-Semanas después- 

David reposaba la cabeza contra el resplado de la silla forrada en peil mientras esperaba la llamada de su contacto más valioso. Sobre el escritorio se acumulaban los informes, contratos y balances que llevaba revisando horas, aunque aquella tarde le estaba costando concentrarse. 

            Habían pasado unas semanas terribles desde la pérdida del bebé pero lo habían superado. Ahora, Alegra, había regresado poco a poco a su rutina y todo iba mejorando. Ya habían regresado a la escuela, después a la fundación y a sus clases de cocina. Ya había comenzado a cantar y a sentirse mejor. 

            Los dos habían hablado del futuro. Volverían a intentar tener hijos, pero lo harían despacio, sin convertirlo en una obligación ni vivir pendientes de ello. Llegarían cuando tuvieran que llegar. Eran jóvenes, acababan de casarse y todavía tenían toda una vida por delante. No había prisa. Al menos eso era lo que se repetían. 

Sin embargo, había momentos en los que David encontraba a Alegra un poco ausente. Pensativa. Silenciosa. Supuso que había cosas que no se superaban tan rápido, sobre todo cuando se trata de un bebé. 

David tampoco estaba bien. Había regresado al trabajo con una necesidad casi enfermiza de controlar sus horarios. Ya no permitía que las reuniones se prolongaran indefinidamente y había dejado muy claro que, salvo una verdadera emergencia, a determinada hora se marchaba a casa. 

Pasaría más tiempo de calidad con Alegra. Saldrían a cenar, pasearían sin rumbo por Madrid, irían al cine y recuperarían, poco a poco, aquellas horas que el trabajo les había robado durante las últimas semanas. Incluso esa misma tarde había prometido llevarla al cine del Callao, por lo que necesitaba recibir aquella llamada cuanto antes. No pensaba llegar tarde.

Como si el teléfono hubiera escuchado sus pensamientos, sonó. David respondió al primer timbrazo.

—Dante.

—Primo… ¡Qué gusto escucharte de nuevo!

—Shhh… —David bajó instintivamente la voz—. Ya te he dicho que no menciones mi nombre.

—No he dicho tu nombre. Y tengo muchos primos.

—Basta. ¿Qué noticias tienes?

Al otro lado de la línea se escuchó una pequeña risa.

—Simpre tan simpático… Sr. Amabilidad.

—No tengo mucho tiempo… dime. 

Dante volvió a reír, pero David no estaba de humor para sus bromas. Cada día soportaba un poco más a su primo, aunque aquello se debía más a la necesidad que a una verdadera simpatía.

Dante había formado parte del plan prácticamente desde el momento en que Alí Lafuente le reveló la verdadera situación de Empresas Canarias. David necesitaba ojos y oídos dentro de la compañía, alguien que pudiera moverse entre los despachos sin levantar sospechas y mantenerlo informado de cada decisión de Gastón. Dante, por su posición dentro de la familia y de la empresa, era perfecto para ello.

Desde entonces, una vez por semana, los primos se comunicaban en secreto. Dante le contaba sobre reuniones, movimientos de dinero, socios descontentos, préstamos, decisiones precipitadas y cualquier indicio de lo que Gastón pretendiera hacer. David escuchaba, tomaba notas y utilizaba aquella información para adelantarse a sus movimientos desde Madrid.

¿La recompensa?

Cuando llegara el momento de cobrar todas las deudas y Empresas Canarias finalmente cayera, Dante no caería con Gastón.

—Gastón encontró a alguien que podría prestarle dinero.

—¿Quién?

—Nicolás Castillo de Sarastro.

David frunció ligeramente el ceño.

—Sí, sé quién es… ¿Cómo demonios logró convencerlo?

—Papeles falsos.

David dejó el bolígrafo sobre el escritorio.

—¿Cómo?

—Documentación falseada. Balances maquillados, propiedades valoradas por encima de lo que realmente valen, deudas que convenientemente han desaparecido de algunos informes… Lo suficiente para que Empresas Canarias parezca mucho más solvente de lo que es.

David se incorporó.

—Nicolás no es idiota.

—No. Pero acaba de regresar a España después de varios años en el extranjero. No conoce la situación real de la empresa y Gastón está aprovechándose de eso.

—Los bancos pueden comprobarlo.

—Por eso no ha ido a un banco.

David comprendió.

—Un préstamo privado.

—Exactamente.

Se levantó de la silla y comenzó a caminar lentamente por el despacho.

—Aun así, Nicolás pediría garantías.

—Las tiene.

—¿Cuáles?

Dante tardó unos segundos en responder.

—Tu padre.

David se detuvo.

—Mi padre está muerto.

—Precisamente ahí está el problema.

Un desagradable presentimiento comenzó a formarse en su estómago.

—Explícate.

—Gastón está utilizando acuerdos firmados por David Tomás antes de morir. Documentos auténticos mezclados con otros que no lo son. Según lo que está presentando a Castillo, buena parte de las obligaciones y garantías fueron autorizadas por tu padre cuando todavía dirigía Empresas Canarias.

—Hijo de puta.

—Nicolás vendrá este fin de semana. Mi hermano lo ha invitado a pasar unos días en Ibiza.

David frunció el ceño.

—¿Negocios y placer?

—Así es. Nicolás es un gigoló y mi hermano conoce bien a su especie. Mujeres, fiestas, alcohol, barcos… Si quiere conseguir su dinero, primero hará que se sienta como un rey.

—Gastón siempre ha sabido agasajar a la gente cuando necesita algo.

—Y Nicolás se deja agasajar con facilidad. Además, el dinero le quema en las manos. Lo gana con la misma facilidad con la que lo pierde.

David hizo una mueca.

—No confundas derrochador con estúpido.

—No lo hago. Nicolás sabe hacer dinero. El problema es que también disfruta demasiado gastándolo. Lleva años viviendo entre Francia, Italia y quién sabe dónde más. Regresó con ganas de invertir y Gastón se enteró antes que nadie.

—Qué conveniente.

—Mucho. Y piensa darle el tratamiento completo: Villa Canarias, barco, mujeres, cenas, el Paraíso…

David se quedó inmóvil.

—¿El Paraíso?

—Sí.

Su expresión cambió.

—¿Cuándo?

—El sábado por la noche, según escuché. Gastón quiere llevarlo después de la cena.

David comenzó a hacer girar lentamente el bolígrafo entre los dedos.

El Paraíso pertenecía al mundo de Tristán.

Y eso significaba que, por primera vez desde que había comenzado aquel juego, David podía tener a alguien de absoluta confianza lo bastante cerca de Nicolás Castillo como para observarlo sin despertar sospechas.

—Dante.

—¿Qué?

—No hagas nada.

—¿Nada?

—Nada. Deja que Gastón prepare su espectáculo. Que le enseñe la empresa, que le hable de mi padre, que le presente los papeles y que le prometa el oro y el moro.

—¿Y tú qué harás?

David miró el reloj.

—Conseguir un segundo par de ojos.

—¿Quién?

Pero David ya sabía perfectamente a quién llamaría en cuanto colgara.

—Alguien que Gastón jamás relacionaría conmigo.

Dante guardó silencio unos segundos.

—Tristán.

David sonrió.

—Hablas demasiado.

—Y tú eres cada día más cabrón.

—También.

—Empiezas a parecerte a tu padre.

La sonrisa desapareció.

—No. Mi padre habría intentado salvar Empresas Canarias.

David contempló los documentos extendidos sobre su escritorio.

—Yo pienso dejar que Gastón crea que la ha salvado justo antes de quitársela de las manos.

—A veces no sé cuál de los dos me da más miedo.

—Procura que siga siendo Gastón.

David colgó.

Permaneció unos segundos contemplando el teléfono.

Después volvió a levantar el auricular y pidió una conferencia con Ibiza.

Esta vez no llamaría a un informante.

Llamaría a su mejor amigo.

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