El hotel Villa Canarias era conocido por todos no sólo en Ibiza sino en toda España.
Había sido una de las primeras grandes inversiones turísticas de la familia Canarias y, con el paso de las décadas, se había convertido en uno de sus mayores orgullos.
El edificio se alzaba sobre una colina frente al Mediterráneo, combinando la arquitectura tradicional de las islas con el lujo discreto que caracterizaba a la familia. Sus terrazas blancas, jardines cuidados y balcones con vistas al mar habían recibido a políticos, artistas, empresarios y miembros de la realeza durante años.
Era tan antiguo como hermoso.
Había sobrevivido guerras, crisis económicas y cambios de gobierno. Había visto pasar generaciones enteras de la familia Canarias.Para los turistas era simplemente un hotel de lujo, para ellos era algo más parecido a un monumento familiar. Una prueba de que su apellido había logrado resistir el paso del tiempo.
David conocía aquel hotel de memoria. Había pasado buena parte de su infancia recorriendo sus pasillos, escondiéndose en sus jardines y correteando por las terrazas con vistas al Mediterráneo. También había asistido a funerales, reuniones familiares y discusiones empresariales que parecían guerras diplomáticas.
Conocía cada rincón, cada escalera y cada balcón. Incluso sabía cuáles eran los mejores lugares para escapar cuando necesitaba alejarse del ruido y las responsabilidades. Y a ese lugar, su favorito del hotel, llevaba a Alegra en su primera cita, aunque ninguno de los dos lo supiera.
—Ven, vamos… con cuidado.
David le ofreció la mano mientras subían por una estrecha escalera de caracol escondida tras una puerta de servicio; Alegra aceptó su ayuda.
—¿Estás seguro de que esto no es peligroso?
—No.
Subieron algunos escalones más.
—Tristán y yo venimos aquí todo el tiempo a…
David se interrumpió.
—¿A qué? —preguntó ella, divertida.
—Bueno… a hacer cosas.
Alegra arqueó una ceja.
—¿Cosas?
—Sí.
—Eso no responde absolutamente nada.
David soltó una pequeña risa.
—A beber, a fumar y filosofar sobre la vida… esas cosas —acalaró.
Alegra sonrió. Se imaginó a los dos amigos divertidos, lejos de todos los demás.
Cuando terminaron de subir, David abrió una pequeña puerta metálica. Alegra salió primero y al ver dónde había llegado se quedó inmóvil.
—Madre mía…
Se encontraban sobre una de las terrazas intermedias del Hotel Villa Canarias. Desde aquella altura podía verse prácticamente toda la bahía. El Mediterráneo se extendía infinito frente a ellos, oscuro y brillante bajo la luz de la luna. Más abajo, las luces del hotel iluminaban los jardines y las terrazas donde la boda continuaba entre risas, música y copas de vino.
La brisa marina agitó suavemente la cola alta de Alegra. Durante unos segundos olvidó hablar mientras contemplaba el paisaje.
—Es precioso.
David sonrió.
—Me alegra que te guste… ven —David la tomó de la mano y ambos caminaron hacia un par de sillas que estaban ya instaladas.
—Me alegra que te guste… ven.
David le tendió la mano y la condujo hasta un pequeño rincón de la terraza donde había un par de sillas de hierro forjado y una mesa baja que alguien había olvidado años atrás.
—¡Uy! —exclamó Alegra mientras observaba el lugar—. Me siento en un sitio exclusivo.
—Lo es.
—¿Sí?
—Nadie sube aquí. Bueno… Tristán y yo.
La ayudó a sentarse y después ocupó la silla a su lado. Durante unos segundos permanecieron en silencio contemplando el mar. La música de la boda llegaba amortiguada desde abajo. Las luces de los barcos brillaban a lo lejos y la brisa marina acariciaba suavemente el rostro de Alegra.
Ella suspiró.
—Me encanta el mar.
David la observó.
—¿Sí?
—Siento que es mágico.
La joven apoyó los brazos sobre el respaldo de la silla y dirigió la mirada hacia el horizonte.
David sonrió.
—A mí también me gusta —pronunció, mientras veía a Alegra.
Ella sintió su mirada y volteó la cabeza para verlo.
—¿El mar?
—Sí, el mar… —aseguró David, aunque no era verdad.
Era ella la que le gustaba… su sirena.
—Creo que todos los que vivimos en una isla compartimos ese amor por él.
—¿De dónde eres tú? —preguntó David, genuinamente interesado.
—De Gran Canaria.
—¿Las Palmas?
Alegra asintió.
—Nací allí y he vivido toda mi vida allí.
—Nunca he estado.
Ella giró la cabeza para mirarlo, sorprendida.
—¿Nunca?
—No.
—Pensé que alguien como tú habría viajado por todas partes.
David sonrió.
—He viajado mucho por trabajo con mi padre, pero casi siempre a Madrid, Barcelona, París o Londres. Lugares aburridos.
—¿París aburrido? Eso si que es nuevo para mí.
—Bueno… aburrido desde la perspectiva de… —David se quedó en silencio.
Al ver los ojos de Alegra iluminarse con curiosidad, David decidió omitir la parte en la que la mayoría de aquellos viajes habían consistido en reuniones interminables, comidas de negocios y hombres discutiendo sobre dinero.
No quería aburrirla.
—Ya sabes… ir únicamente a hacer negocios.
Alegra se acomodó en la silla.
—¿Cómo es París?
David abrió la boca para responder, pero se quedó en blanco. Había estado en París varias veces, caminando por sus avenidas y dormido en algunos de los mejores hoteles de la ciudad. Sin embargo, de repente, descubrió que no sabía cómo describirla porque nunca la había mirado realmente. Siempre había ido de una reunión a otra, de un hotel a una oficina y de regreso. Nunca se había detenido a ver París.
Ese sentimiento, de pronto, le avergonzó. Le decían un hombre de mundo y de eso no tenía nada.
—Bueno… es muy bonita y brillante y…
Alegra esperó, prestando toda la atención del mundo.
David frunció el ceño.
—Y tiene muchos franceses.
Ella soltó una carcajada que enamoró a David; le encantaba escucharla reír.
—Vaya descripción.
—Lo sé.
—Muy precisa.
—Lo es.
Ambos rieron.
—¿Y Madrid? —preguntó ella.
—Madrid sí puedo describirla. Nací allá y mis padres tienen un piso; vamos seguido.
—A ver.
David miró hacia el mar mientras pensaba.
—Es grande. Muy grande. Tiene edificios enormes, avenidas interminables y monumentos históricos por todas partes. Siempre hay gente caminando, coches pasando y algo ocurriendo. Es una ciudad que nunca parece quedarse quieta.
Alegra escuchaba con atención.
—¿Has ido a los parques? ¿A los museos? ¿A los miradores? ¿Al Palacio Real?
—Sí… —expresó David, para luego tomar un sorbo de café.
Sin embargo, Alegra era muy curiosa y continuaba preguntando sin filtro.
—¿Cómo son los parques?
—Pues… hay árboles —contestó David, titubeando.
Alegra rió.
—Eres terrible describiendo lugares.
—Lo sé… pero en mi defensa, nadie me había pedido que le describiera París o Madrid.
—Bueno… eso es verdad.
—¿Nunca has ido? —continuó él.
—¿A dónde?
—A Madrid…
Ella negó con la cabeza.
—No.
—¿Nunca?
—Es la primera vez que salgo de la isla.
David se volvió hacia ella. Inocentemente, esa respuesta le sorprendió.
—¿De verdad?
—Sí.
—¿Ni siquiera a Tenerife?
—Ni siquiera a Tenerife.
La sonrisa de Alegra se volvió un poco tímida.
—Viajar cuesta dinero —contestó y de inmediato bajó la mirada al té, un poco apenada.
Aquella frase golpeó a David con más fuerza de la que esperaba porque para él viajar había sido algo tan normal como respirar. Nunca en si vida se había detenido a pensar que para otras personas podían ser sueños.
—¿Y qué te parece Ibiza? —preguntó, para romper el silencio.
Los ojos de Alegra volvieron a brillar.
—Me encanta.
—¿Sí?
—Sí. Es hermosa. —Miró el mar—. Pero creo que lo que más me gusta es saber que existen más lugares de los que imaginaba.
David sonrió porque esa respuesta le gustó mucho. Definitivamente, Alegra era una mujer soñadora, algo que en su mundo era muy difícil de encontrar.
—Entonces tendrás que visitar Madrid algún día.
Alegra sonrió.
—Y París.
—Y Londres —respondió ella.
Alegra soltó una risita.
—¿Vas a hacerme una lista completa?
—Si quieres.
—¿Y quién va a pagar todos esos viajes?
David sonrió.
—Tú.
Alegra abrió mucho los ojos.
—¿Yo?
—Claro, porque serás una cantante famosa.
Alegra negó.
—Yo no quiero ser cantante famosa… —admitió.
—¿No?
—No… —Alegra tomó un sorbo de te—. Quiero ser pediatra.
David arqueó la ceja.
—¿Pediatra? ¿De verdad?
—Sí. Es un sueño que tengo. Uno que se ve lejano —admitió.
Alegra en ese momento recordó que apenas había logrado terminar la secundaria, por lo que entrar a una universidad se veía bastante lejano; no le dijo nada a David.
—Una chica que canta en fiestas y hoteles no suele acabar en los grandes escenarios y mucho menos en la facultad de medicina.
—No lo sé —replició David—. Yo llevo menos de una hora conociéndote y ya me parece que eres capaz de cualquier cosa.
Alegra se sonrojó y tomó un poco de té. Él la observó en silencio.
Era hermosa. Innegablemente hermosa. Lo había pensado desde el instante en que la vio en aquel pasillo y ahora que estaba sentado junto a ella, comenzaba a comprender que aquello era lo menos importante.
Alegra era diferente a cualquier mujer que hubiese conocido en su vida. Con esa belleza natural, orgánica, sencilla. Le gustaba escucharla hablar, la forma en que se emocionaba, la manera en que sus ojos se iluminaban, su risa, su sentido del humor, su carácter e inteligencia. Aquello era la clase de cosas que hacían que un hombre se enamorara.
Alegra giró la cabeza.
—¿Qué?
David se sobresaltó.
—¿Qué de qué?
—Me estás mirando.
Maldita sea. Lo había descubierto.
—Perdón.
Ella sonrió.
—No me molesta.
El corazón de David dio un vuelco. Durante unos segundos, ninguno habló, aunque la distancia entre ambos parecía haberse reducido sin que ninguno se hubiera movido.
—¿Sabes? —dijo finalmente Alegra.
—¿Qué?
—Pensé que serías distinto.
David arqueó una ceja.
—¿Eso es bueno o malo?
—No lo sé todavía.
—Gracias por tu sinceridad.
Ella soltó una risita.
—Cuando te vi en el pasillo, pensé que serías uno de esos herederos estirados que hablan de dinero todo el tiempo.
—¿Y ahora?
Alegra lo estudió durante unos segundos.
—Ahora creo que eres tímido.
Ahora fue él quien rió.
—Nadie me había llamado tímido antes.
—Porque nadie te ha visto intentando invitar a una mujer a tomar un té.
—Eso fue culpa de Tristán.
—Claro.
—Lo digo en serio.
—Y yo también.
Sus miradas volvieron a encontrarse y esta vez ninguno apartó la vista. David sintió que podía quedarse allí horas enteras observando aquellos ojos color miel.
—También creo que eres lindo… y…
El viento sopló suavemente entre ellos. Un mechón rebelde escapó de la cola alta de Alegra y volvió a caer sobre su rostro. Ella intentó apartarlo, pero David, sin pensarlo, se adelantó. Sus dedos rozaron la suave piel de su mejilla mientras colocaba el rizo detrás de su oreja.
El tiempo pareció detenerse. Ambos se vieron a los ojos y una sonrisa tímida y suave apareció en su rostro. Sus ojos permanecieron fijos en los de él y por primera vez desde que lo había conocido, Alegra se permitió observarlo con detenimiento.
Era guapo. Ridículamente guapo; mucho más de lo que había notado en el pasillo. Tenía el cabello castaño oscuro ligeramente despeinado por el viento, como si jamás se preocupara demasiado por mantenerlo en su sitio. Sus facciones eran marcadas y elegantes, propias de alguien acostumbrado a aparecer en fotografías familiares, reuniones importantes y revistas de sociedad.
Pero no era eso lo que más llamaba la atención. Eran sus ojos oscuros, intensos y extrañamente cálidos. No tenían la dureza que ella esperaba encontrar en un heredero de una fortuna inmensa, ni la arrogancia que había visto en tantos hombres adinerados. Cuando la miraban, parecía que realmente la estaban viendo, como si ella fuera la persona más interesante del mundo.
Alegra sintió que el corazón se le aceleraba.
También era alto, mucho. Sentado a su lado, ya le había parecido imponente, pero ahora, tan cerca, podía sentirlo de verdad y, sin embargo, no había nada amenazante en él; todo lo contrario. David transmitía una tranquilidad extraña, una sensación de seguridad que ella no recordaba haber sentido con ningún hombre. Quizá era la forma en que la escuchaba o la manera en que se preocupó por ella sin pedir nada a cambio.
Alegra sonrió para sí misma; era absurdo, completamente absurdo. David y ella pertenecían a mundos distintos. Él era el heredero de una de las familias más poderosas de España y ella era una cantante. Una muchacha de Gran Canaria que había limpiado baños para ganarse un lugar donde dormir.
No tenían nada en común, nada. Sin embargo, allí estaban sentados, uno junto al otro bajo la luz de la luna, compartiendo secretos, sonrisas y miradas, como si el universo hubiera decidido ignorar todas las reglas que separaban a las personas de sus respectivos mundos.
Alegra volvió a observarlo y se sorprendió pensando que quizá los cuentos de hadas no eran tan ridículos como siempre había creído. Porque aquello se sentía exactamente así como una de esas novelas románticas que algunas clientas olvidaban en los baños del centro nocturno y que ella leía a escondidas antes de devolverlas.
La muchacha humilde, el heredero, el cuento imposible… Todo estaba allí y precisamente por eso le parecía peligroso. Porque los cuentos terminaban, al igual que las vacaciones, y tarde o temprano aquella boda también terminaría.
David regresaría a su mundo y ella al suyo. Aun así, cuando él le sonrió, Alegra decidió no pensar en el mañana por una noche; solo una. Quería permitirse creer que el destino había conspirado para sentarlos juntos frente al mar y que, al menos durante unas horas, el heredero y la cantante podían olvidar quiénes eran y simplemente disfrutar de estar allí juntos.
David sintió que el corazón le golpeaba el pecho con una fuerza absurda. La distancia entre ambos desapareció poco a poco.
—Alegra… —murmuró.
Ella bajó la vista hacia sus labios apenas un segundo antes de volver a mirarlo. Aquello fue suficiente. David inclinó ligeramente la cabeza, dándole la oportunidad de alejarse y decir que no, pero ella permaneció allí; esperándolo.
El primer roce fue apenas un suspiro tímido, dudoso, como si ambos estuvieran descubriendo algo completamente nuevo. David sintió la respiración de Alegra mezclarse con la suya; ella sonrió apenas contra sus labios. Aquello terminó de desarmarlo.
La mano de Alegra encontró la suya, sus dedos se entrelazaron y, entonces, el segundo beso llegó de forma más natural. Ya no había nervios, solo aquella sensación extraña y maravillosa de estar exactamente donde querían estar.
Fue un beso suave, tímido al inicio, como si ambos estuvieran descubriendo un territorio desconocido. David sintió cómo el mundo entero desaparecía a su alrededor. Sentía la suavidad de sus labios, percibía el perfume salado que el viento había dejado en su cabello; le encantaba la cercanía de su cuerpo y aquella sensación extraña y maravillosa de estar exactamente donde quería estar.
Una parte de él sabía que debería sentirse nervioso y lo estaba, pero, al mismo tiempo, todo resultaba sorprendentemente natural, como si llevara años esperando aquel momento sin saberlo.
Su corazón latía con fuerza. El calor le recorrió el pecho y una bandada de mariposas pareció despertar en su estómago. Era una sensación completamente nueva, intensa, vertiginosa y adictiva.
Alegra sonrió apenas cuando se separaron unos centímetros y sus frentes quedaron cerca. David la observó y volvió a besarla. Esta vez con más seguridad, con menos dudas y con la creciente confianza de quien descubre algo hermoso y no quiere perderlo.
Alegra respondió de inmediato. Sus dedos encontraron la mano de David y la apretaron suavemente; aquello terminó de desarmarlo porque no se trataba únicamente del deseo era algo más profundo, difícil de explicar. Era la sensación de haber encontrado a alguien que encajaba perfectamente en aquel instante de su vida.
Cuando finalmente se separaron, David soltó una pequeña risa nerviosa.
—Creo que soy muy malo para esto.
Alegra arqueó una ceja.
—¿Para besar?
David se ruborizó de inmediato. Alegra sonrió y le acarició suavemente el rostro.
—¿Cómo podría saberlo si yo tampoco he besado a nadie? —respondió.
Aquella confesión lo sorprendió. Jamás imaginó que acababa de compartir con Alegra algo tan importante como un primer beso. Ella jugueteó con la corbata que colgaba ligeramente desordenada sobre su pecho.
—Tal vez deberíamos practicar más.
David soltó una risa nerviosa.
—Tal vez.
Ella tiró suavemente de la corbata para acercarlo y David se dejó llevar. Por primera vez en mucho tiempo olvidó quién era. Durante unas horas fue simplemente David y eso bastó.
Mucho después, cuando la vida los hubiera puesto a prueba. Cuando las decisiones difíciles llegaran, las pérdidas y las despedidas se acumularan en sus recuerdos; David seguiría recordando aquella noche. La brisa del Mediterráneo, la música lejana de la boda, las luces de Ibiza brillando a lo lejos y a una muchacha llamada Alegra sentada junto a él en una terraza escondida.
Porque, sin que ninguno de los dos lo supiera todavía, aquella noche había comenzado la historia más importante de sus vidas.
2 respuestas
Gracias Ana
Me encantan este par de tortolitos
Que lindos,e encanta esta versión de David tímido y Alegra que mujer