Octubre llegó sin avisar.
Lo hizo tan deprisa que David y Alegra casi tuvieron que esperar a que Madrid se lo anunciara. El calor comenzó a retirarse poco a poco, las mañanas se hicieron más frescas y, por las noches, el frío se colaba por las ventanas del piso y los obligaba a buscar una manta más para la cama.
Las calles también empezaban a cambiar. Los escaparates sustituían lentamente la ropa ligera por abrigos y prendas de otoño, los cafés parecían más concurridos y, aunque todavía faltaban varios meses, comenzaban a escucharse los primeros comentarios sobre las fiestas de diciembre, la Nochevieja y los planes para despedir el año.
Para David, el final de aquel año tendría un significado especial.
—Te dije que cumpliría años antes de que terminara el año —comentó una noche, como si finalmente estuviera revelando un gran secreto.
Alegra levantó la mirada.
—¿Cuándo?
—El treinta y uno de diciembre.
Ella lo observó unos segundos, convencida de que estaba bromeando.
—No.
—Sí.
—¿Naciste en Nochevieja?
—Técnicamente, nací durante el día. Mi madre tuvo la delicadeza de terminar antes de la cena.
Alegra soltó una carcajada.
—¡David!
—Es verdad. Creo que fue mi primera contribución importante a la familia.
—Entonces este año cumples veinte.
—No hacía falta decirlo con ese tono.
—¿Qué tono?
—El de una mujer casada con un anciano.
Alegra volvió a reír.
David nunca había celebrado su cumpleaños con grandes fiestas. Por mucho que perteneciera a una familia capaz de organizar recepciones por cualquier motivo, haber nacido el treinta y uno de diciembre había condenado su cumpleaños a competir desde el principio con una celebración mucho más importante.
Por eso, en casa de los Canarias, su cumpleaños siempre se festejaba en petit comité. Un almuerzo familiar, un pastel, algunos regalos y las felicitaciones de las personas más cercanas antes de que todo el mundo comenzara a prepararse para recibir el año nuevo.
Alegra frunció el ceño cuando se lo contó.
—Eso es terrible. Tu cumpleaños desaparece detrás de la Nochevieja.
—Ale, llevo diecinueve años sobreviviendo perfectamente a esta tragedia.
—Porque te has acostumbrado.
—Porque no me importa —contestó David.
Y era cierto.
Por eso David Canarias nunca decía cuándo era su cumpleaños. No lo ocultaba deliberadamente, pero tampoco encontraba motivos para anunciarlo.
Ella entrecerró los ojos.
David conocía ya aquella expresión.
—No.
—No he dicho nada.
—Pero estás pensando algo.
—Quizá.
—Alegra…
—Tu cumpleaños es tu cumpleaños.
—Magnífica observación.
Ella le dio un golpe suave en el brazo.
—Hablo en serio. Deberías tener una celebración que sea solamente tuya.
—¿Y qué propones? ¿Cambiar la fecha de mi nacimiento?
—Podría celebrarlo el treinta.
—Eso es hacer trampa.
—Entonces el treinta y uno.
—¿Y qué hacemos con la Nochevieja?
Alegra se encogió de hombros.
—Que espere.
David sonrió.
—¿Vas a pedirle al año nuevo que espere por mí?
—Soy tu esposa. Puedo ser bastante convincente.
Él la tomó por la cintura y la acercó.
—Sería divertido verte intentando convencer a la Nochevieja de que se detenga por mí.
Alegra rio mientras David le daba un ligero beso en la frente.
Sin embargo, aquel año tampoco tendría la oportunidad de dedicarle el treinta y uno de diciembre por completo.
Los Lafuente los habían invitado a pasar la Nochevieja con ellos en Marbella, donde la familia tenía una residencia de vacaciones. Salma había insistido en que asistieran y, tratándose de los Lafuente, una invitación de aquella clase se parecía bastante a un compromiso.
Así que después de la gala de la fundación viajarían a Marbella y ahí festerjarían el fin del año.
—Te prometo que el próximo treinta y uno de diciembre será todo tuyo —le dijo ella, mientras besaba sus labios con ternura.
—Ya veremos… —murmuró—. Ya veremos —contestó David, con una sonrisa.
Por otro lado, la Gala iba viento en popa y estaba prácticamente lista para diciembre. Las invitaciones habían sido enviadas, el banquete escogido y los patrocinadores convocados. Después de varias semanas de trabajo, Alegra comenzaba a creer que quizá Salma Lafuente no se había equivocado al confiarle una responsabilidad tan grande.
Además, Mandy había tenido una idea que terminó por entusiasmar a toda la familia.
Aquella noche no se limitarían a solicitar donativos. Organizarían una subasta benéfica.
La propuesta era sencilla: los empresarios, comercios y familias invitadas donarían objetos o experiencias especiales que serían subastados durante la cena. Ya habían conseguido algunas piezas de joyería, obras de artistas españoles, cajas de vinos de bodegas importantes, estancias en hoteles y hasta un viaje para dos personas que una compañía aérea se había comprometido a proporcionar. Los hoteles vinculados con algunas de las familias invitadas habían ofrecido fines de semana completos, y varios restaurantes aportarían cenas privadas.
Todo el dinero recaudado sería destinado a los programas infantiles de la Fundación Lafuente durante el año siguiente.
Pero Alegra había querido añadir algo más.
—Quiero que sepan para qué están pujando —había explicado durante una de las reuniones—. No solamente que el dinero «irá a la fundación».
Así surgió la idea de convertir cada cantidad recaudada en algo tangible: becas escolares, comidas, libros, atención médica y ayuda para familias con niños. Durante la gala se explicaría cuánto costaba mantener a un niño dentro de cada programa durante un mes o incluso durante un año.
—También haremos que compitan —agregó Mandy—. Habrá una habitación llena de hombres acostumbrados a demostrar quién tiene más dinero que el de al lado. Aprovechémoslo.
Salma soltó una carcajada.
Mandy le agradaba. Había descubierto que detrás de aquella mujer desenvuelta, había una capacidad extraordinaria para organizar, resolver problemas y, sobre todo, entender a las personas. Además, desde hacía algunas semanas, Mandy también formaba parte de los beneficiarios de la Fundación Lafuente.
Aquello había sido obra de Alegra.
Cuando descubrió que su amiga había abandonado sus estudios por falta de dinero, habló con Salma. No le pidió un favor especial; simplemente le preguntó si Mandy podía solicitar una de las becas para jóvenes que necesitaban apoyo para continuar su formación. Después de estudiar su situación, la fundación había aceptado cubrir el coste de sus estudios para convertirse en sobrecargo y proporcionarle una pequeña mensualidad para transporte, materiales y otros gastos básicos. De esa manera, Mandy no tendría que pasar las noches trabajando en un bar para poder estudiar durante el día.
—Por otro lado —continuó Alegra, repasando la lista que tenía delante—, habrá un coro formado por los niños de la fundación y las madres ofrecerán algunos de sus productos durante la recepción.
—¿Productos? —preguntó Salma.
—Sí. Algunas cosen, otras bordan, hacen dulces, conservas, tejidos como parte de los talleres de autoempleo. Pensé que podríamos preparar un pequeño puesto de Navidad.
Mandy asintió.
—Y podemos hacer que todo tenga una presentación bonita. Cajas, cintas, etiquetas…
—Con el nombre de quien lo hizo —añadió Alegra—. No con el de la Fundación Lafuente.
Aquello pareció gustarle todavía más a Salma.
—¿Por qué?
Alegra tardó apenas un instante en responder.
—Porque una cosa es ayudar a alguien y otra hacerle sentir que puede ayudarse a sí mismo.
Salma permaneció callada unos segundos.
Conocía lo suficiente de la historia de Alegra para comprender de dónde procedía aquella respuesta.
—Me gusta —dijo finalmente—. Hacedlo.
Mandy sonrió satisfecha y marcó otro punto de la lista.
—Perfecto. Entonces tenemos la subasta, el coro, el puesto de las madres, la cena…
—Y falta decidir quién abrirá la gala —dijo Salma.
Alegra levantó la mirada.
—Pensaba que lo harías tú.
—Yo daré la bienvenida. Pero este año cumplimos diez años y quiero que los invitados vean qué ha hecho la fundación durante ese tiempo. No quiero otra sucesión de señores importantes dando discursos sobre lo generosos que son.
Mandy dejó escapar una risita.
—Qué pena. Ya tenía preparada una silla cómoda para sobrevivir a dos horas de discursos.
Salma volvió a reír.
—Precisamente por eso quiero que sean los niños y las familias quienes tengan protagonismo.
—Me encargaré de ello —aseguró Alegra.
La puerta del salón de conferencias sonó y Salma, con un «adelante», permitió el paso.
Una de las trabajadoras de la fundación apareció en el umbral.
—Señora Salma, ha llegado la señorita de la solicitud de beca. Trae los documentos que le faltaban.
—Que pase.
La mujer se hizo a un lado y una joven entró en la habitación.
Vestía con sencillez, aunque había algo en ella que inmediatamente llamó la atención de Alegra. No parecía intimidada por encontrarse frente a Salma Lafuente. Caminaba erguida, con una carpeta bajo el brazo y una seguridad que contrastaba con la modestia de su ropa.
—Buenos días.
—Buenos días —respondió Salma—. Jorgelina, ¿verdad?
—Sí, señora, Lina… me dicen Lina.
Se acercó y colocó la carpeta sobre la mesa.
—Me pidieron los comprobantes del alquiler y la constancia de ingresos. También traje las cartas que me solicitaron.
Salma abrió la carpeta.
Todo estaba allí.
—Eres eficiente.
—Cuando necesito algo, procuro serlo —respondió, después volvió a ver a Alegra.
—¿Tú también trabajas aquí?
—Colaboro con la fundación. Soy Alegra de Canarias —se presentó.
La mujer sonrió, pero no dijo nada.
Alegra esperó que le dijera algo, pero solo le sonrió. Aun así, hubo algo en aquella sonrisa que le resultó extraño. No desagradable exactamente, solo difícil de interpretar.
—Bien —continuó Salma, cerrando la carpeta—. Entonces pondremos estos documentos en tu expediente. Tenemos varias solicitudes que revisar y todavía debemos comprobar las referencias. Posiblemente dentro de un mes tendremos una respuesta.
—Gracias. La esperaré.
Lina se puso de pie y acomodó el bolso sobre su hombro.
—Ha sido un placer conocerlas.
—Igualmente —respondió Mandy.
La joven dirigió una última mirada hacia Alegra.
—Seguiremos en contacto.
—Eso espero —contestó Salma.
La mujer sonrió y abandonó la sala. La puerta se cerró tras ella.
Alegra permaneció mirando hacia el mismo punto durante unos segundos.
—¿Qué pasa? —preguntó Mandy.
—Nada.
Bajó la mirada hacia los papeles que tenía delante, intentando recordar en qué parte de la organización de la gala se habían quedado.
—Entonces —continuó Salma—, hablábamos del coro de los niños…
—Sí —respondió Alegra, aunque tardó un momento en concentrarse—. El coro.
Tomó el lápiz y buscó entre sus anotaciones.
No sabía por qué aquella mujer la había inquietado. Quizá había sido su forma de mirarla o quizá era una tontería. Sólo sabía que el miedo se había apoderado de su cuerpo.