Fragmento del diario de Alegra 

-Miércoles 6 de enero de 1971- 

Querido diario:

Hoy es Día de Reyes y mi suegra, Ainhoa, ha regresado de viaje para quedarse una temporada en Madrid. Hemos ido juntos a misa en la iglesia de la Concepción de Nuestra Señora y ha sido preciosa. 

Pedimos por el nuevo año, por nuestras vidas y, sobre todo, por nuestro bebé. Ese pequeño ser que crece dentro de mí y que, hasta ahora, está sano y desarrollándose como debe.

Recé tanto por él que terminé llorando. Jamás me había pasado algo así. Siempre había rezado pidiendo cosas: que mamá se curara, que hubiera suficiente dinero, que los Montero me dejaran tranquila, que algún día pudiera marcharme. Supongo que durante mucho tiempo mis oraciones fueron una forma de pedir auxilio.

Pero hoy fue diferente. Le pedí a Dios que cuidara a mi bebé, que lo dejara quedarse conmigo y que me permitiera conocerlo, sentirlo moverse dentro de mí y algún día sostenerlo entre mis brazos.

Sé que no debería pensar en lo que pasó la primera vez. David me dice que si todo marcha bien entonces debemos disfrutar de este embarazo sin compararlo con el anterior. Yo sé que tiene razón pero tengo miedo. 

Creo que el miedo forma parte de mi vida como un miembro más de mi cuerpo. Está siempre conmigo. No me deja estar completamente en paz y me obliga a permanecer alerta, incluso cuando no existe ningún peligro.

Siempre pienso que, si algo demasiado bueno me sucede, es porque algo malo está esperando detrás.

Y no sé cómo sacarme esa idea de la cabeza.

Quisiera poder decirme que es una tontería, que la vida no funciona así, que la felicidad no tiene que pagarse después con sufrimiento. Pero me han ocurrido tantas cosas que parecen demostrarme lo contrario que, a veces, siento que se ha convertido en una constante de mi vida.

Cuando algo empieza a ir bien, espero el golpe. No debería ser así. No quiero que sea así. Tal vez debería rezar más, pedirle a Dios que me quite este miedo del corazón y que me asegure que todo va a estar bien. 

Después de la misa fuimos a casa de mi suegra Ainhoa a partir el roscón de Reyes, el primero en mi vida, y por supuesto a abrir más regalos. Le dije a David que ya habíamos recibido suficintes en Navidad, pero me miró como si acabara de decir la mayor barbaridad del mundo. 

«Los regalos de Navidad son los regalos de Navidad. Los de Reyes son los de Reyes», me explicó.

Al parecer, existen reglas muy estrictas para estas cosas.

También le hemos contado a Ainhoa lo del bebé. Yo estaba nerviosa, mucho más de lo que esperaba. Creo que una parte de mí continúa teniendo miedo de pronunciarlo demasiado. Como si decir «estoy embarazada» muchas veces pudiera tentar a la suerte.

Ainhoa se puso muy feliz cuando se lo contamos y nos deseó salud y toda la felicidad del mundo. Dijo que, a partir de ahora, rezaría todos los días por su nieto o nieta y que no le importaba lo que fuera mientras llegara sano.

A mí me gustaría que fuera niño.

No sé muy bien por qué. Quizá porque cuando intento imaginarlo siempre aparece un pequeño David corriendo por nuestra casa. Con su cabello oscuro, sus ojos y esa sonrisa que estoy segura de que utilizará para salirse con la suya igual que su padre.

David, en cambio, dice que se muere por una niña. Le pregunté por qué y me respondió que quiere una pequeña Alegra. Le dije que tuviera cuidado con lo que desea porque una Alegra ya le da suficientes problemas.

Él respondió que entonces quiere dos.

No tiene remedio.

También dice que, si es niña, será preciosa porque se parecerá a mí. Yo le digo que quizá salga exactamente igual que él y entonces será una niña Canarias con carácter de empresario, lo cual me parece bastante más peligroso.

La verdad es que no importa.

Niño o niña.

Con mis rizos o con su cabello. Con sus ojos o los míos. Tranquilo como él asegura que era de pequeño, cosa que no termino de creer, o inquieto como seguramente fui yo.

Sólo quiero que llegue, que esté sano, que algún día pueda ponerlo en los brazos de David y decirle: «Aquí está. Lo conseguimos».

Creo que no deseo nada más en el mundo.

***

El año nuevo parecía haber llegado con una torta bajo el brazo, como solía decirse cuando una buena noticia traía consigo otra todavía mejor.

Para David, la primera había llegado incluso antes de que 1971 comenzara: saber que sería padre.

La segunda no tardó demasiado.

Después de semanas de abogados, documentos, firmas, reuniones y trámites que parecían multiplicarse cada vez que conseguían terminar uno, finalmente recibieron la fecha para la constitución oficial de Empresas LACAN.

El nombre que David había escrito casi como un impulso sobre una hoja en el despacho de Alí estaba a punto de convertirse en algo real.

Ya no eran solamente dos apellidos unidos con una pluma. Ahora habría una sociedad, capital, oficinas, empleados, cuentas, contratos y, si todo salía como David esperaba, algún día mucho más.

Alí había decidido que la ocasión merecía también una presentación oficial nada excesivamente ostentoso, según él, pero que fuese oficial, por lo que el 9 de febrero de 1971 sería ese día. 

Todos estarían allí.

Socios, empresarios, banqueros, clientes y representantes de algunas de las compañías con las que LACAN comenzaría a trabajar. Alí se había encargado personalmente de buena parte de la lista de invitados y, cuando David la revisó, descubrió varios nombres que conocía demasiado bien.

Entre ellos estaban algunos de los antiguos socios y colaboradores de su padre.

Hombres que habían compartido mesa con David Tomás Canarias durante años. Algunos incluso habían visto crecer a David, aunque después de su muerte no habían tardado demasiado en alejarse de Empresas Canarias o en mantenerse prudentemente al margen de la disputa familiar.

David levantó la vista del listado.

—¿Por qué los ha invitado? 

Alí continuó revisando unos documentos como si la respuesta careciera de importancia. 

—Porque quiero que vengan… 

—Señor Lafuente… 

—Son empresarios David —le respondió, mientras dejaba la pluma al lado—. Estamos presentando una empresa. Lo extraño sería no invitarlos. 

David se puso de pie. 

—¿Qué es lo que está planeando? 

—Un brunch después… 

—Alí… 

El banquero dejó los papeles sobre el escritorio y se acomodó en la silla. 

—David… voy a darte un consejo que me dio mi suegro, el padre de Salma, poco antes de morir. Entonces no entendí por qué consideraba tan importante decírmelo. Ahora sí. Y creo que ha llegado el momento de que tú también lo escuches.

Alí se inclinó ligeramente hacia él.

—Decide cómo quieres que te vea el mundo antes de permitir que el mundo decida quién eres. Porque, una vez que los demás construyen una imagen de ti, cuesta mucho hacerlos cambiar de opinión.

David guardó silencio.

—Dentro de unas semanas habrá una habitación llena de hombres que conocieron a tu padre. Hombres que hicieron negocios con él, que respetaron su apellido y que, desde que murió, están intentando decidir qué demonios hacer contigo. —Alí hizo una pausa—. Así que dales una respuesta.

—¿Qué respuesta?

—Decide qué David Canarias quieres que vean.

Alí señaló con un dedo la lista que permanecía sobre la mesa.

—¿Quieres que vean al verdadero heredero del apellido Canarias? Un hombre que renunció a una empresa moribunda porque tuvo la inteligencia de mirar hacia delante. Un empresario con proyectos propios, capital, un socio fuerte y toda una vida por delante para construir algo mucho más grande que lo que heredó.

David sostuvo su mirada.

—¿O quieres que vean al muchacho que continúa merodeando alrededor de Empresas Canarias, esperando como un sabueso hambriento a que su primo termine de roer el hueso para intentar recuperarlo?

La comparación le molestó, precisamente por eso, David supo que era buena.

—No estoy esperando las sobras.

—Yo lo sé. Tú lo sabes. —Alí se señaló a sí mismo y después a David—. Pero ellos no.

David volvió la mirada hacia aquellos nombres.

—Hasta ahora has estado pensando demasiado en Gastón. En qué hará, cuánto resistirá, cuándo se equivocará, cuándo llegará el momento de cobrar las deudas. Y todo eso está muy bien. Hay que vigilar al enemigo. Pero no cometas el error de construir tu vida mirando hacia atrás.

Alí tomó la hoja donde aparecía el nuevo nombre de la empresa y la colocó delante de él.

—Gastón necesita Empresas Canarias para seguir siendo alguien. Tú ya no.

David bajó la mirada porque aquella frase fue todavía más contundente que la anterior.

—Cuando esos hombres entren en nuestra presentación —continuó Alí—, no quiero que vean a David Canarias, el heredero despojado que está esperando recuperar lo que cree suyo. Quiero que vean a David Canarias, fundador de LACAN. Quiero que se pregunten qué estás construyendo y cuánto les costará quedarse fuera.

Una pequeña sonrisa apareció en el rostro de David.

—Quiere ponerlos nerviosos.

—Quiero despertarles la curiosidad. El miedo vendrá después.

David soltó una breve risa.

Alí se reclinó en la silla.

—Tu apellido puede abrirte muchas puertas, David. Pero procura que, dentro de unos años, cuando alguien escuche «Canarias», no piense primero en tu padre.

David levantó los ojos hacia él.

—Haz que piensen en ti.

David sonrió. Alí, como siempre, le había dado otra lección de vida. El banquero le dio una palmada sobre la espalda. 

—Sin miedo a la muerte, muchacho… que hay mucho por vivir. 

David asintió. 

—Por cierto —añadió Alí, como si acabara de recordar algo—. Salma me pidió que hablara contigo de otra cosa.

—¿Qué ocurre?

—La fundación tiene un programa para ayudar a mujeres jóvenes que están estudiando algún oficio o profesión a conseguir su primer empleo. —Alí hizo un gesto con la mano—. Ya sabes cómo funciona: pueden estudiar mecanografía, contabilidad, secretariado y todas esas cosas, pero después nadie quiere contratarlas porque no tienen experiencia. Y no pueden conseguir experiencia porque nadie las contrata.

David asintió. Conocía lo suficiente el trabajo de la fundación para comprender el problema.

—Salma intenta conseguirles una primera oportunidad —continuó Alí—. Un puesto donde puedan trabajar, adquirir experiencia y, sobre todo, salir después con buenas referencias.

—Me parece una buena labor. 

—Como vas a necesitar personal administrativo, Salma ha seleccionado a dos candidatas que pueden encajar. Vendrán a entrevistarse contigo. 

—Si claro. Dígale a Salma que las recibiré. 

—Bien. 

David volvió a mirar la fecha señalada en el calendario y suspiró. Faltaban todavía algunas semanas, aunque sabía perfectamente que pasarían como agua entre los dedos. Estaba a punto de entrar verdaderamente en el juego, bajo sus propias reglas, decisiones y bajo su propio nombre. 

Sintió una mezcla extraña de miedo y entusiasmo pero Alí tenía razón, había llegado el momento de decidir cómo quería que lo viera el mundo. Era le momento de que el descubriera quién estaba destinado a ser. 

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