El velorio era una guerra de silencios y miradas. Nadie había levantado la voz, ni mencionado todavía el testamento y mucho menos la presidencia de las esmpresas, eso se haría el lunes. Hacerlo frente al féretro de David Tomás habría sido de mal gusto. 

 Pero tampoco hacía falta, David podía sentirlo. En las miradas que se posaban sobre ellos cuando alguien entraba a la habitación, en los apretones de manos que duraban más de lo necesario. En los pequeños grupos que se formaban en las esquinas de la sala y en las conversiones que se interrumpían cuando él pasaba cerca. 

            La tensión podía cortarse con un cuchillo y David sentía que se ahogaba. Sus tíos que llevaban años sin verse, ahora se acercaban para preguntarle cánto tiempo pensaban permanecer en Madrid; era evidente que todos estaban haciendo cuentas. 

            ¿Quién tenía acciones? ¿Quién controlaba que sociedad? ¿Quién apoyaría a Gastón? ¿Quién epermanecería del lado del hijo? ¿Qué pasaría con la viuda? 

            David permanecía junto a su madre recibiendo las condolencias. Ella no perdía la compostura y parecía que estaba en su papel de viuda sin prestar atención a lo que pasaba a su alrededor; al menos hacía parecía. David supuso que su madre jugaba su propio juego.

             De pronto, las puertas de la sala se abrieron de par en par y Gastón entró junto con su esposa, su madre y su hermano, Dante, que tan sólo vio a David hizo una mueca simulando una sonrisa. 

            El hombre vestía de luto riguroso, mantenía una expresión solemne y los ojos brillantes. Todos podía decir que eran de lágrimas pero David sabía que era por otra cosa: ambición. 

            —Tía… —dijo, mientras se acercaba a Ainhoa con los brazos abiertos. 

            Ainhoa se limitó a darle la mano y saludarlo. 

            Felicia, su madre se acercó a ella y tomando sus manos y viéndola a los ojos le dijo: 

            —Me consuela que los hermanos ya están juntos a los ojos de Dios, Ainhoa. 

            Ella asintió pero no dijo nada. En Realidad, Ainhoa y ella no tenían buena relación. Los rumores decían que Felicia envidiaba a Ainhoa por su belleza y sobre todo su dinero. 

            David se acomodó lentamente los puños de la camisa bajo las mangas del traje en espera de Gastón. Momentos después, él llegó frente a él y durante un instante permanecieron frente a frente. Él abrió los brazos. 

—Siento muchísimo lo de tu padre.

David aceptó el abrazo.

—Gracias.

Para cualquiera que los observara, eran dos familiares consolándose en medio de una tragedia, pero en realidad aquel gesto se parecía más al abrazo entre César y Bruto: cercano en apariencia, mortal en intención.

—Era un hombre admirable. Siempre senzato y de mano firme. Es una lástima que se haya quedado ese lugar vacío. Será difícil sustituirlo. 

David sonrió levemente. 

—Ahora tendrás que volver a la universidad y dejar que los mayores arreglemos esto.

Gastón hizo una expresión de amabilidad mientras que esperaba a que su primo tuviese una reacción. No la obtuvo. Simplemente le contestó. 

—Por supuesto —respondió, dándole a David una palmada en el hombro. 

—Ya tendremos tiempo de hablar —remató Gastón. 

—Claro, mucho tiempo. 

Después, David siguió su camino para recibir las condolencias de los invitados que continuaban llegando. Estrechaba manos, aceptaba abrazos y agradecía palabras que apenas escuchaba, porque sus ojos regresaban constantemente al otro extremo de la sala.

Gastón se había reunido con Dante y varios de sus tíos. Conversaban en un pequeño círculo, demasiado próximos y demasiado discretos para que aquello pareciera una simple charla de funeral.

—Se están juntando… —escuchó que Tristán le murmuraba.

David apretó la mandíbula.

—Y yo estoy solo.

—No.

David lo miró de reojo.

—Mira a mi alrededor, Tristán.

—Precisamente. Mira.

David frunció el ceño.

—Deja de mirar únicamente a los que están con Gastón. Esos son los fáciles.

—¿Los fáciles?

—Ya sabes de qué lado están.

Tristán tomó una copa de una bandeja que pasaba junto a ellos, aunque no bebió.

—Los peligrosos son los que todavía no se han acercado a nadie.

David recorrió discretamente la sala con la mirada.

Había empresarios conversando junto a las ventanas. Socios antiguos de su padre. Representantes de algunas de las sociedades familiares. Dos de sus primos permanecían cerca del féretro. Otros hablaban con su madre.

—No están conmigo.

—Tampoco están con Gastón.

—Tu padre murió ayer, David. Nadie inteligente va a elegir rey antes de saber quién tiene posibilidades de ganar.

—Yo soy su hijo.

—Y tienes diecinueve años.

El comentario le molestó.

—Gracias por recordármelo.

—Ellos no necesitan que se lo recuerden. —Tristán señaló discretamente con la copa hacia el grupo de Gastón—. Ese es el argumento más fuerte que tiene tu primo: experiencia, edad, relaciones. Va a intentar convencerlos de que tú eres un niño que debería volver a la universidad y dejar que los mayores se ocupen de los negocios.

David apretó la mandíbula.

—Si me permites —continuó Tristán—, es un argumento bastante poco sostenible.

—¿Qué sugieres?

Tristán recorrió la sala con la mirada y, mediante un gesto apenas perceptible, señaló a una pareja que acababa de entrar.

David siguió la dirección.

—¿Los Lafuente?

—Así es.

Alí Lafuente conversaba con su esposa a unos metros de ellos. Habían llegado hacía pocos minutos y todavía recibían saludos de algunos invitados.

—Siempre has tenido buena relación con él —añadió Tristán.

—No creo que quiera hacer ningún trato conmigo después de lo de Sarahí.

—¿Qué hiciste tú?

—Rechacé casarme con su hija.

—No. —Tristán negó con la cabeza—. Tú no rechazaste nada. Tu padre murió y la alianza quedó sin objeto antes de que pudieras abrir la boca. Técnicamente sigues siendo un caballero.

—Qué alivio.

—Además, estás pensando otra vez como un enamorado y no como un empresario.

David se río bajo.

—Un argumento bastante irónico viniendo del hombre que recita poemas. 

Tristán sonrió. 

—Lo sé, pero hasta yo sé la diferencia. Yo nunca he estado enamorado y jamás he hecho cosas “por amor”. Así que espero que si me pasa haya alguien que me ponga los pies sobre la tierra. 

David sonrió. 

—Pero en serio. Alí Lafuente no vino al funeral para comprobar si rompiste el corazón de su hija. Vino porque acaba de morir el hombre con el que tenía negocios. Tiene dinero invertido en Empresas Canarias —continuó Tristán—. Créditos, garantías, operaciones pendientes… Si mañana esto se convierte en un desastre familiar, los Lafuente también tienen mucho que perder.

—Alí se irá con quién tiene a empresa… —finalizó David. 

—No. Alí podrá tener muchos defectos, pero no es idiota. Conoce a Gastón y te conoce a ti. Ha negociado con tu padre delante de ambos. Te ha escuchado hablar, sabe cómo piensas, sabe cómo manejas los números y, sobre todo, sabe que llevas años preparándote para esto. 

Tristán señaló discretamente el salón.

—Mira a tu alrededor. Todos esos hombres tienen miedo de elegir al bando equivocado. Nadie quiere ser el primero en apoyarte porque nadie sabe todavía si puedes ganar.

—¿Y Alí?

—Alí no necesita esperar a ver quién gana. Tiene suficiente dinero para ayudar a decidirlo.

David comprendió entonces lo que Tristán estaba proponiendo.

—Si consigo que Lafuente me apoye…

—Los demás empezarán a preguntarse qué sabe Alí Lafuente que ellos no saben.

David volvió a observar al banquero, aquello cambiaba las cosas. No necesitaba convener a toda la sala si no al hombre correcto. 

—¿Y qué le ofrezco?

Tristán sonrió.

—Ahora sí estás haciendo la pregunta adecuada.

—Te escucho.

—Nada.

David frunció el ceño.

—¿Nada?

—Todavía no. Este es el funeral de tu padre, no una junta de accionistas. Si te acercas ofreciéndole un negocio, parecerás desesperado. Ve a saludarlo. Dale las gracias por venir. Habla con él como el hijo de David Tomás Canarias, no como un muchacho mendigando apoyos. Después, le haces una visita en su casa y… 

David levantó una ceja, intrigado. Al parecer, Tristán ya había comenzado a trazar todo un plan mientras él apenas intentaba asimilar la muerte de su padre.

—Para ser un «zángano», eres bastante bueno en esto.

Tristán sonrió de medio lado.

—Puede que sea un inútil para mi padre porque no tengo su cabeza para los negocios, pero eso no significa que no tenga otras habilidades. —Vio su copa—. El alcohol convierte a cualquier persona en un confesionario. 

David sonrió. Eso era mentira. Tristán tenía una habilidad envidiable para leer la habitación y un don de habla que quisiera él tener. 

—Sé que quieren, que les preocupa y qué necesitan —continuó—. Y he aprendido una lección hace mucho tiempo: todos tenemos un precio. 

—Qué alentador.

—No he dicho que sea dinero. —Tristán se encogió de hombros—. Para algunos es poder. Para otros, respeto. Una mujer, un apellido, un puesto en una mesa, que alguien los admire… Hasta tú tienes uno.

—¿Cuál?

Tristán miró fugazmente hacia el féretro.

—Ya hablaremos de eso otro día.

David siguió la dirección de su mirada y prefirió no preguntar.

—Entonces, ¿cuál será el precio de los Lafuente?

—No, no, no… —Tristán negó inmediatamente con la cabeza—. No te preguntes cuánto cuestan los Lafuente. Pregúntate cuánto valen para ti. Ahora ve. 

David dejó su copa sobre una bandeja.

—¿Vienes conmigo?

—Ni hablar.

—¿Por qué?

Tristán sonrió.

—Porque necesitas que empiecen a verte sin mí.

Aquello consiguió detenerlo.

—Gastón va a decir que eres un niño manipulado por los Ruiz de Con, por tu madre, por los abogados o por cualquiera que pueda utilizarte. Si quieres la silla de tu padre, empieza a demostrar que puedes entrar solo en una habitación.

David miró a su amigo durante unos segundos, después se acomodó la chaqueta y suspiró. 

—¿Cómo me veo?

Tristán lo examinó de arriba abajo.

—Como un huérfano peligrosamente bien vestido.

David soltó aire por la nariz.

—Eres imbécil.

—Y tú estás perdiendo el tiempo.

David comenzó a caminar hacia los Lafuente con tanta seguridad que, poco a poco, algunas miradas dejaron de estar sobre el ataúd para fijarse en él. Su amigo, sin querer, acababa de darle la clave para jugar el juego.

 

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