Julio 21 de 1970

-Ibiza-

Querido diario:

Lo vamos a intentar. David y yo vamos a desafiar lo que está predestinado y trataremos de hacer nuestro propio destino. Sé que es una locura. Hay demasiadas cosas en contra, como su apellido, mi pasado, su familia y su deber. Él ya tiene un futuro que parece haber sido decidido por otros mucho antes de que él y yo nos conociéramos y que, al desafiarlo, estaría poniendo en peligro a su linaje.

Sin embargo, mientras hablábamos en aquel hermoso yate que todas las mañanas parte hacia el horizonte para darnos un minuto a solas, David y yo comprendimos algo: si nos la pasamos huyendo de todo lo que parece imposible, nunca sabremos si alguna vez pudimos ser felices.

No queremos vivir preguntándonos: «¿Qué hubiese pasado? Preferimos equivocarnos por haber amado que arrepentirnos por haber tenido miedo. Esa es nuestra postura.

David me dijo que yo era la primera persona que había elegido por sí mismo y yo, yo quiero elegirlo a él. No por el dinero, ni por su herencia y ese apellido que parece abrir miles de puertas en España cada vez que lo pronuncia. Lo elijo porque, cuando estoy con él, siento una paz que jamás había conocido. Porque me mira como si viera en mí algo que ni yo misma alcanzo a descubrir.

No soy tonta.

Sé que esta decisión va contra corriente. Sé que puede ser efímera y durar apenas un parpadeo. Sé que existe la posibilidad de que todo termine antes de que siquiera comience. Aun así… quiero estar con él. Quiero saber qué se siente ser querida, ser bien tratada y, sobre todo, ser cuidada.

Llevo tanto tiempo cuidándome a mí misma que ya no recuerdo qué se siente descansar sobre alguien sin miedo a que me deje caer. Tal vez eso sea el amor. No que alguien venga a salvarte, sino descubrir que, por primera vez, no tienes que sobrevivir sola.

A veces tengo la impresión de que David es un regalo que mis padres me enviaron desde algún lugar para regalarme un poquito de felicidad. Sé que es una tontería y que tal vez sea una ilusión de una muchacha que ha pasado demasiado tiempo en el modo “supervivencia”, pero lo siento así.

Como si mi madre hubiera encontrado la manera de decirme que, después de tantos años de tristeza, también me tocaba vivir algo bonito, o como si mi padre, desde el mar, hubiera empujado el viento para traerlo hasta mí.

No sé cuánto durará. Tal vez sea el verano, unos meses, un instante, pero, por primera vez, no quiero pensar en el final antes de haber vivido el principio. Es el momento de Alegra… es mi momento de ser feliz.

***

David Fernando Canarias estaba comenzando a vivir una doble vida; una para la que no estaba preparado.

Toda su vida había sido vigilado y ahora le faltaban los pretextos para poder justificar sus desvelos, sus salidas por la madrugada y el hecho de que tenía que funcionar con apenas unas horas de sueño. Le estaba costando y mucho.

David era un hombre que necesitaba orden, horarios y una rutina que le permitiera anticipar cada movimiento. Sin embargo, desde que Alegra había llegado a Ibiza, todo eso había desaparecido y ahora le robaba oscuridad a la noche para poder verse con su amada.

Odiaba verla de madrugada.

Le molestaba profundamente que su historia de amor existiera únicamente mientras el resto de Ibiza dormía. Él deseaba tomar a Alegra de la mano y recorrer con ella las calles de la isla a plena luz del sol; llevarla a sus rincones favoritos, desayunar en los lugares más emblemáticos, bañarse juntos en el Mediterráneo y besarla sin tener que mirar por encima del hombro.

Pero bastaba imaginar que algún miembro de su familia, un socio o cualquiera de los «espías» que parecían seguir cada movimiento de los Canarias los descubriera para que el miedo volviera a imponerse.

Por eso se levantaba antes del amanecer, la recogía al salir del Paraíso Club, la ayudaba a subir al yate y navegaba mar adentro, lejos de la costa, donde el apellido Canarias dejaba de importar durante unas cuantas horas. Esas horas sagradas.

Decían que el amor hacía libres a las personas, pero David nunca se había sentido tan prisionero de su vida. Lo peor era que también estaba convirtiendo a Alegra en prisionera de su mundo. La obligaba a vivir una relación entre sombras, a esconderse, a mirar siempre antes de tomarle la mano. Cada madrugada sentía que le estaba robando algo que ella merecía: la posibilidad de ser amada sin miedo.

No quería que Alegra creyera que se avergonzaba de ella porque no era así. Él no la escondía por quién era ella, la escondía por quién era él. Por primera vez, David Fernando Canarias no deseaba serlo; él quería ser otra persona.

—Podrías escaparte —le dijo Tristán, mientras tomaba a tragos un whisky de la casa.

Ambos se encontraban en el exclusivo Club Náutico de Ibiza, el lugar donde los apellidos más importantes de la isla se reunían para almorzar, cerrar negocios… y, sobre todo, hablar de quienes no estaban presentes. Todos los jueves, Soledad Ruiz de Con acudía a comer con Begoña de la Torre, por lo que David sabía que, tarde o temprano, encontraría allí a su mejor amigo.

—¿Escaparme? ¿Esa es tu solución?

—O puedes disfrutar todo lo que puedas con Alegra, despedirte de ella y marcharte a Madrid dentro de unas semanas. Te casas con Sarahí, diriges las empresas de Lafuente y te conviertes en el hombre que todo esperan que seas.

David resopló.

—No puedo creer que sea el único consejo que puedes darme.

—O… espera un milagro.

—Tristán…

—Mira… tú tienes que resolver este jaleo en el que te metiste. No puedes pensar que alguien lo hará por ti. Excepto Dios.

—¿Dios? ¿Has regresado a misa? —preguntó David, tratando de llevar la pelota a su lado de la cancha.

—No me cambies el tema. Mira, el problema contigo es que quieres quedarte con las dos vidas, David. Y eso no existe. Tarde o temprano tendrás que elegir cuál estás dispuesto a perder.

—Lo dices fácil, porque tú no tienes nada que perder.

Tristá se acomodó en su asiento y vio a su eterna prometida, Begoña, mientras hablaba con su madre como si fuesen madre e hija. Ella sintió su mirada y le sonrió. Tristán no hizo ni un gesto hacia ella.

—No te voy a mentir. Me encanta la vida que yo he hecho para mí mismo. Me gustan las fiestas, el dinero, el alcohol, las drogas ocasionales y las mujeres… sabes cómo les gusto a las mujeres.

—Tristán…

—Espera, espera… —Lo tranquilizó, mientras tomaba un cigarro de la cigarrera de plata y lo encendía.

—Sin embargo, si yo tuviese una oportunidad de elegir a quién amar. Si no tuviera que cumplir esos estúpidos pactos y esas horribles alianzas, haría lo que fuese por vivir esa vida. Te lo digo en serio. Vende un par de esos trajes ridículamente caros que tienes, compra un barco y desaparece. Tú sabes administrar hoteles; ella canta de maravilla. En cualquier punto del Mediterráneo vivirán mejor que la mayoría.

David no pudo evitar sonreír ante aquella fantasía, una que, por primera vez, no le parecía completamente absurda.

No obstante, Tristán era un soñador. Vivía convencido de que cualquier problema podía resolverse con una maleta, un barco y suficiente dinero para llegar al siguiente puerto. Era lógico que creyera en las huidas.

David, en cambio, era un hombre con los pies firmemente plantados sobre la tierra. Había sido educado para calcular riesgos, prever consecuencias y tomar decisiones racionales. Creía en los números, en los contratos y en los planes cuidadosamente trazados, no en los impulsos ni en los milagros.

Escapar con Alegra sonaba maravilloso, pero también sonaba irresponsable y él llevaba toda una vida siendo exactamente lo contrario.

—Tiene que haber otra solución —murmuró David, aunque la idea de escapar con Alegra se negaba a abandonar su cabeza.

Tristán negó lentamente.

—La hay… Solo que no te gusta.

David levantó la vista.

—Por primera vez en tu vida, los dos caminos que deseas son incompatibles. No puedes recorrer ambos al mismo tiempo. —El silencio volvió a instalarse entre ellos—. No le tuerzas el brazo al destino, David. Hay decisiones que no admiten negociación. No puedes moldearlo todo a tu conveniencia.

David apretó la mandíbula.

—Siempre encuentras la forma de resolver las cosas. —Tristán sonrió con tristeza—. Los negocios, sí. La vida… no. Ese es tu problema. Siempre has creído que, con suficiente inteligencia, dinero o esfuerzo, todo tiene solución. Pero hay cosas que no se arreglan; solo se eligen. —Clavó los ojos en su amigo—. Y deja de querer ser tan ambicioso.

David frunció el ceño.

—¿Ambicioso?

—Sí. Quieres la empresa, el apellido, la aprobación de tu padre, la tranquilidad de tu madre, casarte con Sarahí para mantener a Lafuente de socio, pero también quieres a Alegra porque estás enamorado de ella. Quieres conservarlo todo. —Tristán negó con la cabeza—. La vida no funciona así. A veces, ganar una cosa significa perder otra.

David no comprendió por qué aquella última frase se quedó adherida a su mente: Ganar una cosa significa perder otra.

Tristán terminó su whisky con calma y dijo al fin:

—La decisión aquí es muy sencilla. La pregunta es… ¿Qué estás dispuesto a ganar y qué estás dispuesto a perder?

David bajó la vista hacia la taza de café que él tenía entre las manos. Era la primera vez que alguien le hacía esa pregunta y, por desgracia, no podía responderla. A los Canarias no les gustaba perder; no estaba en su ADN, ni en sus planes.

Levantó la mirada y vio a su amigo a los ojos.

—Tiene que haber otra solución.

Tristán sonrió con una mezcla de compasión y resignación.

—Claro que la hay.

David sintió que el pecho se le aflojaba.

—¿Cuál?

Tristán se puso de pie, acomodándose el saco antes de darle una palmada en el hombro.

—Esperar un milagro.

David soltó una risa incrédula.

—Los milagros no existen.

Tristán caminó un par de pasos antes de girarse para verlo una última vez.

—Entonces será mejor que empieces a elegir.

Tristán se puso de pie y le dio una palmada sobre la espalda. David permaneció inmóvil, observando cómo su amigo se alejaba entre las mesas del club.

En todos los años de amistad que compartían, jamás había deseado tanto que Tristán estuviera equivocado. Que, por una sola vez, el amor desafiara la lógica y encontrara una tercera opción. Un camino en el que no fuera necesario renunciar a nada.

Pero, en el fondo, sabía que la vida rara vez concedía milagros.

Y, aun así, seguía esperándolo.

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