Alegra entró al piso casi corriendo, con el corazón desbocado y el cuerpo todavía tembloroso. Cerró la puerta con torpeza, echó el cerrojo y permaneció unos segundos apoyada contra la madera, intentando recuperar el aliento.
Docientas cincuenta mil pesetas.
La cifra era una cantidad exorbitante, muchísimo más de lo que había imaginado cuando decidió acudir a la cita con Pedro. Y lo peor era que apenas disponía de veinticuatro horas para conseguirla.
Se quitó el abrigo con movimientos apresurados y lo arrojó, junto con el bolso, sobre uno de los sofás de la sala. Sudaba sin control. Se sentía sofocada y apenas podía respirar.
—Respira, Alegra, respira —se consoló, mientras trataba de ordenar sus ideas. —No llores. No llores.
Así, atravesó el pasillo hasta el dormitorio y se dirigió directamente al tocador. Abrió un cajón, después otro. Apartó pañuelos, papeles y pequeños objetos que ni siquiera recordaba haber guardado allí, hasta que encontró la caja de madera.
Con prisa, la llevó hacia la cama y, sin detenerse a quitar la tapa, volcó todo su contenido sobre la colcha. Los objetos cayeron de forma desordenada: fotografías antiguas, documentos doblados, recortes de letras de canciones, algunas cartas y las pequeñas reliquias familiares que había conseguido conservar, como el anillo de bodas de su madre.
La bolsa pequeña cayó hasta el final. Ella la tomó con ambas manos y desató el cordón. Allí estaba su dinero, el que había ahorrado desde que comenzó a trabajar en Ibiza y el que David le entregaba cada mes para sus gastos personales.
Vació los billetes sobre la cama y comenzó a contarlos con prisa, acomodándolos en pequeños montones. Después volvió a contarlos, esta vez más despacio, sólo para percatarse que ni siquiera tenía la mitad de la cantidad que Pedro le pedía.
—No es suficiente —murmuró.
Ya lo sabía. Lo sabía incluso antes de abrir la caja y en el momento en que Pedro se lo mencionó; sólo necesitaba comprobarlo. Volvió a reunir los billetes y salió del dormitorio. En la sala recuperó su bolso, abrió la cartera y sacó cuanto llevaba dentro. Añadió los billetes y las monedas del monedero a los ahorros que había extendido sobre la mesa de centro. Contó una vez más. Nada, ni siquiera estaba cerca de reunir las doscientas cincuenta mil pesetas.
Alegra se dejó caer sobre el sofá.
Contempló los pequeños montones de dinero con una desesperación creciente. Hacía apenas unos meses, aquella suma le habría parecido una fortuna, era más de lo que alguna vez había imaginado tener a su disposición.
Ahora, frente a las exigencias de Pedro, no parecía servirle de nada. Se llevó las manos al rostro y suspiró.
—Dios mío… ¿Qué voy a hacer?
Miró el teléfono acomodado sobre la mesa de la sala. Podría llamarle a su esposo. Bastaba con levantar el auricular, pedir que la comunicaran a casa de su suegra en Ibiza y escuchar su voz. Estaba segura de que él encontraría la manera de resolverlo, solo que había un problema… Tendría que mentirle.
Apartó la mirada del teléfono.
—No.
Tenía que existir otra solución.
Se levantó y comenzó a caminar por la sala, frotándose las manos. Pensó en solicitar un adelanto en la Fundación, pero descartó la idea casi inmediatamente. Salma querría saber para qué necesitaba semejante cantidad. Alí también podría prestársela, aunque seguramente terminaría enterándose David.
—Posiblemente Mandy me ayudaría —murmuró.
El problema es que ella no tenía el dinero.
—Además, tendría que mentirle… No sé si podría mentirle a Mandy.
Se detuvo frente al espejo que colgaba sobre una de las cómodas. Su reflejo le devolvió el rostro pálido de una mujer a la que apenas reconocía; entonces recordó algo. Volvió su cabeza hacia el dormitorio y pasó saliva.
El joyero.
David, desde que habían comenzado su noviazgo, le había regalado tantos collares, aretes, brazaletes y anillos que ya no cambian. Algunos hasta seguían guardados en sus estuches originales.
De prisa, regresó al dormitorio, tomó el joyero y lo abrió. Sacó una caja de terciopelo negro que, al abrir, le mostró un precioso collar de diamantes. Era aquel que David le había colocado alrededor del cuello mientras le decía que no necesitaba una ocasión especial para ponerse algo bonito.
Alegra permaneció inmóvil. Nunca fue apegada a las joyas porque, en realidad, jamás había tenido. No obstante, sabía que este collar y todo lo que le daba David era especial.
—Podría empeñarlo —dijo—. Podría empeñar algunas joyas y guardar los recibos. Después con el dinero que me da David irlos sacando hasta recuperarlos todos.
Tan sólo pensar eso le provocó un nudo en la garganta. No podía creer que de nuevo tenía que perder algo suyo para poder mantener a sus hermanastros a raya. Recordó la vez cuando su madre murió que, Adolfo y Pedro, le dijeron que si quería tener un techo, comida caliente y conservar la habitación debía pagar una cuota porque allí no era caridad.
Alegra tomó el collar de diamantes, un brazalete de oro y unos pendientes que casi no se ponía, con cuidado los metió en una bolsa de tela fina y salió de la habitación. Miró el reloj de la pared de la cocina y supo que el tiempo corría.
—Veintricuatro horas, en veinticuatro horas termina esta pesadilla.