llevándolo al límite y confiando en que, de alguna manera, siempre resistiría. Y hasta el día de hoy había resisitido, esperaba que esta vez su padre volviera a hacerlo. 

—Hombre, cuarenta y ocho años, antecedentes cardiovasculares, fumador habitual. Posible infarto agudo de miocardio —informó uno de los sanitarios mientras empujaban la camilla por el pasillo—. Perdió el conocimiento durante unos minutos, pero recuperó la consciencia durante el traslado.

David escuchaba el parte médico mientras seguía la camilla por los pasillos. Tristán caminaba a su lado, intentando tranquilizarlo, aunque él mismo no podía apartar de su mente el tono ceniciento que había adquirido el rostro de don David.

—Padre, estoy aquí —repetía David, tratando de que pudiera escucharlo—. Estoy aquí.

No obtuvo respuesta.

Al llegar a las puertas de Urgencias, uno de los sanitarios se interpuso en su camino.

—Tendrá que esperar aquí.

—Pero…

—No hay nada que usted pueda hacer ahora mismo.

Las puertas se cerraron frente a él. David permaneció inmóvil unos segundos, mirando a través del cristal, hasta que Tristán le puso una mano sobre el hombro y lo obligó a retroceder.

—Han dicho que recuperó el conocimiento durante el traslado —intentó consolarlo—. Eso tiene que ser bueno.

David asintió, aunque no estaba seguro de nada.

—Tengo que avisar a mi madre.

Tristán sacó un cigarrillo y lo encendió. En ese momento habría dado cualquier cosa porque la cafetería del hospital sirviera whisky.

David se dirigió hacia una de las cabinas telefónicas del vestíbulo y pidió una conferencia con Ibiza. Tardaron varios minutos en comunicarlo.

Finalmente escuchó la voz de su madre.

—¿David?

—Madre…

David se lo contó todo. El infarto, la ambulancia, el traslado, las pocas palabras que habían logrado arrancarle a los médicos. Su madre lo escuchó sin interrumpirlo y cuando terminó, hubo un breve silencio al otro lado de la línea. 

—Iré a Madrid —respondió finalmente con esa serenidad que la caracterizaba—. Pero antes tengo que pasar por el despacho del abogado.

David frunció el ceño.

—¿El abogado?

—Sí. Nos veremos en el hospital.

—Madre, ¿para qué necesitas…?

—David —lo interrumpió con suavidad—. Ahora quédate cerca de tu padre. Yo me encargo de lo demás.

La comunicación terminó poco después.

Cuando David regresó a la sala de espera, Tristán seguía junto a una ventana, fumando.

—Mi madre viene para Madrid.

—Bien.

—Pero antes irá a ver al abogado.

Tristán apartó lentamente el cigarrillo de sus labios.

—¿Al abogado?

—Eso dijo.

—¿Te explicó para qué?

David negó.

—No.

Tristán guardó silencio.

—¿Qué? —preguntó David al notar su expresión.

—Nada.

—Tristán.

Su amigo aplastó el cigarrillo en el cenicero.

—Tu madre no es una mujer que pierda el tiempo, David. Si su marido acaba de sufrir un infarto y antes de venir al hospital decide visitar a un abogado…

No terminó la frase porque tampoco hacía falta. David sintió nuevamente aquel frío en el estómago. Odiaba esa sensación. 

—Mi padre va a salir de esta, Tristán. 

Tristán lo miró.

—Claro.

—Siempre sale.

Esta vez su amigo tardó un poco más en responder.

—Sí —murmuró—. Siempre sale.

Pero ninguno de los dos volvió a decir nada. La imagen de David Tomas Canarias y esa piel ceniza recorrió sus mentes. 

***

David ya no sabía cuánto tiempo llevaba esperando.

¿Una hora? ¿Dos? ¿Tres? Había perdido la cuenta después de mirar tantas veces el reloj de la pared. Cada vez que las puertas de Urgencias se abrían, se ponía de pie esperando que apareciera un médico. Cada vez que salía una enfermera, buscaba en su rostro alguna señal que pudiera anticiparle lo que ocurría al otro lado.

Nada, absolutamente nada y para ser sincero la espera comenzaba a desesperarlo. Y eso, para un hombre como David, que tenía una paciencia infinita, era algo nuevo.  Su madre todavía no llegaba. Tampoco sabía cuánto tardaría en viajar desde Ibiza después de resolver aquello con el abogado y, por si fuera poco, en cualquier momento la noticia podía llegar a oídos del resto de los Canarias.

David se pasó ambas manos por el rostro. No podía evitar pensar que, mientras él permanecía sentado en aquella sala de espera sin saber siquiera qué ocurría con su padre, sus primos y sus tíos podían estar ya moviendo sus piezas, preparándose para lo que pudiera suceder.

Entonces recordó la razón por la que había viajado a Madrid y soltó un suspiro. En realidad, nada de aquello debería importarle. Había llegado dispuesto a renunciar a todo por Alegra. A la herencia, a la presidencia de Empresas Canarias, incluso al lugar que llevaba toda la vida preparándose para ocupar. Si su decisión estaba tomada, ¿por qué seguía preocupándole tanto lo que sus primos pudieran hacer con la empresa?

La respuesta le incomodó. Porque renunciar a Empresas Canarias por elección era una cosa pero ver cómo otros la destruían era otra muy distinta. En ese momento se percató que le importaba más de lo que él deseaba. 

—Alegra… —murmuró, acordándose de ella. 

Mierda. ¿Cuánto tiempo había pasado desde la última vez que hablaron? Ella ni siquiera sabía que había viajado a Madrid y mucho menos la razón del por qué. 

David había estado tan convencido de que todo sería sencillo —volar, enfrentarse a su padre, asumir las consecuencias y regresar a Ibiza— que ni siquiera se había detenido a explicarle su plan.

¿Qué estaría pensando? Seguramente ya sabría que se había marchado. ¿Creería que había huido? ¿Que después de lo ocurrido con Dante había decidido escoger a su familia y cumplir con la alianza?

David cerró los ojos y dejó caer la cabeza contra la pared.

—Soy un idiota…

—Eso llevo diciéndote desde que nos conocimos.

David abrió los ojos.

Tristán se encontraba apoyado sobre el mostrador de enfermería, completamente entregado a una conversación con una joven enfermera que, a juzgar por su sonrisa, parecía haber olvidado que estaba trabajando.

—Te lo digo en serio —decía Tristán—. Nueva York, París, Roma… donde quieras. No tendrías que preocuparte por nada.

—¿Y cuántas veces has prometido eso esta semana? —preguntó ella, divertida.

Tristán se llevó una mano al pecho.

—Me ofende que tengas una opinión tan baja de mí.

—No te conozco.

—Precisamente. Todavía tienes tiempo para formarte una opinión mucho peor.

La enfermera soltó una carcajada.

David negó con la cabeza.  Era increíble. Su padre podía estar muriéndose al otro lado de aquellas puertas y Tristán seguía encontrando tiempo para coquetear. Aunque, pensándolo bien, quizá esa era su manera de soportar la espera.

David volvió a mirar el reloj. Ya habían pasado casi tres horas desde que su padre había entrado a urgencias. 

—Carajo —murmuró, mientras se puso de pie. 

Tristán dejó de ver a la enfermera y lo siguió con la mirada. 

—Voy a llamar a Alegra.

Entonces, justo en ese momento, las puertas de Urgencias se abrieron y un médico apareció frente a ellos. Era un hombre de porte elegante, quizá cercano a los sesenta, y la serenidad con la que se movía revelaba muchos años de experiencia. Llevaba la bata perfectamente abotonada y una expresión seria que David intentó descifrar sin éxito.

Tristán abandonó de inmediato su conversación con la enfermera.

—¿Familiares de don David Tomás Canarias?

David olvidó inmediatamente la llamada. 

—Soy su hijo. ¿Cómo está?

El médico se acercó a ellos y su expresión bastó para que David supiera que las noticias no eran buenas.

—Soy el doctor Valcárcel. He estado atendiendo a su padre desde que ingresó.

—¿Está estable?

El médico tomó aire antes de responder.

—Me temo que no.

David sintió que se le cerraba el estómago.

—Durante estas horas su padre ha sufrido un segundo infarto.

—¿Otro?

—Sí. Conseguimos sacarlo adelante, pero su corazón ha quedado muy debilitado. Mucho más de lo que esperábamos.

David negó lentamente con la cabeza.

—Pero lo han estabilizado.

—Por el momento.

—Entonces puede recuperarse.

El médico guardó silencio.

—Doctor…

—Señor Canarias, prefiero ser sincero con usted. —Bajó ligeramente la voz—. No sabemos cuánto tiempo podrá resistir su corazón. Pueden ser horas. Quizá menos.

David se quedó completamente inmóvil. En ese momento sintió la mano de Tristán sobre su hombro. 

—No… —murmuró David—. Mi padre ha tenido problemas del corazón antes. Siempre sale adelante.

—Lo sé. He revisado su historial. Pero este episodio es diferente.

—Tiene cuarenta y ocho años.

La frase salió de los labios de David casi como una protesta.

—Lo sé.

—No puede…

No consiguió terminar.

El médico esperó unos segundos antes de continuar.

—Su padre ha recuperado el conocimiento. Está muy débil, pero está consciente y ha preguntado por usted.

David levantó la mirada de golpe.

—¿Por mí?

—Sí.

—Quiero verlo.

—Por eso he venido. —El médico hizo una pequeña pausa—. Si desea hablar con él, le recomiendo que lo haga ahora.

David sintió un escalofrío.

—¿Cuánto tiempo tengo?

—No puedo responderle.

—¿Una hora? ¿Dos?

El doctor negó despacio.

—No piense en horas, señor Canarias. Piense en lo que necesita decirle.

Aquellas palabras terminaron de derrumbar cualquier esperanza que David hubiera conseguido mantener durante la espera. 

Miró a Tristán, que se había quedado sin palabras. Esta vez no había broma preparada, ni podía decirle algún comentario sarcástico que aliviara el momento. 

—Ve —le dijo, sin adornos. Con una seriedad que lo sorprendió. 

David volvió la mirada hacia las puertas de Urgencias.

Había viajado a Madrid con un discurso perfectamente preparado. Iba a decirle a su padre que amaba a Alegra, que no se casaría con Sarahí y que estaba dispuesto a renunciar a Empresas Canarias si ese era el precio de elegir su propia vida.

Ahora, frente a aquellas puertas, ninguna de esas palabras parecía tener sentido. Ya no iba a enfrentarse al presidente. Iba a despedirse de su padre.

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