Dante Canarias era un hombre completamente descarrilado que vivía de las fiestas, del dinero de su padre y, sobre todo, de los secretos ajenos. Tenía un talento casi innato para obtener infomración, manipularla y convertirla en un arma con la que chatajeaba o doblegaba a quién le convenía y era por eso que nadie le confiaba nada.
De los dos hermanos, Dante era el más peligroso, no porque fuera el más preparado, sino porque sabía sembrar miedo e incertidumbre. Gastón, en cambio, era impuslivo y torpe; sus arrebatos solían provocar más burlas que respeto y por eso nadie, ni siquier David, lo consideraba un peligro.
David, en ese momento, habría preferido encontrarse con Gastón antes que con Dante pero, al parecer, la vida nocturna de su primo había terminado cruzándose con sus escapadas de madrugada y ahora ambos estaban frente a frente, sin posibilidad de fingir que aquello no estaba ocurriendo.
Bastó una sola mirada para que David comprendiera que Dante había reconocido a Alegra. La recorrió de pies a cabeza con una sonrisa lenta, de esas que anunciaban problemas.
—Vaya, vaya… —silbó—. Eres increíble, primito. Te trajiste a la corista de la boda para divertirte. ¿El tío sabe de esto?
David dio un paso al frente, interponiéndose entre Dante y Alegra.
—Cállate. —Su voz sonó firme—.Y no vuelvas a hablar de ella de esa manera.
Dante soltó una carcajada.
—Tranquilo, hombre. A mí me da exactamente igual con quién te acuestes. —Hizo una pausa, disfrutando del gesto endurecido de David—.De hecho, hasta me dejas más tranquilo.
David frunció el ceño.
—Ya empezaba a pensar que el amor de tu vida era Tristán. Pasáis tanto tiempo juntos que cualquiera diría que sois un matrimonio.
Alegra contuvo una sonrisa nerviosa. Incluso en aquel momento, Dante encontraba la forma de burlarse.David, en cambio, no se movió.
Claro que a Dante no le daba igual descubrirlos juntos. David sabía que, para su primo, los secretos eran una moneda de cambio. Nunca los guardaba por lealtad; los conservaba hasta encontrar quién estuviera dispuesto a pagar más por ellos.
Y, en este caso, el mejor comprador tenía nombre y apellido: Don David Tomás Canarias.
Si quería proteger a Alegra, tendría que adelantarse a Dante antes de que aquel secreto dejara de pertenecerles.
—¿Qué quieres, Dante?
La sonrisa de su primo se ensanchó. Ahí estaba, la pregunta que llevaba esperando desde que los había visto bajar del yate. Porque Dante nunca hacía nada gratis y el precio a pagar era alto, muy alto.
—¿Qué te hace pensar que quiero algo? —preguntó Dante sin apartar la vista de Alegra—. ¿No puede un hombre simplemente saludar a su primo?
—¡Déjate de tonterías! —espetó David. Había más miedo que rabia en su voz.
Dante sonrió, satisfecho. Exactamente esa reacción era la que esperaba.
—Tranquilo, tranquilo, Davicito… —levantó las manos en señal de paz—. ¿Acaso te estoy pidiendo algo?
Dio un paso hacia él, acortando la distancia entre ambos.
—Todavía no.
Aquella última palabra cayó como una piedra.
David apretó la mandíbula.
—¿Qué quieres?
—Nada… por ahora.
Dante desvió nuevamente la mirada hacia Alegra y sonrió con malicia.
—Solo me parece curioso que el futuro heredero de Empresas Canarias haya escogido a la corista sobre la heredera…
Volvió a mirar a David.
—Aunque debo admitir una cosa… —Hizo una pausa deliberada—.Tienes muy buen gusto.
Dante se dio media vuelta y levantó el brazo con despreocupación.
—Hasta luego, primo…
Sonrió sin mirar atrás.
—No te preocupes. Tu secretito está a salvo… de momento.
Y se marchó silbando, dejándolos solos con un silencio mucho más aterrador que cualquier amenaza.
David quiso correr hacia Dante, empujarlo al agua, ahogarlo para que se hundiera junto con aquel secreto. Pero no lo hizo porque ese no era él. Tenía que pensar con claridad. El problema era que, en ese momento, era incapaz de hacerlo.
Sintió entonces la mano de Alegra sujetando la suya.
—David…
Él volvió la vista hacia ella.
—Respira. Las peores decisiones siempre nacen de los peores minutos.
—Es que… nos descubrió. Yo… —David pasó una mano por su cabello, incapaz de ordenar sus pensamientos.
Entonces vio el rostro de Alegra. Ya no estaba la muchacha sonriente que hacía unos segundos reía imaginando una vida junto al mar. Su expresión se había endurecido. Sus ojos transmitían una calma extraña, la de quien está acostumbrada a sobrevivir.
—Lo sé —respondió con serenidad—. Y, tarde o temprano, iba a pasar. Ningún secreto puede esconderse para siempre.
David negó con desesperación.
—No… Ese no es el problema.
Ella lo miró fijamente.
—El problema es que fue Dante.
David asintió despacio.
—Exactamente.
Hubo un breve silencio.
—Si hubiera sido cualquier otra persona… todavía tendríamos una oportunidad.
Alegra bajó la mirada.
Todo se había complicado.
Si de por sí su relación era secreta y prohibida, ahora acababa de caer en las manos de la peor persona posible.
Alegra sintió un nudo en el estómago.
La primera idea que cruzó por su mente fue marcharse. Decirle a David que todo terminaba ahí, que salvara lo que era suyo. Que la dejara ir antes de que ella terminara arrebatándole su familia, su empresa y el futuro para el que se había preparado toda la vida.
Ella podía soportarlo.
Estaba acostumbrada a perder.
Aunque, por primera vez, no quería hacerlo.
Respiró hondo y levantó la vista.
—Será mejor que me vaya a casa…
David dio un paso hacia ella.
—Te llevo.
Alegra negó despacio.
—No. Está bien.
Le sostuvo la mirada con una serenidad que no sentía.
—Necesitas pensar.
Hizo una breve pausa antes de añadir:
—Y yo necesito confiar en que encontrarás una respuesta.
David asintió lentamente.
Tenía razón.
Necesitaba aclarar la mente, encontrar una estrategia, recuperar el control de una situación que se le escapaba entre los dedos.
Alegra se acercó a él y depositó un beso suave sobre su mejilla.
—No puedes controlar lo que haga Dante. Sólo puedes controlar quién decides ser tú —susurró.
Después le regaló una última sonrisa, se dio la vuelta y comenzó a alejarse por el muelle.
David permaneció inmóvil, observándola marcharse.
Tuvo el impulso de correr tras ella, abrazarla y decirle que no la dejaría sola.
Pero no lo hizo.
Porque, por primera vez en su vida, ni siquiera sabía cómo empezar a cumplir una promesa así.
***
David siempre regresaba de sus citas con Alegra con la cabeza en las nubes. Entraba en la casa con una sonrisa difícil de disimular, sintiéndose ligero, reviviendo una y otra vez el último beso que se habían dado o alguna frase que ella le había dicho. En ocasiones volvía con el cuerpo encendido por el deseo de seguir abrazándola y besarla, un fuego que terminaba apaciguando bajo el agua helada de la ducha antes de que alguien notara algo extraño.
Pero aquella mañana era diferente.
Cruzó la puerta de la casa con el ceño fruncido y el corazón encogido. Las dudas habían reemplazado a la ilusión; las preguntas, a la calma, nunca antes se había sentido así. Supuso que era el precio de haberse enamorado de Alegra. El amor lo había vuelto vulnerable. De pronto, cosas que antes le parecían insignificantes se habían convertido en sus mayores preocupaciones: perderla, ponerla en peligro, decepcionar a su familia o equivocarse al elegir el rumbo de su vida.
Por un instante, mientras se cambiaba de ropa para ir a la oficina de su padre y asegurarse de que Dante no hubiera abierto la boca, el matrimonio por alianza cobró sentido.
Si se casaba con Sarahí y no con Alegra, nada de esto hubiese pasado. No viviría pendiente de esconder a la mujer que amaba. No se levantaría de madrugada para verla a escondidas, ni tendría que calcular cada uno de sus movimientos por miedo a ser descubierto. Su cabeza estaría donde su padre siempre había querido: en las empresas, en las inversiones y en el futuro de los Canarias.
Tal vez ese era el verdadero propósito de los matrimonios concertados no garantizar el amor, sino proteger el poder. Mantener al heredero libre de distracciones, de pasiones y de decisiones impulsivas que pudieran poner en riesgo el patrimonio familiar.
Por primera vez, David comprendió la lógica detrás de aquella tradición. Pero comprenderla no significaba aceptarla.Porque, si el precio de conservar el apellido era renunciar a Alegra entonces ya no estaba tan seguro de que el negocio valiera la pena.
Apenas David bajó las escaleras, la voz de su madre resonó desde el comedor.
—¿Dónde vas tan de prisa, David? —preguntó Ainhoa con tranquilidad.
El joven se quedó completamente inmóvil.
Sintió cómo el corazón le daba un vuelco. ¿Dante ya había hablado? ¿Los rumores habían comenzado a correr por la isla? ¿Su padre ya lo sabía?
En apenas unos segundos imaginó todas las posibilidades. A Dante entrando en el despacho de don David, comentando entre risas lo que había visto aquella mañana; a su padre llamándolo para exigirle explicaciones; incluso a Sarahí enterándose antes que él pudiera decir una sola palabra.
Tragó saliva.
—Voy… a la oficina de papá —respondió, procurando que su voz sonara tan serena como siempre.
Ainhoa se quedó en silencio varios segundos.
—¿Ha ocurrido algo?
David forzó una sonrisa.
—No. Solo quiero adelantar algunas cosas.
Su madre no respondió de inmediato.
David siempre había tenido la impresión de que Ainhoa podía leerle el alma sin necesidad de hacer preguntas. No era que adivinara las cosas; simplemente parecía percibir cuando algo alteraba la paz de su hijo.
Ainhoa entró de la terraza vestida con un sencillo pero elegante vestido blanco que acentuaba el aire sereno y casi virginal que siempre la acompañaba. En una mano sostenía la Biblia; en la otra, un rosario cuyos dedos recorrían con naturalidad. Se detuvo frente a David y lo observó durante unos segundos antes de hablar.
—No encontrarás a tu padre.
David frunció el ceño.
—¿No?
—Se fue a Madrid esta madrugada.
—¿A Madrid? —preguntó, sorprendido—. No me dijo nada…
Ainhoa negó con suavidad.
—Fue un viaje de emergencia. Recibió una llamada durante la noche y tomó el primer avión. Estará de regreso dentro de unos días.
David sintió una mezcla extraña de alivio y preocupación. Al menos, si Dante todavía no había hablado, tenía unos días de ventaja.
—Ven a desayunar —dijo Ainhoa con una sonrisa serena—. Los problemas siempre parecen más grandes con el estómago vacío.
David tragó saliva.
—Yo no tengo problemas, mamá —respondió de inmediato, esforzándose por mantener todo bajo control.
Ainhoa no añadió nada más. Se limitó a caminar hacia el comedor principal, dando por hecho que su hijo la seguiría.
Hacía mucho tiempo que David no desayunaba allí. Con la excusa de la universidad y el trabajo, se había acostumbrado a pedir que le llevaran los alimentos a su despacho o a su habitación, donde podía estudiar mientras comía.
Al cruzar la puerta, el comedor le pareció desproporcionadamente grande. Una larga mesa de caoba, preparada para veinte comensales, ocupaba el centro de la estancia. Sin embargo, aquella mañana solo había dos lugares servidos. Resultaba irónico que una casa construida para albergar a una familia numerosa permaneciera casi siempre en silencio.
El servicio ya había dispuesto el desayuno con la precisión de todos los días. Ainhoa era un ave madrugadora. Se levantaba antes del amanecer para rezar el rosario, leer un pasaje de la Biblia y comenzar la jornada. Aquella rutina hacía que los sirvientes también iniciaran sus labores cuando la ciudad apenas despertaba, de modo que, a esa hora, el café aún humeaba, el pan acababa de salir del horno y la mesa estaba impecablemente preparada.
David tomó asiento junto a su madre y, por un instante, tuvo la extraña sensación de que hacía años que no compartían un desayuno a solas. Aunque vivían bajo el mismo techo, cada uno parecía habitar un mundo distinto.
Ainhoa cerró los ojos, tomó la mano de David y recitó una breve plegaria antes del desayuno. Al terminar, ambos hicieron la señal de la cruz, se soltaron las manos y comenzaron a servirse los alimentos.
—Últimamente he estado comiendo mucha miel —comentó Ainhoa mientras añadía una cucharada al té—. La traen de La Alcarria. Dicen que es la mejor de toda España.
David asintió solo por educación. En ese momento no le interesaba hablar de miel. Su cabeza seguía buscando desesperadamente una salida para proteger a Alegra.
—Cuando era pequeña, mi madre no me dejaba probarla —continuó Ainhoa con una sonrisa nostálgica—. Decía que me caería mal al estómago, que me llenaría de bichos y terminaría muy enferma. Años después cambió la historia y aseguró que era alérgica a las abejas y que, si me acercaba a un panal, acabaría muriendo.
David levantó la vista.
—¿Y era verdad?
Ainhoa soltó una risa baja.
—No. Nunca fui alérgica.
Revolvió lentamente el té antes de continuar.
—Con los años entendí que mi madre no intentaba engañarme. Solo tenía miedo.
Guardó un instante de silencio.
—Los padres hacemos cosas muy extrañas cuando queremos proteger a nuestros hijos. A veces disfrazamos nuestros miedos de verdades, creyendo que así evitaremos que sufran.
Ainhoa levantó la vista y sonrió con esa calma que siempre parecía esconder una respuesta.
—Pero llega un momento en que los hijos tienen que probar la miel por sí mismos. Porque en elgún punto tienen que averiguar si es peligrosa… o simplemente dulce.
David sonrió.
Su madre siempre hacía lo mismo. Contaba una anécdota cualquiera y, sin que él se diera cuenta, la convertía en un consejo. Le gustaba escucharla, aunque también le desesperaba tener que descifrar el acertijo para entender qué era lo que realmente quería decirle. A veces deseaba que fuera tan directa como su padre. Don David daba órdenes; Ainhoa sembraba preguntas. Supuso que cada uno tenía su propia manera de educar.
Ainhoa tomó un sorbo de té y continuó:
—Tu hermana Ainhoa probó la miel una vez y no volvió a hacerlo. Decía que era demasiado dulce. Prefería el café sin azúcar, el té amargo… ¿Te acuerdas de que nunca le gustaban los postres?
David sonrió con nostalgia.
—Lo recuerdo.
—Decía que las cosas debían disfrutarse tal y como eran. Para ella, endulzar un café era casi un sacrilegio.
Hizo una pequeña pausa antes de sonreír.
—En cambio, puede que para ti sea un placer.
David dejó lentamente la taza sobre el plato. Sabía que su madre ya no estaba hablando de miel, cafés ni postres. Era cierto que su hermana había sido una mujer de principios inquebrantables. Recta, disciplinada y poco amiga de los cambios. Quizá por eso siempre había sido la favorita de su padre.
Pero ¿qué quería decirle su madre con todo aquello? ¿Acaso ya sabía lo de Alegra? ¿Los rumores habían comenzado a correr por Ibiza? ¿O simplemente él estaba tan asustado que era incapaz de escuchar una conversación sin buscar dobles sentidos?
Mientras esas preguntas le atravesaban la cabeza, pensó en Dante. Su primo caminaba por la isla con el secreto más valioso que había descubierto en años y él se encontraba en un desayuno hablando de miel.
Ainhoa advirtió la angustia que se reflejaba en el rostro de su hijo. Sin decir una palabra, extendió la mano por encima de la mesa y tomó la suya.
David levantó la vista.
—Madre… ¿qué quieres decir con todo esto?
Ella sonrió con la serenidad que siempre la caracterizaba.
—Que no tengas miedo de descubrir qué es lo que realmente te gusta.
David guardó silencio.
—No tiene nada de malo preferir el café amargo o el té con miel. Lo importante no es el sabor que elijas, sino que sea una elección tuya y no la de alguien más.
Apretó suavemente la mano de su hijo.
—Porque hay decisiones que parecen muy seguras mientras las tomamos… —Hizo una breve pausa—…pero, con el paso de los años, terminan convirtiéndose en los arrepentimientos que más pesan.
Sus ojos buscaron los de David.
—La vida siempre te pedirá que renuncies a algo, hijo. Solo procura que aquello a lo que renuncies sea una decisión tuya… y no el miedo el que la tome por ti.
Era definitivo, su madre sabía de Alegra. Sabía de sus escapadas, de las madrugadas y del secreto que tanto se había esforzado por ocultar.
David bajó la mirada y sonrió con resignación, era imposible esconderle algo a su madre y él había tratado.
—¿Desde cuándo sabes de Alegra? —preguntó, incapaz de seguir fingiendo.
Ainhoa negó suavemente con la cabeza.
—No sabía que se llamaba Alegra. Ni quién era. Solo sabía que había un “alguien”.
Sonrió con ternura.
—Hijo, resulta demasiado sospechoso que un muchacho que lleva toda la vida levantándose a las seis de la mañana empiece, de pronto, a salir de casa a las tres de la madrugada… y regrese justo después de que su padre se marcha al despacho.
David soltó una risa avergonzada.
—¿Él sospecha algo?
—No.
Ainhoa negó.
—Cree que sales de juerga con Tristán. Está bastante enfadado con vosotros dos, dicho sea de paso.
David abrió los ojos.
—¿Y tú… no le dijiste lo que sospechabas?
Ainhoa tomó un sorbo de té antes de responder.
—¿Para qué?
David la miró sin comprender.
—Porque no era mi secreto. Todos tenemos derecho a tener secretos —Él permaneció en silencio—. Además… —continuó ella—, si una madre delata a su hijo antes de escucharlo, deja de ser refugio para convertirse en juez. —Bajó lentamente la taza—.Y yo nunca he querido ser tu juez.
David sintió un nudo en la garganta.
Ainhoa sonrió con dulzura.
—Lo único que esperaba era que, cuando estuvieras preparado… fueras tú quien viniera a contármelo.
—Quería contártelo, pero… no sabía cómo reaccionarías. —Suspiró y bajó la mirada—. Sin embargo, ahora es imposible que nadie lo ignore. Dante nos descubrió esta mañana y estoy seguro de que ya se lo contó a mi tía o a Gastón. Pronto el rumor crecerá y toda la isla lo sabrá.
Ainhoa permaneció en silencio.
Después hizo una pregunta tan sencilla que descolocó a David.
—¿Y qué pasará?
Él la miró, incrédulo.
—Madre, por Dios… Sabes perfectamente lo que pasará. Mi padre se enterará y me obligará a dejar a Alegra para cumplir con la alianza.
Ainhoa negó con serenidad.
—Hijo, tu padre todavía no lo sabe… y tú ya estás discutiendo con él en tu cabeza.
David dejó escapar el aire con frustración.
—Porque ya sé lo que me dirá y quiero estar preparado para responderle. Sé que me exigirá cumplir la alianza y dejar a Alegra… y sé que no quiero hacerlo. Quiero encontrar una solución donde pueda honrar mi legado y, al mismo tiempo, amar a Alegra. ¿Me entiendes?
Ainhoa soltó una risa baja, no de burla, era la risa tranquila de quien acababa de descubrir dónde estaba el verdadero problema.
—¿Qué pasa? —preguntó David, desconcertado.
Ella negó con la cabeza mientras revolvía lentamente el té.
—Hijo… ¿por qué intentas resolver esto como si fuera un negocio?
David tardó unos segundos en responder.
—Porque para mi padre lo es.
—Lo sé.
Levantó la vista y sonrió con dulzura.
—Pero no tiene por qué serlo para ti. El amor no negocia.
Aquellas palabras lo dejaron inmóvil.
—Hay decisiones que no admiten un “ganar–ganar”, David. Hay momentos en la vida en los que, hagas lo que hagas, alguien saldrá herido. Incluso puedes ser tú. —Bajó la cucharilla y tomó nuevamente la mano de su hijo—. No puedes controlar lo que decida tu padre cuando conozca la verdad. Tampoco lo que haga Dante con ese secreto. Ni siquiera puedes controlar lo que esa joven sienta dentro de un año… o lo que tú mismo sentirás. —Sus ojos buscaron los de David—. Lo único que puedes controlar es la intención con la que tomas tu decisión.
Él permaneció en silencio.
—Cuando todo esto haya pasado, pregúntate una sola cosa. ¿Podrás dormir en paz con la decisión que tomaste?
El joven sintió que aquellas palabras se acomodaban en algún rincón de su alma.
Ainhoa sonrió.
—Porque el tiempo cambia muchas cosas, hijo. Cambian las personas, cambian las circunstancias, cambian incluso los sentimientos. —Apretó con suavidad su mano—. Pero la paz de haber actuado conforme a tu conciencia… esa permanece para siempre.
Hizo una breve pausa.
—Siempre busca aquello que te dé paz.
David permaneció en silencio.
Bajó la vista hacia la taza de té, donde la miel terminaba de disolverse lentamente. Era curioso. Bastaba una cucharada para transformar por completo el sabor de una bebida, y, sin embargo, seguía siendo el mismo té.
Tal vez las decisiones importantes eran así. No cambiaban quién eras solo revelaban quién habías sido todo el tiempo. Sintió cómo el peso sobre su pecho disminuía por primera vez desde que Dante los había descubierto, no porque el problema hubiera desaparecido porque todo seguía ahí.
Su padre regresaría de Madrid, Dante continuaría siendo un peligro, la alianza con Sarahí seguía esperándolo y Alegra continuaba siendo la mujer de la que estaba profundamente enamorado. No obstante, comprendió que llevaba días buscando la respuesta equivocada.No tenía que encontrar una forma de conservarlo todo, tenía que decidir con qué pérdida podría vivir en paz.
2 respuestas
Que intuitiva la señora Ainoha!
Que gran consejo de su madre, me encanta