—¡Alegra, qué gusto verte! —La voz de Salma Lafuente resonó alegremente en el salón de la fundación.
Alegra levantó la cabeza de las cajas de material escolar que estaba organizando y sonrió al verla.
—¡Señora Lafuente! Ya está de regreso.
—Salma —la corrigió por enésima vez mientras se acercaba a saludarla—. Después de todo este tiempo, creo que podemos dejar lo de «señora Lafuente».
Salma había estado ausente durante las últimas semanas. Había acompañado a su hija Amira a Beirut, donde pasaría una temporada con la familia de su prometido antes de la boda. El futuro marido de Amira pertenecía a los Khalil, una familia libanesa dedicada al negocio hotelero, propietaria de varios establecimientos en Oriente Próximo y Europa, con su principal centro de operaciones en Beirut. Los Lafuente y los Khalil se conocían desde hacía años; Alí y el padre del joven habían hecho negocios juntos mucho antes de que a ninguno se le ocurriera convertir aquella amistad en una alianza familiar.
—¿Tuvo buen viaje? ¿Amira se quedó nerviosa? —le preguntó.
Aunque ella ya sabía la respuesta. Amira, antes de irse, en confidencia le había dicho que se sentía triste y enojada por la alianza y que no estaba de acuerdo. Alegra se sintió muy mal cuando Amira se despidió de ella y de la fundación llorando.
—Feliz, nerviosa y abrumada —contestó Salma—. Exactamente como debe estar una mujer a punto de casarse. Recuerdo cuando yo misma viajé a Madrid para casarme con Alí. Fue una tortura al inicio, después la costumbre se hizo amor.
—Vaya… —murmuró Alegra.
Salma suspiró.
—Me contaron lo que pasó, Alegra. Lo siento mucho. Yo también perdí un hijo, pero, después, Dios me bendijo con tres hijas. Confía en Dios.
Dios, pensó Alegra, al parecer la señora Lafuente y su suegra se habían puesto de acuerdo para hablarle de Dios y que ella pudiese tener un ser espiritual en quién confiar su futuro.
Sin embargo, Alegra no era muy cercana a Dios, no después de todas las desgracias que le habían pasado en la vida: la pérdida de su padre, la muerte de su madre y después el hambre y la desolación.
—Gracias… primero Dios —respondió.
Salama Lafuente se acercó a ella y le tomó las manos.
—Hay algo que quiero perdirte, para lo que sé que serás perfecta.
—Dígame…
—Cada año, la fundación celebra una gala en diciembre para recaudar fondos —explicó Salma mientras continuaba organizando el material—. Preparamos un espectáculo, una cena elegante y una subasta. Todo lo recaudado sirve para financiar buena parte de los proyectos del año siguiente.
—Suena importante.
—Lo es. Pero este año lo será todavía más. Celebramos el décimo aniversario de la fundación y queremos hacer algo especial. Una gala mucho más grande que las anteriores. Quiero que tú la organices.
—¿Cómo? —preguntó Alegra, bastante sorprendida.
—Sí. Quiero que la organices. En el poco timpo que llevas en la fundación los niños te han tomado cariño y las mamás te respetan. Los entiendes y sabes de sus necesidades. Así que sería fantástico y también muy personal. Creo que sería fabuloso.
Organizar algo así de importante, era algo nuevo. A Alegra jamás le habían pedido algo tan graden como esto. Por un momento le entró miedo y estuvo a punto de decir que no. Sin embargo, recordó que ser esposa de David también significaba hacer este tipo de cosas.
—Me encantaría.
—¡Excelente! —expresó Salma con entuciasmo—. Entonces te pasaré la temática y la lista de invitados. Debes empezar a envias la invitaciones, a proponer lugares para la cena y el espectáculo. Creo que necesitarás contratar una asistente.
—¿Asisitente? ¿Cómo? ¿Usted no me ayudará?
Salma negó con la cabeza.
—No. Esto lo harás sola. El apellido Canarias debe ir por delante. Lo necesita tu marido después de todo lo que pasó con su empresa. Debemos darle una nueva imagen. Por eso debes contratar a alguien que te ayude. Fátima llegará a finales de noviembre y ella también te ayudará. Eso sí, toda decisión debe ser aprobada por mí…¿si no hay problema?
—Vale… Sí, claro. Creo que ya tengo a la asistente perfecta.
—Bien… manos a la obra. —Salma la tomó del mentón y le sonrió—. Es el momento de Alegra Bustamante.
***
—¿Organizarás el evento por el décimo aniversario de la fundación? —preguntó David con una sonrisa mientras cenaban.
Alegra había preparado algo sencillo aquella noche. Había pasado buena parte de la tarde hablando por teléfono con Mandy sobre la posibilidad de convertirse en su asistente y, para su sorpresa, su amiga había aceptado prácticamente de inmediato. Al parecer, empezaba a estar cansada de la vida nocturna de Ibiza y, por alguna razón que no había querido explicarle demasiado, Tristán se había vuelto más insoportable que de costumbre. Necesitaba un cambio y Madrid parecía una buena oportunidad.
—Sí. Salma Lafuente me lo pidió. —Alegra dejó los cubiertos sobre el plato—. Me dijo que puedo contratar a una asistente, así que ya tengo a Mandy. También me dio una primera lista de casi cien invitados. Tengo que proponer las invitaciones, la cena, el tema de la velada, el espectáculo… prácticamente todo. Y tiene que quedar perfecto.
—¡Me parece maravilloso! —respondió David.
Buscó su mano sobre la mesa y entrelazó los dedos con los suyos.
—¿De verdad?
—Claro que sí. Creo que eres perfecta para hacerlo.
Alegra soltó una pequeña risa.
—Eso lo dices porque eres mi marido.
—Lo digo porque eres inteligente, sensible, tienes muy buen gusto y, sobre todo, eres capaz. —Le acarició los nudillos—. Creo que vas a hacer un gran trabajo.
—Es la gala del décimo aniversario, David. No es cualquier cena.
—Lo sé. Y si Salma te la ha confiado, será porque también lo sabe.
Alegra bajó la mirada hacia sus manos.
—Me dijo otra cosa.
—¿Qué?
—Que podría ser bueno para los Canarias. —Hizo una pequeña pausa—. Dijo que tu apellido necesita una renovación. Una imagen diferente después de todo lo que ha pasado y que verme involucrada con la fundación podría ayudar.
David suspiró.
—No necesito que limpies mi apellido.
—Ya lo sé.
—Ni quiero que conviertas esto en una obligación por haberte casado conmigo.
—No lo haré.
—Bien.
David apartó ligeramente la silla y, con un gesto de la mano, la invitó a acercarse.
—Ven aquí.
—Estamos cenando.
—La cena puede esperar.
Alegra puso los ojos en blanco, aunque terminó levantándose. David la tomó por la cintura y la acomodó sobre sus piernas.
—No siento que tenga que limpiar tu apellido —aclaró ella—. Pero sí me puso nerviosa pensar que la gente pueda verme de esa manera. Como si ahora representara algo.
—Representas algo.
Alegra lo miró.
—A ti misma.
Ella sonrió.
—Qué bonito.
—Es la verdad. —David apartó uno de sus rizos—. Si además alguien ve a Alegra Canarias organizando una gala benéfica y decide que no todos los Canarias somos unos cabrones, estupendo. Pero no es tu responsabilidad conseguirlo.
Alegra rio.
—Tu madre te reñiría por hablar así.
—Mi madre sabe perfectamente que algunos Canarias son unos cabrones.
—David…
Él sonrió y la besó brevemente.
—No sientas presión por eso, Ale. Haz lo que sabes hacer. Organiza una noche de la que te sientas orgullosa. Lo demás llegará solo.
—¿Y si sale mal?
—Saldrá mal alguna cosa.
Alegra abrió los ojos.
—¡Qué alentador!
—Es un evento para cien personas. Alguien llegará tarde, alguien se quejará de la comida, faltará una silla o algún imbécil decidirá que no le gusta la música. —Se encogió de hombros—. Eso no significa que la gala haya salido mal.
—Quiero que sea especial.
—Entonces hazla tuya.
Aquellas palabras consiguieron que Alegra se quedara pensativa.
—¿Mía?
—Sí. No intentes organizar la clase de fiesta que crees que organizarían los Lafuente. Ni la que organizarían los Canarias. —Le dio un ligero golpecito en la punta de la nariz—. Organiza la que haría Alegra.
Ella comenzó a sonreír.
—Creo que ya tengo algunas ideas.
—Eso me preocupa.
—No debería.
Alegra tomó el rostro de su marido entre las manos y sonrió. Cada día le parecía más guapo. Quizá porque cada día lo conocía un poco más y encontraba nuevos detalles de los que enamorarse.
Acarició con las yemas de los dedos la ligera barba que oscurecía su mandíbula. Después recorrió las pequeñas líneas que comenzaban a dibujarse junto a sus ojos cuando sonreía, aquellas que le daban un aire todavía más cálido y atractivo. David tenía una sonrisa amplia, despreocupada, de esas que transformaban por completo su rostro y conseguían que Alegra olvidara cualquier cosa que estuviese pensando.
Subió las manos hasta su cabello. Lo llevaba algo más largo que de costumbre, abundante y ligeramente ondulado, peinado hacia atrás sin demasiado cuidado. Alegra hundió los dedos entre los mechones y los revolvió.
David entrecerró los ojos.
—¿Qué haces?
—Mirarte.
—Eso ya lo había notado.
Ella sonrió.
—Te amo, David Canarias. —La alegría de su rostro se volvió ternura—. Te amo demasiado.
La expresión de David cambió.Todavía le sucedía. Podía escucharla decir aquellas palabras cien veces y las ciento una le provocaban exactamente lo mismo.
—Y yo a ti.
La besó.
Primero despacio, casi como si quisiera responderle únicamente con los labios. Alegra mantuvo sus manos entre su cabello y David la estrechó por la cintura, acercándola más. El segundo beso duró más. Y el tercero dejó de tener cualquier intención de ser prudente.
Alegra soltó una pequeña risa contra sus labios cuando sintió que las manos de David comenzaban a recorrer juguetonamente su cintura.
—David…
—¿Qué?
—Estamos cenando.
—Qué importa.
Volvió a besarla, esta vez en la mejilla, y descendió lentamente hasta su cuello, después pasó un brazo por debajo de sus piernas.
—No se te ocurra…
Demasiado tarde.
Se puso de pie con Alegra entre los brazos.
—¡David! —exclamó ella entre risas, aferrándose inmediatamente a su cuello.
—¿Qué?
—¡Bájame!
—No.
—La cena se va a enfriar.
David miró por encima del hombro hacia la mesa.
— Lo siento, mi vida, tengo prioridades.
Alegra se echó a reír y lo besó antes de que pudiera continuar diciendo tonterías.
David respondió al beso mientras avanzaba por el pasillo, cargándola como si no pesara nada. Él empujó la puerta de la habitación con el pie.
La había visto llorar demasiado durante aquellas últimas semanas. La había abrazado mientras intentaban comprender una pérdida para la que ninguno estaba preparado y había deseado, inútilmente, poder quitarle todo aquel dolor.
Ahora volvía a escucharla reír entre sus brazos. La amaba. La amaba por todo lo que era, por todo lo que le hacía sentir, por que ella era el sentimiento más puro y real de su vida.
David cerró la puerta detrás de ellos y durante el resto de aquella noche, el mundo pudo esperar.