Cuando David llegó al piso, encontró la casa en silencio. 

            Mandy estaba en el salón hojeando una revista con los pies recogidos sobre el sofá. Al escuchar entrar, levantó la mirada. 

            —¿Alegra?

—Dormida —respondió ella en voz baja—. Se tomó la pastilla que le recetó el médico y se acostó temprano. Estaba agotada.

David miró instintivamente hacia el pasillo.

—¿Estuvo bien durante el día? —preguntó, con preocupación. 

—Dentro de lo que significa estar bien ahora mismo, sí. 

Él asintió. Se quitó el abrigo y lo dejó sobre el respaldo de su silla. 

—Bueno, supongo que tendré que cenar solo. 

Mandy sonrió. 

—O conmigo. 

David sonrió. 

—¿No tienes una cita clandestina con algún heredero comprometido? 

Mandy alzó la ceja y después sonrió. 

—¿Cómo sabes eso? 

—Estoy casado con Alegra. Es incapaz de guardar un secreto. Además, el cotilleo de otros es la conversación base de los casados. 

Mandy soltó una carcajada. 

—Eso es mentira —replicó Mandy—. Alegra guarda secretos perfectamente.

David sonrió mientras se aflojaba la corbata.

—No conmigo.

Mandy lo observó durante un segundo.

—Claro —respondió finalmente.

—Entonces, ¿cenas?

—Depende. ¿Qué hay?

David abrió la puerta de la cocina y echó un vistazo.

—No tengo idea. ¿Pedimos? 

David y Mandy pidieron algo de cenar en uno de los restaurantes cercanos. Nada demasiado elaborado: pollo asado con patatas, pan y una ensalada que ninguno de los dos tocó demasiado. Comieron en la mesa del salón para no hacer ruido en la cocina y despertar a Alegra.

La conversación comenzó con los vuelos de Mandy, pero inevitablemente terminó desviándose hacia Romeo.

—Estoy metida en un problema —confesó ella.

David levantó la mirada del plato.

—Eso no es ninguna novedad.

—Gracias por tu comprensión.

—Para eso estoy.

Mandy le lanzó una servilleta.

—Hablo en serio.

David sonrió, pero al ver su expresión comprendió que realmente lo hacía.

—¿Romeo?

Ella asintió.

—Estoy enamorada de él. Pero o se lo digas a Alegra… llevo negándolo por meses —No lo dijo con entusiasmo, ni siquiera sonrió.

David dejó los cubiertos.

—¿Él lo sabe?

—Supongo. Nunca se lo he dicho así, pero tampoco es idiota.

—Eso está por demostrarse. Es un Santander.

Mandy soltó una risa breve.

—Pensé que te caía bien.

—Romeo me cae bien, los Santander en conjunto son otra cosa.

Ella volvió a mirar el plato.

—Conocí a su prometida.

David frunció el ceño.

—¿La americana?

—Por fotografía.

—Ah.

—Es hermosa.

Mandy hizo una pausa.

—Realmente hermosa.

—Tú también.

—No hagas eso.

—¿Qué?

—Intentar hacerme sentir mejor.

David levantó las manos.

—De acuerdo.

Mandy respiró hondo.

—Tiene el cabello precioso, parece elegante, educada… de esas mujeres que saben exactamente qué tenedor utilizar aunque les pongan quince delante.

—Hay que empezar por el de afuera.

Mandy lo miró.

—¿En serio?

—No tengo idea. También fallé esa lección. Tristán te diría la respuesta correcta, él aprobó con honores y a base de bofetadas. 

Ella soltó una carcajada.

—Pobre, Tristán. 

La risa duró poco.

—Tendrán hijos hermosos —murmuró.

David ya no encontró nada gracioso que responder.

Mandy apartó el plato.

—Eso es lo que se supone que va a pasar, ¿no? Romeo se casará con ella, unirán los viñedos de su familia con los negocios de los Santander, tendrán dos o tres niños perfectos y yo seré…

Se encogió de hombros.

—¿Qué?

—No lo sé. La mujer con la que se divertía antes de casarse.

—¿Romeo te ha dicho eso?

—No.

—Entonces no decidas por él.

—Tampoco puedo fingir que no está comprometido, David.

En eso tenía razón.

David conocía lo suficiente a los Santander para saber que aquellas alianzas eran difíciles de romper. Incluso más cerradas que muchas de las uniones que él había conocido dentro de su propio círculo.

Los Santander llevaban generaciones utilizando los matrimonios para conservar tierras, capital, contactos y apellido. Un compromiso con la heredera de unos importantes viñedos californianos difícilmente sería únicamente una cuestión sentimental.

Él mismo había estado a punto de vivir algo semejante con Sarahí.

La diferencia era que había conseguido salir antes de que fuera demasiado tarde.

—Si su familia ya anunció el compromiso, van a presionarlo para que lo cumpla —admitió.

Mandy sonrió con amargura.

—Gracias. Eso sí me hace sentir muchísimo mejor.

—Querías que fuera sincero.

—Podías mentirme un poco.

—No se me da bien.

David sonrió.

Mandy guardó silencio unos segundos.

—¿Tú habrías podido hacerlo?

—¿Qué cosa?

—Casarte con Sarahí.

La pregunta lo tomó desprevenido.

—Si no hubieras conocido a Alegra —aclaró—. ¿Te habrías casado con ella porque era lo que esperaba tu familia?

David se quedó pensando. Meses atrás la respuesta habría sido sencilla, hoy era un no definitivo. 

—Probablemente.

Mandy levantó la mirada.

—¿Aunque no la amaras?

—No crecimos pensando que el amor fuera indispensable para casarse. 

—Qué deprimente.

—Bastante.

David tomó su vaso.

—En familias como las nuestras, un matrimonio es un contrato. Dos apellidos, dos fortunas, intereses comunes. Y luego cada uno aprende a vivir con la decisión que tomaron por él. Sólo lo adornan con una bonita boda y casas bonitas. 

Mandy hizo una mueca.

—¿Y a eso le llaman matrimonio?

—A veces.

—¿Y qué hacen cuando se enamoran de otra persona?

David soltó una risa sin humor.

—Lo que han hecho siempre. Las infidelidades alrededor del apellido Santander eran casi tan conocidas como sus vinos. Hombres con amantes durante años, mujeres que aprendían a no preguntar y, de vez en cuando, hijos nacidos fuera del matrimonio cuya existencia se conocía en ciertos círculos, aunque el apellido jamás llegara oficialmente hasta ellos.

—Eso es horrible —dijo Mandy.

—Lo es.

—¿Tus padres fueron infieles? —se atrevió a preguntar. 

David suspiró. 

—Mi madre no… su educación no se lo permite. Mi padre sí lo fue por mucho tiempo.  Dicen que era una mujer que estaba enamorado de él desde la adolescencia. Ella se fue del país durante la guerra. 

Mandy suspiró. 

—Yo no quiero ser eso.

David la miró.

—¿Qué?

—La amante.

La palabra quedó entre los dos.

—No quiero pasarme la vida esperando que Romeo encuentre una tarde libre para verme. No quiero que algún día tenga hijos y yo tenga que fingir que no me importa. Y tampoco quiero despertarme dentro de diez años y descubrir que desperdicié mi vida esperando a un hombre que siempre supo que iba a casarse con otra.

David permaneció callado. No había ninguna broma capaz de arreglar aquello.

—Entonces díselo.

Mandy levantó los ojos.

—¿Qué?

—Todo eso.

—¿Y si lo pierdo?

—Entonces al menos sabrás que lo perdiste por pedir la vida que querías, no por conformarte con la que él podía darte.

Mandy lo contempló en silencio.

—A veces dices cosas inteligentes.

—No se lo cuentes a nadie. Tengo una reputación que mantener.

Ella sonrió.

—Gracias, Canarias.

—De nada.

Mandy tomó otro pedazo de pan.

—Aunque sigo odiando a la americana.

—Ni siquiera la conoces.

—Precisamente. Así resulta mucho más fácil.

David soltó una carcajada.

La conversación continuó un rato más, hasta que Mandy miró la hora y anunció que debía marcharse. Sus días libres estaban por terminar y pronto tendría que reincorportarse al trabajo. 

—Despídeme de Alegra —pidió mientras se ponía el abrigo—. No quiero despertarla. 

—Lo haré. 

—Dile que la veo dentro de dos días. 

Mandy tomó su bolso. 

—Buenas noches, Canarias. 

—Buenas noches, Mandy. 

Cuando la puerta se cerró, el silencio regresó al piso. David aprovechó para ir a comprobar que Alegra estuviera bien. Abrió la puerta de la habitación con cuidado y asomó la cabeza. Seguía profundamente dormida. 

La pastilla que le había recetado el médico parecía ser lo único capaz de proporcionarle unas cuantas horas de verdadero descanso. Desde el asalto, Alegra dormía mal y de despertaba sobresaltada. Con el medicamento, en cambio, conseguía dormir profundamente y sin pesadillas. 

David se quedó unos momentos observándola. Después apartó el mechón de su cabello y le dio un beso sobre la mejilla. 

—Duerme. Todavía tengo trabajo que hacer —le murmuró. 

Así, salió de la habitación para dirigrise a su despacho. Ya estaba cansado, pero necesitaba terminar algunas cosas antes de acostarse. 

Entró en su despacho, encendió la lámpara y cerró la puerta casi por completo para que la luz no llegar al pasillo. Se sirbió un whisky con hielo y se sentó detrás del escritorio. Fue entonces cuándo separó la correspondencia y viol apostal. 

Ibiza. 

Sonrió. 

Le dio la vuelta esperando encontrarse alguna estupidez escrita por su amigo. Sin embargo, antes de leer el mensaje reparó en algo. Funció el ceño. No había dirección, tampoco estampilla, ni sello postal. David giró de nuevamente la tarjeta entre los dedos. Aquello no había sido enviado desde Ibiza, alguien personalmente la había llevado hasta su buzón. Había algo detrás de este detalle. 

Tomó un sorbo de whisky y comenzó a leer.

Cuando terminó, permaneció unos segundos contemplando la postal. Después tomó el teléfono y marcó el número de la operadora.

—Operadora.

—Comuníqueme con el Paraíso Club, en Ibiza —pidió con seguridad.

Tuvo que esperar varios minutos.

David aprovechó para volver a leer el mensaje mientras sostenía el auricular contra el oído. El hielo tintineó dentro del vaso cuando tomó otro sorbo.

Finalmente escuchó un chasquido y, después, una voz distante.

—Paraíso Club, buenas noches.

—Buenas noches. Quiero hablar con Tristán Ruiz de Con.

—¿De parte de quién?

—David Canarias.

Hubo una pausa.

—Un momento, señor Canarias.

David se recostó en la silla.

A través de la línea llegaba, amortiguada, la música del club. Sonrió al reconocer aquel ruido. Durante un instante pudo imaginar perfectamente el Paraíso: las mesas, el humo de los cigarrillos, las copas, la música y Tristán seguramente sentado en algún rincón comportándose como si su única preocupación en el mundo fuera decidir qué mujer lo acompañaría aquella noche.

—Canarias…  

La voz de Tristán apareció al otro lado.

—Recibí tu postal

—¿Te gustó? Escogí personalmente la fotografía. Creo que capta muy bien la belleza natural de la isla.

—Tristán.

—Qué poco agradecido eres. Deberías aprovechar que me tomo el tiempo. 

—¿Quién la trajo? 

—Una persona de confianza que viajó a Madrid hoy por la mañana. 

David suspiró. 

—¿Qué nuevas tienes? 

—David, creo que deberías venir a Ibiza. 

David miró insistivamente hacia la puerta del despecho. 

—Ahora no puedo dejar sola Alegra. 

—Lo sé. Y no te pediría si puediera resolverlo yo acá o si tuviese que ver con mis negocios. Pero es importante que vengas tú. Castillo alquiló una casa aquí —continuóTristán—. Una residencia bastante discreta, teniendo en cuenta que pertenece a un hombre que no saber hacer nada de manera discreta. 

—Eso no me sorprende. 

—Ha venido al club varias veces. Cuando aparece con gente, bebe, juega y hace lo de siempre. Pero un par de veces ha venido solo. Le gusta beber solo. 

—¿Y? 

—Le agrado. Así que me pide que me siente con él. 

—¿Habla de Gastón? 

—No, casi no lo hace. 

—¿Entonces? ¿Cuál es la urgencia? 

Al parercer Tristán tenía una bebida en la mano ya que los hielos interrumpieron el silencio. 

—Ayer, entre copas, habló más de la cuenta. Me dijo que Gastón era un idiota pero eso era justo lo que necesitaba. Inclusa se burla de él. Creo que nuestro amigo es jilipollas con dinero. 

—Vamos, dime qué te dijo. 

—Me comentó que tu primo acaba de conseguir suficiente dinero para «hacer desaparecer todos sus problemas». 

David frunció el ceño. 

—¿Le dio un préstamo? 

—Eso pensé… pero no lo es. Me dijo que él no presta dinero a empresas moribundas. 

El silencio se hizo pesado. 

—Exactamente te dijo esas palabras. 

—Tal cuál te las digo. 

—Entonces, ¿qué está negociando con Gastón?

—No quiso decírmelo. Sólo dijo que Empresas Canarias tenía algo mucho más valioso que dinero.

—¿Qué más dijo?

—Que tu padre había construido una maquinaria extraordinaria.

David se detuvo.

—¿Maquinaria?

—Fue la palabra que utilizó.

Aquello no le gustó.

—Después dijo que era una pena que Gastón no entendiera todavía todo lo que podía hacerse con ella pero que estaba tan desesperado que le dejaría hacer lo que quisiera. 

—Me suena algo turbio. 

—Apesta a algo turbio. 

—También me enteré que él es quién está detrás del nuevo hotel que constuiran en Dalt Villa. 

—¿Dalt Vila? —preguntó David.

—Así es… No sé mucho del proyecto. Lo que importa aquí es que tienes que venir y averiguar en qué demonios está metido tu primo.

David se recostó en la silla.

—Bueno… creo que eso ya no me incumbe. Empresas Canarias es problema de Gastón.

—Debería incumbirte.

—¿Por qué?

—Porque el apellido Canarias sigue al frente de la empresa —respondió Tristán—. Y ahora que tienes LACAN deberías empezar a preocuparte por las cosas con las que pueden relacionarte. A la gente le importa poco que sean dos empresas distintas cuando ambas llevan tu apellido.

David suspiró.

Odiaba admitirlo, pero tenía razón.

Alí se lo había advertido desde el principio: no bastaba con decidir quién quería ser. También tenía que cuidar quién permitía que los demás creyeran que era.

Y si Gastón estaba utilizando Empresas Canarias para algún negocio turbio, tarde o temprano alguien terminaría pronunciando su nombre junto al de David.

—Está bien —cedió finalmente—. Iré mañana a primera hora. Quiero regresar lo antes posible a Madrid.

—¿Por Alegra?

David miró hacia la puerta.

—No quiero dejarla sola más de lo necesario.

—Lo entiendo.

—Dile a Dante que quiero hablar con él en cuanto llegue.

—Bien.

—Nos vemos mañana. Y, Tristán…

—Dime.

David volvió a mirar la postal.

—No hagas nada esta noche.

Hubo una pausa.

—¿Qué entiendes exactamente por «nada»?

—Nada significa que no preguntes, no investigues, no sigas a nadie y, sobre todo, no intentes emborrachar a Castillo para averiguar qué está haciendo.

—Eso último me parece una limitación innecesaria.

—Tristán.

—Está bien.

—Mañana entonces.

—Mañana, Lobo.

Colgó.

David dejó el auricular sobre el teléfono y permaneció sentado frente al escritorio sintiendo, por primera vez en su vida, el peso de su apellido. 

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