La alegría de Alegra no se hizo esperar cuando David le comentó la buena nueva. Era el sueño de su marido y estaba a punto de hacerse realidad.
Fragmento del diario de Alegra.
-30 de octubre de 1970-
Al parecer, David y yo hemos comenzado nuestra vida juntos rodeados de bonanza y buenas noticias.
A pesar de la pérdida de nuestro primer bebé, la vida continúa bendiciéndonos de maneras que todavía me cuesta comprender. No quiero pensar que una cosa compensa la otra, porque nada podría hacerlo. Nuestro bebé existió durante muy poquito tiempo y siempre formará parte de nosotros. Pero también estoy aprendiendo que estar triste por lo que perdimos no significa que tengamos que sentirnos culpables por todo lo bueno que sigue llegando.
Y están llegando tantas cosas buenas. Es como si el destino quisiera decirnos que tomamos las decisiones correctas para llegar hasta aquí.
Con la noticia de la nueva empresa comenzó otro mes y, una vez más, el tiempo pareció escapárseles de las manos.
Noviembre transcurrió entre los primeros trámites de LACAN, los estudios de Alegra y los últimos preparativos para la gala. Cuando quisieron darse cuenta, diciembre había llegado y con él el acontecimiento en el que Alegra y Mandy llevaban trabajando prácticamente desde el final del verano: la Gala del Décimo Aniversario de la Fundación Lafuente para la Infancia.
Todo estaba listo para recibir a los invitados.
El salón había sido transformado por completo. Las mesas aguradaban perfectamente dispuestas, el menú había recibido la aprobación definitiva de Salma, los músicos tenáin establecido el programa de la noche y los niños habían ensayado tantas veces las canciones del coro que algunos comenzaban a cantarlas por los pasillos dela fundación.
También estaba preparada la subasta benéfica, una de las apuestas más importantes de Mandy quién, durante las últimas semanasm, había conseguido reuinir obras de arte, joyas, vinos, estancias en hoteles y varios artículos donados por empresarios y familias que colaborarían aquella noche.
Asimismo, durante aquellas semanas Mandy había conocido a Romeo Santander.
Todo había comenzado de la manera más inocente posible. Mandy había tenido que reunirse varias veces con representantes de las bodegas Santander para conseguir que colaboraran con la gala mediante la donación de algunas de sus ediciones especiales. En una de aquellas reuniones se había topado con Romeo. En su defensa, como se había encargado de aclarar varias veces, había sido él quien se acercó primero.
Después de aquello vino una conversación. Cuando menos se dio cuenta Romeo la esperaba en el lobby de la empresa. Finalmente llegó la invitación a tomar una copa, lo que Mandy aseguró que no era una cita y que, por supuesto, terminó convirtiéndose exactamente en eso.
Para cuando Alegra se enteró, Romeo ya había pasado varias veces a buscar a Mandy para llevarla a bailar, habían cenado juntos y comenzaban a adquirir la costumbre de visitar algún museo los fines de semana.
—¿Museos? —había preguntado Alegra cuando su amiga se lo confesó.
—Sí.
—¿Tú?
Mandy la había mirado con indignación.
—Sé comportarme dentro de un museo.
—No he dicho que no.
—Lo estabas pensando.
Alegra se había echado a reír.
Lo cierto era que Mandy parecía disfrutar de aquella relación mucho más de lo que estaba dispuesta a reconocer. Romeo pertenecía a un mundo muy diferente al suyo, pero no parecía intimidarla en absoluto. Si algo había aprendido Alegra sobre su amiga era que podían sentar a Mandy frente a un camarero, un músico, un empresario o un príncipe y ella hablaría con todos exactamente de la misma manera.
Quizá eso era precisamente lo que había llamado la atención de Romeo.
Mandy no parecía impresionada por su apellido.
Y tampoco estaba dispuesta a perseguirlo.
—No es nada serio —repetía cada vez que Alegra intentaba averiguar más.
—Claro.
—Estamos saliendo.
—Eso suele ser el principio de algo.
—También puede ser el principio de absolutamente nada.
—¿Y te gusta?
Mandy guardó silencio.
Alegra sonrió.
—Te gusta.
—No he dicho eso.
—No hacía falta.
Mandy terminó arrojándole un cojín.
Por el momento, Alegra decidió no atormentarla demasiado.
Después de todo, hacía mucho que no veía a su amiga así: ilusionada con sus estudios, feliz con su nuevo trabajo, instalada en un piso propio y, ahora, permitiéndose disfrutar de un hombre que aparecía algunas tardes para llevarla a bailar y otras simplemente porque quería verla. A veces la llevana a los museos.
—¿Museos? —había preguntado Alegra cuando su amiga se lo confesó.
—Si. A Romeo le gustan los museos. No hay nada más fino que ser besada entre obras de Velázquez.
—¡Besada! —expresó Alegra, con una sonrisa.
Mandy se sonrojó.
—Sólo un besito. No es nada serio. Nos divertimos.
—Sí claro… —expresó Alegra, ella sonrojada.
—Es verdad. Yo solo vivo el momento. Supongo que después se casará con una duquesa y todo quedará en bonitos regalos y besos coquetos.
—Pero te gusta… ¿le gustas? —preguntó Alegra.
Mandy no respondió, en realidad no sabía cómo hacerlo. Lo cierto era que ella parecía disfrutar de aquella relación mucho más de lo que estaba dispuesta a reconocer. Aunque ella sabía que Romeo pertenecia a un mundo muy diferente al suyo, esto parecía no intimidarla en absoluto. Si algo había aprendido Alegra sobre su amiga era que podía sentar a Mandy frente a un camarero, un músico, un empresario o un príncipe y ella hablaría con todos exactamente de la misma manera.
Quizá eso era precisamente lo que le había llamado la atención a Romeo y eso era lo que envidiaba Alegra.
Extracto del diario de Alegra.
20 de noviembre de 1970
[…] Me da un poco de envidia la facilidad con la que Mandy parece encajar en el mundo de Romeo sin tenerle miedo a nada. Yo estoy casada con David y todavía hay momentos en los que me siento como una extraña, aunque ahora conozca mucho más de su mundo y tenga contacto constante con personas que antes sólo habría visto de lejos. A veces pienso que terminaré acostumbrándome, otras creo que quizá jamás lo haga.
Quisiera tener la soltura de Mandy para disfrutar de todo sin preguntarse primero si tiene derecho a hacerlo. Para entender que aceptar una invitación a un restaurante caro no significa que deba algo a cambio, que puede entrar en una tienda bonita sin mirar primero los precios o sentarse junto a personas importantes sin preguntarse si alguien descubrirá que ella no pertenece allí.
Mandy simplemente entra y, de alguna manera, consigue que parezca que siempre debió estar allí. Yo todavía no.
Yo sigo calculando cuánto cuesta la cena mientras David pide el vino. Sigo pensando que un vestido es demasiado caro aunque él me diga que podemos pagarlo. Todavía me sorprendo cuando alguien me llama «señora Canarias» y, por un instante, tengo el impulso absurdo de mirar detrás de mí para comprobar que no se refieren a otra mujer.
Lo peor es que David nunca me ha hecho sentir que no pertenezco a su lado.
Ese miedo es mío.
Él me toma de la mano cuando entramos a cualquier sitio y me presenta como su esposa con tanto orgullo que a veces me da vergüenza. Nunca intenta esconder de dónde vengo y tampoco parece preocupado porque alguien descubra que no sé qué tenedor utilizar o que jamás haya oído hablar de alguna persona que todo el mundo en la mesa parece conoce; si me equivoco, me explica, si me siento ma,l me consuela.
Hace unos días Mandy me dijo que mi problema es que sigo comportándome como si en cualquier momento alguien fuera a tocar la puerta y decirme que todo esto fue un error y que tengo que devolverlo.
Me reí. Después me di cuenta de que tenía razón. Siempre tengo la sensación de que esto será pasajero y que pronto todo se terminrá.
Me he prometido disfrutar más. Ver mi valor. Saber que esto es lo que me toca vivir.
Cuando llegó el 12 de diciembre de 1970, las puertas de la fundación se abrieron de par en par y la gala dio inicio. Todos concluyeron que había sido todo un éxito. Uno tan grande que, según la propia Salma de Lafuente, ni siquiera ella habría podido hacer mejor.
Los invitados, socios y patrocinadores quedaron encantados con la organización. La vena transcurrió sin contratiempos, la subasta consiguió recaudar mucho más de lo que había calculado y el pequeño puesto de artesanías hechas por las madres fue recibiendo visitas durante la noche. Algunas agotaron sus productos incluso antes de que se terminara la velada. No obstante, uno de los momentos más emotivos llegó con el coro de niños.
Alegra había terminado involucrándose mucho más de lo que tenía previsto. Al inicio solo tenía la intención de ayudar con los ensayos y animar a los niños para que cantaran. Después, el maestro de música le pidió que le ayudara a corregiar algunas canciones, a organizar las voces y también escoger el vestuario. Finalmente, el maestro le pidió que también cantara para ayudarles a los niños a superar el pánico escenico.
Para David, la voz de su esposa se había convertido en algo casi privado.
Alegra seguía cantando, por supuesto. Cantaba mientras cocinaba, mientras ordenaba la casa o cuando creía que él estaba demasiado concentrado en algún documento para prestarle atención. Algunas mañanas incluso lo despertaba con alguna canción, inclinándose sobre él para susurrársela al oído hasta que David abría los ojos y la encontraba sonriendo.
Pero ya no se subía a un escenario.
Desde que había dejado Gran Canaria, Alegra no había vuelto a cantar para un público. Su voz parecía haberse quedado entre las paredes de su casa, reservada para esos momentos cotidianos que David había llegado a considerar exclusivamente suyos.
Por eso verla allí lo conmovió de una manera inesperada.
Se sentía orgulloso de ella, muy orgulloso. Su esposa tenía un resplandor diferente aquella noche y no tenía nada que ver con el vestido que llevaba, con el cabello cuidadosamente arreglado ni con las joyas que él le había regalado. Era otra cosa. Parecía seguro y feliz, llena de vida.
Los aplausos inundaron el salón.
Alegra buscó a David entre los invitados casi de inmediato y, cuando sus miradas se encontraron, le dedicó una sonrisa que él supo que era únicamente para él.
El director del coro se acercó entonces para entregarle un enorme ramo de flores en agradecimiento por el trabajo de aquellas semanas. Alegra lo recibió sorprendida y visiblemente emocionada, sin imaginar que aquellas flores terminarían adornando durante varios días el jarrón art déco que tenían en el salón de su piso.
La gala dejó un buen sabor de boca que pareció acompañarlos durante el resto de diciembre.
Después de tantos meses de cambios, trabajo, preocupaciones y alguna que otra tristeza, por fin llegaron unos días en los que pudieron simplemente disfrutar.
Alegra, David y Mandy celebraron juntos la Navidad.
Y exageraron.
Muchísimo.
Extracto del Diario de Alegra
-Miércoles 23 de diciembre de 1970-
[…] Hemos comprado tantos regalos que llegó un momento en que nos fue imposible colocarlos todos debajo del árbol de navidad. Hay paquetes alrededor de las patas, junto al sofá e incluso algunos están escondidos detrás de las cortinas. Apenas podemos caminar en la sala.
Sin embargo, a mí lo que me emociona es que, por primera vez, tengo un árbol de navidad… MI PROPIO ÁRBOL. No lo puedo creer.
Duante varios días he disfrutado el comprar adornos, escoger las luces y las esferas que lo adornarían. David y yo discurimos mucho dónde colocarlo. Finalmente quedó al lado de uno de los ventanales que da a la calle.
Mandy y yo hemos pasado toda la tarde decorándolo, mientras escuchábamos villancicos y David preparaba ponche de Navidad… bueno, salió a comprarlo. Al final del día teníamos la casa decorada, los regalos envueltos y la comida prepararada… preparada por mí.
-Fin del fragmento-
Los últimos días del año llegaron acompañados de maletras, abrigos y una nueva discusión acerca de cuánto equipaje podía necesitar una persona para pasar apenas unos días fuera de Madrid.
El destino era Marbella.
Los Lafuente los esperaban para recibir el Año Nuevo en una de sus mejores propiedades, y Mandy también estaba incluida en la invitación.
Hasta unas semanas atrás, los planes de Mandy para Nochevieja habían sido bastante menos sofisticados. Había pensado quedarse en su piso, prepararse algo de comer y pasar la noche frente al televisor, disfrutando de unas vacaciones que, según ella, consistían precisamente en no tener que arreglarse para nadie ni salir de casa.
Sin embargo, la invitación de los Lafuente consiguió hacerla abandonar con bastante facilidad aquellos maravillosos planes. Aunque, para ser justos, los Lafuente no habían sido los únicos responsables.
Romeo Santander, que aunque Mandy no lo admitiera estaba loco por ella, también pasaría las fiestas en Marbella. Su familia tenía una casa de vacaciones allí y, cuando se enteró de que Mandy había sido invitada a la celebración, no tardó en sugerirle que fuera.
—Qué casualidad —había comentado Alegra al enterarse.
—Es una casualidad.
—Por supuesto.
—Los Santander llevan años pasando temporadas en Marbella, pregúntale a tu marido.
A David nunca le habían caído demasiado bien los Santander.
No tenía una razón concreta para detestarlos, pero sí varias pequeñas razones para evitarlos. Había coincidido con suficientes miembros de la familia como para saber que, tarde o temprano, cualquier conversación terminaba girando alrededor de tres temas: sus vinos, su fortuna o la extraordinaria capacidad del apellido Santander para haber sobrevivido durante siglos.
Romeo, para su sorpresa, resultó ser diferente.
Era bastante agradable.
Y, sobre todo, sabía hablar de otra cosa.
La primera conversación verdaderamente larga que David mantuvo con él terminó siendo sobre arte. Romeo podía pasar de la pintura a la escultura, de la arquitectura a la música sin necesidad de mencionar una sola vez cuánto había costado determinada obra o quién de su familia conocía personalmente al artista. Parecía disfrutar del arte por el simple placer de hacerlo.
También poseía cierta conciencia de clase que David no esperaba encontrar en un Santander. Romeo sabía perfectamente que había nacido rodeado de privilegios y no pretendía hacer pasar su buena fortuna por mérito propio. Incluso era capaz de reírse de algunas de las costumbres de las familias a las que ambos pertenecían. Pero lo que terminó por derribar buena parte de sus prejuicios fue descubrir que compartían el mismo gusto por Frank Sinatra.
Fuera por los Lafuente, por Romeo o porque la perspectiva de recibir el año sola frente al televisor había perdido repentinamente todo su encanto, Mandy no necesitó demasiada insistencia. Hizo las maletas y se unió al matrimonio para el viaje.
Así, el último día del año, los tres abordaron uno de los aviones de la compañía con destino al sur para terminar el año y empezar uno nuevo, para festejar que eran jóvenes, libres y sobre todo, estaban enamorados.
***
31 de diciembre de 1970
—Cumpleaños feliz… cumpleaños feliz… te deseamos todos… cumpleaños feliz…
David abrió los ojos lentamente.
Durante unos segundos permaneció desorientado, todavía atrapado entre el sueño y aquella voz que conocía demasiado bien. La luz del amanecer comenzaba a filtrarse entre las cortinas del elegante dormitorio de invitados de la casa de los Lafuente, tiñendo la habitación de una claridad tenue y dorada.
Entonces la vio. Alegra estaba de pie junto a la cama, sosteniendo entre las manos una pequeña tarta con una única vela encendida. Vestía un camisón sencillo, elegante y cómodo, y llevaba el cabello rizado completamente suelto, cayéndole desordenado sobre los hombros.
David se incorporó apoyándose sobre los codos mientras una sonrisa aparecía inmediatamente en su rostro.
—¿Tú horneaste la tarta?
Alegra se mordió el labio.
—Le pedí a Esme, la dama de compañía de Fátima, que me la comprara. Pero la vela la compré yo —se defendió entre risas—. Así que algo de mérito tengo.
—Muchísimo.
Alegra acercó la tarta.
—Ahora pide un deseo y sopla la vela.
David la miró un instante antes de obedecer y después cerró los ojos.
Alegra permaneció en silencio, observándolo con una emoción difícil de contener. Era su primer cumpleaños juntos, el primero de muchos. Y sólo verlo ahí, con los ojos cerrados y pidiendo ese deseo le dio mucha ternura.
David abrió los ojos y sopló. La pequeña llama desapareció diluyéndose en el aire.
—Veinte años…— dijo Alegra.
—Veinte —repitió él, como si tampoco terminara de creérselo.
—Y ya eres el hombre más guapo e inteligente sobre la faz de la Tierra.
—Qué suerte tengo de haberme casado con una mujer tan objetiva.
—Muchísima.
David tomó la tarta de sus manos y la dejó con cuidado sobre la mesita de noche. Después la sujetó por la cintura y tiró suavemente de ella hasta hacerla caer sobre el colchón.
Alegra soltó una pequeña exclamación entre risas. Él se inclinó y le dio un beso en los labios.
—¿Qué pediste?
—No puedo decírtelo.
—Soy tu esposa.
—No creo que eso cambie las reglas de los deseos de cumpleaños.
—Debería.
David sonrió.
—Además, ya se cumplió.
—¿Tan rápido?
—Esto —dijo, estrechándola entre sus brazos—. Una mujer hermosa, talentosa e inteligente en mis brazos. Tú eres mi deseo.
La sonrisa de Alegra cambió. Se volvió más suave y tierna. Entonces con las yemas de los dedos acarició el rostro de su esposo y recorrió lentamente las pequeñas líneas que aparecían junto a sus ojos cada vez que sonreía.
Sus miradas se encontraron; definitivamente estaban enamorados. No podían creerlo, habían sucedido tantas cosas en tan pocos meses que, a veces, les parecía imposible que hubiesen terminado juntos.
—Te tengo un regalo de cumpleaños —susurró ella.
David arqueó una ceja.
—¿Ah, sí?
—Sí.
—Dime que es pasar toda la mañana encerrados aquí haciendo el amor.
Alegra soltó una risa.
—Mucho mejor.
David la miró con fingida incredulidad.
—¿Mucho mejor que hacerte el amor? Eso es una afirmación bastante seria, señora Canarias.
—Lo sé.
—Entonces tendrás que demostrarlo.
Alegra no respondió inmediatamente. La diversión desapareció poco a poco de su rostro, sustituida por una emoción que David no supo interpretar.
Ella le dio un beso suave, después otro y cuando volvió a mirarlo a los ojos, David comprendió que algo ocurría.
—Ale…
Ella tomó una de sus manos.
Había imaginado aquel momento muchas veces desde que lo había descubierto. Había pensado en palabras bonitas, en preparar algo especial, incluso en envolver de alguna manera la noticia como si verdaderamente pudiera convertirse en un regalo.Pero ahora que lo tenía delante, no necesitaba nada de eso.
—David… estoy embarazada —pronunció la frase con una voz segura y llena de felicidad.
El mundo pareció quedarse quieto. David no reaccionó durante un instante, sólo la miró. Alegra sintió como el corazón le latía con fuerza.
Entonces la sonrisa de David apareció. Fue una sonrisa lenta, incrédula, llena de emoción. Enseguida los ojos se le llenaron de lágrimas.
—¿Lo estás? —preguntó en un susurro.
Alegra asintió, aunque ya estaba luchando contra sus propias lágrimas.
—Lo estoy.
David soltó una pequeña risa entrecortada.
—¿De verdad?
—De verdad.
Esta vez ninguno consiguió contenerse. David la abrazó con fuerza y escondió durante unos segundos el rostro junto al de ella. Alegra cerró los ojos y se aferró a él mientras las lágrimas terminaban escapándose.
La última vez no habían tenido aquello. David había descubierto que iban a ser padres en el mismo instante en que estaban dejando de serlo. No había habido tiempo para la sorpresa, ni para la alegría, ni para imaginar.
Esta vez sí. David se separó apenas lo suficiente para mirarla.
—Vamos a tener un bebé.
Alegra asintió.
—Vamos a tener un bebé.
Él le besó la frente. Después bajo hacia las mejillas húmedas y finalmente los labios.
—Feliz cumpleaños —susurró Alegra.
David soltó una risa mientras una nueva lágrima le recorría el rostro.
—Tenías razón.
—¿Sobre qué?
David volvió a abrazarla.
—Era mucho mejor.
Alegra rio contra su pecho.
Afuera, Marbella comenzaba a despertar en el último día de 1970. Dentro de unas horas habría música, champaña, abrazos y una cuenta atrás para recibir un nuevo año.
Pero todavía no. Por el momento, no necesitaban pensar en 1971, ni en la fiesta y la velada. Era el cumpleaños de David, acababa de cumplir veinte años, el amor de su vida estaba entre sus brazos e iba a ser papá.
¿Qué más podía pedir?