David Canarias estaba a punto de recibir la noticia de su vida. Hasta ahora.
Habia aprendido durante los últimos meses que las buenas noticias podían llegar de maneras poco espectaculares. Sin música, sin celebraciones y, generalmente, escondidas entre montañas de documentos.
Aquella llegó un viernes por la mañana, cuando Alí lafuente entró en su despacho y dejó una carpeta sobre su escritorio.
—¿Qué es esto? —preguntó curioso.
—Trabajo.
David suspiró. Con un poco de resignación dejó caer su pluma sobre el escritorio.
—Tengo bastante trabajo ya.
—Y vas a tener más.
Alí tomó asiento frente a él bajo la mirada suspicaz de David.
—Nunca te había visto sonreír así…
—Es que sólo lo hago cuando sé que estoy a punto de ganar dinero.
David sonrió.
—Ábrela —le pidió.
El joven obedeció de inmediato. Vació el sobre y encontró informes, proyecciones, balances y varios documentos preliminares que no tardó demasiado en reconocer. Levantó la mirada y suspiró.
—¿Esto es verdad? —preguntó.
Alí se acomodó enel sillón.
—Sí tú lo quieres… que sé que sí es así. —Alí se acomodó en el sillón y dijo las palabras que David quería escuchar—. Quiero ofrecerte una sociedad.
David dejó de moverse por un instante como si su mente ya hubiese entendido lo que le decían pero su cuerpo no. La reacción provocó una risa ligera en el banquero.
—Una sociedad —repitió David, más para sentir la palabra en sus labios y no tanto como para asegurar que había escuchado otra cosa.
—Así es. Lo he estado pensando mucho, bueno, no tanto, y la empresa que te pedí que administraras funciona bien.
—Todavía no como debería —replicó David.
Alí admiraba profundamente el sentido de la responsabilidad de David Canarias y aquella necesidad casi obsesiva de hacer bien cualquier cosa que cayese en sus manos. No importaba si se trataba de renegociar un contrato importante o de revisar una insignificante columna de cifras: David dedicaba a ambas tareas la misma atención.
El problema era que, algunas veces, resultaba bastante difícil convencerlo de que algo estaba bien cuando él había decidido que todavía podía estar mejor.
—No, tienes razón —contestó—. Funciona mejor.
David sonrió levemente. Su mirada de nuevo se fue a los documentos.
—Has hecho maravillas con la empresa, David. Has recuperado clientes, renegociado contratos, encontrado rentabilidad en rutas que algunos consideran perdidas. Y esto te lo digo yo con mi escaso conocimiento de empresas.
—No seas modesto, Alí —contestó el joven—. Sin embargo, todavía hay muchos problemas, unos que hay que resolver porque…
Alí lo interrumpió:
—Siempre habrá problemas… así funcionan las empresas. Lo importante aquí, es que resulta que yo tengo uno de los mejores para resolverlos. Eres un verdadero talento, David, y sería muy tonto se te dejara ir.
—Suena como una declaración de amor… —bromeó el joven, para disipar los nervios de la gran responsabilidad que le daba esta propuesta.
—Ni a mi mujer me le declaré así… —contestó el banquero, provocando la risa de ambos.
Alí suspiró.
—Quiero construir una nueva sociedad. Tú y yo. No quiero que trabajes para mí sino conmigo
David guaró silencio. Había pasado toda su vida preparándose para dirigir una empresa que llevaría su apellido porque otros le habían dicho que algún día sería suya y ahora alguien le estaba ofreciendo construir otra desde el principio.
Inexplicablemente, el miedo se apoderó de él. Dudó que tal vez estuviese preparado para dar este paso, pero Alí no dejó que nublara su mente.
—Si te preguntas si estoy seguro, lo estoy. Aunque déjame decirte que uno nunca está completamente seguro cuando se invierte dinero, no obstante, así son los negocios.
David soltó una risa.
Alí bajó la mano a los documentos y dio dos golpecitos con el dedo.
—Yo estoy dispuesto a apostar por ti. Creo en tu talento, en tu colmillo, en tu análisis y corazonadas. Sé que harás un excelente trabajo y que, cuando no esté, protegerás a mi familia.
—No diga eso, Alí. No todavía.
—Es sólo para prevenir —murmuró el hombre.
David fue hacia la última hoja, una que parecía haber estado colocada a propósito y la sacó. El corazón se le aceleró al ver al nombre:
LAFUENTE Y CANARIAS.
—Lafuente y Canarias —murmuró.
—Es por órden…
—¿Alfabético? Porque la L va después de la C.
Alí sonrió.
—Es por orden de quién pone más dinero.
David soltó una carcajada.
—Tiene sentido…
El banquero se puso de pie y le dio una palmada sobre la espada.
—Empieza los trámites. Pronto te haré llegar las condiciones y firmaremos el próximo año.
—Señor Lafuente… yo…
Alí no le permitió terminar. Se puso de pie y, para sorpresa de David, lo abrazó.
—No me hagas más rico, Canarias, de eso ya me he ocupado yo.
David soltó una risa nerviosa. Alí se separó apenas lo suficiente para mirarlo a los ojos.
—Haz que nos recuerden.
David asintió. Aquella última frase se apoderó de él y la hizo suya en el mismo instante. Era poderosa, ambiciosa y casi desmesurada. Su padre jamás le había dicho algo parecido y sin saberlo todavía, acababa de encontrar la frase que lo acompañaría durante el resto de su vida.
Él volvió a sentarse y soltó el aire lentamente. Durante unos segundos se limitó a contemplar la hoja que tenía delante. Vio los dos apellidos.
LAFUENTE Y CANARIAS.
Entonces tomó una pluma y tachó algunas letras.
LAFUENTE.
CANARIAS.
Después, debajo de los dos apellidos, escribió con firmeza:
LACAN
Lo observó durante unos segundos y una sonrisa lenta apareció en su rostro.
—Empresas LACAN… —repitió, esta vez con una sonrisa—. Me suena a algo que será recordado.