Diario de Alegra
10 de marzo de 1971
No sé si el destino quiere que vea a Pedro o si simplemente he tenido la suerte de no tener que inventar un pretexto para salir del piso sin que David me haga demasiadas preguntas, ya que él se fue a Ibiza por la mañana.
Al parecer tiene un asunto que resolver y me dijo que sería solo por un día, que mañana estaría de regreso y tendríamos todo el fin de semana para nosotros. Hemos decidido que ya es momento de retomar nuestras citas. Volver a salir a cenar, ir al cine, caminar sin ningún propósito. Hacer esas cosas que hacíamos antes y que últimamente parecen pertenecerle a otra pareja.
David dice que nos hará bien y yo también quiero creerlo. Me gustaría volver a ser su esposa y no la mujer a la que mira cada cinco minutos para comprobar que sigue entera.
Sin embargo, hoy no puedo pensar en nuestras citas. Me encuentro demasiado nerviosa y asustada. Desde que desperté tengo esa sensación horrible en el estómago, como si mi cuerpo supiera algo que yo todavía no sé. He mirado el reloj tantas veces que estoy segura de que las manecillas avanzan más despacio solamente para atormentarme.
También tuve que mentirle a Mandy. Quería venir al piso a pasar la tarde conmigo pero tuve que decirle que prefería dormir y estar un rato sola. Fue un pretexto bastante tonto. Mandy me conoce demasiado bien para creer algo así, pero decidió creerme o fingió hacerlo. No sé cuál de las dos cosas me hace sentir porque tampoco sé si estoy haciendo lo correcto.
Me he dado cuenta que, desde hace días, no hago otra cosa que mentir, esconder información y escabullirme como una ladrona, como si realmente hubiera cometido un crimen. Como si yo fuera culpable de todo lo que está sucediendo.
Quizá por eso Pedro consigue asustarme tanto porque aún hay una parte de mí que le cree. No dejo de repetirme que yo me defendí. Federico quería hacerme daño. Yo no planeé su muerte. No llegué aquella mañana pensando que iba a matarlo. No quise que cayera. No quise su sangre en aquellas escaleras. No quise nada de lo que ocurrió.
Fue un accidente. Yo sólo me defendí. Me defendí. ME DEFENDÍ. Él trató de abusar me mí y yo me defendí. No sé cuántas veces tengo que escribirlo para creerlo; siento que este fuese una confesión escrita de cierta forma.
Pedro miente cuando dice que soy una asesina. Sé que no lo soy. Pero entonces cierro los ojos y vuelvo a ver a Federico cayendo por las escaleras y me siento tan culpable que algunas veces pienso que debería ir a una comisaría, contar absolutamente todo y entregarme. Quizá sería lo más sencillo.
Les contaría quién era Federico, lo que me hizo durante años, lo que ocurrió aquella noche. Les diría que tuve miedo y que escapé. Después podrían decidir qué hacer conmigo.
Se terminaría todo, absolutamente todo.
Incluso he pensado algo horrible: si me encerraran, Pedro ya no podría alcanzarme. Estaría protegida de él. Ya no podría amenazarme, ni contactarme y yo tendría tranquilidad. Muchas tranquilidad. Qué absurdo debe estar todo dentro de mi cabeza para que una cárcel pueda parecerme un lugar seguro.
Pero después pienso en David y entonces me parece terriblemente injusto porque yo también merezco esta vida… ¿Verdad?
Merezco despertarme junto a mi marido, disfrutar nuestras cenas, tener discusiones tontas y escucharlo quejarse porque dejo libros por todas partes. Merezco estudiar y trabajar en la Fundación. Merezco cantar y volver a Gran Canaria algún día sin tener que huir de nada.
Merezco que alguien me ame como David me ama. No debería perderlo por algo que nunca quise que ocurriera.
Pero no importa qué camino imagine. Todos terminan exactamente en el mismo lugar. Si voy a la policía, puedo perder a David. Si Pedro habla, puedo perder a David. Si le cuento yo misma la verdad…también puedo perderlo. Y ésa es la única posibilidad que no consigo soportar.
Sé que probablemente debería confiar en él. Confiar en lo mucho que me ama y decirme que vamos a encontrar una solución. Pero también sé que él ha sacrificado mucho por mí y no debería hacerlo de nuevo, sobre todo ahora que tiene una nueva empresa y los ojos de España sobre él. Estoy segura que no quisiera un escándolo así.
Tal vez no se entienda mi punto o lo que significa todo esto para mí. Probablemente piensen que mantenerlo en secreto es una estupidez, pero es que no me puedo arriesgar a perder a David.
Yo ya perdí una familia, mi casa, mi lugar de nacimiento y dos bebés. No puedo perder también a David. No puedo. Él es la primera cosa buena que me ocurrió sin que tuviera que ganármela, pagarla o pedir perdón por tenerla.
Y quizá ése sea precisamente mi problema. Todavía sigo esperando que alguien venga a decirme que hubo un error y que tengo que devolverlo. Pedro sabe eso. Creo que por eso no necesita hacerme demasiado para asustarme. Sólo tiene que decirme que puede quitarme a David.
No sé que pasará… sólo espero regresar a casa.
Alegra
Alegra le pidió al chofer que la dejara cerca del parque y que la esperara en algún sitio donde pudiera estacionarse. Hubiera preferido pedirle que la acompañara y que caminara unos metros detrás de ella. También le hubiera gustado que permaneciera cerca mientras hablaba con Pedro y que interviniera si algo salía mal.
Pero no podía porque el hombre trabajaba para David. Si veía algo extraño, se lo contaría y entonces David empezaría a hacer preguntas que ella todavía no estaba preparada para responder.
—Sólo pasearé un rato por el parque —dijo, mientras se acomodaba el abrigo antes de bajar del automóvil—. El doctor me sugirió que hiciera ejercicio.
La mentira le dejó un sabor amargo. Ni siquiera sabía por qué había mencionado al médico. Quizá porque todavía estaba acostumbrada a justificar cada decisión después de tantos meses en los que todos parecían vigilarla como si pudiera romperse.
—No se preocupe, señora Canarias —respondió el hombre con amabilidad—. La espero aquí.
Alegra apoyó una mano en la puerta, pero antes de cerrarla volvió a mirarlo.
—¿Cuál dijiste que era tu nombre?
—Me dicen Mendoza.
—Mendoza… bien.
Memorizó el nombre sin saber por qué, tal vez porque le tranquilizaba saber que alguien la esperaba.
Cerró la puerta y comenzó a caminar.
El lugar donde Pedro la había citado se encontraba dentro del parque. Las instrucciones de la carta habían sido precisas: debía llegar sola hasta el área de juegos infantiles. Desde allí, él la llevaría a otro sitio. Aquella última parte era la que más miedo le daba.
Había pensado en no obedecerla. Incluso, durante el trayecto, estuvo a punto de pedirle a Mendoza que diera la vuelta y la llevara nuevamente al piso. Podía esperar a David y contarle todo cuando regresara de Ibiza. Podía hacer lo que llevaba días diciéndose que no era capaz de hacer.
Los tacones no ayudaban. Se hundían ligeramente en algunos tramos del camino y la obligaban a caminar con más cuidado del habitual. El frío de marzo se le metía por debajo del abrigo, aunque no estaba segura de que fueran las bajas temperaturas las responsables del temblor de sus manos.
A lo lejos distinguió los columpios.
Había algunos niños jugando. Una madre empujaba a una niña pequeña mientras otra mujer conversaba junto a un cochecito. Las voces infantiles llenaban el aire con una normalidad que le resultó casi ofensiva.
Alegra se detuvo cerca del área de juegos. Con fuerza apretó la bolsa que David le había regalado por su cumpleaños. Era demasiado elegante para ella, había pensado cuando abrió la caja. David se había reído y le había dicho que precisamente por eso debía acostumbrarse a usarla. Ahora la sujetaba contra su cuerpo como si pudiera protegerla.
Miró alrededor. Durante unos segundos sintió un alivio absurdo. Tal vez Pedro se hubiese arrepentido y ahora estaría de regreso a Canaria y me dejaría en paz. Quizá todo aquello había terminado antes de empezar.
—Hermanita…
La voz surgió a su espalda. El cuerpo de Alegra reaccionó antes que su pensamiento. Se le cortó la respiración y todos sus músculos se tensaron. No tuvo siquiera tiempo de volverse, porque en ese momento Pedro le sujetó el brazo y la jaló.
—Vamos.
Alegra bajó la mirada hacia los dedos que se cerraban sobre su abrigo.
—Suéltame.
—No hagas una escena.
La advertencia fue pronunciada casi con dulzura. Alegra miró de reojo hacia los niños, las madres y la gente que pasaba por ahí. Podía gritar. Sólo tenía que abrir la boca pero Pedro pareció adivinarlo porque apretó un poco más el brazo.
—No querrás que tengamos nuestra conversación aquí, ¿verdad?
Alegra tragó saliva.
—¿A dónde vamos?
Se sorprendió de haberse atrevido a preguntarlo pero Pedro no respondió, sólo comenzó a caminar y la obligó a seguirlo.
—Pedro…
—Camina.
—Me estás lastimando.
Aflojó apenas los dedos, lo suficiente para que desde fuera pareciera que simplemente caminaban juntos.
Atravesaron el parque. Alegra volvió la cabeza una vez, buscando inútilmente el automóvil de Mendoza, pero ya habían avanzado demasiado y los árboles ocultaban la calle donde lo había dejado. Sintió el primer impulso verdadero de regresar.
—Dijiste que querías hablar conmigo.
—Y vamos a hablar.
—Podemos hacerlo aquí.
Pedro soltó una pequeña risa.
—Claro que no.
Salieron por el otro extremo del parque y cruzaron una calle. Alegra intentó memorizar el recorrido: una esquina, una tienda, un portal oscuro, otra calle.
Recuerda por dónde estás caminando, pensó. Pero el miedo hacía que todo pareciera suceder demasiado rápido.
No habían transcurrido ni tres minutos cuando Pedro la condujo hacia la entrada de un edificio. Alegra se detuvo.
—No.
Pedro tiró de ella.
—Entra.
—Dijiste que íbamos a hablar.
—Eso vamos a hacer.
—Entonces podemos hablar afuera.
Por primera vez desde que había aparecido, Pedro la miró directamente. La expresión amable había desaparecido.
—Entra, Alegra.
Algo dentro de ella gritó que no debía hacerlo por lo que retrocedió un paso.
—No voy a entrar.
Pedro volvió a sujetarla, esta vez con fuerza suficiente para hacerla perder el equilibrio.
—No empieces.
—¡Pedro, suéltame!
Una pareja apareció al otro lado de la calle y Alegra abrió la boca, pero Pedro se inclinó inmediatamente hacia ella.
—Una palabra —murmuró junto a su oído— y mañana tu marido sabrá quién es su esposita.
Alegra se quedó inmóvil.
Era increíble lo poco que necesitaba para controlarla. Finalmente, Alegra cruzó el portal. El interior olía a humedad y a tabaco viejo. Pedro la condujo por un pasillo estrecho hasta una puerta situada en la planta baja. Sacó una llave del bolsillo.
—¿Qué hacemos aquí? —preguntó.
Él abrió.
—Entra.
—¿De quién es este lugar?
Pedro no contestó, simplemente empujó a Alegra y ella entró al piso. Pedro cerró la puerta.
—Creo que estamos mejor aquí, ¿no crees? —preguntó Pedro mientras se quitaba el abrigo.
Lo dejó caer sobre el respaldo de una silla con una tranquilidad que a Alegra le resultó insoportable.
Ella permaneció junto a la puerta, todavía con el suyo puesto y la bolsa apretada contra el cuerpo. Tenía los ojos húmedos, pero cerró los labios con fuerza para contener el llanto.
No iba a llorar frente a él, no quería darle también eso.
—Mejor dime qué quieres —contestó rápidamente.
Pedro no pareció tener ninguna prisa.
Pedro se dirigió hacia la barra de la cocina, tomó una botella de Soberano que estaba por la mitad y se sirvió un buen chorro en un vaso.
—Te ofrecería, pero es coñac barato. Puede que a la señora Canarias ya no le guste.
Alegra ignoró la provocación.
—¿Qué quieres?
Pedro dejó la botella sobre la barra. Después sacó un cigarrillo y lo colocó entre sus labios. Buscó los fósforos entre sus ropas y, al encontrarlos, encendió uno con parsimonia. Alegra observó cómo la pequeña llama iluminaba su rostro antes de que la apagara de una sacudida.
Lo estaba haciendo a propósito. Quería sacarla de sus casillas.
Pedro aspiró el humo y lo expulsó lentamente.
—¿Acaso eres estúpida?
Alegra frunció el ceño.
—Tenía entendido que eras una pequeña genio —continuó él—. Pero, al parecer, tu madre estaba equivocada.
La mención de su madre consiguió lo que hasta entonces no había conseguido el miedo.
Rabia.
—No hables de mi madre —respondió de inmediato.
Pedro sonrió.
—Ah. Todavía duele. Pensé que ya lo habías superado.
—¿Quieres dinero?
La pregunta borró cualquier rastro de sonrisa durante apenas un instante.
Después soltó una carcajada.
—¡Claro que quiero dinero!
Alegra sintió algo parecido al alivio. Dinero. Si era solamente dinero, podía resolverse.
Pedro siempre había sido así, simple y brutalmente consciente de sus apetitos, ya fueran carnales o monetarios. Nunca había sentido vergüenza por querer algo; el problema era que tampoco parecía comprender por qué no debía tomarlo.
—Yo no tengo dinero.
Pedro dejó de reír.
—¿Me quieres ver la cara de estúpido? ¡Claro que tienes dinero!
—No.
—Estás casada con David Canarias, un heredero, empresario y por lo que veo capaz de generar tanto dinero como se le dé la gana.
—Es SU dinero —remarcó Alegra—. No el mío.
Pedro dio otra calada.
Alegra reunió el valor para hablar de nuevo.
—No tengo nada, ¿entiendes? —insistió—. No tengo propiedades, ni empresas, ni tengo cuentas llenas de dinero. Nada de eso es mío.
—Pero duermes en su casa.
—Nuestra casa.
—Te lleva en coche.
—Eso no significa que el coche sea mío.
—Llevabas perlas en el cuello.
Alegra calló.
Todavía podía sentir el tirón del collar contra la piel. Algunas veces incluso despertaba llevándose una mano a la garganta, convencida de que seguía allí.
Pedro dio un pequeño trago a su copa.
—Supongo que David es un caballero y sabe que «lo suyo es tuyo» y todas esas idioteces que se prometen en el matrimonio.
—¿Cuánto quieres? —preguntó Alegra.
Abrió el bolso y comenzó a buscar la cartera.
David le daba cada mes una cantidad considerable para sus gastos. Podía utilizarla en lo que quisiera: algo para el piso, ropa, libros o cualquier capricho que se le ocurriera. Aunque, en realidad, David insistía en que aquel dinero era principalmente para ella.
Alegra casi nunca lo gastaba.
Todavía no conseguía acostumbrarse a hacerlo.
La mayor parte terminaba en la misma caja de madera en la que había guardado sus ahorros durante años. David se reía cada vez que la veía meter dinero allí y le recordaba que existían los bancos, pero a Alegra le gustaba abrir la caja y encontrarlo. Le daba una tranquilidad difícil de explicar. Era dinero que podía tocar. Dinero con el que podía escapar si alguna vez lo necesitaba.
Y ahora lo necesitaba.
Había reunido una buena cantidad.
Tal vez fuera suficiente.
Pedro arqueó ligeramente una ceja al verla buscar.
—¿Qué? ¿Vas a sacar de tu bolsillo el dinero que quiero?
Alegra levantó la mirada.
—Sólo dime cuánto y déjame ir.
Pedro la observó durante unos segundos.
Después sonrió.
No fue una sonrisa abierta. Apenas se le elevó una comisura de los labios mientras los ojos permanecían clavados en ella, tranquilos, casi divertidos. Era precisamente eso lo que Alegra siempre había detestado de Pedro: podía parecer amable incluso cuando estaba disfrutando del miedo de otra persona.
Guardó la cartera.
Ya sabía que lo que llevaba allí no sería suficiente.
—Vamos —insistió—. Dime cuánto.
Pedro llevó el vaso a los labios, pero no bebió. Parecía estar saboreando la respuesta antes de pronunciarla.
—Doscientas cincuenta mil pesetas.
Alegra sintió que algo se le hundía en el estómago.
—¿Qué?
—Me has oído.
—No tengo esa cantidad.
—Pues consíguela.
—Pedro…
—Doscientas cincuenta mil pesetas —repitió con absoluta tranquilidad—. Y entonces podremos empezar a olvidar todo esto.
Empezar, ¿cómo que empezar? Aquella palabra le produjo más miedo que la cantidad.
—No puedo sacar tanto dinero sin que David se entere.
La sonrisa regresó lentamente al rostro de Pedro.
—Ése, hermanita, es tu problema.
Alegra bajó la mirada hacia el bolso. Doscientas cincuenta mil pesetas era demasiado. Pensó en la caja de madera y supo que no le alcanzaba; ni siquiera estaba cerca de hacerlo.
—Tienes veinticuatro horas para conseguir el dinero, Alegra —dijo Pedro, expulsando el humo frente a su rostro—. Si mañana no lo tienes, iré a buscar a tu marido.
Alegra palideció.
—No te acerques a David.
—¿Por qué? Creo que le encantará conocer a su cuñado.
—No…
—Le contaré que aquella vez que viajaste a Ibiza para cantar en la boda de su primito no ibas solamente a cantar. —Sonrió—. Le contaré que llevabas un encargo de marihuana. Que aprovechaste una fiesta llena de gente con dinero para venderla entre los invitados y que regresaste a Gran Canaria con los bolsillos bastante más llenos.
—Eso no fue así. Tú sabes que no fue así.
—Le contaré que después regresaste a casa, mataste a tu padrastro y huiste con el dinero de la droga.
—¡Yo no maté a Federico! ¡Fue un accidente!
—Tendrás que convencer a David. Y espero que lo hagas, porque sabes que tengo mucha tela de donde cortar sobre tu vida antes de que te convirtieras en la señora Canarias. —La miró con una sonrisa fría—. Y te aseguro que no le va a gustar.
Alegra sostuvo su mirada, aunque sentía que las piernas comenzaban a fallarle.
—David me conoce.
—David conoce lo que tú decidiste contarle.
Pedro se acercó.
Antes de que Alegra pudiera apartarse, la sujetó por el rostro y apretó sus mejillas entre los dedos. Ella intentó soltarse, pero él aumentó la presión.
—Y yo conozco todo lo demás.
—Suéltame.
—Doscientas cincuenta mil pesetas —continuó—. Mañana. Y tu marido podrá seguir recordando a la muchacha que conoció en Ibiza y a la que convirtió en su esposa… y no a la delincuente que eres en realidad.
—No soy una delincuente.
—Eso no lo decides tú.
Pedro la soltó de golpe.
Alegra perdió el equilibrio y su espalda chocó contra la puerta. El golpe le arrancó el aire de los pulmones.
Durante unos segundos ninguno habló.
Pedro recogió tranquilamente su cigarrillo del cenicero, como si aquella conversación hubiera sido poco más que un asunto pendiente que acababa de resolver.
—Yo te diré dónde entregarás el dinero.
Alegra no se movió.
—¿Y después?
Pedro dio una calada.
—Después veremos.
Alegra buscó el picaporte con una mano temblorosa.
—Ah, Alegra.
Se detuvo.
No quería volverse.
—Mañana son doscientas cincuenta mil —dijo Pedro a su espalda—. Si me obligas a esperar, serán más.
Alegra abrió la puerta. Respiró una vez y salió de ahí.