Mandy había pedido unos días de descanso para cuidar de Alegra y, de alguna manera, había terminado convirtiéndose en su enfermera personal. 

            Desde hacía algunas semanas comenzaban a asignarle vuelos cortos de práctica y entretenimiento. Nada demasiado importante todavía, pero suficiente para que sus horarios se hubieran vuelto impredecibles. Había días en que salía antes del amanecer y otros que regresaba tan tarde de que le era imposible hablar con ella. Entre aquello, sus estudios y las horas de preparación apenas habían conseguido verse. 

            Sin embargo, todo había cambiado en cuanto David le contó lo ocurrido. Entonces pidió unos días libres y se presentó en el piso de los Canarias dispuesta a quedarse todo el tiempo que hiciera falta. 

            David había intentado reorganizar su agenda para permanecer en casa, pero apenas unos días después del suceso ya tenía una montaña de asuntos pendientes, reuniones aplazadas, contratos que revisar, llamadas, proveedores y decisiones que únicamente él podía tomar. 

            Durante los primeros días se había negado a separarse de Alegra, hasta que ella prácticamente lo echó de la casa. 

            —Tienes una empresa que atender. 

            —Y yo tengo una esposa que atender… —contestó él. 

            —Tu esposa no se irá de la casa. Sólo ve a trabajar y aquí estaré. 

            Y era Verdad. Alegra en este momento tenía pánico de salir a la calle, así que se quedaría por un tiempo encerrada en el piso. Algo que el doctor no le recomendó. Sin embargo, al siguiente día apareció Mandy y David pudo salir a trabajar sin quedarse preocupado. 

            Así que Alegra y Mandy aprovecharon aquellos días para ponerse al corriente, aunque había mucho más que contar por parte de Mandy que de Alegra.

Su amiga le habló entusiasmada de lo mucho que estaba disfrutando los vuelos de práctica. Le encantaba viajar, conocer otras ciudades de España y descubrir lugares que hasta hacía unos meses sólo había visto en fotografías. A veces apenas tenía oportunidad de quedarse una noche antes de regresar a Madrid, pero incluso aquello le parecía emocionante.

También le contó que, si tenía un buen desempeño durante los próximos meses, podrían comenzar a considerarla para algunos vuelos internacionales.

—Imagínate, Ale: Roma, París o Nueva York —dijo, emocionada—. Cuando me manden a uno de esos vuelos, podrías venir conmigo. Nos vamos juntas y pasamos un par de días por ahí. No me vas a decir que te vendrían mal una o dos noches en Nueva York, ¿verdad?

Alegra esbozó una sonrisa.

—Claro que no…

Mandy la observó durante unos segundos. Era evidente que Alegra no estaba bien, por mucho que se esforzara en aparentar lo contrario.

Dormía poco y mal. Algunas noches despertaba sobresaltada y tardaba horas en volver a conciliar el sueño. Durante el día podía mantener una conversación, incluso sonreír ante alguna de las ocurrencias de Mandy, pero bastaba cualquier detalle para que su expresión cambiara.

A veces era una noticia en el periódico, el ruido de unos pasos demasiado cerca, el tiembre de la puerta o simplemente el recuerdo del asalto que de inmediato le provocaba el llanto. 

Mandy nunca le pedía que se tranquilizara y tampoco intentaba distraerla inmediatamente. Se acercaba y se sentaba a su lado. La abrazaba hasta que el llanto disminuía por sí solo.

—Todo va a estar bien, Ale —le decía, acariciándole el cabello—. Te lo prometo.

Y Alegra quería creerle. Dios, cuánto deseaba hacerlo. Quería pensar que lo peor ya había pasado. Que Pedro había conseguido lo que quería aquella mañana y desaparecería de nuevo de su vida. Que la amenaza había sido producto de la rabia. Que nadie volvería a buscarla y que, poco a poco, su vida regresaría a ser la misma.

Pero, por más que lo intentaba, no podía. Porque Mandy pensaba que Alegra lloraba por el hijo que acababa de perder y David creía que lloraba por el miedo de haber sido atacada. Sin embargo, Alegra lloraba porque no quería perder la vida bonita, la vida feliz. 

Pero el tiempo, a veces, sabía hacer su trabajo, y los días comenzaron a transcurrir sin nuevos sobresaltos. Pero ya no apareció, ni hubieron llamadas extrañas ni visitas inesperadas. Así que, poco a poco, Alegra dejó de contener la respiración cada vez que sonaba el timbre. 

Mandy continuó haciéndole compañía, aunque de vez en cuando encontraba algún pretexto para dejarla sola durante unas horas. Alegra no tardó demasiado en descubrir el motivo.

—Vas a ver a Romeo —sentenció una tarde.

Mandy, que se retocaba el pintalabios frente al espejo de la entrada, se volvió hacia ella.

—No sé de qué estás hablando.

—Te has cambiado de vestido tres veces.

—Soy una mujer indecisa.

—Y te has puesto perfume.

—Soy una mujer limpia.

Alegra arqueó una ceja.

—Mandy.

—Está bien —resopló—. Voy a ver a Romeo.

Aquellas salidas que habían comenzado meses atrás como simple diversión parecían haberse convertido en algo bastante más complicado. Mandy y Romeo Santander se veían a escondidas siempre que podían y, aunque su amiga se empeñaba en restarle importancia, Alegra sabía reconocer perfectamente a una mujer enamorada.

El problema era que Romeo no estaba libre, estaba recién comprometido. La noticia había llegado poco después de Navidad y, al parecer, el compromiso llevaba negociándose bastante tiempo entre ambas familias. La futura señora Santander era una joven californiana perteneciente a una acaudalada familia propietaria de extensos viñedos. Para los Santander, cuya fortuna y prestigio estaban íntimamente ligados al vino, la unión resultaba tan conveniente que casi parecía diseñada sobre una mesa de negocios.

Mandy, por supuesto, no formaba parte de aquel plan pero tenía una personalidad que le gustaba mucho a Romeo, al grado de caer enamorado de ella. 

—Sabes que esto puede terminar mal —le recordó Alegra.

Mandy dejó de sonreír durante un instante.

—Sí.

—Entonces, ¿por qué sigues viéndolo?

Su amiga tomó el bolso y permaneció unos segundos contemplándolo.

—Porque todavía no ha terminado.

Alegra no supo qué responder.

Mandy recuperó enseguida su expresión despreocupada.

—Además, vuelvo antes de que Canarias llegue. Si descubre que he abandonado mi puesto de enfermera para mantener encuentros clandestinos con un hombre comprometido, probablemente me despida.

—No trabajas para David.

—Eso no parece importarle.

Alegra soltó una pequeña carcajada.

—Ve.

Mandy le dio un beso en la mejilla.

—No abras la puerta a desconocidos.

La sonrisa de Alegra desapareció apenas un instante.

—No lo haré.

Mandy no reparó en ello. 

Salió del piso y cerró la puerta detrás de sí.

Alegra se quedó sola, todavía con una sonrisa en los labios, imaginando qué ocurriría si Romeo Santander terminaba por romper su compromiso para casarse con Mandy.

Sería una historia de amor perfecta. El heredero de una familia importante renunciando al matrimonio conveniente que habían planeado para él y escogiendo, en cambio, a la mujer de la que se había enamorado.

Pensándolo bien, se parecía bastante a la historia que ella misma debería estar viviendo. David también la había elegido por encima de Sarahí, de los negocios, de las expectativas de su familia y de todo lo que se suponía que debía hacer un Canarias.

La diferencia era que Mandy no llevaba colgando de los hombros un pasado que podía destruirla.

Se llevó las manos al rostro.

—Basta, Alegra —murmuró.

No podía continuar así.

El sonido del timbre atravesó el piso provocando que Alegra se quedara inmóvil. Toda aquella seguridad que había intentado construirse durante los últimos segundos desapareció.

Miró hacia la puerta, el timbre volvió a sonar. Alegra tragó saliva.

Mandy.

Seguramente había olvidado algo.

Se levantó del sofá y caminó hacia la entrada.

—¿Mandy?

—¿Señora Canarias? —escuchó una voz conocida—. Soy Lina, señora Canarias. 

Alegra frunció el ceño.

—¿Lina?

Abrió la puerta y encontró a la muchacha de pie frente a ella, con una carpeta entre los brazos y varios sobres en la mano.

—Perdone que la moleste —dijo Jorgelina—. El señor Canarias me pidió que pasara por unos documentos que dejó en su despacho. Tiene una reunión mañana y dice que los necesita.

—Claro. Pasa.

Alegra se hizo a un lado.

—Gracias.

Jorgelina entró y Alegra cerró la puerta detrás de ella.

—¿Cómo se encuentra?

—Mucho mejor.

—Me alegro.

Parecía sincera.

—El señor Canarias ha estado bastante preocupado.

Alegra sonrió débilmente.

—David siempre está preocupado.

—Eso he comenzado a notarlo.

La respuesta consiguió arrancarle una pequeña sonrisa.

—Su despacho está por allí.

—Gracias.

Jorgelina avanzó hacia el pasillo, pero entonces pareció recordar algo.

—Ah, también traje esto. —Le mostró los sobres—. El guardia me entregó la correspondencia cuando entré. Me dijo que era para ustedes.

—Puedes dejarla ahí.

Alegra señaló la mesa.

Jorgelina dejó las cartas junto a la carpeta que llevaba y después entró al despacho. No tardó demasiado, ella regresó a los pocos mintuos con unos documentos sobre el brazo. 

—Creo que es todo.

—Espero que sí. Si no, David encontrará alguna excusa para volver él mismo y comprobar que sigo viva.

Jorgelina sonrió.

—No creo que necesite demasiadas excusas para eso.

Alegra la acompañó hasta la puerta.

—Gracias por traer el correo.

—No es nada. Descanse, señora Canarias.

—Alegra.

Jorgelina la miró.

—Puedes llamarme Alegra.

—Entonces usted puede llamarme Lina.

Alegra sonrió.

—De acuerdo. Gracias, Lina.

—Que se mejore.

La puerta se cerró detrás de ella y Alegra dio un suspiro lleno de alivio. 

—Tranquila, Ale, todo está bien. 

Ella regresó hacia el salón y durante algunos minutos se olvidó por completo de la correspondencia. Se acomodó nuevamente en el sofá, hojeó una revista y al terminar se levantó para prepararse una taza de té.

Fue al pasar frente a la mesa cuando volvió a ver los sobres, los tomó y comenzó a leerlos. Eran facturas, correspondecia dirigida a David Canarias y una postal de Tristán que enviaba desde Ibiza que decía: 

Canarias: 

El Paraíso sigue lleno y el mar está insoportablemente bonito. Deberías estar aquí.  Castillo ha encontrado nuevos compañeros de copas. Uno de ellos insiste demasiado en invitar, aunque sospecho que espera que sea Castillo quien termine pagando la cuenta.  Por ahora, nuestro amigo todavía no ha sacado la cartera.  Si yo fuera tú, vendría antes de que llegue la cuenta. 

Un beso a tu mujer. A ti ninguno.

Tristán

Alegra se río ante la despedida. 

Así, ella tomó el montón con intención de llevarlo al despacho de su marido. Al entrar, ella sonrió ante el espacio perfectamente ordenado de su esposo. Los papales bien colocados sobre el escritroio, los libros de economía y administración ordenados alfabéticamente, una fotografía de ambos y una bandeja donde dejaba la correspondencia que debía revisar.

Alegra colocó allí las cartas; entonces lo vio. Un sobre había quedado debajo de los demás. Se agachó para recogerlo y tan solo leyó el destinatario se quedó inmóvil.

No estaba dirigido a David porque al frente, escrito a mano, aparecía únicamente: Alegra Bustamante.

El corazón comenzó a latirle con fuerza. Con las manos temblorosas comenzó a abrir el sobre, mientras por su mente pasaban millones de pensamientos. 

—No… no… —repetía entre lágrimas. 

Ella abrió el sobre y sacó la hoja de forma apresurada; entonces leyó: 

Hermanita:

Espero que ya te encuentres mejor.Tenemos una conversación pendiente y ha llegado el momento de terminarla. Mañana, a las cinco. Ven sola. No se lo digas a tu marido, ni a tu amiguita, ni a la policía. No se lo digas a nadie. Ya sabes lo que puedo hacer si decides no presentarte.

Esta vez no voy a ir a buscarte. Pero si no vienes, las consecuencias llegarán hasta tu puerta.

P.M

Debajo había una dirección.

Alegra tuvo que leerla dos veces porque el temblor de sus manos no le permitía enfocar la mirada sobre el papel.

Era verdad. Pedro sabía dónde vivía y aquello significaba mucho más que conocer una dirección.

Sabía quién entraba y quién salía de aquel edificio. Sabía cuándo estaba sola. Tal vez conocía la hora a la que David salía cada mañana para ir a trabajar y a qué hora regresaba. Podía haber visto a Mandy llegar con una bolsa de comida y marcharse unas horas después. Podía saber cuándo visitaba Ainhoa. Cuándo salía ella. Qué caminos recorría.

¿Cuánto tiempo llevaba observándola?

Alegra apretó la carta entre los dedos hasta arrugarla.

Se acercó lentamente a la ventana y apartó apenas la cortina. El cielo comenzaba a oscurecer y las luces del parque se encendían una tras otra. No vio a Pedro, pero eso no significaba que él no pudiera verla a ella. 

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