—¿Irte a vivir con los Lafuente porque lo manda una tradición? Madre mía, David. ¿Seguro que tu padre no ha viajado accidentalmente doscientos años al pasado? —se rió Tristán.
Después de la reunión con su padre, David decidió hacer lo que siempre hacía cuando necesitaba despejar la mente: fue a buscar a Tristán. Lo encontró en el Paraíso Club, supervisando los preparativos para la apertura de aquella noche.
El local todavía estaba vacío, pero la actividad era frenética. Camareros acomodaban mesas, los técnicos revisaban las luces y los músicos realizaban las últimas pruebas de sonido mientras los empleados corrían de un lado a otro.
Tristán observaba todo desde el centro de la pista principal con una copa en la mano, dando órdenes como si llevara veinte años dirigiendo el lugar en vez de apenas uno.
A sus diecinueve años, Tristán ya era todo un magnate, algo que incluso David debía reconocer. Lo más irónico era que todo había comenzado como un castigo. Su padre, Vicente Ruiz de Con, llevaba años convencido de que su hijo era un irresponsable. Las fiestas, los bares, las mujeres y la vida nocturna parecían interesarle mucho más que las fábricas, las constructoras y las reuniones de accionistas.
Cansado de discutir con él, una tarde terminó diciéndole:
—Si te gusta tanto la fiesta, quédate en la fiesta.
Lo que Vicente no esperaba era que Tristán tomara aquellas palabras como una idea de negocio.
Y eso fue exactamente lo que hizo.
Mientras otros jóvenes acudían a los clubes para gastar dinero, Tristán comenzó a preguntarse quién lo estaba ganando. Él sabía que no tendría futuro en las empresas de su padre, así que haría de la fiesta su imperio, y comenzaba a lograrlo.
Él sabía exactamente qué decir, cuándo decirlo y a quién decírselo. Con aquella facilidad para persuadir, había logrado reunir a varios herederos de familias importantes —los Santander, los Castillo e incluso a David Canarias— para invertir en un proyecto que, sobre el papel, parecía una locura.
Primero fue un club nocturno, después otro y lo que comenzó como una apuesta juvenil terminó convirtiéndose en un pequeño imperio del entretenimiento. Ahora era propietario de cinco de los clubes más exclusivos de Ibiza y todos eran rentables. El más famoso de ellos era el Paraíso Club. Una auténtica leyenda de la isla.
Situado frente al mar, el edificio combinaba la arquitectura mediterránea con una decoración moderna que atraía tanto a turistas adinerados como a celebridades, músicos y miembros de la alta sociedad europea. Conseguir una mesa en el Paraíso durante el verano era casi tan difícil como conseguir una audiencia con un ministro y aquello alimentaba todavía más su popularidad.
David no era precisamente un asiduo de los clubes nocturnos. Ni su padre ni, mucho menos, su madre veían aquel tipo de lugares con buenos ojos. Ainhoa Donato pertenecía a lo que Tristán llamaba burlonamente “la vela perpetua”: ese grupo de personas elegantes, conservadoras y escandalizadas que creían que después de medianoche nada bueno podía ocurrir.
Y, para ser honestos, la mayoría de las veces tenían razón. Por eso David rara vez aparecía por allí. Su vida transcurría entre la universidad, las oficinas de Empresas Canarias y las interminables reuniones familiares. Mientras Tristán dormía durante la mañana para recuperarse de la noche anterior, David ya llevaba horas revisando informes financieros o acompañando a su padre a alguna reunión.
Eran completamente distintos y tal vez por eso funcionaban tan bien como amigos. Sin embargo, de vez en cuando David se permitía una pequeña rebelión y se escapaba. Aparecía en alguno de los clubes de Tristán y terminaba refugiado en la zona VIP observando el espectáculo.
Las mejores fiestas de su vida siempre terminaban involucrando a Tristán, pero también los mejores consejos, las conversaciones más honestas, las discusiones más absurdas y el apoyo más incondicional que había conocido.
A veces David pensaba que, si hubiera podido elegir un hermano, habría elegido a Tristán. Porque mientras los miembros de sus respectivas familias competían entre ellos, se espiaban o intentaban adelantarse unos a otros, ellos habían construido algo mucho más sencillo: lealtad, una lealtad absoluta.
—Bueno, al menos la castidad ya la tienes.
David casi escupió el whisky.
—¡Tío!
—¿Qué he dicho?
—No puedes hablar de eso tan tranquilo.
—Claro que puedo.
Tristán se encogió de hombros.
—Míralo por el lado bueno. Sarahí puede estar tranquila.
—Te juro que voy a pegarte.
—Y seguirás siendo virgen cuando termines.
David negó con la cabeza mientras se reía.
—Eres insufrible.
—Y tú demasiado fácil de picar.
Tristán apuró el vaso.
—¿Cuándo te vas?
La pregunta hizo que la sonrisa de David se desdibujara ligeramente.
—A finales de mes.
—O sea, que ya estás haciendo la maleta.
—Prácticamente.
Tristán asintió despacio.
Por primera vez desde que David había llegado al club, pareció quedarse pensativo.
—No me gusta.
—A mí tampoco. Madrid está lleno de madrileños.
—Gracias por la observación.
—Alguien tiene que advertirte.
David soltó una carcajada.
Pero ambos sabían que no era eso lo que preocupaba a Tristán.
—Vas a estar bien —continuó—. Solo procura no convertirte en uno de esos banqueros aburridos que llevan corbatas espantosas y son capaces de hablar de intereses durante tres horas seguidas.
—Intentaré controlarme.
—Hazlo. Sería una tragedia para todos.
David pasó saliva. Sabía que aquello era apenas el principio de una vida cuidadosamente diseñada por otras personas — Madrid, los Lafuente, Sarahí, el compromiso, el matrimonio — todo parecía avanzar en una sola dirección y por primera vez en mucho tiempo, no estaba seguro de querer seguir ese camino.
Sin quererlo, el recuerdo de Alegra apareció en su mente. Su sonrisa, sus ojos, la forma en que el viento movía sus rizos aquella noche en la terraza. David bajó la mirada hacia el whisky y sonrió para sí mismo.
Ojalá hubiera sido ella, pensó.
Ojalá hubiera sido Alegra la mujer a la que debía conocer. Con la que debía pasar un año, con la que iba a casarse, con la que tenía que construir ese imperio que tanto deseaba. Sin embargo, rara vez la vida le preguntaba qué era lo qué él deseaba.
—No te agobies, tío —dijo finalmente Tristán, intentando cambiar de tema mientras observaba a David—. Dentro de poco me tocará a mí y los dos estaremos casados con mujeres a las que no amamos.
David soltó una risa seca.
—Qué discurso tan inspirador.
—Estoy intentando ayudarte.
—Pues deja de hacerlo.
Tristán sonrió.
—Al menos Sarahí es… —Se quedó callado.
David arqueó una ceja.
—¿Sarahí es qué?
Tristán abrió la boca y volvió a cerrarla. Lo pensó unos segundos, no encontró absolutamente nada.
—Bueno…
—Venga.
—Ella…
—Sigo esperando.
Tristán terminó por rendirse.
—Nada.
David estalló en carcajadas.
—Eso pensaba. Mejor disfrutemos de estos últimos días juntos.
Tristán levantó el vaso.
—Brindemos.
David imitó el gesto.
—¿Y por qué brindamos?
Tristán observó el whisky durante unos segundos y después sonrió.
—Por una vida espantosa y una amistad extraordinaria.
—Eso sí que suena a nosotros.
—Seguiremos siendo amigos, ¿no? —preguntó Tristán de repente.
David lo miró como si acabara de decir la mayor tontería jamás pronunciada.
—Eres imbécil.
—Gracias.
—No importa si estás en Madrid, en París o en la luna. La única forma de que dejes de ser mi amigo es que te hagas contable.
Tristán lo observó horrorizado.
—Eso jamás.
—Entonces estamos bien.
Los vasos chocaron y durante unos segundos ambos permanecieron en silencio. David suspiró y dejó el vaso sobre la mesa.
—Creo que debería irme. Mi madre querrá hablar conmigo.
—No, quédate —protestó Tristán al instante—. Mira que pienso darte hoy tu despedida de soltero antes de que te encierren con Sarahí.
David soltó una carcajada.
—Ni siquiera sé cuándo me voy a casar.
—Detalles.
—Tristán…
—Además, esta noche hay música en directo y…
—¿Tristán?
Ambos se volvieron.
Una mujer de cabello oscuro y vestida de negro caminaba hacia ellos; era Amanda o Mandy, como la llamaba todo el mundo.
Era una de las personas de mayor confianza del Paraíso Club. En la práctica, llevaba el día a día del local mientras Tristán se dedicaba a conquistar el mundo, sacarle de quicio a la gente o ambas cosas a la vez.
—Dime —respondió él.
—Hay una mujer preguntando por ti atrás.
David giró lentamente la cabeza hacia su amigo; una sonrisa apareció en su rostro.
—Uy…
Tristán ya conocía esa mirada.
—No.
—¿Qué hiciste anoche, macho?
—Nada.
—Claro.
—Nada.
—Te conozco.
Tristán levantó ambas manos en señal de inocencia.
—Soy inocente de toda inocencia.
—Esa frase ni siquiera tiene sentido.
—Precisamente por eso es verdad.
David soltó una carcajada. Mandy negó con la cabeza; llevaba años escuchando las mismas excusas.
—¿Le digo que se marche?
—¿Está enfadada?
—No. Solo está callada. Y mira que no parece tu tipo.
—¿Mi tipo?
—Sí. A ti te gustan bravas, cabezotas y con mala leche. Esta parece más bien tímida. Diría incluso que está asustada.
—¿Asustada?
—¿Vas a ir o no?
—Joder… Antes de presentarme tendré que hacer una mínima investigación. ¿Es guapa?
—Lo es.
Tristán sacó un cigarrillo de la cajetilla, lo encendió y dio una larga calada. Después se colocó bien la chaqueta.
—Espérame aquí, Canarias.
—¿Para qué?
—Porque hoy se bebe.
Tristán se alejó dejando a David apoyado sobre la barra del club.
Así pasó el tiempo. Primero fueron varios minutos y después se convirtieron en veinte o treinta. Mandy continuaba revisando unas cuentas mientras los empleados terminaban de preparar el local para la noche. La música de prueba sonaba a bajo volumen y el lugar comenzaba a cobrar vida poco a poco.
David observó su reloj de pulsera. Frunció el ceño. Pensó que debió ser un gran problema con aquella mujer para que se tardase tanto. Se puso de pie, si no se marchaba en ese instante, ya no lo haría.
—Bueno, Mandy, me voy.
La joven levantó la vista de unos papeles y le sonrió. A sus veintitrés años ya parecía llevar toda una vida trabajando para Tristán.
—Sabes que seré cuestionada, pero no puedo hacer nada para detenerte.
David sacó de la cartera una buena cantidad de billetes y se los dio. Mandy sonrió mientras los tomaba.
—Amo que seas amigo de Tristán. Nos vemos, David.
—Nos vemos, Mandy —respondió con una sonrisa.
Se acomodó el saco y se dispuso a salir por la puerta principal. Entonces, alguien lo tomó por el brazo y lo jaló.
—¿Qué coño? —expresó mientras volteaba.
—Ven..
—No.
—Ven.
—No.
—Ven aquí.
—Me voy.
—Ven aquí.
David suspiró. Aquella discusión era inútil, sobre todo porque Tristán ya lo jalaba del brazo hacia el otro lado.
—Tío, me voy. No puedo quedarme.
—Creo que se te va a complicar un poco eso de irte de Ibiza.
David frunció el ceño.
—¿Por qué?
En lugar de responder, Tristán señaló hacia un punto detrás de él. David giró la cabeza y el mundo pareció detenerse. La reconoció de inmediato aun a la distancia y la gente. Aun cuando jamás creyó volver a verla.
Ahí estaba ella, cabello oscuro, ojos miel y aquella sonrisa que no desaparecía de sus pensamientos. David sintió que el corazón le daba un vuelco.
—Alegra… —murmuró.
Ella estaba allí. En Ibiza. No era un sueño, ni una alucinación, era real… Alegra era real y una vez más sus caminos se habían cruzado.
Una respuesta
Me encantan estos dos se complementan tan bien, me gusta el sarcasmo de Tristán. Y David me encanta como es