-Diario de Alegra 11 de marzo de 1971-

Lo conseguí. 

            Todavía me tiemblan las manos mientras escribo estas palabras, pero necesito dejarlas aquí, sobre el papel, para convencerme de que es verdad. 

            Ayer por la tarde empeñé mis joyas. No fueron todas, sólo las que pensé que podrían valer lo suficiente para reunir las doscientas cincuenta mil pesetas que Pedro me exigió. Llevaré el collar de diamantes que David me regaló y algunas otras piezas que había recibido desde que nos casamos. 

            Me dolió desprenderme de ellas, mucho más de lo que me imaginaba. No sólo por su valor, sino porque eran regalos de mi marido. Cada una tenía un recuerdo, una ocasión, un momento compartido con él. David siempre me ha dado las cosas sin esperar nada a cambio, y ahora he tenido que utilizarlas para pagarle a alguien que lleva toda la vida quitándome lo que puede. 

            Pero ya no más. Esta vez yo voy a ganar y Pedro se irá de mi vida. Yo soy la responsable de mi destino, de evitar que David se entere de todo esto, de volver a estar tranquila y feliz. 

            Después de averiguar cuál era la mejor casa de empeños para lo que necesitaba, fui hacia allá en un taxi. Debo admitir que fue toda una aventura escaparme de Mendoza, porque sabía que, tan sólo pusiera pie fuera del edificio, me cuestionaría todo. 

            El hombre que me atendió era mayor de cabello canoso y bigote cuidadosamente recortado. Llevaba un monóculo que se acomodaba de vez en vuando para examinar las piedras. Tenía unas manos grandes y unos dedos sorprendentemente delicados cuando manipulaba las joyas. 

            Las colocó sobre un paño oscuro y comenzó a revisarlas una por una. Yo apenas podía respirar. Le dije, a duras penas, que necesitaba el dinero y que deseaba dejarlas en prenda. No le mencioné cuánto necesitaba porque me daba vergüenza decirlo y, además, temía que intentara aprovecharse de mi desesperación. 

            Después de examinarlas, levantó la cabeza. 

          —¿Trae los certificados de autenticidad o las facturas de compra? 

            Me quedé mirándolo. No sabía que necesitaba aquellas cosas. Cuando empeñaba en Canarias no me pedían nada. Sin embargo, ahora era evidente que lo necesitaba, lo que estaba intercambiando no eran figurines o anillos de pocos kilates. 

            —Son… son regalos de mi marido -contesté. 

            Me acomodé las gafas de sol y el panuelo de seda que me había puesto sobre la cabeza para resguardar un poco mi identidad. Había salido en el periódico y tenía miedo de que alguien me reconociera y la próxima noticia fuese que la esposa de David Canarias empeña sus joyas. 

            —Comprendo, señora, pero sin esa documentación no puedo ofrecerle lo mismo que si pudiera acreditar la procedencia y las características de las piezas. 

            Quise explicarle que eran auténticas. Que mi marido jamás me regalaría una imitación y que podía comprobarlo él mismo. Pero no dije nada. Simplemente tomé las joyas y le comenté que me iría a otro lado a empeñalas. 

            El hombre tomó mi mano y no me dejó ir. 

            —Yo nunca dije que no le daría el dinero. Solo dije que podría darle más. 

            Suspiré. Estaba a punto de caer en un ataque de pánico, sólo de pensar que debía buscar otro lugar. 

            —En estas condiciones, podría prestarle docientas setenta y cinco mil pesetas por el conjunto. 

            Docientas sententa y cinco mil. Veinticinco mil más de lo que necesitaba. Sé que no debí alegrarme y que cualquier mujer en mi situación habría lamentado tener que empeñar los regalos de su marido, y yo también lo lamentaba. Pero en aquel momento sentí un alivio tan grande que no pude evitar sonreír. 

            Tenía el dinero y podía pagarle a Pedro. Podía evitar que se acercara a David. 

            Lo tomé. Ni siquiera lo dudé. El hombre me observó con cierta extrañeza. 

            —¿No quiere pensarlo? 

            —No —respondí seca—. Acepto la cantidad. 

            Conozco demasiado bien las casas de empeños. Durante años tuve que acudir a ellas para conseguir unas cuentas pesetas con las que pagar las cuotas que Pedro y Adolfo me exígian en casa de Federico. Recuerdo haber llevado pequeños objetos que habían pertenecido a mi madre y salir tan poco dinero que apenas alcanzaba para satisfacerlos. Algunas de aquellas cosas nunca pude recuperarlas. 

            Esta vez, al menos me entregaron una papeleta de empeño y me explicaron las condiciones para resctar las joyas, los intereses y el plazo que tenía para hacerlo. Estoy decidida a recuperarlas antes de que David se dé cuenta de que faltan. 

            Ahora, en unas horas veré a Pedro. Sólo espero que esta pesadilla pare. Yo sólo quiero ser feliz. 

            Con amor, Alegra. 

***

            —¿Está segura que quiere que la deje aquí, señora? —preguntó Mendoza, mientras abría la puerta y la ayudaba a bajar. 

            La cita era en el mismo lugar de la vez pasada. Alegra, de nuevo, inventó el pretexto de tomar aire y hacer ejercicio en el parque y le pidió al chofer que se volviera a estacionar en el mismo lugar. 

            —Sí. Estoy segura. 

            —Hay parques más bonitos —comentó el Mendoza, observando la colonia. 

            Alegra lo comprendía. El lugar no era tan agraciado para pasear, pero era el lugar donde Pedro me citaba; no tenía escapatoria. 

            —Lo sé, pero, los parques muy grandes me abruman —lo dije tan segura que por un momento me lo creí—. Ya sabes, por lo del asalto. Siento que entre más terreno hay más lugares para que los asaltantes se escondan. Además, aquí hay niños, siento que es un poco más seguro. 

            Mendoza ya no la cuestionó. Simplemente asintió con la cabeza y me dejó bajar. 

            —La espero aquí, señora Canarias —habló con respeto. 

            Asentí. Después, apretando la bolsa con fuerza donde traía el sobre lleno de dinero. Atravesó el parque a pasos apresurados y al llegar al edificio que estaba en frente, entró sin dudarlo. 

            Por dentro, Alegra sentía que el cuerpo le temblaba, pero trató de proyectar seguridad una que sólo podía lograr cuando estaba en el escenario. Porque con Pedro, con él era diferente. 

            Alegra tocó la puerta y de inmediato le abrió. Para su sorpresa fue su hermanastro Adolfo quién abrió la puerta. 

            —¡Hermanita! —pronunció esa palabra en el mismo tono de ironía de siempre. 

            —¿Dónde está Pedro? —preguntó Alegra, asustada. 

            —¿Qué no me vas a saludar? ¾preguntó Adolfo. 

            En ese momento la tomó de la cintura y trató de besarla a fuerza. Alegra comenzó a manotear. 

            —¡Suéltame, imbécil! 

            —¡Qué rico aroma! —murmuró en su cuello¾. Hueles a dinero. 

            —¡Quítate imbécil! —expresó. 

            Alegra logró empujarlo con fuerza pero ella perdió el equilibrio y cayó al suelo. 

            —¡Ya déjala, Adolfo! —se escuchó la voz de Pedro. 

            El hombre salía de la habitación, sin camisa, con el pantalón puesto y los pies descalzos. Alegra se arrastró por el suelo hasta que su espalda tocó la puerta. 

            —No es momento… —continuó. 

            Adolfo sonrió y Alegra sintió como un escalofrío le recorría la columna vertebral. No era la primera vez que él quería abusar de ella, ya lo había intentado antes cuando ella entraba a la adolescencia. 

            —¿Lo traes? —preguntó Pedro. 

            Alegra se puso de pie, casi arañando la puerta. Tenía miedo de entrar más allá del umbral y que ya no pudiese regresar a casa. David llegaba en unas horas y quería estar tranquila para que él no sosperchara. 

            —Ten… —contestó, agarrando valor y sacando el sobre de la bolsa para aventarlo al suelo—. Es más de lo que me pides para que me dejes en paz. 

            Adolfo tomó el sobre y se lo dio a Pedro. Éste lo abrió, descubrió el dinero y pasó los dedos sobre él. 

            —Ahora me dejarás en paz. A mí, a mi marido y a todo lo que tenga que ver con nosotros. Desaparecerás de mi vida para siempre. ¿Lo has entendido? —exigió Alegra con una firmeza que ni ella misma sabía que poseía. 

            Pedro, que hasta entonces había estado contando lo billetes con una sonrisa satisfecha, levantó lentamente la mirada y durante unos segundos la observó. Después, soltó una carcajada. 

            —¿Perdona? 

            —Ya tienes lo que querías —replicó Alegra, procurando que no le temblara la voz—. Te he dado hasta la última peseta. No tienes ningún motivo para volver a buscarme. 

            La sonrisa de Pedro desapareció de su rostro. Entonces, de una manotazo, arrojó los billetes sobre la barra de la cocina y de dos zancadas estuvo frente a ella. Alegra restrocedió por instinto, pero su espalda chocó contra la puerta antes de que pudiera apartarse. Pedro apoyó una mano junto a su cabeza y se inclinó sobre ella, invadiendo el poco espacio que le quedaba. 

            —¿Crees que esto pagará lo que le hiciste a mi padre? ¡Eh! —gritó. 

            —¡DÉJAME EN PAZ! —enfureció Alegra, empujándolo con fuerza. 

            Alegra se volvió para abrir la puerta, decidida a marcharse antes de que Pedro encontrara otra manera de amenazarla. Sin embargo, apenas había alcanzado el picaporte cuando él la sujetó violentamente del brazo y, antes de que pudiera reaccionar, él tiró de ella y la lanzó con todas sus fuerzas hacia el inerior de la habitación. 

            Alegra perdió el equilibrio y un instante después, su cuerpo se estrelló contra la mesa de madera de la sala. El impacto fue brutal y el tablero se partió bajo su peso. Un grito desgarrador escapó de su garganta. Durante unos segundo no pudo respirar, mientras que el dolor le atravesaba la espalda y el costado, dejándola aturidada durante unos segundos.  

            —¡¿CREES QUE VAS A LIBRARTE DE MÍ?! —rugió Pedro.

La furia le tensaba cada músculo del cuerpo. Respiraba con tanta violencia que el pecho de le agitaba marcándo el abdomnen, mientras las venas de los antebrazos sobresalían por la fuerza con la que mantenía los puños cerrados. 

            —Escucúchame bien, hermanita, porque no pienso repetírtelo —masculló, acercándose tanto que Alegra pudo percibir el olor a tabaco y a coñac en su aliento—. Tú no decides cuándo desaparezco de tu vida. No decides cuándo puedo buscarte ni mucho mejos si tento que dejarte tranquila. ¿Me has entendido? 

            Alegra apretó los labios para contener un sollozo. 

            —Pero… Te he dado el dinero —respondió con inocencia. 

            Cuando estaba frente a Pedro era de nuevo esa niña asustada que su madre había dejado en lo más parecido al infierno. 

            —¡ME IMPORTA UNA MIERDA EL DINERO! —gritó tan fuerte que la hizo estremecerse. Pero, este sólo es un pago de los miles que me tendrás que hacer paraque me quede calladito. Porque tú sabes quién soy Alegra y el daño que puedo hacer. Así que, siquieres seguir jugando a la casita, tendrás que darme todo lo que te pido, porque si no lo haces, no me tocaré el corazón para herir a tu esposito o decirle todo lo que has hecho… ¡ENTENDIDO! 

            —¡Sí! —respondió Alegra, sin vacilar, reuniendo las pocas fuerzas que le quedaban.

            La expresión de Pedro se endureció. En un movimiento rápido, levantó la mano, como si estuviera a punto de propinarle una bofetada provocando que Alegra cerrara los ojos y encogiera los hombres, preparándose instintivamente para recibir el golpe. 

            Nunca llegó. En su lugar, sintió los dedos de Pedro deslizándose lentamente por su cabello. Acariciándolo con una ternura que le provocó arcadas. Ella abrió los ojos y notó que él sonreía. 

            Aquella sonrisa le produjo más miedo que cualquiera de sus gritos. 

            —Tranquila, hermanita… —murmuró con una dulzura tan fingida que resultaba repugnante—. ¿Por qué te pones así?  

            Alegra continuaba temblando si control. Las lágrimas no dejaban de humederserle el rostro y sentía el cuerpo adolorido por la caída. Quiso apartare de aquella mano, pero pedro no dejaba de acariciarla. 

            —Ya, ya… Sabes que todo esto es por tu bien, Alegrita. Mira. Por ahora te olvidas solo un poco de mí ¿vale? Yo me pondré en contacto contigo cuando necesite otro paguito. 

            Ella respondió que sí. ¿Qué más podría hacer? 

            —¿Me puedo ir? —preguntó. 

            Pedro asintió. 

            Ella apoyó la mano en el suelo e intentó ponerse de pie pero una punzada le atravesó el costado y tuvo que detenerse para recuperar el aliento. 

            —Ten más cuidado la próxima vez, Alegra mala suerte ¾añadió Pedro, señalando la madera rota —. Mira el destrozo que has hecho. 

            Alegra bajó la cabeza, ya no tenía fuerzas para discutir. Consiguió incorporarse sujetándose del borde de un sillón y, a pesar del dolor de costillas y de que sus piernas apenas parecían sostenera, logró llegar hasta la puerta.           

  Salió dejándolos atrás. 

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