17 de febrero de 1971
Un asalto. Eso era lo que había ocurrido o, al menos, eso era lo que el hombre que encontró a Alegra en aquel callejón había contado a la policía. Y eso fue lo que publicaban los periódicos de aquella mañana.
LA ESPOSA DEL EMPRESARIO DAVID CANARIAS, VÍCTIMA DE UN VIOLENTO ASALTO EN MADRID.
Alegra contempló el titular desde la cama de hospital. La noticia había corrido rápido y ahora todos sabían lo que había pasado en aquel callejón; aunque era mentira.
—No leas eso —le dijo David, mientras le quitaba el periódico de las manos.
Él lo dobló y lo dejó sobre una silla, lejos de ella.
—No es bueno que leas esas cosas…
Era demasiado tarde, ya lo había leído.
Una joven había sido atacada cerca de una entrada del metro. El agresor la había arrastrado hasta un callejón y había forcejeado con ella. El hombre le arrancó el collar de perlas antes de huir después de ser sorprendido por un transeúnte. La víctima había sido trasladada al hospital.
Y horas más tarde había perdido el embarazo…
Eso era todo, una desgracia. Un “asalto” que había terminado de la peor manera posible. Nadie tenía motivos para pensar otra cosa, ni siquiera David. Él estaba enojado con el hombre que le había arrebatado su felicidad.
Alegra giró su rostro hacia la ventana. No había dormido, porque cada vez que cerraba los ojos volvía a escuchar la misma voz.
Hermanita…
Después sentía la mano de Pedro sobre su boca, tan vívida que la despertaba agitada y pidiendo por aire. David la consolaba y la abrazaba con fuerza.
Su esposo estaba devastado. Había pasado toda la noche allí. Tenía la misma camisa del día anterior y el cabello desordenado. La barba comenzaba a marcarle todavía más el rostro y se notaba el agotamiento. Su madre, Ainhoa, le había pedido que fuese a casa a cambiarse y descansar unas horas pero él se había negado.
Alegra bajó la mirada hacia sus manos que tomaban las suyas con fuerza como si la tratara de proteger.
—David… —pronunció su nombre.
Él levantó inmediatamente la cabeza.
—Dime, qué necesitas?
Alegra sintió que se le llenaban los ojos de lágrimas.
Díselo, Alegra. Sólo díselo.
Su mente se lo gritaba. Eso era lo que necesitaba, decirle la verdad, confesarle que no había sido un asalto sino su hermanastro cruel, el hombre que toda la vida la había maltratado quién estaba en Madrid buscando venganza por haber matado a su padre, Federico Montero.
Podía decírselo en ese momento. David estaba allí. Se encontraba sentado junto a ella, sosteniéndole la mano como si no existiera ningún otro lugar en el mundo en el que quisiera estar. Alegra sólo tenía que abrir la boca y pronunciar cuatro palabras: no fue un asalto.Y después vendría todo lo demás.
Tendría que contarle que no había sido completamente sincera cuando le habló de su pasado. Que no era verdad que estuviera sola en el mundo. Que sí existían personas que podían encontrarla. Que había escapado de Gran Canaria después de que Federico cayera por aquellas escaleras y que, durante todos esos meses, había vivido con el miedo de que algún día alguien apareciera para acusarla de haberlo matado.
Podía hacerlo pero Alegra no pudo. No porque no confiara en él. Precisamente porque lo amaba demasiado y él era su felicidad. David era la vida que había comenzado a construir después de pasar tantos años sobreviviendo y Alegra sintió terror de perderla.
¿Qué ocurriría si le contaba a David la verdad y él dejaba de verla de la misma manera? ¿Qué pasaría si pensaba que lo había engañado?
Porque lo había hecho. No importaba cuántas veces se dijera que había tenido miedo, ni que hubiese querido dejar atrás a los Montero, ni que para ella aquellas personas ni siquieran eran parte de su familia, había mentido. Lo había hecho desde el principio y ahora la mentira le explotaba en el rostro.
—¿Alegra?
Ella levantó los ojos.
—Nada.
David tomó su mano.
—No tienes que hacerte la fuerte conmigo.
Aquello casi consiguió que confesara. Casi.
—Lo siento —susurró ella.
David frunció el ceño.
—¿Por qué?
—Por el bebé.
Su expresión cambió.
—No.
—Si hubiera aceptado el coche…
—No.
—David…
—No vuelvas a decir eso.
Se inclinó hacia ella y tomó su rostro entre las manos.
—No hiciste nada malo por tomar el metro.
Alegra comenzó a llorar. Se sentía triste, asustada, enojada. Una roca le apretaba y pecho y le hacía sentir una carga imposible de soportar.
—Mírame —pidió él.
Alegra lo hizo. David también tenía los ojos enrojecidos. Había estado llorando junto con ella.
—Un hijo de puta te atacó. Eso es lo que pasó. Y voy a encontrarlo.
—No.
David se quedó inmóvil.
—¿Qué?
Alegra apretó su mano.
—No quiero que lo busques.
—Alegra…
—Por favor.
—Ese hombre te hizo daño.
—No quiero volver a verlo.
—La policía necesita encontrarlo.
—¡No!
David frunció el ceño. Alegra comprendió que había reaccionado demasiado rápido. Intentó respirar.
—No puedo —dijo, bajando la voz—. No puedo seguir hablando de esto y repetirlo una y otra vez. No puedo.
Eso sí era verdad.
David permaneció callado.
—Por favor —repitió—. Sólo quiero que termine.
Él la observó durante varios segundos.
Finalmente acercó su mano a los labios y la besó.
—Está bien.
Alegra soltó el aire.
Pero David añadió:
—Tú no tendrás que hacer nada.
Ella volvió a mirarlo.
—Yo me ocuparé.
El miedo regresó inmediatamente.
—David…
—No voy a permitir que el hombre que te hizo esto siga caminando tranquilamente por Madrid.
Un escalofrío recorrió el cuerpo de Alegra. Conocía s u marido y sabía que aquella promesa no era producto de la rabia del momento. David tenía dinero, contactos, abogados y gente poderosa que podría ayudarle a buscar a Pedro por cielo, mar y tierra. Pero, sobre todo, tenía una obstinación aterradora cuando se trataba de proteger a las personas que amaba.
—David… te lo pido. No quiero que te haga daño.
David la besó sobre la frente.
—Nadie me hará daño. Ni permitiré que alguien te haga daño de nuevo… ¿Vale?
Alegra asintió.
—Ahora descansa. Iré a preguntarle al doctor cuándo podemos ir a casa.
—Sí —expresó Alegra.
David le dio un beso sobre los labios y después la ayudó a acomodarse.
—Duerme un poco.
Alegra asintió.
Cerró los ojos convencida de que sería incapaz de hacerlo, pero el cansancio terminó venciendo al miedo y, pocos minutos después, su respiración se volvió profunda.
David permaneció junto a ella un momento más.
La observó dormir.
Después bajó la mirada hacia el vientre que apenas unas horas antes había contenido a su hijo. Apretó la mandíbula.Se inclinó, besó nuevamente la frente de su esposa y salió de la habitación.
Jorgelina, se levantó en cuanto lo vio aparecer en la sala de espera.
—Señor Canarias.
David caminó hacia ella.
—Lina…
—¿Cómo está su esposa? —preguntó, sinceramente preocupada.
—Mejor. Está dormida.
David se pasó una mano por el rostro. Se encontraba agotado por todo lo que había pasado pero sentía demasiada rabia como para irse a su casa a descansar y dejar todo como estaba. Tenía que hacer algo.
—Hoy tampoco iré a la oficina, Lina —continuó la plática.
—Muy bien, entonces cancelo sus citas.
—Sí. Voy a llevarme a Alegra a casa en cuanto el médico lo permita, pero necesito que hagas algo por mí.
—Lo que sea, señor Canarias.
—Averigua qué comisaría está llevando la investigación del asalto.
La asistente asintió inmediatamente y sacó la pequeña libreta que siempre llevaba consigo.
—Quiero el nombre del inspector o agente responsable. También quiero saber exactamente qué declaró el hombre que encontró a mi esposa.
El lápiz de Jorgelina se detuvo apenas un instante.
—Que nuestro abogado hable con la policía. No quiero que Alegra tenga que volver a contar lo sucedido si no es indispensable, pero necesito saber qué tienen. Descripción física, edad aproximada, estatura, ropa, acento… cualquier cosa que el testigo recuerde —continuó David—. Si vio hacia dónde huyó, también.
—Lo haré, señor Canarias.
David comenzó a alejarse, pero se detuvo.
—Otra cosa.
—Sí, señor.
—El collar.
Jorgelina levantó la mirada.
—El hombre se lo llevó. Quiero que sepan exactamente cómo era. Yo se lo regalé a Alegra así que puedo proporcionar una foto o la factura. Si ese hombre intenta venderlo, empeñarlo o desmontarlo, quiero que alguien esté pendiente.
—Hablaré con el abogado.
David asintió.
—Pensándolo bien… también quiero localizar al testigo.
Esta vez la mujer tardó un segundo en escribir.
—¿Para qué?
David la miró.
—Porque quiero hablar con él.
—Señor Canarias, quizá la policía…
—No voy a interferir en la investigación, sólo quiero saber qué vio.
Guardó silencio un instante.
—Alegra no quiere hablar del tema. Lo entiendo y no pienso obligarla. Pero ese hombre estaba allí. Quizá vio algo que ella no pudo ver.
—¿Como qué?
David pensó.
—Su rostro.
Aquella palabra quedó suspendida entre ambos.
—Si consiguió verlo bien, quiero una descripción completa. Y si la policía puede hacer algún retrato a partir de lo que recuerde, quiero una copia.
Jorgelina cerró lentamente la libreta.
—¿Quiere encontrarlo?
David la miró como si la pregunta tuviera una respuesta evidente.
—Atacó a mi esposa.
Su voz permaneció tranquila.
—Y mi hijo está muerto.
Se hizo un silencio entre los dos.
—Sí, Lina. Quiero encontrarlo.
—Entiendo.
—Hazlo con discreción. No quiero periodistas siguiéndola ni publicando cada detalle de la investigación. Alegra ya ha pasado por suficiente.
—Por supuesto.
David comenzó a caminar hacia la habitación. Sin embargo, antes de llegar a la puerta se detuvo.
La rabia volvió de golpe. Entonces cerró el puño y descargó toda la fuerza contra la pared.
—¡Mierda!
El dolor el atravesó la mano de inmediato. Entonces, David retrocedió y lo observo. Los nudillos se habían abierto y la sangre comenzaba a cubrirle los dedos.
—¡Señor Canarias! —gritó Lina, mientras corría hacia él—. ¿Qué hizo?
—Nada, Lina, estoy bien.
—No, no está bien.
—Ya déjalo —le pidió.
Sin embargo, la asistente le tomó la mano y la alzó para evitar que la sangre continuara cayendo.
—Debí llevarla yo —murmuró David, con la voz llena de dolor.
—Señor… —respondió David.
—Debí llevarla ayer por la mañana. Debí haber insistido, cancelado esa reunión. Mientras yo estaba en una junta, ese hijo de puta la estaba atacando.
—No podía saber que esto iba a ocurrir —le consoló.
—No importa ya. Mi esposa fue herida y ambos perdimos a nuestro bebé. Soy soy marido, se supone que debería protegerla.
David soltó el aire.
—El médico dijo que no fue culpa de ella.
Canarias la vió a los ojos.
—Lo sé, fue culpa de él. Así que te pido que hagas lo que te pido. ¿Entendió?
—Sí, señor.
David asintió y se dirigió nuevamente hacia la habitación.
—Señor Canarias. No puede entrar así. La señora Canarias se asustará.
David miró la sangre y le dio la razón. Si su esposa lo veía así se preocuparía y era lo último que necesitaba.
—Tiene razón.
Jorgelina sacó un pañuelo limpio de su bolso y se lo ofreció.
—Vaya a que se la curen.
David lo aceptó.
—Gracias.
Ella asintió.
David comenzó a caminar hacia el puesto de enfermería y se perdió de la vista de su asistente. Cuando regresó a la habitación de su mujer, Lina se había ido.