David no había podido dormir en toda la noche. Cada vez que cerraba los ojos aparecía el rostro de Alegra. Y, cuando intentaba dejar de pensar en ella, recordaba la conversación con su madre y le daban ganas de ir a buscar a Alegra.
Era una gran confusión o, tal vez, una señal. Como si Ainhoa, sin conocer a Alegra, hubiera logrado leer el conflicto que llevaba dentro y le hubiera dado el permiso para hacer lo que su corazón le dictaba.
Claramente, no le había dicho que desobedeciera a su padre, ni que rompiera su compromiso; solo le había recordado lo que él llevaba años olvidando: que, antes de tomar una decisión sobre una persona, primero debía conocerla y eso era exactamente lo que quería hacer con Alegra… conocerla.
Cuando la luz del día entró por la ventana de su habitación, David salió a correr, como todos los días, sus cinco kilómetros por el paseo marítimo. Era su forma de ordenar las ideas. Normalmente, mientras corría, repasaba mentalmente la agenda del día, las reuniones pendientes, los números de la empresa o los asuntos de la universidad.
Sin embargo, aquella mañana le fue imposible. Cada pensamiento terminaba llevándolo al mismo lugar, a Alegra.
—Venga, David… ¿Desde cuándo estás así por una mujer? —se dijo a sí mismo mientras caminaba.
La realidad era que jamás se había sentido de aquella manera. Sí, era verdad, había conocido mujeres, no le faltaban. David era uno de los solteros más cotizados de España debido a su familia. Había asistido a cenas, fiestas y reuniones donde no faltaban quienes intentaban llamar su atención. Algunas incluso habían coqueteado con él sin demasiado disimulo, pero David nunca había dado un paso más, no porque no pudiera, simplemente no le interesaba. Jamás había sentido la necesidad de conocer realmente a alguien hasta que llegó Alegra.
No entendía por qué. Sólo sabía que Alegra era distinta. Con ella se había dado su primer beso sin esfuerzo. Podía ser torpe, distraído, quitarse la careta del hombre perfecto y sólo ser David. Ese David con la cabeza llena de pensamientos que no lograba ordenar y el corazón latiendo a un ritmo que ningún libro de medicina podía explicar. Había algo en Alegra que lo atraía de una forma casi inexplicable y necesitaba descubrir qué era. Necesitaba conocerla.
—Solo voy a eso, a conocerla… —se dijo mientras elegía cuidadosamente un pequeño ramo de margaritas silvestres en la floristería—. Nadie tiene por qué enterarse.
Aquella frase logró tranquilizarlo durante unos minutos hasta que llegó a la casa de Mandy y, entonces, todos los nervios regresaron de golpe. Se quedó inmóvil observando la vieja puerta de madera. Miró el ramo y una vez más la puerta.
—Esto es una locura… —murmuró.
Una locura que sólo alguien como Tristán podría hacer. Tal vez debería ir a consultarle, a pedirle un consejo. Vio su reloj de pulsera y notó que no eran horarios para que Tristán estuviese despierto; no después de pasar toda la noche fumando y bebiendo en el club.
David estuvo a punto de darse la vuelta e irse; incluso dio un medio paso atrás. ¿Y si ella no quería verlo? ¿Y si interpretaba mal sus intenciones? ¿Y si, simplemente, estaba actuando como un completo inconsciente?
Cerró los ojos un instante, sólo para recordar las palabras de su madre: “Lo verdaderamente triste es pasar la vida preguntándote qué habría ocurrido si hubieras tenido el valor de intentarlo.”
Respiró hondo.
—Solo es conocerla…
Y así se acercó a la puerta y tomó valor para llamar.
***
El Mercedes-Benz avanzaba lentamente por las calles del centro de Ibiza. David había decidido conducir despacio, sin prisa, porque la primera vez quería disfrutar el trayecto más que el destino.
Alegra observaba todo a través de la ventanilla. Ibiza de día era mucho más hermosa que de noche. Se enamoró de las fachadas blancas, de los balcones llenos de bugambilias y de las pequeñas tiendas con puertas de madera pintadas de azul. La gente caminaba sin prisas por las estrechas calles adoquiadas.
—Nunca imaginé que fuera tan bonita… —habló animada—. Ojalá tuviera una cámara para tomar fotos.
David sonrió.
—Y eso que todavía no has visto casi nada. —Señaló hacia una de las calles principales—. Aquella plaza siempre está llena por las tardes. Hay músicos, pintores y artesanos. Cuando era niño, mi madre me traía a comprar libros y dulces.
Alegra volvió la cabeza.
—¿Venías caminando?
—No. Veníamos en auto y luego paseábamos unos segundos. Órdenes de mi padre.
David continuó avanzando. De pronto señaló una pequeña cafetería con una terraza repleta de flores.
—Ahí hacen uno de los mejores cafés de la isla.
—¿Vienes seguido?
David soltó una pequeña risa.
—No tanto como quisiera. Pero suelo pedir café para que lo lleven a la oficina. —Después señaló un restaurante frente al puerto—. Ese tiene el mejor arroz a banda de Ibiza. Y ahí preparan una caldereta de langosta que te aseguro es insuperable.
Alegra lo escuchaba con atención. David conocía la isla a la perfección y le hablaba sobre ella con mucha pasión. Había algo diferente en él. Ahora se veía más relajado, más cercano, como si fuese solo un joven orgulloso de enseñar el lugar donde había crecido.
En eso, el automóvil continuó hasta bordear el puerto y decenas de embarcaciones se mecían suavemente sobre el agua. Pequeños barcos pesqueros compartían espacio con elegantes yates privados.
David señaló hacia el mar.
—Cuando quiero pensar, vengo aquí.
—¿Solo?
—Casi siempre.
Hizo una pequeña pausa.
—Aunque a veces vengo con Tristán y filosofamos sobre la vida.
Alegra soltó una risa.
—¡Uy! Eso sí me habría gustado verlo.
David sonrió.
—No te imagines algo muy profundo. Él habla diez minutos y después termina diciendo alguna tontería.
—No te creo.
—Es verdad.
—Entonces algún día quiero escucharlos.
David la miró de reojo.
—Aceptas el riesgo bajo tu propia responsabilidad.
Los dos rieron. Hubo un pequeño silencio antes de que Alegra volviera a hablar.
—Yo tengo una pregunta…
—Dime.
—¿En algún momento nos vamos a bajar del coche?
David parpadeó.
Solo entonces cayó en la cuenta de que llevaba casi una hora conduciendo sin detenerse. Había recorrido el puerto, las murallas, varias calles del centro y la carretera costera y seguía sin aparcar.
Apretó un poco más el volante, la verdad era sencilla y tenía miedo. En Ibiza todos conocían a los Canarias, si alguien lo veía paseando tranquilamente con una mujer tan hermosa como Alegra, antes del anochecer media isla estaría comentándolo y no tardarían mucho en llegar a oídos de su padre; pero tampoco quería esconderla.
No había pensado en todo eso en el momento en que decidió ir a buscarla a casa de Mandy y ahora, no sabía que responder. Alegra no era un secreto, no quería que se sintiera como uno; no obstante, también quería protegerla.
—Claro… es que…
Intentó encontrar una explicación convincente para que ella no se sintiera ofendida, pero, no la encontró. Entonces, Alegra miró hacia el puerto y sonrió.
—¿Alguno de esos yates es tuyo?
David siguió la dirección de su mirada.
—Sí. —Señaló discretamente—. Aquellos tres.
Alegra abrió mucho los ojos.
—¿Tres?
David se encogió de hombros.
—Uno casi no lo uso. Mi padre insiste en comprar embarcaciones como si fueran corbatas.
Ella soltó una carcajada. Era una respuesta muy de David Canarias, comenzaba a acostumbrarse.
—Bueno, ¿qué te parece si me enseñas uno y salimos a navegar? Así tú no tienes que preocuparte de que nos vea toda Ibiza y yo sigo conociendo el lugar contigo. No creo que sea buena idea que la gente empiece a decir que una trabajadora del Paraíso Club anda saliendo con el heredero de Empresas Canarias.
Su tono era ligero, pero había verdad en aquellas palabras. David sintió cómo el pecho se le aflojaba. Alegra comprendía e intentaba protegerlo. De alguna manera eso le pareció mucho más íntimo que cualquier paseo por las calles de la ciudad.
—Entonces… conozcamos el mar desde dentro.
Alegra le devolvió la sonrisa.
—Eso suena mucho mejor.
***
El yate abandonó lentamente el puerto. A medida que se alejaban, el ruido de la ciudad fue desapareciendo hasta quedar reemplazado por el vaivén del mar y el canto lejano de las gaviotas.
David apagó el motor cuando llegaron a una pequeña cala escondida entre los acantilados. Desde allí podía verse Ibiza a la distancia: las murallas de Dalt Vila recortándose sobre el cielo y las casas blancas brillando bajo el sol del mediodía.
No había nadie, solo ellos dos y el Mediterráneo. Alegra caminó hacia la proa del yate y se sentó sobre una toalla. Ella cerró los ojos unos segundos, dejando que la brisa le despeinara los rizos.
—Este es mi lugar favorito de toda la isla —le confesó David, sentándose a un lado.
Se había quitado el saco, remangado la camisa blanca y abierto un poco el cuello. Alegra abrió los ojos y sonrió.
—Es precioso.
El silencio se instaló entre los dos. El mar continuaba moviéndose suavemente a su alrededor, pero David apenas lo escuchaba. Sólo podía ver a ella, a Alegra, a sus ojos color miel, al viento jugando con sus rizos, a la forma en que la luz del sol acariciaba su rostro.
Alegra le sostuvo la mirada y por un instante el tiempo pareció detenerse. Definitivamente estaba viviendo un sueño, una fantasía, algo tan efímero que sabía que pronto podría terminarse. Sin embargo, no dijo nada, sólo disfrutó el momento.
Pudo verlo, una vez más, de cerca, realmente verlo. David tenía unos rasgos que parecían demasiado perfectos para ser reales. Su cabello castaño oscuro era rebelde, ligeramente ondulado, y el viento se empeñaba en desordenarlo aún más. Sus ojos eran de un cálido color avellana, profundos y extrañamente dulces. Tenía esa clase de mirada que observaba con atención, como si siempre estuviera analizando el mundo y, al mismo tiempo, tratando de comprenderlo.
David era guapo, muy guapo; de eso no había duda. Era el hombre con el que muchas mujeres sueñan y ella se encontraba con él, en medio de la nada, viéndolo a los ojos.
David respiró hondo. Sintió como el corazón comenzaba a golpearle el pecho con fuerza. Llevaba días pensando en ella, en su sonrisa, en su voz, en aquel primer beso que todavía era capaz de recordar con absoluta claridad. Entonces, antes de que la razón pudiera intervenir, se inclinó hacia adelante y como un impulso que no pudo contener, como si alguna parte de él hubiera tomado la decisión mucho antes que su cabeza, la besó.
Sus labios encontraron los de Alegra de manera suave, despacio, como si le estuviera preguntando si todavía podía hacerlo, como si quisiera asegurarse de que aquel momento era real.
Alegra no se apartó; al contrario, se inclinó hacia él y llevó una mano hasta su rostro. Sintió la tibieza de su piel, la ligera aspereza de la barba que comenzaba a crecerle y el latido acelerado que parecía acompañar al suyo.
David respondió acercándola un poco más. Una de sus manos encontró la cintura de Alegra y la sostuvo con delicadeza, como si temiera que aquel instante pudiera romperse si hacía un movimiento brusco.
El mundo desapareció por completo, sólo quedaron ellos dos y el Mediterráneo. Lejos, en el puerto se quedaron las empresas, Madrid, Sarahí, su padre, los compromisos y alianzas, las expectativas. Ahí, en ese momento sólo importaban los dulces labios de Alegra y la euforia que le recorría el cuerpo. La respiración tranquila de Alegra y su cabello rizado enredándose en sus dedos.
Nada importaba, sólo ella bastaba. La paz que Alegra le traía era tan grande que le abrumaba por completo. Se sentía en las nubes, invencible, se sentía… él.
Se fueron separando con pequeños besos que les anunciaban el final de aquel encuentro. David podía ver las pequeñas pecas del rostro de Alegra y ella se perdía en esos ojos avellanos que parecían suavizarse cada vez que la miraban.
David quitó los mechones de su frente y descubrió esa hermosa mirada que le hacía olvidar todo; después sonrió.
—Creo que llevó días pensando en hacer eso —admitió en voz baja.
Alegra soltó una pequeña risa.
—¿Días?
—Desde la boda. Te extraño desde ese día.
Ella bajó la mirada, incapaz de ocultar la sonrisa que apareció en sus labios.
—Lo siento, sé que es absurdo. Que apenas y nos conocemos, pero… es así. —Suspiró. — Perdón.
Alegra le sonrió.
—¿Por qué?
—Por no haber querido bajarme del coche. —David acarició su rostro—. Tenía miedo de que nos vieran. En esta isla todos conocen a mi familia. Cualquier cosa que haga termina convirtiéndose en un comentario… y después llega a oídos de mi padre. No quería que pensaras que intentaba esconderte, porque no es eso, yo…
Alegra lo observaba en silencio.
—Yo… tengo pocas cosas para mí, ¿sabes? Puede ser que lo tenga todo, dinero, prestigio, hoteles, barcos, automóviles.
—¡Qué presumido! —bromeó Alegra, para luego darle un pequeño beso en los labios.
—No es eso… simplemente, nada es realmente mío. Todo está decidido. Mi carrera, mi trabajo, mi… —se abstuvo de decir la palabra matrimonio—. Las personas que debo conocer. Todo. Mi vida no es mía.
—Eso debe ser… abrumador.
—Lo es. Y me da miedo.
—¿Miedo?
David soltó una pequeña risa.
—Sí. Miedo a convertirme en alguien que un día despierte y descubra que vivió la vida que todos esperaban, menos la que él quería.
Hubo un silencio entre los dos. El viento siguió moviendo suavemente el agua alrededor del yate. Después, David volvió a mirarla, sus ojos encontraron los de Alegra y, sin apartar la vista, le confesó.
—Va a sonar muy intenso pero… —Sonrió con cierta vergüenza—. Tú eres la primera persona que elijo.
Alegra sintió que el corazón se le detenía. Por un instante olvidó respirar. Porque nadie la había elegido antes, no de verdad. Durante años había sido la hijastra incómoda, la hermanastra que sobrellevaba, la muchacha que mandaban a limpiar, la que siempre debía agradecer las migajas, la que aprendió a hacerse pequeña para no molestar, la que soportaba insultos como si fueran parte normal de la vida.
Y ahora estaba allí. Frente a un hombre que podía tener cualquier cosa, cualquier lugar, cualquier mujer y aun así la estaba mirando a ella, eligiéndola a ella. Sintió como un nudo se formaba en su garganta.
—David… —Su voz apenas fue un susurro.
—Sé que va muy rápido, de eso estoy consciente —continuó David—. Pero es que… no tengo tiempo —murmuró.
David bajó la cabeza y simplemente se permitió descansar. Alegra lo rodeó con los brazos, con naturalidad, con ternura, con una comprensión que iba más allá de las palabras. Él cerró los ojos. El aroma de las flores silvestres que le había regalado aquella mañana seguía impregnado en su piel y en su cabello. Era una fragancia suave, mezclada con sal marina y sol, y por alguna razón le resultó más reconfortante que cualquier lugar al que hubiera llamado hogar.
Alegra apoyó la mejilla sobre su cabeza y entonces la realidad volvió a abrirse paso entre sus pensamientos. Ella sabía que aquello era imposible. David pertenecía a un mundo al que ella jamás podría acceder. Él tenía la vida resuelta; ella apenas estaba intentando construir una vida desde cero, una que ni siquiera sabía si podría conservar.
—Los peces y las aves no pueden amarse… —murmuró para sí misma.
Creyó haberlo dicho tan bajo que el viento se llevaría las palabras, pero David las escuchó; entonces levantó la vista hacia ella.
—Pero las aves bajan a bañarse en las aguas del mar…
Alegra sintió una sonrisa formarse en sus labios.
—Eso no cuenta.
—Claro que cuenta. —David se incorporó un poco más—. Y los peces pasan la vida mirando hacia arriba.
—¿Ah sí? —preguntó Alegra.
—Sí. —Él señaló el horizonte—. Además, ninguno de los dos parece muy interesado en quedarse donde le corresponde.
Alegra soltó una pequeña risa.
—¿Y eso por qué?
—Porque tú terminaste en Ibiza cuando perteneces a Gran Canaria. Y yo estoy aquí, en un yate, ignorando todas mis responsabilidades por una mujer que conocí hace apenas unos días.
Ella bajó la mirada, avergonzada.
David sonrió.
—Así que creo que las aves y los peces son mucho más rebeldes de lo que pensamos.
Alegra, se río.
David la acercó un poco más. Sus manos subieron hasta su cabello y comenzaron a acariciar lentamente los rizos que el viento se empeñaba en desordenar. Por unos segundos guardó silencio como si estuviera reuniendo el valor para decir la siguiente frase.
—No tengo tiempo. Todo parece correr más rápido de lo que quisiera. —Sus dedos continuaron recorriendo su cabello—. Y, sin embargo, no quiero perderme la vida sin ti.
La confesión quedó suspendida entre ambos. Fue sincera, desarmada, como todas las verdades que nacen del corazón.
Alegra sintió que se le encogía el pecho porque comprendía exactamente lo que quería decir. No le estaba prometiendo un futuro, ni le estaba jurando amor eterno; le estaba diciendo algo mucho más vulnerable: que no quería perder la oportunidad de conocerla, de compartir el tiempo que la vida les permitiera.
Ella sonrió, después se inclinó hacia él y depositó un beso suave sobre su frente.
—Si no tenemos futuro… —Apoyó la frente contra la suya—. Vivamos el presente.
David cerró los ojos.
—Vivamos el tiempo que la vida nos preste… ¿Te parece? Seamos rebeldes juntos.
Él sonrió y sin pensarlo, la volvió a besar, en aquel pequeño espacio suspendido entre el cielo y el mar que les pertenecía solamente a ellos dos.
2 respuestas
❤️❤️❤️❤️❤️❤️❤️
Ya quiero ver qué pasa Alegra es mi personaje favorito.
❤️❤️ Tan bello amor