Julio 24 de 1970
Querido diario:
David se fue a Madrid.
Mandy me avisó esta mañana. Tristán la llamó desde allá para pedirle que se hiciera cargo del club durante algunos días. No quiso darle detalles; solo le dijo que se trataba de algo importante.
Creo saber qué es eso importante. David tomó la decisión de quedarse con el futuro que siempre le habían trazado y, aunque me duela admitirlo, creo que hizo lo correcto.
Sería muy egoísta de mi parte pedirle que renunciara a la vida para la que nació por una mujer a la que apenas conoce desde hace unas semanas. Creo que nadie lo haría. En su lugar, yo también habría elegido el deber antes que el amor.
Y, aun así me duele, me duele muchísimo, porque, aunque el tiempo a su lado fue breve, me enamoré de él más de lo que imaginé posible. Me permitió hacer algo que llevaba muchos años sin atreverme: soñar. Soñar con un futuro, con un hogar, con despertar cada mañana al lado de alguien que me quisiera sin pedir nada a cambio.
Tal vez eso era todo lo que la vida tenía reservado para nosotros. Un verano, el yate, un puñado de amaneceres y un amor fugaz pero intenso. ¡Te lo agradezco vida!
David tiene un futuro brillante y deseo, con todo mi corazón, que sea muy feliz. Dicen que amar también es querer que la otra persona encuentre su lugar en el mundo, incluso cuando ese lugar ya no está junto a ti.
Espero que algún día, cuando dirija Empresas Canarias, recuerde aquellos amaneceres en el yate con una sonrisa.Yo también los recordaré.
Con cariño,
Alegra
***
—¿Qué vas a hacer qué? —preguntó Tristán, levantándose de golpe de la silla de su oficina en el Paraíso Club.
Pensó haber escuchado mal porque se acomodó el auricular del teléfono y se lo acercó al oído.
—Voy a ir a Madrid —repitió con serenidad—. Hablaré con mi padre.
—No, no, no… espera. ¿Hablar con él de qué?
El resoplido de David se escuchó al otro lado del teléfono.
—Le diré que no voy a casarme con Sarahí. Voy a decirle que amo a Alegra y que quiero elegir mi propia vida.
Tristán se quedó en silencio, intentando entender todo. Sabía que su amigo no era bromisa como él, así que debería ser en serio.
—¿A caso estás loco? —murmuró al fin.
—Es posible.
—No, David. Hablo en serio. Tu padre no va a escucharte. Te desheredará antes de que rompas esa alianza.
—Lo sé.
—¿Y aun así vas a hacerlo? —insistió Tristán.
Caminó hasta la ventana de su oficina y observó cómo, abajo, los clientes del Paraíso Club reían, bailaban y bebían como si el mundo no tuviera preocupaciones. Sacó un cigarrillo del bolsillo de la camisa, lo encendió y dio una larga calada.
—Joder…Nunca pensé que llegarías tan lejos por una mujer.
—Estoy empacando unas mudas de ropa. Mi vuelo sale en una hora. —Hizo una breve pausa—. Necesito que vengas conmigo.
Tristán soltó una carcajada.
—¿Yo? ¿Quieres que sea tu acompañante fóbico?
—No. Quiero que seas mi amigo.
Aquellas palabras hicieron que Tristán suspirara.
—No sé cómo terminará esta conversación con mi padre. Puede que me desherede, que me eche de la casa o que no vuelva a dirigirme la palabra nunca más.
Respiró hondo.
—Y necesito que, cuando salga de ahí, haya alguien esperándome para recordarme que hice lo correcto.
Tristán apagó el cigarrillo en el cenicero y sacó la última bocanada de humo.
—Joder, David.
—Nunca he tenido tanto miedo como ahora.
Tristán sacó otro cigarro y lo encendió. Aquella confesión lo sorprendió más que la decisión de viajar a Madrid.
David Fernando Canarias tenía miedo y eso era nuevo. En la universidad lo llamaban el lobesno de los negocios. Era el hombre que siempre sabía leer una habitación antes que los demás, encontrar el punto débil de su interlocutor y conducir cualquier conversación hacia el terreno que más le convenía. Negociaba con una seguridad impropia de su edad y rara vez dejaba que las emociones interfirieran con la razón.
Pero aquello era distinto. Esta vez David no estaba en una reunión de negocios iba a enfrentarse a su padre, a decirle que renunciaba al futuro que llevaba toda la vida preparándose para asumir. Ese era territorio desconocido y, por primera vez, no tenía un plan que le garantizara salir victorioso.
—Bien… —dijo Tristán después de unos segundos—. Le encargaré el club a Mandy y me iré contigo. Le pediré a Tita que me prepare una muda de ropa.
David dejó escapar el aire que llevaba conteniendo.
—Gracias.
Tristán suspiró y negó con la cabeza.
—También le diré que prepare el cuarto de invitados.
David frunció el ceño.
—¿Por qué?
—Porque, conociendo a tu padre, existe una posibilidad bastante alta de que regreses sin casa.
David soltó una risa baja.
—No es mala idea…
—Y si te deshereda, al menos ya tendrás dónde dormir. Eso sí, aquí se paga con trabajo. No pienso mantener a un heredero desempleado.
—¿Heredero desempleado?
—Perdón… exheredero.
Ambos rieron.
Aquella fue, quizá, la última vez que David rió con la tranquilidad de quien todavía creía que el mayor problema que lo esperaba en Madrid era enfrentarse a su padre.
Ninguno de los dos imaginaba que el destino tenía preparada una despedida muy distinta.
***
El avión despegó del aeropuerto de Ibiza y, poco a poco, la isla desapareció bajo un manto de nubes. Durante varios minutos ninguno de los dos habló y cada uno se sumergió en sus pensamientos.
Tristán daba sorbos a un whisky en las rocas mientras observaba por la ventana. David, en cambio, permanecía con la vista fija en los asientos de adelante con un solo nombre en su mente: Alegra.
La mujer por la que estaba dispuesto a renunciar a todo. La mujer que, en apenas unas semanas, le había enseñado lo que era estar enamorado, lo que era sentir tranquilidad, lo que era encontrar el camino que verdaderamente quería seguir.
Sonrió sin darse cuenta.
Pensó en sus amaneceres sobre el yate, en sus besos, en las conversaciones interminables, en la forma en que ella siempre encontraba una manera sencilla de responder las preguntas más difíciles.
Hablaría con su padre. Renunciaría a la herencia si era necesario. Después regresaría a Ibiza, buscaría a Alegra y le pediría que se casara con él.
No sabía dónde vivirían ni de qué comenzarían pero tampoco le importaba. Por primera vez en su vida no tenía un plan de negocios, un presupuesto ni una estrategia. Solo tenía una certeza y era que quería pasar el resto de su vida junto a ella… En paz.
El vuelo transcurrió con una tranquilidad casi irreal. Entre pensamientos y breves conversaciones con Tristán, el tiempo pareció acortarse.
Cuando el avión tocó tierra en el aeropuerto de Madrid-Barajas, David sintió que el corazón le latía con fuerza. Ambos bajaron las escaleras del avión y se subieron al auto que les esperaba. El chofer era nuevo, así que simplemente lo saludaron.
—Según me dijo mi madre, mi padre está en el piso. Dentro de unas horas tiene una reunión con los Lafuente.
Tristán silbó por lo bajo.
—Vaya… Llegamos en el momento perfecto. Entonces, ¿qué? ¿Entramos, esperamos a que el señor Canarias se despierte y le das la buena nueva? “Buenos días, padre. Por cierto, renuncio a la empresa y me caso con una cantante”. Muy discreto todo.
David le lanzó una mirada de advertencia.
—Tristán, no estoy para tus sarcasmos.
—Tú me pediste que viniera —respondió encogiéndose de hombros—. No voy a dejar de ser quien soy solo porque tú estés a punto de cambiar tu vida.
David dejó escapar una sonrisa cansada.
—Lo sé…
—Además —continuó Tristán con una media sonrisa—, si todo sale mal, necesitarás a alguien a quien echarle la culpa de esa idea que se te metió en la cabeza… y ese seré yo.
David soltó una risa baja. Sabía que su padre diría exactamente eso. Que todo era culpa de Tristán, que él había permitido que su mejor amigo, un joven al que consideraba irresponsable y demasiado bohemio, le llenara la cabeza de ideas absurdas sobre el amor.
Tal vez era verdad pero no como su padre lo imaginaba. Sí, Tristán había encendido la chispa pero la decisión, sin embargo, era completamente suya. Nadie lo había obligado a enamorarse de Alegra, así como nadie lo obligaba ahora a renunciar a la herencia.
Todo transcurría en calma hasta que el automóvil dobló la esquina de una de las tranquilas calles de El Viso.
David conocía aquel recorrido de memoria. A esas horas, el barrio solía estar en silencio; apenas algún jardinero, una empleada doméstica o el repartidor del periódico rompían la quietud de la mañana.
Pero aquella vez era distinto.
Al girar hacia el edificio donde se encontraba el piso familiar, un agente de la Guardia Civil levantó la mano, impidiendo el paso.
—No pueden estacionarse aquí.
El chófer redujo la velocidad y bajó la ventanilla. David se inclinó hacia delante para mirar. Entonces la vio. Al frente de ellos había una ambulancia que permanecía detenida frente al edificio, con las luces girando en silencio y las puertas traseras completamente abiertas, como si esperaran con urgencia a alguien.
Un escalofrío le recorrió la espalda.
—¿Qué sucede? —preguntó, sintiendo que el corazón comenzaba a acelerarse.
—No lo sé, señor —respondió el chófer, intentando distinguir algo entre el movimiento de personas.
Tristán se inclinó hacia la ventanilla y entrecerró los ojos. Durante unos segundos no dijo una palabra. Entonces apareció la camilla. Salía precisamente del portal del edificio de los Canarias.
El color abandonó su rostro.
—Mierda… —murmuró.
Sin esperar a que el automóvil terminara de detenerse, abrió la puerta. David hizo lo mismo y ambos se echaron a correr.
—¡Padre! —gritó David al reconocer el cuerpo inmóvil sobre la camilla.
Uno de los sanitarios levantó el brazo para impedirle el paso.
—¡Apártese, por favor!
—¡Es mi padre! ¿Qué ocurrió?
El médico apenas levantó la vista mientras comprobaba el pulso del paciente.
—Ha sufrido un infarto agudo. Necesitamos trasladarlo de inmediato.
David sintió que las piernas le fallaban. No podía ser verdad, su padre no podía estar en ese estado. Aquel hombre que siempre parecía inquebrantable y que imponía respeto con solo entrar en una habitación, yacía inmóvil, con el rostro ceniciento y los labios apenas coloreados.
Quiso acercarse, tomarle la mano, decirle que había llegado pero los sanitarios ya empujaban la camilla hacia la ambulancia.
—¿A dónde lo llevan? —preguntó con la voz quebrada.
—A la Clínica Puerta de Hierro —respondió uno de ellos sin detenerse—. Avise a su familia para que vaya directamente allá.
Entonces, las puertas de la ambulancia se cerraron de golpe y un instante después, la sirena rompió el silencio de la calle.
Una respuesta
Nooooo!!!!!