Martes, 28 de julio de 1970

Querido diario:

¡Estoy en Madrid! Todavía me parece extraño escribirlo. 

Esta mañana estaba en Ibiza y ahora estoy sentada en la cama de una preciosa habitación, enfrente de la ventana, viendo una ciudad que hasta hace unos días ni siquiera imaginaba conocer. 

El viaje fue tranquilo. Mandy habló prácticamente todo el vuelo. Pareciera que ella estaba más emocionada que yo, pero en realidad, yo soy un poco más introvertida. Una gran ironía porque solía presentarme y cantar arriba del escenario. 

Cuando aterrizamos, había un hombre esperándonos en la salida con un carter que llevaba nuestro nombres. Mandy se tomó una foto con el suyo. El chofer, ahora sé que se llama Anselmo, nos dijo que los Canarias en este momento estaban ocupados, pero que nos habían organizado todo para que nuestra estancia fuese de lo mejor. 

Nos trajo a un hotel. ¡Y qué hotel! De cinco estrellas, con todo incluído. Se llama el Hotel Gran Canaria. Tuve que preguntarle a Mandy si estaba segura de que podíamos entrar porque no me sentía vestida para la ocasión. Ella se río mucho. 

Cuando entramos a la habitación, expresamos nuestra impresión al mismo tiempo, poque es bella, es más grande que algunos de los lugares en los que he vivido. Hay dos camas enormes, un baño de mármol, flores frescas y unas batas tan suaves que Mandy lleva diciendo desde que llegamos que piensa llevársela escondida en la maleta; sospecho que lo hará. 

También encontramos una nota de la señora Canarias dándonos la bienvenida y diciéndonos que descansáramos, que el coche pasaría por nosotras esta noche para llevarnos a cenar a su piso. Creo que fue justo en ese momento cuando comenzaron mis nervios. Voy a conocer a la madre de David. ¡A su madre! Cada vez que lo pienso siento algo extraño en el estómago.

Quiero agradarle. Quiero que David esté seguro de que está tomando la decisión adecuada. Quiero causar una buena impresión y que su madre nos dé su bendición para lo que está por venir.

Mandy me ha contado que Ainhoa es una mujer tranquila y amable, pero también muy letrada y culta. Creo que eso es precisamente lo que más nerviosa me pone. ¿De qué voy a hablar con ella? He pasado toda la mañana pensando en ello. 

¿Hablar de libros? No he leído nada desde la primaria. ¿Arte? Apenas sé distinguir a un pintor de otro. ¿Política? Mejor ni intentarlo. ¿Negocios? Ahí sí conseguiría hacer el ridículo antes de que sirvieran la cena.

Mandy me dice que simplemente debo ser yo misma y que no finja ser nadie más. Un consejo bastante fácil de dar cuando uno está a punto de conocer a Ainhoa Donato, si me preguntan. 

Supongo que me preocupa que me haga una pregunta y yo no sepa qué responder. Me da pena que descubra de inmediato todas las cosas que ignoro; que son muchas. No pude estudiar todo lo que habría querido y, aunque sé que no debería avergonzarme de ello, algunas veces me pregunto si David terminará notando la distancia que existe entre su mundo y el mío. 

Pero no voy a deprimirme.

Todavía faltan muchas horas para la cena y Mandy dice que es absurdo venir hasta Madrid para encerrarnos en un hotel preocupándome por cosas que todavía no han sucedido. Y, por una vez, voy a hacerle caso.

Así que saldremos.

Mandy ha preparado todo un recorrido que, según ella, es absolutamente indispensable para cualquiera que pise Madrid por primera vez. Quiere llevarme a la Puerta del Sol, a la Plaza Mayor, caminar por la Gran Vía, conocer el Retiro y comer en un restaurante antiquísimo y muy famoso cerca de la Plaza Mayor. Botín, creo que se llama. Mandy asegura que tenemos que ir porque es «parte de la experiencia madrileña», aunque sospecho que simplemente quiere presumir después de haber comido allí.

También hemos comprado un carrete nuevo para la cámara porque está empeñada en fotografiarlo todo. Dice que dentro de treinta años querremos recordar cómo éramos cuando teníamos diecinueve años y recorríamos Madrid por primera vez.

No sé si la mañana nos alcanzará para hacer todo lo que pretende, pero lo intentaremos. 

Quiero caminar, comer algo rico, tomar fotografías tontas con Mandy y olvidarme durante unas horas de si esta noche sabré utilizar todos los cubiertos que pongan sobre la mesa. Ya tendré tiempo de ponerme nerviosa después.

Ahora mismo Mandy está gritándome desde el baño que me dé prisa porque «Madrid no va a esperarnos».

Así que será mejor que me vaya.

Luego te cuento.

Alegra.

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