David nunca había estado con una mujer. No porque le hubieran faltado oportunidades, sino porque nunca había deseado estar con una tanto como deseaba a Alegra.
Durante años se había convencido de que simplemente no tenía prisa. Había coqueteado con algunas mujeres, coincidido con las mujeres más guapas y ricas de Ibiza, pero no más. Nunca se involucraba con ellas.
Tal vez al prinicpio había sido miedo. Miedo a hacer una tontería, a no saber qué hacer o quedar en ridículo. Después comprendió que era algo muy diferente, en realidad tenía miedo a no sentir.
Besar a una mujer y no experimentar aquello extraordinario de lo que todos hablaban. Tocarla y descubrir que no había deseo. Tenerla entre sus brazos y no sentir atracción, necesidad, esa especie de impulso irracional que parecía apoderarse de sus amigos cuando hablaban de mujeres.
¿Y si llegaba el momento y no sentía absolutamente nada?
Aquella posibilidad siempre le había resultado mucho más inquietante que su falta de experiencia.
Hasta que llegó Alegra. Con ella deseaba y sentía todo, absolutamente todo.
Quería besarla, abrazarla, conocerla de una manera que nadie más la conocierta. Pero, sobre todo, quería todo lo que venía después. Quería despertar a su lado, encontrarla despeinada por la mañana, escucharla quejarse porque él ocupaba demasiado espacio en la cama. Quería que aquella noche no fuera un acontecimiento aislado, sino la primera de miles.
Quizá por eso, mientras esperaba que Alegra saliera del baño, David estaba tan nervioso como ella. Sólo que ninguno de los dos lo sabía.
—¿Puedes apagar la luz? —escuchó la tímida voz de Alegra al otro lado de la puerta.
David sonrió. Sin decir nada, se puso de pie y apagó las luces de la habitación. Después se acercó a la puerta del baño.
—¿Ya vas a salir? —preguntó.
La manija giró lentamente y la puerta comenzó a abrirse.
—Cierra los ojos… —le pidió ella.
—¿Y cómo se supone que voy a verte?
—David…
—Está bien.
Dio un par de pasos hacia atrás y cerró los ojos. El ruido de la puerta le indicó que Alegra finalmente había salido.
Hubo unos segundos de silencio.
—¡Te ves guapísimo! —exclamó ella, sorprendida.
David soltó una carcajada aun con los ojos cerrados.
Alegra lo admiró. Vestía únicamente un pantalón blanco de pijama y una bata de seda del mismo color, abierta sobre el torso desnudo. El cabello todavía conservaba algo de humedad de la ducha y estaba más desordenado de lo habitual.
—¿Ya puedo abrir los ojos? —preguntó.
—Sí…
David no pudo esperar más y abrió los ojos. Se quedó inmóvil ante la imagen que tenía frente a él. Alegra se veía hermosa, muy hermosa.
El camisón color marfil caía suavemente sobre su figura y el delicado encaje rosado adornaba el escote. Llevaba el cabello rizado completamente suelto, cayéndole sobre los hombros, y el rostro casi libre de maquillaje. Había algo diferente en verla así, sin vestidos elegantes, sin luces de escenario, sin nada detrás de lo cual esconderse. Parecía más ella que nunca.
David lo recorrió con la mirada y sintió que el corazón comenzaba a latirle con más fuerza.
Alegra, consciente de que la observaba, se llevó instintivamente una mano al cabello.
—¿Qué? —preguntó, cada vez más cohibida.
David tardó en reaccionar.
—Joder…
Ella se mordió el labio.
—¿Eso es bueno o malo? —preguntó.
—Muy bueno.
—¿Seguro?
—Alegra… —David tomó suavemente su rostro entre las manos—. Creo que nunca había visto a una mujer tan hermosa.
Ella sonrió y bajó la mirada.
—No tienes que decir eso porque ahora soy tu esposa —contestó.
—Precisamente porque eres mi esposa puedo decírtelo una y otra vez. Te ves… hermosa —repitió.
Alegra volvió a mirarlo. Levantó una mano y comenzó a acariciarle el rostro con una ternura que hizo que David permaneciera completamente quieto. Primero hundió los dedos entre su cabello, después los deslizó por su frente y bajó hasta sus mejillas. Recorrió lentamente el puente de su nariz y, al llegar a sus labios, los rozó con la yema de los dedos.
—Eres perfecto —le confesó—. Nunca pensé que me casaría con un hombre como tú.
David sonrió ligeramente.
—¿Cómo yo?
—Sí.
—Eso puede significar muchas cosas.
David tomó su mentón y la acercó para depositar un beso ligero en sus labios. Alegra cerró los ojos y se dejó llevar. Al principio fue apenas un roce, dulce y pausado, pero ninguno de los dos se apartó. David volvió a besarla y ella llevó las manos hasta su pecho, todavía con cierta timidez.
Él sintió el leve temblor de sus dedos y se detuvo.
—¿Estás bien? —preguntó en voz baja.
Alegra abrió los ojos.
—Sí.
—Estás temblando.
Ella sonrió, avergonzada.
—Estoy nerviosa.
David dejó escapar una pequeña risa.
—Menos mal.
Alegra frunció el ceño.
—¿Menos mal?
—Sí. Porque yo también —confesó entre risas.
Hubo un silencio tímido entre los dos mientras se miraban a los ojos. Ninguno parecía saber por dónde empezar. O quizá David sí lo sabía, pero le daba miedo ser quien diera el primer paso.
Alegra deseó, por un instante, ser más atrevida. Ser de esas mujeres que parecían saber exactamente cómo seducir a un hombre, acercarse sin titubear y besarlo sin preguntarse qué debía hacer después. Pero ella no era así; al menos, todavía no.
David, por su parte, se moría de ganas de acercarse. Había imaginado aquel momento demasiadas veces: tenerla entre sus brazos, sentir su piel contra la suya, descubrir aquella intimidad que hasta entonces sólo había existido en sus pensamientos. Sin embargo, el deseo competía con otro sentimiento mucho más fuerte: no quería apresurarla. Le aterraba que al hacer un movimiento equivocado, Alegra se sintiera incómoda y así convertir este momento de deseo en algo que no quisiesen recordar.
Pasaron unos segundos, unos muy largos, hasta que Alegra no pudo evitarlo y comenzó a reír.
—Somos pésimos en esto —murmuró.
David también rió. Sintió como buena parte de la tensión acumulada en su cuerpo desapareció.
—Terribles…
Alegra respiró profundamente para después levantar la mirada hacia él.
—Quiero que me beses.
David no necesitó escuchar nada más. Se inclinó hacia sus labios, pero Alegra colocó la palma de la mano contra su pecho para detenerlo.
—Aquí —indicó, descubriendo ligeramente un hombro.
David la observó durante un instante, sintiendo cómo el calor le subía hasta el rostro.
—¿Ahí? —preguntó, esperando su consentimiento.
Alegra asintió.
Él se acercó con cuidado y depositó un beso sobre su hombro. Después, otro poco más arriba, hasta alcanzar su cuello.
Alegra cerró los ojos. Su respiración cambió. Bajo aquel camisón elegante todavía temblaba de nervios, aunque ya no tenía deseos de esconderse en el baño; todo lo contrario, deseaba ser de David, quería ser suya.
Su esposo continuó besándola con ternura y tiento hasta alcanzar su mejilla y, finalmente, sus labios. Ahí se instaló por unos minutos, besándola con pasión. Alegra lo recibió sin vacilar.
Sus manos se apoyaron sobre el pecho de David y comenzaron a recorrerlo con una curiosidad que hizo que él sonriera en la mitad del beso. El contacto fue suficiente para que ambos comprendieran que la vergüenza empezaba a quedarse atrás.
—Alegra… —murmuró David contra sus labios.
Ella no respondió. En cambio, llevó las manos hasta la bata que todavía descansaba sobre sus hombros y la hizo resbalar hasta el suelo.
David se separó y la miró sorprendido.
—Vaya… —murmuró.
—¿Qué?
Una sonrisa apareció lentamente en el rostro de David.
—Me gusta esa iniciativa.
—Alguien tenía que hacer algo —respondió ella, más segura.
Ambos rieron. Alegra, sin titubear volvió a besarlo y aquello fue suficiente para encender más el fuego entre los dos.
Ya no necesitaban saber cuál era el siguiente paso ni quién debía darlo. La timidez seguía allí, mezclada con los nervios y el deseo, pero poco a poco comenzaban a sentirse en confianza.
David descendió hasta su cuello y continuó besándolo con lentitud, dejando que sus labios exploraran aquella piel que hasta entonces apenas se había atrevido a rozar. Alegra inclinó ligeramente la cabeza para darle espacio y, cuando uno de aquellos besos le provocó un estremecimiento, dejó escapar un pequeño gemido que hizo que David se detuviera apenas un instante a mirarla.
—Te amo… —murmuró Alegra, todavía con los ojos cerrados.
Aquellas palabras terminaron de borrar cualquier inseguridad que quedara entre los dos. David volvió a besarla y, en un movimiento espontáneo, la tomó entre sus brazos. Alegra soltó una risita sorprendida y se aferró a su cuello mientras él la llevaba hasta la amplia cama. La recostó con cuidado sobre las sábanas y permaneció unos segundos contemplándola, como si quisiera guardar para siempre la imagen de su esposa frente a él.
Alegra extendió una mano hacia su rostro y lo atrajo de nuevo. David se inclinó sobre ella y sus labios volvieron a encontrarse en un beso profundo y apasionado. La timidez se desvaneció entre caricias, besos y pequeñas risas nerviosas.
Ambos se dejaron llevar por lo que sus cuerpos deseaban. Se desnudaron sin prisas, descubriendo por primera vez la piel del otro y permitiendo que la curiosidad venciera la vergüenza.
Hubo nervios, pequeñas risas y momentos en los que tuvieron que detenerse para mirarse. Nada ocurrió con la perfección que quizá ambos habían imaginado, pero eso no les importó. Cada gesto nuevo, cada sensación desconocida, y precisamente por eso se aferraron el uno al otro con mayor confianza.
David estuvo atento a ella en todo momento y Alegra, al sentirse segura, dejó atrás sus temores. La entrega se convirtió en una nacida del amor, del deseo y de aquella certeza compartida de que no había ningún lugar al que quisieran llegar deprisa.
Cuando finalmente quedaron abrazados entre las sábanas, con Alegra recostada sobre su pecho y los latidos de ambos recuperando poco a poco la calma, David besó su cabello.
Ya no eran jóvenes intentando descubrir qué debían hacer; ahora eran marido y mujer y acababan de comenzar su vida juntos.
Una respuesta
que maravilloso, tan real esa noche de bodas