—Una semana después, 16 de febrero de 1971—

En la agenda de David Canarias se leía, escrito con letra firme:

Martes, 16 de febrero. Cita con el doctor. Ver al bebé.

Aquella última parte la había añadido él mismo.

David había prometido que estaría presente en cada revisión médica de Alegra. No importaba cuántas reuniones tuviera, cuántos contratos estuvieran esperando su firma o cuántos problemas aparecieran ahora que LACAN había comenzado oficialmente su andadura. No quería perderse nada.

Absolutamente nada.

Alegra salió temprano del piso para dirigirse a la nueva oficina de su esposo. Había calculado que tenía tiempo suficiente para tomar el metro, llegar hasta LACAN y desde allí marcharse juntos a la consulta.

David, por supuesto, había tenido una opinión completamente diferente.

Aquella mañana, antes de salir, había insistido en que hacía demasiado frío y que lo mejor era pedir al chófer que la llevara.

Alegra se había negado porque no estaba enferma, estaba embarazada. Y comenzaba a sospechar que, si continuaba cediendo ante cada una de las preocupaciones de David, para el séptimo mes terminaría transportada de una habitación a otra en una silla mientras alguien le acercaba el agua a los labios.

Además, quería seguir haciendo algunas cosas por sí misma como caminar, tomar el metro, ir a la fundación, asisitir a sus clases o recorrer Madrid sin tener permanentemente un automóvil esperándola en la puerta.

Necesitaba comprobar que su vida seguía perteneciéndole, incluso mientras otra vida crecía dentro de ella.

Se abrigó bien, envolvió la bufanda alrededor de su cuello y salió a la calle.

El frío de febrero la recibió de inmediato.

—Tal vez tenía un poquito de razón —murmuró.

Pero ni muerta se lo admitiría.

Caminó hasta el metro con una mano dentro del bolsillo del abrigo y la otra sujetando el bolso contra su cuerpo. Ya comenzaba a conocer los trayectos de memoria. Meses atrás, Madrid le había parecido enorme, elegante y ajena; una ciudad en la que todavía tenía que pensar antes de cada movimiento.

Se llevó la mano al vientre y sonrió. 

—Hoy vamos a verte —murmuró.

Alegra sonrió mientras acariciaba su vientre por encima del abrigo.

Estaba a punto de bajar las escaleras del metro cuando una voz la detuvo.

—Alegra Bustamante…

La sonrisa desapareció de sus labios. No necesitó darse la vuelta para saber quién era, porque reconocería aquella voz en cualquier parte del mundo. Era una voz grave, pesada, con esa manera peculiar de pronunciar su nombre que le hacía temblar desde niña. 

Alegra se paralizó. Las piernas comenzaron a temblarle y tuvo que aferrarse a la barandilla para no perder el equilibrio y caer escaleras abajo.

Fragmento del diario de Alegra. 

[…] No. No podía ser. Él tenía que estar lejos, muy lejos. Él tenía que estar ocupado en sus asuntos, no en Madrid. ¿Qué hace él en Madrid? 

—¿Qué? ¿No vas a voltear a verme? —pronunció. 

Alegra cerró los ojos con fuerza.

—Esto es una pesadilla —murmuró. 

Tenía que serlo.

—Te estoy hablando…

Alegra respiró hondo y se obligó a darse la vuelta. Entonces lo vio, estaba ahí… era Pedro Montero, su hermanastro. 

El monstruo que durante los últimos meses había regresado una y otra vez mientras dormía acababa de atravesar sus pesadillas para plantearse frente a ella en mitad de Madrid. 

Alegra lo observó sin poder pronunciar palabra. El corazón le latía rápido y sentía como las lágrimas comenzaban a acumularse en sus ojos. 

Era exactamente como lo recoerdaba. El cabello oscuro, abundante y ligeramente ondulado, peinado hacia atrás, con aquel mechón que insistía en caerle sobre la frente. Las cejas pobladas enmarcaban unos ojos profundos que en otro hombre quizá habrían parecido cálidos, pero que ella conocía demasiado bien. 

También conocía aquella sonrisa, casi agradable, que podía hacer creer que Pedro era un hombre encantador, pero no lo era. Ella sabía como se transformaba en un verdadero monstruo cuando lo deseaba. 

—Pe… Pedro… —murmuró Alegra.

Intentó que su voz sonara firme, pero el nombre salió entrecortado.

Pedro sonrió.

—Hermanita… —pronunció con una familiaridad que a ella le revolvió el estómago—. Estaba tan preocupado por ti. Pensé que jamás volveríamos a verte.

Alegra tragó saliva.

—No soy tu hermana —se defendió—. Ahora vete y déjame en paz.

No esperó respuesta.

Se dio la vuelta dispuesta a bajar las escaleras del metro, mezclarse entre la gente y desaparecer. Llegaría a LACAN, buscaría a David y…

Pedro la sujetó del brazo.

Con fuerza.

Alegra soltó un grito cuando él la hizo girar y la pegó contra su cuerpo.

—Tenemos que hablar —le dijo entre dientes.

—Suéltame.

—He dicho que tenemos que hablar.

—¡Y yo he dicho que me sueltes!

Alegra intentó zafarse, pero Pedro tiró de ella. La obligó a alejarse de la entrada del metro y la condujo hacia una calle lateral.

—¡Pedro!

Él continuó arrastrándola.

—¡Me estás haciendo daño!

Aquello no consiguió que aflojara la mano.

La llevó hasta un callejón estrecho, apartado del tránsito de peatones, y la empujó contra la pared.

Alegra cerró los ojos por el impacto.

Sus dos manos descendieron inmediatamente hacia el vientre.

El bebé.

El miedo cambió de golpe.

Ya no era únicamente el terror que Pedro le provocaba.

—Eres una mujer muy grosera, Alegra —dijo él—. Después de todo lo que mi familia hizo por ti, desapareces sin siquiera decirnos adónde vas.

Alegra abrió los ojos.

—Tu familia no me dio nada.

—Te dimos una casa.

—¡Me hicieron trabajar para ustedes!

—Comiste de nuestra mesa.

—¡Me lo cobraron todos los días de mi vida!

Pedro sonrió.

—Sigues siendo una desagradecida.

—¡Suéltame!

Alegra intentó apartarlo.

—¡Auxilio! ¡Auxi…!

Pedro le cubrió la boca con una mano.

Alegra comenzó a forcejear.

—Cállate.

Ella intentó morderlo, pero Pedro presionó con más fuerza y, con la otra mano, buscó algo dentro del bolsillo de su abrigo.

Sacó una fotografía.

Alegra dejó de moverse.

Era David.

Sintió que el miedo le atravesaba el cuerpo.

Pedro observó inmediatamente su reacción.

—Ah… —murmuró—. Esto sí consigue que te calles.

Alegra clavó los ojos en la fotografía.

No sabía dónde la había conseguido. Quizá de algún periódico, de alguna publicación empresarial, de la presentación de LACAN. No importaba.

Pedro sabía quién era David.

Pedro sonrió.

—Así que éste es tu marido.

Alegra negó con la cabeza.

—Uno de los Canarias —continuó—. Dinero, hoteles, empresas… —soltó una risa incrédula—. ¿Cómo demonios consiguió alguien como tú casarse con un hombre como él?

Alegra intentó hablar contra su mano.

Pedro la apartó apenas.

—¿Qué?

—¡No te acerques a él!

La frase salió casi como un grito.

Pedro volvió a cubrirle la boca.

—Tranquila, hermanita. Sólo tengo curiosidad.

Alegra negó desesperadamente.

—La verdad es que nos sentimos bastante ofendidos por no haber sido invitados a la boda —continuó—. Muy ofendidos.

Ella dejó de forcejear.

—Sobre todo después de lo que le hiciste a nuestro padre.

Los ojos de Alegra se abrieron.

Federico.

Pedro lo vio.

Y supo que había encontrado exactamente dónde hacer daño.

—Así es —dijo—. Nuestro padre.

Alegra negó con la cabeza.

—No…

—Lo mataste.

El aire desapareció de sus pulmones.

—No.

—Lo dejaste desangrándose en aquellas escaleras.

—¡No!

—Y mientras él se moría, tú huiste.

Alegra comenzó a negar una y otra vez.

—Fue un accidente…

—¿Un accidente?

—Él cayó.

—Porque tú lo empujaste.

—¡Quería hacerme daño!

—Claro. —Pedro soltó una risa cargada de desprecio—. Qué conveniente.

Alegra sintió que las lágrimas comenzaban a acumularse en sus ojos.

—Yo no quería matarlo.

—Pero está muerto.

Aquello la atravesó.

—Está muerto por tu culpa —continuó Pedro—. Lo dejaste tirado en las escaleras mientras tú escapabas para terminar casándote con un empresario que se ahoga en pasta.

Alegra sintió que algo dentro de ella reaccionaba.

Miedo.

Rabia.

Supervivencia.

Levantó la pierna y golpeó a Pedro con la rodilla.

Él soltó una exclamación y se dobló por el impacto.

Alegra corrió.

No llegó lejos.

Pedro consiguió sujetarla nuevamente del brazo y tiró de ella con tanta fuerza que Alegra perdió el equilibrio.

Cayó al suelo.

—¡Ah!

El miedo fue inmediato.

—No…

Se llevó ambas manos al vientre.

—No, no, no…

Pedro se acercó.

—¿Adónde crees que vas?

Alegra intentó incorporarse.

—¡Déjame en paz!

Consiguió ponerse de rodillas.

—¡Auxilio! —gritó con todas sus fuerzas—. ¡Auxilio!

Pedro la sujetó y la levantó.

—¡Cállate!

La empujó nuevamente contra la pared.

Alegra protegió el vientre entre ambos cuerpos.

—¡Auxilio!

—¿Quieres que venga alguien?

—¡Sí!

—Perfecto.

La respuesta la desconcertó.

Pedro se acercó a su rostro.

—Grita.

Alegra lo miró.

—Vamos —insistió—. Grita más fuerte. Que venga la policía. Que venga todo Madrid.

Ella respiraba agitadamente.

Pedro levantó la fotografía de David entre los dos.

—Y cuando estén aquí, les cuento quién eres.

Alegra se quedó inmóvil.

—Les cuento que la flamante señora Canarias huyó de Gran Canaria después de matar a un hombre.

—No lo maté…

—¿Crees que eso va a importar cuando aparezca en los periódicos?

Alegra sintió que el estómago se le revolvía.

—Imagínatelo —continuó Pedro—. La esposa de David Canarias, acusada de matar a su padrastro.

—No era mi padrastro.

—Eso habrá que explicárselo a los periodistas. Y a la familia de tu marido. Y a sus socios. —Señaló la fotografía—. ¿Cómo se llama la empresa nueva? LACAN, ¿verdad?

El rostro de Alegra perdió todo el color.

Pedro sabía demasiado.

—No te acerques a David —susurró.

—Entonces deja de gritar.

Las primeras lágrimas descendieron por sus mejillas.

—Basta…

Pedro negó lentamente.

—No. Nada de basta.

Guardó la fotografía en el bolsillo.

—Ha llegado el momento de que nos pagues todo lo que te dimos —dijo Pedro.

—Yo no les debo nada.

—Eso ya lo decidiremos nosotros.

—¡Ey!

El grito llegó desde la entrada del callejón. Pedro volvió inmediatamente la cabeza. Un hombre se había detenido en la acera. Al parecer había escuchado los gritos y, al ver a Alegra acorralada contra la pared, comenzó a acercarse.

—¡Oiga! ¿Qué está haciendo?

Pedro soltó el brazo de Alegra.

Ella aprovechó para alejarse de él, pero apenas pudo sostenerse. Las piernas le temblaban demasiado.

Pedro miró al desconocido y después nuevamente a su hermanastra.

—Nos volveremos a ver.

—No te acerques a mí…

—No tendrás que buscarme. —Se aproximó una última vez—. Alguien irá a verte y te dirá cuándo y dónde será.

Alegra negó con la cabeza.

—No pienso ir.

Pedro la sujetó de la cara con una mano y apretó sus mejillas entre los dedos.

—Vas a ir.

—Suéltame…

—Y pobre de ti si le cuentas algo a tu marido.

Los ojos de Alegra se llenaron nuevamente de lágrimas.

—O a tu suegra, o a tus amiguitos ricos o a Mandy… 

Alegra se paralizó al escuchar el nombre de su mejor amiga. 

—Entonces cuidadito con lo que dices… porque entonces me vas a conocer, ¿vale? 

—¡Déjela! —gritó nuevamente el hombre, cada vez más cerca—. ¡Voy a llamar a la policía!

Pedro soltó a Alegra.

Pero antes de marcharse, sus ojos se detuvieron en el collar de perlas que ella llevaba al cuello. Entonces, extendió la mano y tiró de ella.

—¡Ah!

El hilo se rompió.

Varias perlas cayeron sobre el suelo y rebotaron contra el pavimento antes de perderse entre las grietas.

Pedro conservó lo que quedaba del collar en la mano.

—Consideremos esto el primer pago.

Pedro corrió hacia la otra salida del callejón. El desconocido intentó seguirlo unos metros pero le fue imposible. No lo alcanzó. 

Alegra se quedó inmóvil. El cuerpo dejó de responderle hasta que las piernas cedieron y terminó sentada en el suelo, contra la pared.

Entonces comenzó a llorar. El miedo salió de golpe. Pedro la había encontrado y sabía demasiado. Sobre David, sobre Mandy, sobre los Lafuente. Sabía posiblemente donde vivía y qué hacía. Sabía lo suficiente como para hundirla. 

—Señora —dijo el desconocido. 

Alegra no respondió.

—Señora, ¿está bien?

El hombre que había intervenido regresó y se agachó a cierta distancia de ella.

—¿La ha lastimado? ¿Quiere que llame a la policía?

—No…

—Deberíamos llamar a la policía.

—No.

La respuesta salió demasiado rápido.

Alegra intentó respirar.

—Tengo que irme.

Apoyó una mano en la pared e intentó ponerse de pie.

—Espere. Está temblando.

—Estoy bien.

No lo estaba.

—Déjeme ayudarla.

El hombre le ofreció la mano y Alegra la aceptó. Consiguió incorporarse con dificultad. Entonces lo sintió. Algo cálido.

Alegra se quedó quieta.  Su respiración se detuvo mientras bajaba la mirada hacia su vientre. Sobre una de sus medias comenzaba a extenderse una mancha oscura y roja.

No.

Alegra llevó ambas manos hacia su vientre.

—No…

—Señora…

—No… —repitió.

El hombre miró hacia abajo y comprendió.

—Necesita un médico.

Alegra negó desesperadamente mientras las lágrimas volvían a caer.

—No, no, no…

Apretó las manos contra el vientre, como si pudiera proteger con ellas la pequeña vida que había dentro.

—Mi bebé… —sollozó.

Las piernas volvieron a fallarle. El desconocido consiguió sujetarla antes de que cayera.

—Por favor —dijo Alegra entre lágrimas, aferrándose a él—. Lléveme a un hospital.

Se llevó una mano temblorosa al vientre.

—No quiero perder a mi bebé.

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