—Creo que estoy enamorado —le confesó David a Tristán.

Ambos se encontraban en el mismo lugar donde, apenas unas horas antes, David había besado a Alegra por primera vez. La noche había terminado, la música se había apagado, los últimos invitados se habían retirado a sus habitaciones o habían continuado la fiesta en algún rincón de Ibiza. Incluso el viento parecía haberse calmado; solo permanecía el sonido constante del mar rompiendo contra las rocas.

David estaba recostado sobre el tejado, con las manos detrás de la cabeza, observando cómo los primeros rayos del amanecer comenzaban a teñir el horizonte de tonos anaranjados. Alegra ya se había ido, se había despedido de él con una sonrisa y con el recuerdo de la noche más maravillosa de su vida.

Tristán, que había pasado la madrugada saltando de fiesta en fiesta y acumulando historias que seguramente no debería contar jamás, se dejó caer en una de las sillas con una botella de vino a medio terminar.

—Eres un idiota por no pedirle el número de teléfono.

David cerró los ojos. Sí, lo sabía y llevaba horas repitiéndose exactamente lo mismo.

—Lo sé.

—Un completo idiota.

—Gracias por tu apoyo.

—Para eso están los amigos.

David soltó una pequeña risa, después volvió a contemplar el cielo.

—Sabes que no habría servido de nada.

Tristán guardó silencio unos segundos. Porque, por desgracia, entendía perfectamente lo que quería decir.

—Sí —admitió finalmente—. Lo sé.

David suspiró.

—Ella tiene su vida.

—Y tú la tuya.

—Exacto.

—Qué aburridos sois los dos.

David negó con la cabeza.

—No es eso y lo sabes. Tengo responsabilidades.

Aquella única palabra bastó. David Canarias tenía mucho en qué pensar antes de dejarse llevar por una cara bonita. Está la herencia, las expectativas, las empresas, Sarahí Lafuente, el futuro que otros llevaban años diseñando para David.

—¡Qué mierda!

—Sí.

Tristán tomó un sorbo de vino y el silencio se instaló entre ellos. El sol comenzaba a asomarse por el horizonte y David sonrió para sí mismo. Aún podía recordar la forma en que Alegra se había reído, la manera en que había pronunciado su nombre.

Y el beso. Sobre todo el beso. No quería mojarse los labios para no olvidar la sensación.

—Creo que estoy enamorado —repitió en voz baja.

Tristán lo observó unos segundos.

—No.

David arqueó una ceja.

—¿No?

—No estás enamorado. —Tristán señaló el horizonte con la botella—. Estás completamente jodido.

David se incorporó de golpe y le arrebató la botella de vino, le dio un trago, después otro, como si el alcohol pudiera borrar las últimas horas o arrancarse del pecho aquella sensación, pero no funcionó porque seguía viendo a Alegra.

Maldita sea.

—No voy a volver a verla —dijo finalmente—. Así que supongo que tendré que superarlo.

Tristán se acomodó en la silla.

—Buena suerte con eso.

David ignoró el comentario.

—¿Cómo le haces?

—¿Para qué?

—Para no enamorarte. Sales con una y con otra a espaldas de Bego y…

—No lo hago a sus espaldas.

La respuesta fue tan inmediata que David se echó a reír.

—Eres increíble.

—Sabes perfectamente que ella lo sabe.

—Eso no lo hace mejor.

—Tampoco peor.

David negó con la cabeza. Tristán tomó la botella de vuelta y bebió.

—Begoña y yo no nos amamos.

La frase salió sin dramatismo o tristeza, como si estuviera describiendo algo muy superficial.

—Es una alianza, igual que Sarahí y tú.

—Entonces, ¿cómo haces para no enamorarte? —insistió.

Tristán observó el amanecer.

—Porque nunca me ha pasado.

—¿Nunca?

—Nunca.

David arqueó una ceja.

Tristán dio un trago al vino.

—He conocido mujeres hermosas, divertidas y en cierta manera interesantes, pero nunca he sentido eso que tú sentiste esta noche. Ese golpe en la cabeza. Ese momento en el que miras a alguien y todo encaja. Ese beso que te hace pensar…es ella.

David bajó la mirada porque exactamente así se había sentido.

—No creo encontrarlo nunca —continuó Tristán—. Así que, mientras me atan de por vida a un matrimonio que no elegí, pienso hacer exactamente lo que me dé la gana.

David soltó una risa.

—Suena muy noble.

—Nunca he dicho que sea noble.

—Eso es cierto.

Tristán sonrió; después señaló a su amigo con la botella.

—Tú deberías hacer lo mismo.

David negó con la cabeza.

—No puedo.

—Claro que puedes y deberías. Por fin encuentras algo que quieres de verdad, ya estás buscando razones para renunciar.

David permaneció en silencio. Las palabras de ánimo de su amigo le daban esperanza, pero estas caían rápido. Para ese momento el sol terminaba de salir sobre el Mediterráneo.

—No importa —dijo finalmente. No la voy a volver a ver.

Tristán lo observó unos segundos y después dio un sorbo de vino.

—Ya veremos.

Al final los 2 se quedaron en silencio.

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