Todo estaba yendo viendo en popa. 

            Por primera vez en mucho tiempo, tanto Alegra como David tenían la sensación de que sus vidas avanzaban en la dirección correcta. Los dos tenían ocpuaciones que disfrutaban, habían comenzado a formar nuevas amistades y, sobre todo, se encontraban lejos de todo aquello que durante tanto tiempo había decidido por ellos. Madrid se había convertido en una especie de refugio. Ambos comenzaban a construir una vida que, por primera vez, les pertenecía por completo. 

Era una novedad incluso para David. A pesar de haber crecido rodeado de privilegios y con libertad, buena parte de su futuro siempre había estado decidido de antemano. Ahora era diferente.

Podía levantarse temprano, tomar el metro, encerrarse durante horas en una oficina y regresar a casa satisfecho porque cada pequeño avance en la empresa de Alí era consecuencia de sus propias decisiones. Trabajaba mucho, pero lo hacía porque quería. Por primera vez no intentaba demostrar que era digno del apellido Canarias ni prepararse para ocupar el lugar de su padre.

Estaba construyendo algo suyo.Y los sábados y domingos eran para Alegra.

Esos días se permitía hacer algo que durante generaciones casi había parecido un pecado entre los hombres Canarias: descansar. Dormía hasta tarde, paseaba con su esposa, la llevaba al cine o a comer, se quedaba con ella en casa y la amaba sin mirar constantemente el reloj.

David había crecido creyendo que un hombre importante siempre debía tener algo que hacer. Ahora comenzaba a descubrir que quizá el verdadero privilegio era poder decidir cuándo no hacer absolutamente nada.

Por su parte, Alegra también comenzaba a construir una vida que le pertenecía.

Era feliz estudiando y lo hacía sin descanso. Aunque regresaba de la escuela con los ojos cansados y el cuerpo pidiéndole dormir, todavía se sentaba a la mesa del comedor para terminar algún ejercicio, repasar una lección o adelantar las tareas del día siguiente.

Alegra siempre había sido brillante. De niña había destacado en la escuela y ahora descubría, con cierta emoción, que los años lejos de las aulas no habían conseguido arrebatarle aquella facilidad para aprender. Comprendía rápidamente, tenía buena memoria y, cuando algo se le dificultaba, poseía la obstinación suficiente para repetirlo una y otra vez hasta dominarlo.

Sus profesores comenzaron a notarlo también.

Aquello le daba una seguridad que hacía mucho tiempo no sentía. Cada examen aprobado, cada libro terminado y cada nueva lección eran pequeñas confirmaciones de que abandonar los estudios no había significado que no fuera capaz de continuar con ellos. Simplemente, la vida no se lo había permitido.Ahora sí.

Y cada día se encontraba un poco más cerca de aquel sueño que durante años había parecido imposible: terminar sus estudios, entrar algún día en la universidad y convertirse en pediatra. Ya no hablaba de ello como una fantasía porque comenzaba a hacerlo como un futuro.

Sus clases de cocina también empezaban a dar frutos. 

La cocina del piso se había convertido en su pequeño laboratorio particular. Preparaba guisos, sopas, pescados, arroces y postres que algunas veces salían deliciosos y otras terminaban obligándolos a cenar cualquier cosa que encontraran en la despensa. David probaba absolutamente todo. Incluso aquello que claramente no debía ser probado.

También estaba la fundación.

Lo que había comenzado como una invitación de Salma terminó ocupando un espacio importante en sus semanas. Alegra ayudaba donde hiciera falta: organizaba material, preparaba actividades, servía comidas, acompañaba a los niños y llevaba registros sencillos. En ocasiones cantaba para ellos y había descubierto que bastaban unas cuantas canciones para terminar rodeada de pequeños que le pedían otra y otra más.

Pero lo que más le interesaba eran los días en que acudían los médicos. Entonces observaba, preguntaba, intentaba aprender incluso aquello que todavía estaba muy lejos de comprender. 

—Usted es muy talentosa, señora Canarias —le decían los doctores, cuando Alegra les ayudaba con alguno de los niños. —Será una gran Pediatra. 

Para Alegra esas palabras valían oro, mucho más que cualquier joya, vestido o perfume que David le podía regalar. 

Diario de Alegra: 

Todo está bien. Todo. Creo que en todos mis años de estar escribiendo diarios, jamás había puesto una frase así. Estoy casada con un hombre que me ama y es bueno conmigo, haciendo lo que quiero, viviendo en una hermosa casa y feliz. Además de que creo que estoy embarazada. 

Alegra llevaba ya varios días sospechando que podía estar embarazada y, en realidad, no habría tenido nada de extraño. Desde que se habían casado, David y ella vivían su intimidad con la misma intensidad con la que parecían vivir todo lo demás y nunca se preocuparon demasiado por evitar un embarazo. 

Al contrario, los dos deseaban tener una familia grande. Siempre que podían hablaban de hijos, de cómo se llamarían y cuántos querían tener. David quería siete, cuatro niños y tres niñas. Alegra, sólo deseaba que llegaran sanos. 

Por eso cuando comenzó a notar ciertos cambios en su cuerpo, en el gusto, en su ciclo, la posibilidad apareció casi de inmediato en su cabeza. El primer retraso inició la sospecha, pero fue el cansancio lo que lo confirmó. Estaba embarazada. 

—¿Se lo has contado a David? —preguntó Mandy, emocionada al otro lado del teléfono.

Alegra sonrió.

Desde que Mandy había regresado a Ibiza, las dos hablaban al menos una vez por semana. Era una costumbre que se habían impuesto para no sentir demasiado la distancia. Se contaban prácticamente todo: Alegra le hablaba de la escuela, de la fundación, de sus desastres en la cocina y de su nueva vida de casada; Mandy, por su parte, la mantenía al corriente de cuanto sucedía en el Paraíso Club y de todos aquellos a quienes Alegra comenzaba a echar de menos.

Mandy llevaba semanas diciendo que quería mudarse a Madrid. Alegra la animaba cada vez que salía el tema, pero siempre aparecía un obstáculo; si no era Tristán y el Paraíso Club, era la casa de sus abuelos. Sin embargo, Mandy necesitaba un mejor trabajo para seguir pagando su carrera una que se encontraba en receso. 

—No —respondió Alegra—. Pienso decírselo esta noche, cuando regrese del trabajo. Últimamente tiene muchísimo que hacer y, cuando llega, yo ya estoy dormida.

—¿Y cómo has conseguido guardártelo?

Alegra bajó la mirada hacia su vientre.

—No lo sé. Creo que primero quería estar cien por cien segura. 

—¿Y ya lo estás? 

—¡CLARO! Sé que lo estoy. 

—¡Dios mío!

Alegra tuvo que apartar un poco el auricular cuando escuchó el grito.

—Mandy…

—¡Vas a tener un niño!

—O una niña.

—¡O una niña! Me da igual. —Mandy parecía haber olvidado por completo que todavía no existía ninguna confirmación—. Tengo que ser la madrina.

Alegra se echó a reír.

—Todavía no se lo he dicho al padre y tú ya estás organizando el bautizo.

—Alguien tiene que pensar con anticipación en esta familia.

Alegra suspiró. Sintió como los ojos se le llenaban de lágrimas. 

—Si es niña la llamaré Vera, como mi madre. Pero será Vera del mar. 

—¿Y si es niño?

—David, obvio. David Adrián. Siempre me ha gustado ese nombre. 

—David Adrián… Vera del mar. Hermosos nombres. 

—Lo sé… serán hermosos niños y muy felices —pronunció ella con una sonrisa. 

Sus hijos tendrían todo lo que ella nunca había tenido. 

***

La llave giró en la cerradura cerca de las tres de la mañana. David entró intentando no hacer ruido.

            Llevaba la chaqueta sobre un brazo y la corbata alfojada; estaba agotado. Hace varias semanas tenía un problema con uno de los proveedores y por fin, después de tanto tiempo, había logrado resolverlo. Ahora volvía a casa satisfecho. 

            Cuando abrilo la puerta percibió el olor a cera quemada. El piso se encontraba iluminado de manera tenue por algunas lámparas que Alegra, estratégicamente, dejaba encendidas. 

Al entrar al comedor vio las velas consumidas, la mesa puesta, dos platos esperando a ser llenados de comida y un ramo de flores.  

David se detuvo. 

—Mierda… —murmuró. Su esposa había preparado algo para él. 

Dejó las llaves sobre el mueble 

—¿Alegra?

No hubo respuesta. Seguramente estaría dormida. Sin embargo, al avanzar unos pasos vio la luz encendida al final del pasillo y supuso que quizá lo había estado esperando en el salón mientras veía un poco de televisión.

—¿Alegra? —llamó de nuevo.

Silencio.

David dejó el maletín junto a la entrada y se quitó la corbata mientras avanzaba por el pasillo.

Tal vez Alegra estaba molesta, le había prepardo una cena y él no había llegado. Últimamente habían estado algo separados. No porque hubiera ocurrido nada entre ellos, sino porque sus horarios parecían empeñados en mantenerlos en extremos opuestos del día. David salía temprano y cada vez regresaba más tarde. 

—¿Ale? —preguntó de nuevo entrando por la puerta. 

—¡Alegra! —gritó, mientras tiraba la chaqueta y corría hacia ella con desesperación. 

Su mujer se encontraba tendida en el suelo, con el auricular del teléfono todavía entre las manos.

—¡Alegra, cariño! —exclamó.

Se precipitó hacia ella y cayó de rodillas a su lado. Con cuidado, la tomó por los hombros y giró su cuerpo hasta dejarla boca arriba.

—Alegra… mírame. Vamos, cariño, mírame.

Ella abrió los ojos lentamente. Se encontraba pálida, tenía el cabello pegado a la frente por el sudor y respiraba con dificultrad.

—David…  —murmuró. 

Al escuchar su nombre se tranquilizó, estaba lúcida. 

—Estoy aquí. —Le apartó varios rizos del rostro—. ¿Qué ha pasado? ¿Te has caído?

Alegra negó débilmente.

—Me duele…

—¿Dónde?

Ella llevó una mano hacia la parte baja del vientre. David siguió el movimiento.

—¿Desde cuándo? ¿Te has golpeado? ¿Has llamado a alguien?

Alegra cerró los ojos cuando otra punzada atravesó su abdomen. Su rostro se contrajo y se aferró con fuerza a la camisa de David.

—¡Alegra!

—Espera… espera…

David sintió que se le helaba la sangre.

—Nos vamos al hospital.

Intentó incorporarla, pero ella lo detuvo.

—¡No! ¡David! 

—No vamos a discutirlo.

—David, escúchame —le rogó Alegra. 

—No tenemos tiempo, Ale… tenemos que… 

—Creo que estoy perdiendo al bebé —sentenció Alegra. 

Un silencio invadió la habitación. 

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