La lectura del testamento de David Tomás Canarias duró poco más de una hora y consiguió exactamente lo que el difunto probablemente habría deseado: que todos salieran de aquella habitación más enfadados de lo que habían entrado.
Ainhoa recibió lo que le correspondía como esposa, además de varias propiedades y bienes personales. Hubo legados menores, participaciones y disposiciones para distintos miembros de la familia.
Pero Empresas Canarias era otra historia.
Su padre no le había dejado el control absoluto de Empresas Canarias. Había participaciones repartidas, sociedades vinculadas entre sí y suficientes resquicios para que Gastón y sus tíos pudieran disputarle cada decisión. Exactamente la guerra que le había prometido.
—¡Esto es una locura! —exclamó Gastón, furioso, al escuchar al abogado—. ¿Cómo puede ser que no haya un heredero definitivo?
—Es la voluntad del señor Canarias —respondió el abogado con calma—. Si no está de acuerdo, puede impugnar el testamento por las vías correspondientes.
—¡Claro que lo haré! ¡Claro que lo haré! Esa empresa me corresponde a mí. No solo por edad, sino porque mi padre posee una parte importante de las acciones. Si el padre de mi primo terminó ocupando la presidencia fue por sus artimañas y por los trucos que utilizaba para manipular a todo el mundo.
—¡Silencio! —intervino David.
Gastón se volvió hacia él.
—¡Es bien sabido que tu padre le quitó la empresa al mío! ¡Le pertenecía!
David sostuvo su mirada.
Sintió rabia, por supuesto que la sintió. Su padre llevaba apenas unos días muerto y Gastón ya estaba escupiendo sobre su memoria. Sin embargo, lo que respondió sorprendió a todo el mundo.
—Entonces, si tanto os gusta… quédatela.
El silencio cayó sobre la habitación. Nadie pareció comprender lo que acababa de decir. ¿En serio le había dicho que se la quedara?
Gastón fue el primero en reaccionar.
—¿Cómo dices?
—Que te la quedes.
—¿La empresa?
—Sí.
David se encogió de hombros.
—Yo no la quiero.
—Hijo… —intervino Ainhoa.
David volvió la mirada hacia su madre.
—Yo vine a Madrid para hacer esto, mamá. Mi padre estuviera vivo o muerto, mi decisión era la misma.
Ainhoa lo observó en silencio.
—Así que quédatela, Gastón —continuó David—. Es tuya. Haz lo que quieras. Yo no voy a impedírtelo.
Gastón lo miraba como si esperara que en cualquier momento comenzara a reír.
—¿Estás renunciando?
—Eso parece.
—¿Así de fácil?
—¿Querías que suplicara?
Gastón sonrió lentamente.
—No. Solo esperaba que tuvieras un poco más de orgullo.
David estuvo a punto de responder.
Pero alguien se adelantó.
—No me digas que es por al cantante…
Todas las miradas se dirigieron hacia Dante.
Dante había permanecido apartado durante prácticamente toda la lectura, hundido en un sillón y jugando distraídamente con un encendedor entre los dedos.
Ahora observaba a David con absoluta incredulidad.
—¿Cantante? ¿Qué cantante? —preguntó uno de sus tíos.
David guardó silencio.
Dante abrió los ojos de golpe, como si acabara de comprenderlo.
—¡Joder, primo! ¿En serio vas a renunciar a la empresa por la cantante?
David clavó los ojos en él.
—Las razones de mi renuncia no son de su incumbencia —respondió David con frialdad—. Solo les pido que se me entregue lo que legalmente me corresponde y yo me mantendré al margen de Empresas Canarias.
—¿Qué cantante? —insistió Gastón.
Dante miró a David.
Ya era demasiado tarde.
—La de tu boda —respondió—. Nuestro primo anda con la cantante de tu boda. Es preciosa, por cierto. Pero, al parecer, lo tiene hechizado, porque está dispuesto a mandarlo todo al carajo por ella.
Gastón tardó unos segundos en recordar.
—¿La morena?
Dante asintió.
—Esa misma.
Gastón soltó una carcajada.
—No puede ser.
—Puede —respondió Dante—. Y bastante.
—¿Vas a renunciar a Empresas Canarias por una cantante de cabaré?
David sintió que algo cambiaba dentro de él. Podían llamarlo niño, cuestionar su capacidad, incluso podían insultar la memoria de su padre. Pero Alegra no tenía nada que ver con aquella guerra.
—Cuidado, Gastón.
La advertencia consiguió borrar parte de la sonrisa de su primo.
—¿Qué?
David dio un paso hacia él.
—Puedes decir lo que quieras de mí. Pero mide muy bien tus palabras cuando hables de ella.
—¿O qué?
—No necesitas averiguarlo.
Ainhoa observaba a su hijo en silencio. Gastón sonrió de nuevo.
—Así que es verdad.
—Nunca he dicho que no lo fuera.
—Una cantante…
—Se llama Alegra Bustamante.
El nombre quedó por primera vez expuesto ante toda la familia Canarias y David lo dijo con tanta seguridad que sorprendió a muchos.
—Y si he decidido que quiero construir una vida con ella, es asunto mío.
—¿Construir una vida? —Gastón soltó otra carcajada—. ¡Este está completamente loco!
Algunos de sus tíos intercambiaron miradas.
—Puede ser. La diferencia es que yo puedo permitirme elegir mi vida. Tú llevas años esperando que alguien muera para conseguir la tuya.
La sonrisa de Gastón desapareció.
—David… —advirtió Ainhoa.
—Ya terminé, mamá.
Se volvió hacia el abogado.
—Quiero saber exactamente qué bienes, participaciones y dinero me corresponden fuera de Empresas Canarias. Prepare los documentos de mi renuncia y los firmaré.
—Por supuesto.
David se encaminó hacia la puerta. Al pasar junto a Dante, se detuvo.
—Pudiste haberlo tenido todo —murmuró.
Dante no dijo nada, simplemente vió cómo su primo se alejaba.
***
—Horas antes de la lectura del testamento—
David jamás había estado en casa de los Lafuente. Bueno, en ninguna de las tantas propiedades que poseían.
Esta vez, Alí Lafuente lo había citado en la residencia familiar a las afueras de Madrid, una enorme casa de inspiración marroquí rodeada por uno de los jardines más hermosos que David había visto. Rosales, buganvilias y arbustos perfectamente cuidados flanqueaban los senderos, mientras pequeñas fuentes rompían con su murmullo el silencio de la propiedad.
El mayordomo le abrió la puerta y, apenas cruzó el umbral, David tuvo la sensación de haber entrado en otro mundo. Arcos, mosaicos, madera tallada, alfombras y lámparas de metal trabajado conseguían que pareciera que Alí se había traído consigo un pedazo de su tierra y lo había instalado a las afueras de Madrid.
—El señor Lafuente lo espera en la terraza —le indicó el mayordomo.
David asintió y lo siguió.
Ambos atravesaron la casa hasta llegar a la terraza. Al llegar, Alí Lafuente se encontraba conversando con una niña de apróximadamente doce años que permanecía sentada a su lado.
Tenía el cabello oscuro y lleno de pequeños rizos rebeldes que le caían alrededor del rostro. La piel morena contrastaba con unos ojos grandes, también oscuros, enmarcados por largas pestañas. Había algo particularmente llamativo en su mirada: seria, curiosa y demasiado atenta para una niña de su edad.
Al ver aparecer a David, dejó inmediatamente de hablar.
—David —saludó Alí mientras se ponía de pie—. Me alegra que hayas venido.
La pequeña también se levantó.
—Veo que estás ocupado —comentó David.
—Nada que no pueda esperar. Estaba conversando con mi hija.
David miró a la niña.
—Fátima, te presento a David Fernando Canarias. David, ella es Fátima Amina Lafuente, mi hija menor.
David extendió la mano con toda formalidad, como habría hecho con un adulto.
—Mucho gusto, señorita Lafuente.
Fátima observó primero su mano y después su rostro, como si estuviera decidiendo si aquel desconocido merecía semejante cortesía. Finalmente se la estrechó.
—Fátima, cariño, ¿nos dejas solos un momento?
—Sí, padre.
La niña se inclinó para besar a Alí en la mejilla y después se alejó hacia el interior de la casa.
David la siguió con la mirada apenas un instante.
—Tiene carácter.
—Demasiado —respondió Alí, viendo cómo Fátima desaparecía en el interior de la casa—. Algún día dominará el mundo.
David sonrió.
Alí esperó a que su hija estuviera suficientemente lejos antes de volver la atención hacia él.
—¿A qué debo tu visita, David? No creo que hayas venido a reanudar tu alianza con Sarahí.
El joven suspiró.
En medio de todo lo ocurrido durante aquellos días, ni siquiera se había detenido a pensar cómo se encontraría Sarahí.
—No. En realidad, no.
—Me alegra.
David levantó ligeramente una ceja.
—¿Por qué?
Alí se acomodó en su asiento.
—Porque no entregaría a mi hija a un joven que está a punto de heredar una empresa en bancarrota.
David se quedó inmóvil.
Por un instante creyó haber escuchado mal.
—¿Cómo dice?
Alí suspiró.
—Lo que has oído. Empresas Canarias está en bancarrota.
David sintió como si le hubieran arrojado un balde de agua helada encima.
—Eso es imposible.
—Ojalá lo fuera.
—He visto los balances.
—Has visto los balances que tu padre quería que vieras.
Aquello consiguió callarlo.
Alí se inclinó hacia delante.
—Tu padre me debe dinero, David. Mucho dinero. A mí, a mis bancos y, por lo que he podido averiguar, no soy el único.
—¿Cuánto?
—Más de lo que Empresas Canarias puede pagar en este momento sin comenzar a vender activos.
David negó lentamente.
—No. Los hoteles funcionan. La flota funciona. Tenemos propiedades, restaurantes, distribuidoras…
—Y precisamente por eso nadie se ha dado cuenta todavía. —Alí levantó una mano—. No confundas tener activos con tener liquidez. Puedes poseer diez edificios y no tener dinero suficiente para pagar una deuda que vence el viernes.
David guardó silencio.
Eso sí lo entendía.
—Tu padre llevaba años haciendo malabares —continuó Alí—. Pedía dinero utilizando unos activos como garantía para cubrir las obligaciones de otros. Refinanciaba deudas, trasladaba capital entre sociedades, aplazaba pagos y volvía a endeudarse para mantener todo funcionando.
—Mi padre no era un imbécil.
—Jamás he dicho que lo fuera. —Alí sostuvo su mirada—. De hecho, hacía falta ser extraordinariamente hábil para mantener semejante desastre en pie durante tanto tiempo.
David apretó la mandíbula.
—¿Y Sarahí?
Alí permaneció callado unos segundos.
—Sarahí era parte de la solución.
David sintió que el estómago se le revolvía.
—Explíquese.
—La alianza entre nuestras familias no era únicamente un matrimonio. Tu padre esperaba que, una vez unidos, los Lafuente tuviéramos suficientes motivos para impedir la caída de Empresas Canarias.
David entendió inmediatamente.
—Dinero.
—Crédito —corrigió Alí—. Respaldo. Refinanciación. Garantías. Tiempo. Llámalo como quieras.
—Me estaba casando con su hija para que usted salvara su empresa.
—En términos poco elegantes, sí.
David soltó una risa seca, sin humor.
—Hijo de puta.
Alí no lo reprendió.
—Tu padre quería salvar el patrimonio de su familia.
—Utilizándome a mí.
—Y a mi hija —le recordó Alí—. Por eso la alianza ha terminado.
David levantó los ojos.
—¿Usted la terminó?
—En el instante en que murió tu padre.
—¿Por qué?
Alí se recostó en la silla.
—Porque yo estaba dispuesto a negociar con David Tomás Canarias. Conocía sus defectos, pero también sabía de lo que era capaz. Él podía ofrecerme garantías de que ese dinero regresaría algún día.
Hizo una pausa.
—¿Quién lo haría ahora?
El orgullo de David recibió el golpe.
—¿Cree que no soy capaz?
—Creo que eres capaz de muchas cosas. Pero ¿de levantar una empresa hundida hasta el fango? No.
David se llevó los dedos a la sien y se masajeó lentamente, intentando ordenar sus pensamientos. Había ido hasta allí dispuesto a convencer a Lafuente de que se pusiera de su lado y ahora descubría que no tenía absolutamente nada que ofrecerle.
—¿Vas a la lectura del testamento? —preguntó Alí.
—Sí.
—Hijo…
David levantó la mirada al escuchar aquella palabra. Durante un instante le resultó demasiado familiar.
Alí pareció notarlo, pero continuó:
—Creo que eres un hombre brillante y con muchísimo potencial. Tu padre lo sabía. Y los socios también lo sabemos. Muchos te habríamos seguido, créeme. Llevas años preparándote para ocupar su lugar y no eres ningún inútil, por mucho que algunos de tus familiares intenten convencerte de lo contrario.
David guardó silencio.
—Por eso es una lástima que tu padre te haya dejado Empresas Canarias en estas condiciones. —Alí negó lentamente con la cabeza—. No vas a heredar el imperio que todos creen, David. Vas a heredar sus deudas.
—¿Qué ocurrirá si acepto?
Alí no suavizó la respuesta.
—En cuanto tomes posesión y los vencimientos comiencen a llegar, reclamaré lo que se me debe. Si no puedes pagarme, solicitaré el embargo de los bienes que garantizan la deuda. Y después vendrán los demás acreedores.
David respiró profundamente.
—Me aconseja que renuncie.
—¿A Empresas Canarias? Sí. Renuncia a todo aquello que te obligue a responder por ella. Toma el dinero que legalmente te corresponda, las propiedades que estén libres de cargas, las participaciones que puedas vender. Termina tus estudios. Construye algo tuyo.
David lo observó con atención.
No conseguía decidir si Alí Lafuente le estaba dando un consejo o ejecutando una estrategia extraordinariamente bien calculada.
—Está bien que desconfíes de mí —comentó Alí, como si hubiera adivinado exactamente lo que estaba pensando.
David levantó una ceja.
—Usted mismo acaba de decirme que le debemos mucho dinero.
—Precisamente.
Alí se inclinó hacia él.
—Piensa como empresario, David. ¿Qué me conviene más? ¿Que renuncies y dejes una empresa insolvente en manos de tu primo… o que tú, con el patrimonio de tu madre detrás, aceptes la herencia e intentes salvarla?
David se quedó quieto.
—Le convengo yo.
—Muchísimo más.
Aquello cambió por completo la conversación.
Alí se recostó nuevamente.
—Si solo quisiera recuperar mi dinero, cerraría la boca. Iría esta tarde a la lectura del testamento, te estrecharía la mano, te llamaría «presidente» y esperaría a que firmaras todo lo que tu padre dejó preparado. Después vendría a cobrar.
—Entonces, ¿por qué me lo está diciendo?
Alí sostuvo su mirada.
—Porque conocí a tu padre durante muchos años. Porque te conozco desde que eras un crío. Porque estuviste a punto de convertirte en mi yerno y, aunque me alegra que eso no vaya a ocurrir, te tengo aprecio.
David sonrió apenas.
—Qué conmovedor.
—No te acostumbres.
Alí tomó su taza de café.
—También porque quiero poder mirarte dentro de veinte años y saber que no permití que, con diecinueve, arruinaras tu vida pagando los errores de un muerto.
Esa frase golpeó a David con mayor fuerza de la que esperaba.
—Mi padre me pidió que luchara por ella.
Alí dejó lentamente la taza.
—Ah.
David inmediatamente se arrepintió de haberlo dicho.
—¿Qué?
—Ahora entiendo.
—Le hice una promesa.
—Entonces tu problema ya no es financiero.
—¿Cuál es?
Alí lo observó durante unos segundos.
—Tendrás que decidir si cumplirle una promesa a tu padre muerto vale más que la vida que todavía puedes construir.
David suspiró.
—Siento haberle hecho perder el tiempo, señor Lafuente.
Se puso de pie. Ya no tenía nada más que hablar con él.
Había llegado dispuesto a conseguir un aliado y se marchaba sin empresa, sin alianza y, probablemente, sin guerra que pelear. Quizá fuera lo mejor.
Apenas había dado un par de pasos cuando escuchó:
—¿Sabes algo de distribución?
David se detuvo.
Volvió lentamente la cabeza.
—¿Perdón?
—Distribución, importaciones, almacenes, rutas comerciales.
David regresó hacia la mesa.
—He trabajado en esa división de Empresas Canarias desde los dieciséis.
—Lo sé.
—Entonces, ¿por qué pregunta?
Alí sonrió.
—Quería saber qué responderías.
David volvió a sentarse.
—¿Qué está tramando?
—Hace tres meses, uno de mis bancos concedió un préstamo a una empresa de distribución de alimentos y bebidas. Pequeña, pero interesante. Trabaja principalmente entre Madrid, Barcelona y Valencia. El propietario dejó de pagar.
—¿Y?
—Y desde el martes soy dueño de una empresa de distribución que jamás quise tener.
David comenzó a entender.
—La embargó.
—Ejecutamos las garantías. Ahora tengo almacenes, camiones, contratos, empleados y un negocio que pierde dinero cada vez que abre las puertas.
—Enhorabuena.
Alí soltó una carcajada.
—Gracias. Estaba pensando en liquidarla.
—Es lo lógico.
—Lo era. —Alí se inclinó hacia delante—. Hasta que murió tu padre.
David entrecerró los ojos.
—No entiendo.
—Necesito a alguien que me diga si aquello puede salvarse. Y, si puede, que lo haga.
David soltó una pequeña risa.
—Hace cinco minutos me dijo que no soy capaz de salvar una empresa.
—Que no eres capaz de salvar a las Empresas Canarias.
—¿Cuál es la diferencia?
—Unos cuantos cientos de millones en deudas, una familia de buitres, cuarenta años de malas decisiones y un apellido que no te permite pensar con claridad.
David sonrió.
—Buen argumento.
—Esta es pequeña. Sus problemas son identificables. Mala administración, gastos absurdos, rutas mal planteadas y demasiados empleados para el volumen que maneja. Si fracasa, cierro, vendo los activos y asumo la pérdida.
—¿Y quiere que yo la dirija?
—Quiero que la levantes. Quiero que me demuestres ese potencial que sé que tienes.
—¿Qué gano yo? —preguntó David.
La expresión de Alí cambió.
—Un sueldo.
David casi se rió.
—¿Un sueldo?
—Bienvenido al mundo de los que trabajan, Canarias.
Aquello sí consiguió hacerle gracia.
—Tengo dinero.
—De tu familia. Yo te estoy ofreciendo la oportunidad de ganar el tuyo.
Eso lo hizo callar. Porque Alí sabía perfectamente dónde golpear para obtener lo que necesitaba.
—Y si consigues que la empresa dé beneficios —continuó—, recibirás un porcentaje.
David volvió a interesarse.
—¿Qué porcentaje?
—Ahora reconoces un negocio cuando lo escuchas.
—¿Cuánto?
—Diez por ciento de los beneficios durante el primer año.
—Veinte.
Alí soltó una carcajada.
—Ni siquiera has visto la empresa.
—Usted acaba de decirme que pensaba liquidarla. Si no hago nada, pierde dinero. Si la salvo, gana dinero que ya daba por perdido. Veinte.
Alí dejó de reír. Lo observó con atención. Ahí estaba, por primera vez aquella mañana vio algo del hombre que esperaba encontrar.
—Quince.
—Y participación si supero los objetivos.
Alí levantó una ceja.
—¿Participación?
—Si voy a levantar su empresa, quiero tener una razón para hacerla crecer, no solamente para cobrar un sueldo.
—Eres bastante descarado para alguien que llegó aquí pidiendo ayuda.
—Pensé que estábamos negociando.
Alí sonrió lentamente.
—Quince por ciento de los beneficios. Si en doce meses recupero lo que el antiguo propietario me debía, te cedo un diez por ciento de la sociedad.
David extendió la mano.
—Quince.
—Diez.
—Doce.
Alí lo pensó.
—Hecho.
Estrechó su mano.
—Empiezas el lunes.
—El jueves. Hay algo que tengo que hacer antes.
Alí levantó una ceja, pero no preguntó.
—Bien… el jueves —se rindió.
David estrechó su mano.
Por alguna razón, mientras sellaban el acuerdo, tuvo la extraña sensación de que acababa de cerrar uno de esos tratos capaces de cambiar una vida.
La suya, sin duda y también la de alguien más.
2 respuestas
Ayyyyy conoció a Fátima 🥰🥰
Que gran negociador y excelente hombre el Sr Lafuente