Mayo de 1974. Ibiza, España
David Fernando Canarias Donato permanecía de pie en el balcón de la casa que acababa de comprar frente al mar. El viento de la tarde agitaba su cabello castaño oscuro mientras observaba el horizonte azul que se extendía hasta perderse en el infinito.
No podía dejar de pensar en ella.
No sabía qué hacía allí, inmóvil, mirando las olas. Cada minuto que pasaba aumentaba su desesperación. Quería salir a buscarla. Quería recorrer toda la isla si era necesario. Sin embargo, la policía le había pedido que permaneciera en casa.
—Es mejor esperar aquí, señor Canarias. Si regresa, lo hará a su hogar.
Pero esperar era una tortura porque David temía lo peor.
Desde joven había desarrollado una especie de intuición que rara vez fallaba. Había tomado decisiones empresariales arriesgadas basándose únicamente en corazonadas y, para sorpresa de muchos, siempre habían resultado correctas. Aquella capacidad le había permitido consolidar LaCan —Empresas Lafuente Canarias— y comenzar a construir el imperio que soñaba con expandir algún día por toda Europa y América.
Por eso el miedo que sentía ahora era diferente. No era una irracionalidad, sino una certeza que le oprimía el pecho. Algo estaba mal, muy mal.
Apretó la barandilla de hierro hasta que los nudillos se le pusieron blancos. Alegra, su esposa, había pasado la última semana sumida en una tristeza que parecía no tener fondo. Apenas sonreía, dormía y comía; aquello no tenía sentido.
Su hijo, David Adrián Canarias Bustamante, había nacido apenas unos días atrás, alegrando por completo su vida. Lo habían esperado durante años. Cuatro largos años de intentos fallidos, de médicos, tratamientos, pérdidas, lágrimas. Habían llegado a creer que jamás serían padres. Por eso David no comprendía qué estaba ocurriendo. Deberían estar celebrando, vivir los días más felices de sus vidas.
Sin embargo, algo dentro de Alegra parecía haberse roto. Los médicos lo llamaban depresión posparto; David lo llamaba de otra manera: angustia. Porque cada vez que veía aquellos ojos marrones llenarse de lágrimas sin motivo aparente, sentía que estaba perdiendo a la mujer que amaba.
La conversación con el psiquiatra regresó a su mente.
—Debe hacer algo por ella —le había dicho dos días atrás—. Por su bienestar y por el del recién nacido.
—¿Qué quiere decir exactamente?
—Su esposa necesita supervisión constante. No puede quedarse sola con el bebé.
Aquellas palabras todavía le parecían absurdas.
—Eso no puede ser posible. Alegra adora a su hijo —contestó David.
Él la había visto pasar horas enteras observándolo dormir, escuchándola cantarle canciones en voz baja durante la madrugada. La había visto llorar de felicidad al sostenerlo por primera vez. ¿Cómo podía representar un peligro para él?
Sin embargo, aquella misma noche había ocurrido algo que lo había hecho dudar. Alegra se había despertado sobresaltada, gritando. Había abrazado al niño con desesperación mientras repetía que la doméstica quería llevárselo.
—¡Jorgelina! ¡Lina! ¡Ella se lo quiere llevar! ¡Ella me quiere robar a mi hijo!
Tardaron casi una hora en tranquilizarla y un médico fue llamado de urgencia a la casa de David Canarias. Finalmente, se le administró un calmante que la dejó profundamente dormida.
David recordaba haber permanecido sentado junto a la cama, observándola durante horas.
—¿Encerrarla? —había preguntado entonces.
—Protegerla —corrigió el psiquiatra—. Es temporal.
Ahora, mientras contemplaba el mar desde el balcón, aquellas palabras le parecían aún más crueles. Porque Alegra no estaba en casa; había desaparecido.
Le había dejado al bebé encargado con Mandy, y le había dicho que saldría a tomar un poco de aire porque se sentía abrumada. Mandy no le dio importancia. Después de todo, aquello era algo que Alegra hacía con frecuencia.
Siempre había encontrado paz junto al mar. Le encantaba. Cuando David compró aquella casa en Ibiza, ella la aprobó de inmediato. No le importaron los metros cuadrados, el valor de la propiedad ni la exclusividad de la zona. Lo único que vio fueron las aguas cristalinas que se extendían frente a la terraza.
—Podría pasarme horas mirando esto —le había dicho aquella tarde, mientras caminaban descalzos por la playa.
Y era verdad. Alegra podía pasar horas enteras junto al agua. Le gustaba caminar por la orilla, sentir la arena húmeda bajo los pies y dejar que las olas le rozaran los tobillos. A veces recogía conchas. Otras simplemente observaban el horizonte, perdidas en sus pensamientos.
David solía burlarse de ella.
—¿Qué tanto miras? —solía preguntarle David.
Alegra sonreía sin apartar la vista del horizonte.
—Cómo el cielo y el mar se tocan allá a lo lejos. Me recuerda a nosotros. Tú eres el cielo y yo soy el mar. Somos diferentes, venimos de mundos distintos. Tú siempre estás mirando hacia arriba, pensando en el futuro, en todo lo que puedes construir. Yo prefiero quedarme aquí, disfrutando lo que ya existe. —Se apoyó en su hombro—. Y aun así, de alguna manera, siempre encontramos la forma de coincidir.
David observó la línea del horizonte.
—Pero el cielo y el mar nunca se tocan de verdad.
Alegra levantó la mirada hacia él.
—Pues desde aquí parece que sí… —contestó, y volvió a sonreír.
¡Dios! Aquella sonrisa. Hacía semanas que no la veía. De pronto, un dolor punzante le atravesó el pecho. Él y Alegra habían compartido una fantasía durante años. Comprar un barco y hacerse a la mar y navegar sin rumbo fijo. Ella quería visitar Grecia, Turquía, Marruecos. Despertar cada mañana en un puerto diferente. Vivir una vida sencilla, lejos de juntas, contratos y balances financieros.
Era un sueño que mencionaban durante las noches tranquilas, cuando el futuro parecía estar de su lado; sin embargo, nunca había pasado de ser una fantasía. David siempre estaba trabajando. Cuando no había una nueva inversión, una nueva negociación, una nueva empresa o proyecto que le ayudaría a demostrarles a sus primos que él era el elegido para llevar la empresa familiar.
Primero fue LaCan, luego la expansión, después los negocios, los bancos, los viajes y las reuniones. Siempre había algo más importante que hacer. Algo que, según él, era necesario para construir el futuro que ambos merecían.
Ahora comenzaba a preguntarse si había cometido un terrible error. Recordó las veces que llegaba tarde a casa y encontraba a Alegra dormida en el sofá. Las cenas que se enfriaban sobre la mesa, las vacaciones canceladas, las promesas aplazadas.
«Cuando termine este proyecto.» «Cuando cierre este trato.» «Cuando tenga un poco más de tiempo.» Siempre después, siempre más adelante.
Mientras él construía imperios, quizá había dejado sola a la persona más importante de su vida. Un vacío se instaló en su estómago. Sabía exactamente por qué. Porque, por primera vez desde que la conocía, comenzaba a preguntarse si había visto las señales demasiado tarde.
Quizá la tristeza de Alegra no había comenzado con el nacimiento del bebé. Quizá llevaba meses o años y él había estado demasiado ocupado para notarlo.
David bajó la mirada hacia la playa. Observó como el viento agitaba las olas y el sonido del mar golpeaba suavemente los acantilados.
—Te prometí el mundo… —murmuró para sí.
Recordaba perfectamente el día que ella aceptó casarse con él. Toda la emoción, la felicidad y la certeza de que juntos podrían con todo. Le había prometido aventuras, tiempo, una familia, una vida extraordinaria. Había trabajado sin descanso para cumplir esa promesa, pero, ahora, frente a aquel mar que ambos amaban, una idea horrible comenzó a abrirse paso en su mente.
¿Y si le había dado todo… excepto aquello que más necesitaba? ¿Y si mientras él le construía un reino, ella únicamente había querido a su marido?
David cerró los ojos. Por primera vez en muchos años, el hombre que negociaba millones sin temblar sintió auténtico miedo. Porque si Alegra no regresaba, ya no habría imperios, ni empresas, ni dinero suficiente en el mundo para reparar aquello que había perdido.
—Tengo un mal presentimiento —murmuró para sí, mientras se llevaba la mano al pecho.
Y por primera vez en su vida deseó que no fuese real.
3 respuestas
🥹🥹
Gracias Ana por darnos está historia renovada.
😭😭😭😭