Alegra y David pasaron el resto de la mañana en el yate. Recostados sobre la cubierta, contemplando las nubes que avanzaban lentamente sobre el Mediterráneo, hablaron de ellos mismos, de sus vidas, de sus sueños y de sus miedos sin percatarse de que el tiempo había pasado demasiado rápido.
Cuando menos se dieron cuenta ya se encontraban regresando al puerto y David llevando a Alegra de vuelta a casa de Mandy. Ella ya la esperaba en la cocina; se encontraba revisando unos apuntes de sus clases cuando Alegra entró por la puerta.
—¿Y la ropa?
Alegra soltó una pequeña risa.
—No compré nada.
—¿Cómo que no compraste nada?
—Una llanta se pinchó.
Mandy arqueó una ceja.
—¿Una llanta?
—Sí. Después tuvimos que esperar otro automóvil y… bueno… —Alegra sonrió—. Se nos fue el tiempo.
Mandy observó cómo su amiga intentaba disimular la sonrisa y comprendió, perfectamente, que habían estado haciendo cualquier cosa menos esperar a cambiar una llanta pinchada.
—Ya veo… —respondió y no preguntó más.
Porque la felicidad que veía en los ojos de Alegra era una respuesta suficiente a sus sopechas. Sin embargo, a la mañana siguiente, la campana de la casa sonó despejando completamente las dudas. Cuando Mandy abrió la puerta y vio a tres empleados de una de las boutiques más exclusivas de Ibiza, se quedó inmovil.
—¿Puedo ayudarlos? —preguntó.
Los empleados esperaban en la entrada cargando cajas, bolsas y paquetes.
—Buenos días —saludó uno de ellos—. Venimos de parte del señor Canarias.
Mandy soltó una carcajada.
—Claro que sí vienen de parte del señor Canarias.
Los hizo pasar. Alegra apareció desde el pasillo justo cuando las cajas comenzaban a acumularse sobre la mesa.
—¿Qué ocurre?
Nadie respondió. Porque todos estaban demasiado ocupados descargando paquetes.
—¿Qué es todo esto? —preguntó Alegra, completamente atónita.
Uno de los empleados le entregó una tarjeta. Pero Mandy fue más rápida.
—Permíteme.
Se aclaró la garganta dramáticamente y comenzó a leer.
—”Perdón por la llanta que se pinchó ayer. Espero que te guste la ropa que te mando por haberte hecho perder el tiempo. David.”
El silencio se hizo en la cocina.
Alegra abrió una de las cajas y sacó un vestido azul confeccionado con una tela tan suave que parecía agua. Después apareció otro y otro más. Mandy comenzó a abrir las cajas y descubrió vestidos, blusas, pantalones, zapatos, pañuelos y sombreros, uno más hermoso que el anterior.
—Esa llanta debió ser muy importante —comentó Mandy mientras sacaba uno de los pañuelos de seda y se lo colocaba alrededor del cuello—. Esto es muy Canarias.
—¿Muy Canarias? —preguntó Alegra mientras se probaba un sombrero de ala ancha frente al espejo.
—Sí. —Mandy se acercó a ella—. Dicen que los Canarias son extraordinarios en todo lo que hacen. Quieren construir un hotel, lo hacen extraordinario; quieren compensar a alguien, lo hacen extraordinario. —Tomó una de las chaquetas que habían llegado y examinó la costura—. Y, cuando se trata de demostrar afecto, también lo son.
Alegra soltó una pequeña risa.
—Eso no puede ser cierto.
—Créeme, lo es.
Mandy continuó revisando la ropa.
—La mayoría de los ricos compran cosas para presumir. Los Canarias compran cosas para demostrar algo. —Levantó uno de los vestidos—. ¿Que te falta un vestido? Te mandan veinte. —Tomó otra caja—. ¿Qué se te rompe un zapato? Te compran una colección completa.
Alegra volvió a reír.
—Estás exagerando.
—No tanto. —Mandy señaló las cajas que todavía seguían acumuladas en la mesa—. Mira esto.
Alegra observó el desastre de telas, cajas y sombrereras y tuvo que admitir que quizá Mandy tenía un poco de razón.
—Espero que la próxima vez se descomponga el auto —Mandy sonrió con picardía—. Tal vez te mande uno.
Alegra bajó la mirada.
—Mandy…
—¿Qué?
—No empieces.
—Solo digo que ese hombre parece muy preocupado por compensarte.
Alegra intentó ocultar la sonrisa que apareció en sus labios sin éxito. Mandy la vio inmediatamente.
—Ahí está.
—¿Qué?
—Esa sonrisa. La misma que traías ayer cuando regresaste.
Alegra sintió que las mejillas se le calentaban.
—No sé de qué hablas.
—Claro que sí.
Mandy se acercó al espejo y acomodó el sombrero sobre la cabeza de Alegra. Después la contempló unos segundos.
—Te ves feliz.
La sonrisa de Alegra se suavizó.
—Tal vez lo estoy un poco —admitió—. Pero es pasajero. Y lo sabes.
Mandy sonrió. Entendía perfectamente lo que Alegra intentaba decirle y en el fondo, sabía que tenía razón. Ella llevaba varios años conociendo a David Canarias y todavía más tiempo observando a su familia. Sabía quién era, de dónde venía y también sabía el peso que cargaba sobre los hombros.
Sí, era cierta; de todos los amigos de Tristán, David era el más amable, era educado, atento y sorprendentemente humilde para alguien que había nacido con todo. Pero también era un Canarias y ellos no pertencían completamente a sí mismos. Pertenecían a su apellido, a sus empresas, a las expectativas, suyas y de generaciones enteras.
Alegra abrió una de las cajas pequeñas y se quedó inmóvil. Dentro había unos zapatos de diseñador color marfil, con un tacón elegante y delicado que parecían demasiado bonitos para tocar el suelo.
—Madre mía —murmuró.
Los tomó con cuidado entre las manos y los observó. La piel era suave, la confección impecable y brillaban discretamente bajo la luz que entraba por la ventana.
—Son hermosos… —dijo—. Pero no puedo usarlos.
Mandy, que observaba con atención, dejó el sombrero que se probaba sobre la caja y caminó hacia ella, con cariño la abrazó por la espalda.
—Yo digo que lo disfrutes, dure toda la vida o no, porque la felicidad no siempre llega dos veces a tocar la misma puerta.
Alegra le sonrió porque sabía que la felicidad era efímera. La había conocido muchas veces a lo largo de la vida pero siempre terminaba escapándose entre sus manos. Con el tiempo había aprendido que la felicidad, para algunas personas, no era un lugar donde vivir, sino un sitio de paso.
Ella ya estaba cansada de esa clase de felicidad, pero ya había aprendido a aceptarla, a dejar de preguntarse cuánto duraría y disfrutarla mientras estuviera allí. Porque aferrarse al miedo de perderla solo conseguía que dejara de vivir incluso los momentos buenos.
—¿Compartirás todo esto con tu amiga favorita, no? —preguntó Mandy, sacándola del pensamiento profundo.
Alegra soltó una carcajada.
—Sí, claro. —Miró nuevamente la montaña de cajas—. No creo tener lugares suficientes para ponerme todo esto.
—Perfecto. Entonces yo me sacrifico y te ayudo.
—Qué generosa.
—Lo sé.
Mandy sonrió.
—Además… —Señaló los zapatos que Alegra sostenía—. Yo te enseñaré a caminar en tacones.
Alegra levantó una ceja.
—¿Perdón?
—Si vamos a fingir que no sales con David Canarias y que estos regalos son porque no le gustas, no podemos fingir que sabes caminar en tacones.
Alegra sonrió.
—¡No estoy saliendo con David! Pero, gracias Mandy.
—De nada…
Entonces, sin pensarlo demasiado, Alegra dejó los zapatos sobre la mesa y se acercó a Mandy y la abrazó. Ella se quedó quieta durante un segundo y después le devolvió el abrazo.
—Venga, amiga… —Mandy le dio unas palmaditas suaves en la espalda—. No te pongas sentimental.
—Lo siento.
—No te disculpes.
Mandy se separó apenas para verla y al ver el rostro de Alegra, entendió algo, que ella no estaba emocionada por los vestidos, ni por los zapatos, ni por los sombreros; lo estaba porque, quizá por primera vez en mucho tiempo, tenía una amiga. Y eso valía mucho más que toda la ropa que David Canarias pudiera comprar.
***
—¡¿La boutique entera, David?! —exclamó Tristán mientras recorría la amplia terraza del Hotel Canarias con una copa de whisky en la mano—. Joder, macho… ¿Has dejado algo para el resto de la isla?
David suspiró. Ya era demasiado tarde para arrepentirse de haberle contado a su mejor amigo lo que le había enviado a Alegra aquella mañana. Sin embargo, en su defensa, no tenía a nadie más con quien hablar de lo que sentía.
—Ayer me dijiste que ibais a ir despacio y hoy le has enviado media tienda. —Se detuvo frente a él—. Pero ¿qué demonios estás haciendo?
David, que se encontraba sentado en una de las sillas de la terraza, mantenía la vista fija en el mar o, al menos, eso parecía, porque, en realidad, su mente estaba atrapada en el recuerdo de Alegra.
—No he podido evitarlo.
Tristán soltó una carcajada.
—Claro que no has podido.
—Es que todo le queda bien.
Aquello hizo que Tristán casi se atragantara con el whisky.
—Madre de Dios… —Se dejó caer en una silla—. Creo que la palabra «discreción» no forma parte de tu vocabulario.
—Yo estaba siendo discreto.
—¿Discreto? ¿Tú eres consciente de que has enviado tanta ropa que han hecho falta tres personas para llevarla?
David soltó una pequeña risa.
—Exageras.
—No exagero. Además, ¿estás loco? Ayer me dijiste que ibais a mantener esto en secreto y hoy le envías tanta ropa que vas a conseguir justo lo contrario.
—Las mujeres de esta isla, al menos las que conocemos, ni siquiera compran aquí. Se traen la ropa de Madrid o de París. La propia Begoña dice que las boutiques de Ibiza no le gustan —contestó David, defendiéndose.
—Da igual. Lo que les va a importar no es de dónde es la ropa, sino quién ha tenido el dinero para pagarla. Y, de repente, una cajera del Paraíso Club aparece vestida como una reina… ¿Tú qué crees que va a pensar la gente?
David guardó silencio.
—Todo el mundo hará la misma cuenta. Todo acabará apuntando hacia ti, macho —concluyó Tristán.
David se pasó una mano por el rostro.
—No era esa mi intención.
—Entonces, ¿cuál era?
David bajó la vista un instante.
—Solo quería verla sonreír. —David se encogió de hombros—. Sé que no lo vas a entender, pero Alegra, por lo que me ha contado, nunca ha tenido gran cosa. Solo quería hacerle un regalo bonito.
Tristán lo observó durante unos segundos; después dejó la copa sobre la mesa.
—¿Un detalle? —Pronunció las palabras muy despacio—. De-ta-lle. —Señaló a David con un dedo—. No un despliegue digno de un maharajá.
Su amigo sacó la cigarrera de plata, tomó un cigarro y lo encendió con una facilidad que sorprendió a David.
—Mira, tío, que yo no soy quien para darte lecciones. Pero, por desgracia, tengo bastante más calle que tú, y créeme cuando te digo que, si sigues haciendo estas cosas, tu historia con la cantante se acabará antes de empezar. Tienes que protegerla.
—¿De lo que diga la gente?
—No, joder. De ti.
—¿De mí?
—Sí, de ti. Porque tú puedes soportar los chismes. Eres un Canarias. Hemos nacido en este mundo de mierda y sabemos cómo movernos en él. Pero ella no.
Hizo una pausa.
—Cuando esto salga a la luz, tú seguirás siendo David Fernando Canarias Donato: heredero de Empresas Canarias y el futuro del grupo. Para tu padre y para todo el mundo no será más que otra aventurilla. Como la de tu tío, el que murió de un infarto en un hotel de mala muerte. Nada serio.
David guardó silencio.
—Pero ella… ella será «la cantante con la que David Canarias pasó una temporada». Y fíjate que digo «cantante» porque le tengo aprecio a Alegra. La señalarán. Dirán que es una interesada, que solo iba detrás de tu dinero, que quería trepar socialmente…
Tristán alzó el vaso vacío y lo miró con resignación.
—Y voy a dejarlo aquí porque ya no me queda whisky. Si no, seguiría diciéndote todas las barbaridades que la gente sería capaz de inventarse.
David se puso en pie y lanzó una patada al aire. Su amigo tenía razón y odiaba cuando la tenía.
Tristán encendió otro cigarrillo.
—Si tú estuvieras enamorado, también harías locuras —replicó David, en un intento bastante pobre de defenderse.
Tristán expulsó el humo despacio.
—Entonces… ¿Estás enamorado? ¿Lo admites de una vez?
David guardó silencio durante unos segundos. Clavó la vista en el mar. Tristán se levantó y fue a colocarse a su lado.
—No te lo tomes a mal. Me alegro de que estés enamorado, de verdad. Pero precisamente por eso tienes que protegerla. No basta con quererla. Tienes que pensar en lo que tus decisiones pueden costarle a ella.
David permaneció callado.
—En pocas palabras… si vas a luchar por esa chica, hazlo de verdad. Pero si no estás dispuesto a enfrentarte a tu padre, a Sarahí y a todo lo que viene detrás…
Tristán hizo una breve pausa antes de mirarlo.
—Entonces déjala marchar. Porque esa muchacha se merece a alguien que pueda quererla sin convertir su vida en un infierno.
El silencio se hizo entre los dos. Aquellas palabras dolían porque precisamente eran ciertas. David volteó a ver a Tristán.
—Si tú estuvieras en mi lugar… enamorado de alguien… queriendo a una mujer como yo quiero a Alegra… ¿lo harías?
Tristán soltó una risa sin alegría. Negó con la cabeza mientras encendía otro cigarrillo.
—Si yo encontrara a una mujer así… no volverías a verme.
David arqueó una ceja.
—¿Cómo?
—La subiría a un barco. —Miró hacia el puerto—. Y nos iríamos mar adentro. Lejos. A otro país. A un sitio donde nadie supiera quién soy. Donde no existieran los apellidos ni hubiera nadie diciéndome con quién debo casarme.
Guardó silencio unos instantes, contemplando el Mediterráneo.
—Un lugar donde pudiera quererla sin tener que pedir permiso.
Sonrió con una amargura que David no conocía.
—Porque, David… tú y yo, para amar en libertad, tendríamos que inventarnos otra vida. No esta.
David suspiró.
Su amigo siempre hablaba del amor como si fuera un territorio desconocido. Nunca se había enamorado. Y, sin embargo, cuando lo hacía, era con una convicción que parecía nacida de una nostalgia inexplicable.
—Pero… ¿lo harías? —insistió David—. ¿Lucharías por ella?
—Sí.
Tristán se volvió hacia él.
Por primera vez desde que había empezado aquella conversación, no quedaba el menor rastro de ironía en su voz.
—Lo haría. Y también voy a ayudarte a ti.
David apenas sonrió, pero Tristán levantó un dedo antes de que pudiera darle las gracias.
—Eso sí… no vuelvas a cometer un error como el de esta mañana. Esto no es un cuento de hadas, David. Es una guerra.
David asintió despacio.
Entonces Tristán formuló la pregunta que llevaba un buen rato guardándose.
—¿Ya le has preguntado a Alegra si está dispuesta a pelear esta guerra contigo?
David permaneció en silencio.
No.
No lo había hecho.
Tristán le dio una palmada en la espalda.
—No tomes decisiones por los dos. Dale la oportunidad de elegir.
Hizo una breve pausa antes de añadir, con una serenidad que desarmó a David:
—Porque el amor, cuando merece la pena… se pelea entre dos. No lo carga uno solo.
2 respuestas
Me encanto el capítulo y sobre todo lo que Tristán le dice a David por qué años después lo cumpliría.
Desde ese tiempo Tristán tenía claro que lucharía por su amor 🥰🥰