—Entonces, ¿aceptaste? —preguntó Tristán.

David asintió.

—Empiezo el jueves.

—¿Trabajando para Lafuente?

—Dirigiendo una empresa que acaba de embargar uno de sus bancos.

Tristán soltó una carcajada.

—Tu padre lleva tres días muerto y ya te has buscado otra empresa quebrada.

David lo miró.

—Esta es más pequeña.

—Ah, bueno. Entonces no hay problema.

David rio y se sirvió un poco de whisky.

—Dice que puede levantarse. Distribución, importación, algunas rutas nacionales… Está mal administrada, pero no está muerta. ¿No quieres trabajar conmigo? Lafuente te aceptaría.

Tristán lo estudió durante unos segundos.

—¿Estás loco?

David levantó una ceja.

—¿Por qué?

—Porque yo no trabajo. 

David negó con la cabeza, divertido.

—Tienes más talento del que finges tener.

Aquello consiguió que la sonrisa de Tristán disminuyera.

—No empieces.

—Lo digo en serio. 

—Yo igual. Lo mío no son las empresas y lo sabes. Estoy bien donde estoy… 

—Por ahora… 

—Por ahora —admitió Tristán—. Además, tengo mis propios problemas. Debo lidiar con Bego y con mi madre… no tengo cabeza para levantar empresas. —Tristán se acercó a su amigo—.  Pero tú, si quieres trabajar para Lafuente, trabaja para Lafuente. Si quieres mandar todo al carajo y vender cocos en una playa, avísame. Quizá invierta.

David sonrió.

—Gracias.

Tristán encendió un cigarro. 

—Entonces, no regresaremos a Ibiza. 

—No, yo me quedo en Madrid. 

—¿Y Alegra?

David no respondió inmediatamente, sólo metió una mano en el bolsillo interior de la americana y sacó una pequeña caja.

Tristán abrió los ojos. 

—¿Cuánto tiempo llevas cargado eso contigo? 

—Creo que desde el día que la conocí. 

Tristán abrió la caja y sonrió. En el interior descansaba un anillo poco convencional: un diamante redondo de gran tamaño acompañado por una perla blanca, unidos en un diseño delicado y rodeados por pequeños diamantes que atrapaban la luz. No era el típico solitario de compromiso. Tenía algo elegante, diferente y ligeramente romántico.

—Joder. Con este anillo hasta yo te decía que sí. 

—Bueno, al menos tengo otra opción si ella me dice que no. 

—¿Cuándo se lo pedirás? 

—Pronto… —dijo David viendo el brillo del anillo—. Me casaré con ella en cuánto me acepte. Primero iré por ella a Ibiza, no pienso llevar una relación a cientos de kilómetros.

Tristán levantó una ceja.

—Entonces vas a pedirle que se mude contigo.

—Compré un piso esta mañana.

Tristán negó lentamente con la cabeza.

—Estás completamente loco.

—Probablemente.

—¿Hola? ¿Hay alguien en casa? —se escuchó, de repente, una voz conocida. 

—¿A caso es… Mandy? —preguntó Tristán, reconociendo la voz de su mano derecha de inmediato. 

Ambos fueron hacia la puerta del estudio y la abrieron. Encontraron a Mandy con una copa en la mano y caminando por el pasillo. 

Tristán se queda mirándola.

—¿Qué haces tú aquí?

—¡Tristán!

Mandy corre a abrazarlo.

—Espera. ¿Qué haceis aquí? ¿Y mi negocio? 

—A mí también me da gusto verte —responde Mandy. 

—Espera, espera… si tú estás aquí —dice David. 

Mandy sonríe.

—Sorpresa —responde ella, con una sonrisa. 

***

David, Tristán y Mandy se dirigieron hacia el salón y encontraron a Ainhoa y a Alegra entrando juntas, tomadas del brazo.

David se detuvo y Alegra hizo lo mismo. Cuando sus miradas se encontraron, el rostro de ella se iluminó.

—Hola —dijo con una sonrisa.

David no respondió. Durante unos segundos se limitó a mirarla. Llevaba varios días imaginando aquel momento. Había pensado en regresar a Ibiza, aparecer en casa de Mandy, abrazarla, contarle todo lo ocurrido y decirle que, finalmente, era libre para construir la vida que quisiera.

No había imaginado encontrarla allí.

David soltó una pequeña risa, casi incrédula.

—¿Qué haces aquí?

—Tu madre me invitó.

David miró a su madre. 

—De nada.

Él volvió a mirar a Alegra. Después, sin vergüenza alguna, cruzó la habitación para tomarla entre sus brazos. Alegra apenas tuvo tiempo de reaccionar antes de sentir el cuerpo de David cerca de él. 

Él llevaba días en tensión: la muerte de su padre, el testamento, la propuesta de Alí, y ahora, por fin, se encontraba entre los brazos de la persona que amaba. Respirando su olor, sintiendo su calma. Feliz. Feliz de haberla escogido. 

***

La cena transcurrió de una manera mucho más sencilla de lo que Alegra había imaginado. Tristán y Mandy pasaron buena parte de la noche discutiendo por tonterías, David interviniendo únicamente para provocar a su amigo y Ainhoa observándolos con una sonrisa divertida. De vez en cuando, debajo de la mesa, David buscaba la mano de Alegra y entrelazaba sus dedos con los de ella, como si necesitara comprobar que realmente estaba allí.

Por unas horas, Alegra olvidó sus nervios. Se rio, habló y escuchó las historias de los demás sin preocuparse por decir algo incorrecto. Aquella mesa era muy diferente a las que había conocido durante buena parte de su vida. Nadie la juzgaba ni esperaba nada de ella. Ainhoa la incluía en la conversación con naturalidad, Mandy no dejaba de hacerla reír y David apenas soltaba su mano. Por primera vez en mucho tiempo, Alegra tuvo la extraña sensación de formar parte de una familia.

Cuando terminaron de cenar, David se acercó a ella mientras los demás pasaban al salón.

—¿Estás cansada?

—Un poco. ¿Por qué?

David sonrió y le ofreció la mano.

—Ven conmigo.

—¿A dónde?

—Quiero enseñarte algo.

David y Alegra salieron caminando del edificio. La noche madrileña apenas comenzaba y ambos se sentían en las nubes. Por primera vez, todo parecía haberse acomodado para que pudieran unir sus destinos. Ainhoa la había aceptado, David había renunciado a las empresas de su padre y Alegra comenzaba a convencerse de que tenía derecho a ser feliz. Quizá aquella Alegra de «mala suerte» se había quedado finalmente en las Islas Canarias y, por una vez, no la había seguido hasta Madrid.

Recorrieron varias calles entre risas, besos furtivos y las manos entrelazadas. De vez en cuando, David la acercaba hacia él para besarla otra vez, como si todavía no pudiera creer que estuviera allí. Alegra le contó algunas de las cosas que había hecho con Mandy durante el día y él fingió sentirse ofendido porque hubiera conocido Madrid sin esperarlo.

—Te habría llevado yo.

—Llegaste tarde.

—Estaba un poco ocupado quedándome sin herencia.

Alegra soltó una carcajada.

—Bueno, supongo que es una buena excusa.

—Gracias por tu comprensión.

Doblaron por otra calle y David disminuyó el paso. Alegra no reparó en ello hasta que él se detuvo frente a un elegante edificio residencial.

—¿Qué pasa? —preguntó.

—Llegamos.

Alegra levantó la vista.

—¿Llegamos a dónde?

David señaló el edificio con la cabeza.

—A lo que quería enseñarte.

—¿Qué hay ahí?

—Sube y lo descubrirás.

—David…

—Confía en mí.

Ella entrecerró los ojos.

—Cada vez que dices eso terminas haciendo alguna locura.

—Entonces ya deberías saber qué esperar.

Entraron al edificio y subieron hasta uno de los pisos superiores. David sacó una llave del bolsillo y, cuando llegaron frente a una puerta, se la mostró.

Alegra frunció el ceño.

—¿Por qué tienes una llave?

—Porque suele ser bastante útil cuando uno quiere entrar en su casa.

—¿Tu casa?

David abrió.

El piso estaba prácticamente vacío. Alegra entró despacio mientras David abría los ventanales y las cortinas para dejar entrar la luz. Cuando estaba completamente iluminado, David regresó a ella y le confesó. 

—Lo compré esta mañana —explicó David.

Ella se quedó asombrada. 

—¿Esta mañana?

—Sí.

—¿Compraste un piso esta mañana? 

—No tenía nada mejor que hacer.

—¡David!

Él rio.

—Ven.

La tomó de la mano y la llevó hasta el salón. Desde los grandes ventanales podían verse las luces de Madrid. El piso permanecía casi a oscuras, iluminado apenas por el resplandor que entraba desde la calle. Bajo aquella luz tenue, la belleza de Alegra parecía acrecentarse. Los reflejos cobrizos de su vestido aparecían y desaparecían con cada movimiento, mientras algunos mechones oscuros se habían soltado de su peinado y enmarcaban su rostro.

—Te ves hermosa —le murmuró mientras acariciaba su rostro.

Alegra sonrió y cerró los ojos cuando David deslizó los dedos hasta su mejilla. Él se inclinó despacio, rozando primero sus labios, como si quisiera saborear aquel instante antes de besarlos por completo. Alegra se acercó a él y le rodeó el cuello con los brazos.

El beso fue lento, íntimo, muy distinto a los besos apresurados que se habían dado antes. David la estrechó por la cintura y ella hundió los dedos entre su cabello. Se habían extrañado demasiado. Durante unos instantes no existió nada más que aquel piso vacío, la respiración entrecortada de ambos y las luces de Madrid colándose por los ventanales.

David se separó apenas unos centímetros, pero Alegra volvió a buscar sus labios, arrancándole una sonrisa en mitad del beso.

—Te amo, David Canarias —murmuró ella.

David sintió cómo el peso que llevaba en el pecho se aligeraba. Por primera vez en aquellos días, después de tantas decisiones, promesas y despedidas, algo parecía sencillo. Ya no estaba su padre para decidir por él, ni una alianza que cumplir, ni un futuro escrito de antemano. Por fin podía pronunciar aquellas palabras sin pensar en todo lo que vendría después.

Le acarició el rostro y sonrió.

—Yo también te amo, Alegra Bustamante.

Decirlo en voz alta se sintió diferente. Liberador. Como si hasta ese momento hubiera estado conteniendo la respiración.

—Te amo —repitió, simplemente porque ahora podía hacerlo.

Alegra sonrió bajo la tenue luz. 

—Y por eso… quiero que compartamos el resto de nuestras vidas. 

Entonces, David sacó la pequeña caja que escondía entre sus ropas y se arrodilló. Alegra contuvo la respiración. Cuando la caja se abrió, el hermoso anillo brilló bajo la luz del farol de la calle.

David levantó los ojos hacia ella.

—Alegra Bustamante. El amor de mi vida. Mi otra mitad… Hace unos días vine a Madrid dispuesto a decirle a mi padre que lo dejaba todo por ti. Y hoy, aquí, te digo que te elijo a ti. Te elijo con empresas o sin ellas, con dinero o sin él, en cualquier lugar del mundo. —Sonrió—. No sé qué nos espera, pero sí sé con quién quiero vivirlo. Quiero despertar contigo, volver a casa contigo, formar una familia contigo y, cuando seamos viejos, poder mirarte y saber que esta fue la mejor decisión que tomé en mi vida. ¿Qué dices? 

Alegra liberó el aire que mantenía atrapado en el pecho y, poco a poco, las lágrimas comenzaron a correr por sus mejillas. Asintió, incapaz de contener la sonrisa.

—Sí… ¡claro que sí! —respondió entre lágrimas—. ¡Claro que sí!

David soltó una risa llena de alivio, sacó el anillo de la caja y lo deslizó lentamente por su dedo.

Alegra levantó la mano para contemplarlo. La perla y el diamante brillaron bajo la luz del farol que entraba por la ventana.

David se puso de pie y ella se lanzó a sus brazos. Se besaron entre risas y lágrimas, solos en aquel piso vacío que, de pronto, ya no parecía tan vacío.

Madrid se extendía frente a ellos y, por primera vez, ninguno miró hacia atrás. El anillo quedó en su dedo, sellando el pacto.

Habían elegido una vida juntos.

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