Martes, 15 de septiembre de 1970
Querido diario:
Mandy está aquí y soy una persona muy feliz.
No puedo creer cuánto había extrañado a mi amiga hasta que la vi aparecer con sus maletas. Quizá sea porque ha sido la única amiga de verdad que he tenido en toda mi vida. He conocido a muchas personas, algunas buenas, otras no tanto, pero nunca había tenido a alguien como ella.
En cuanto la abracé sentí que algo dentro de mí se acomodaba. Creo que la necesitaba más de lo que yo me imaginaba, después de todo lo que me ha pasado.
Acerca de eso, he estado mucho mejor estas últimas semanas, pero todavía cargp con el peso de haber perdido el embarazo. Hay días buenos y otros en los que el recuerdo aparece sin avisar.
Cuando llegó, Mandy no me preguntó demasiado, sólo me abrazó y me dejó llorar un poco. Fue un alivio enorme para mi alma. Después, empezó a contarme todas las tonterías que habían ocurrido en Ibiza desde que me marché y olvidé las tristeza. Era exactamente lo que necesitaba. Aunque ella también llegó con sus propios problemas.
Me contó que quieren comprar la casa de sus abuelos. Al parecer, alguien está adquiriendo varias propiedades de la zona para derribarlas y construir un pequeño hotel. Le han ofrecido bastante dinero y Mandy sabe que probablemente sería lo más sensato aceptarlo, pero está destrozada.
Esa casa es prácticamente todo lo que le queda de su familia. Me dijo que allí creció, que todavía conserva algunas cosas de sus abuelos y que sus hermanos no están muy interesados en la casa. Creo que no le preocupa perder la propiedad, sino que, al derribar las paredes, desaparezca también parte de su vida o de los recuerdos que tiene con sus abuelos.
Yo quiero ayudarle y le dije que hablaría con David porque, no sé exactamente qué podría hacer, pero últimamente tengo la impresión de que mi marido conoce a alguien para absolutamente todo. Tiene muchos contactos y creo que puede ayudarle. Sin embargo, Mandy se negó. Me dijo que no lo molestara porque él tenía negocios más importantes que una casa antigua. Que quizá, sea mejor aceptar el dinero y olvidarse de la casa.
Claro que no le creí. Sé que Mandy dijo eso para intentar de convencerse a sí misma de que que eso es lo mejor y la única solución, sobre todo cuando sus hermanos no están ni siquiera interesados en salvar ese hogar. Aún así se lo diré a David, creo que será una bonita sorpresa si él lo resulve.
De momento, Mandy, se quedará unos días con nosotros mientras busca un piso. Le he dicho que puede quedarse todo el tiempo que quiera porque nuestro piso es demasiado grande para dos personas y tenemos una habitación que podría ser perfectamente suya.
Pero se negó. Según ella, los casados casa quieren y no piensa convertirse en «la amiga que vive eternamente en la habitación de invitados». También quiere algo suyo. Un piso pequeño, sencillo, que pueda pagar con su propio dinero y eso sí lo entiendo.
Trabajará conmigo en la organización de la gala de la fundación, aunque también está pensando buscar algunas noches en algún bar. Tiene experiencia de sobra y quiere ahorrar todo lo posible para retomar sus estudios y convertirse en sobrecargo. Tuvo que dejarlos temporalmente porque no podía seguir pagándolos.
Le dije que podia hablar con la señora Lafuente para que le aumente el sueldo un poco más para que no tenga que trabajar por las noches. Pero sólo recibí una mirada de amaneza, como si la hubiese insultado. Después nos reímos, pero la entiendo. Por eso ella y yo somos tan amigas porque nos parecemos mucho.
Las dos estamos acostumbradas a resolver nuestros problemas trabajando más. A dormir poco. A decir que podemos con todo aunque estemos agotadas. A no pedir ayuda hasta que ya no queda otra opción.
Yo tampoco he conseguido quitarme completamente esa costumbre, aunque últimamente duermo mucho más. Supongo que vivir con David tiene algo que ver.
No solo porque termino agotada después de todo lo que hago durante el día, sino porque David y yo hacemos el amor casi todas las noches y, bueno… la práctica nos ha soltado bastante.
Me da muchísima vergüenza escribir esto.
Al principio los dos éramos bastante torpes. Supongo que era normal. Ninguno sabía demasiado bien lo que estaba haciendo y nos daba tanta risa equivocarnos que algunas noches terminábamos hablando más de lo que hacíamos cualquier otra cosa. Ahora es diferente.
Tenemos más confianza. Nos conocemos mejor. Hemos aprendido a decir lo que nos gusta, a preguntar, a experimentar sin tanta vergüenza y… No puedo creer que me esté sonrojando mientras escribo esto, bueno, hay mucho placer.
Muchísimo.
Creo que no necesito dejar constancia de más detalles por si algún día alguien encuentra este diario. Aunque debo admitir que hay algo que me gusta incluso más que eso: después.
Quedarme entre sus brazos, con la cabeza sobre su pecho, mientras hablamos de cualquier tontería hasta quedarnos dormidos. A veces pienso que esa es una de mis partes favoritas de estar casada. Sentir que, cuando termina el día, siempre regreso a él.
Por otro lado, está muy contento.
El trabajo con los Lafuente está dando mejores resultados de los que esperaban. No entiendo todos los detalles —aunque intento hacerlo cada vez que David me habla de números durante la cena—, pero la empresa que Alí le encargó está mejorando. Han recuperado clientes, reducido gastos y reorganizado varias cosas que antes no funcionaban.
Alí confía muchísimo en él.Tanto que, según me contó David, ha empezado a plantearse la posibilidad de que algún día formen una empresa juntos. No sé explicar la emoción que me produce, quizá porque sé lo que significaría para él.
Por primera vez, David podría construir una empresa que no heredó de nadie. No sería la compañía de su padre ni la responsabilidad que recibió por haber nacido con determinado apellido.
Sería suya.Bueno, de Alí y suya, pero elegida por él.
Cuando me lo contó intentó comportarse como si fuera simplemente otra posibilidad de negocios, pero conozco demasiado bien a mi marido. Se le iluminaban los ojos. Está ilusionado y yo estoy orgullosísima de él.
Aunque toda aquella prosperidad ha traído consigo algo que me gusta bastante menos: más trabajo
David pasa cada vez más horas en la oficina. Tiene reuniones, comidas de negocios, llamadas y montañas de documentos que algunas noches llegan hasta nuestra casa dentro de su maletín.
Después de lo que ocurrió con el bebé intentó reducir sus horarios y durante un tiempo lo consiguió pero las cosas vuelven a complicarse y hay días en que apenas nos vemos. Por eso hemos hecho un trato.
Los domingos son nuestros.
No importa cuánto trabajo tenga él ni cuántas cosas tenga yo que organizar para la fundación. Los domingos no existen, los Lafuente, la gala, mis estudios ni ninguna otra obligación. Sólo nosotros.
Siempre tener algo por lo que vale la pena detener el tiempo.
Con cariño, Alegra.