Alegra acomodó por enésima vez la falda de su vestido mientras el ascensor subía lentamente por el edificio de los Lafuente.
Era rojo, de un tono intenso que resaltaba sobre su piel, confeccionando una tela satinada que atrapaba la luz con cada movimiento. El corpiño se ajustaba a su figura y se cruzaba elegantemente sobre el pecho hasta formar un escote amplio que dejaba los hombros completamente descubiertos. Desde la cintura, perfectamente ceñida, nacía una falda larga y voluminosa que caía en amplios pliegues hasta casi rozar el suelo. Alrededor del cuello llevaba un sencillo collar de perlas que terminaba de darle aquella elegancia que, según David, no necesitaba ningún otro adorno.
Alegra había protestado por el precio, pero David le había comprado el vestido de todas formas. Ahora ella llevaba varios minutos comprobando que todo permaneciera exactamente en su sitio.
Alisó nuevamente la falda.
—Si sigues haciendo eso, vas a desgastarlo antes de que lleguemos.
—Estoy nerviosa.
—Ya me he dado cuenta.
—No quiero verme mal.
David la contempló de arriba abajo.
—Eso sería bastante difícil.
Alegra lo miró de reojo.
—Hablo en serio.
—Yo también.
Ella soltó aire y se miró fugazmente en el pequeño espejo del ascensor. Se acomodó un mechón del cabello y después tocó las perlas.
—¿Estoy demasiado arreglada?
—No.
—¿Demasiado roja?
David arqueó una ceja.
—¿Cómo puede alguien estar demasiado roja?
—Sabes a qué me refiero.
—No, pero me gustaría que siguieras haciendo preguntas para poder mirarte.
Alegra trató de contener una sonrisa.
—David…
Él se acercó y le tomó ambas manos para impedir que continuara acomodándose el vestido.
—Estás preciosa. Confieso que llevo toda la tarde pensando en quitarte ese vestido.
—¡David! —expresó ella sorprendida—. Compórtate, estamos a punto de cenar con tu jefe.
—Por eso lo estoy pensando…
Ella soltó una risa nerviosa.
—No quiero… no quiero avergonzárte.
—Jamás lo harías… jamás… Solo sé tú.
—Yo quiero que me quieran…
David tomó sus manos.
—Te van a querer… pero tampoco tienes que conseguir que te quieran.
—Claro que sí. Alí es importante para ti.
—Alí es relevante para mi trabajo. Tú eres fundamental para mí. Hay una diferencia.
Ella lo observó en silencio.
—No tienes que demostrarles que eres suficientemente educada, ni suficientemente elegante, ni suficientemente Canarias. —David sonrió—. De hecho, preferiría que nunca fueras suficientemente Canarias.
—¿Por qué?
—Ya hay demasiados.
Alegra rió.
—Pues considerando que quieres tener siete hijos… creo que eso no aplica.
—Es difirente.
El ascensor redujo la velocidad hasta que se detuvo.
Alegra de inmediato le tomó de la mano.
—No me sueltes… —le rogó.
—No pensaba hacerlo —respondió.
Las puertas del ascensor se abrieron y, de inmediato, apareció ante ellos el vestíbulo privado del piso de los Lafuente.
Alegra se quedó quieta durante un instante.
Un largo corredor se extendía frente a ellos, elegante y perfectamente iluminado. Las paredes, de un tono marfil, estaban cubiertas de molduras clásicas que formaban rectángulos simétricos desde el suelo hasta el techo. Sobre ellas destacaban varias puertas oscuras, casi negras, que contrastaban con la claridad del pasillo y le daban al lugar un aire solemne.
El suelo de madera estaba dispuesto en espiga y brillaba bajo la luz cálida de las lámparas. Del techo colgaban varias arañas de cristal que se repetían a lo largo del corredor, como si marcaran el camino hacia el interior de la residencia. Alegra levantó la vista hacia la primera. Las pequeñas piezas de cristal atrapaban la luz y la multiplicaban en diminutos destellos.
A un costado descansaba una consola oscura con detalles dorados. Sobre ella había una lámpara, algunos libros y un gran jarrón lleno de ramas verdes. Encima, un enorme espejo de marco dorado reflejaba parte del corredor y hacía que el espacio pareciera todavía más amplio. En la pared opuesta, un cuadro de grandes dimensiones completaba la decoración.
Nada estaba fuera de lugar, ni parecía elegido al azar.
Incluso al fondo, donde unas puertas abiertas dejaban ver un balcón de hierro forjado y las fachadas de Madrid, todo parecía formar parte de una composición perfectamente calculada.
Alegra dio un paso fuera del ascensor.
—Madre mía… —murmuró. —¿Y tú decías que nosotros vivíamos en un piso grande?
David observó el corredor como si no encontrara nada extraordinario.
—Bueno… este es un poco más grande.
—¿Un poco?
—Bastante más grande.
Alegra negó con la cabeza y volvió a acomodarse instintivamente la falda.
Después de pasar toda la tarde escuchando a David hablar de lo innecesario que era sentirse intimidada por los Lafuente, comenzaba a sospechar que su marido había omitido algunos detalles importantes.
—¿Sabes qué? —susurró.
—¿Qué?
—Creo que prefiero volver al ascensor.
David sonrió y entrelazó los dedos con los suyos antes de que pudiera intentarlo.
Un mayordomo apareció al final del pasillo con una sonrisa.
—Bienvenidos, señores Canarias. Los señores los esperan en el salón.
Ambos siguieron al mayordomo por el largo pasillo hasta llegar a unas grandes puertas dobles de madera que permanecían cerradas. El hombre tomó los tiradores, abrió ambas hojas y se hizo a un lado para permitirles el paso.
El salón de los Lafuente apareció ante ellos.
Alegra tuvo que hacer un esfuerzo para no detenerse en el umbral. Era enorme.
El salón estaba organizado alrededor de una gran alfombra persa en tonos crema y gris, sobre la que descansaban dos amplios sofás tapizados en una tela clara, acompañados por sillones y pequeños reposapiés. Las mesas, de madera oscura y líneas clásicas, sostenían lámparas de cristal, ceniceros de plata, algunos libros cuidadosamente dispuestos y arreglos de flores blancas.
Sobre ellos, una enorme araña de cristal y bronce descendía desde el techo moldurado. Sus numerosas luces bañaban la estancia con una claridad cálida que se mezclaba con la de las lámparas repartidas estratégicamente por el salón.
Al fondo ardía una chimenea de piedra clara, más decorativa que necesaria en aquella época del año. A cada lado, grandes libreros de madera oscura llegaban casi hasta el techo, llenos de volúmenes encuadernados, fotografías familiares en marcos de plata y algunas piezas traídas, seguramente, de los numerosos viajes de los Lafuente.
Sobre la chimenea, en lugar de cualquier elemento moderno, presidía la estancia un gran óleo enmarcado en dorado: un paisaje del norte de África que Alegra no supo reconocer, pero que imaginó relacionado con los orígenes de la familia.
Sin embargo, lo que verdaderamente dominaba el salón eran los ventanales.
Altos, rematados por arcos y vestidos con pesadas cortinas color marfil, se abrían hacia una extensa terraza ajardinada. Desde allí podía verse una parte de los jardines privados de la propiedad, iluminados ya por las primeras luces de la tarde, con setos perfectamente recortados, árboles maduros y una fuente que reflejaba el cielo madrileño.
Alegra recorrió la estancia con la mirada.
Después bajó la vista hacia las figuras que la esperaban al otro extremo del salón. Un hombre y cuatro mujeres los esperaban. Alegra parpadeó; eran cuatro mujeres.
Sus ojos pasaron rápidamente de un rostro a otro hasta detenerse en una joven que la observaba con una expresión mucho menos cordial que las demás. No necesitó que nadie se la presentara… era Sarahí.
Al parecer, París había terminado antes de lo previsto.
—Señor Lafuente, gracias por la invitación.
—Gracias por aceptarla.
Alí dirigió entonces la mirada hacia Alegra.
—Señores Lafuente, señoritas —dijo, y hubo algo de orgullo en la forma en que apoyó una mano en la cintura de Alegra—, quiero presentarles a mi esposa. Alegra Bustamante de Canarias.
Las cuatro mujeres observaron.
Alegra sintió que jamás había sido consciente de su propio cuerpo. De cómo estaba de pie, de dónde colocaba las manos, del vestido rojo, de las perlas, de su cabello, incluso de la manera en que respiraba.
Se acercó a ella antes de que Alegra pudiera decidir si debía extender la mano y, para su sorpresa, la besó cariñosamente en ambas mejillas.
—Ella es mi esposa Salma, y ellas mis tres hijas: Sarahí, Amira y Fátima.
Alegra sonrió.
—Un gusto… —Saludó Alegra con educación mientras las observaba.
Las hermanas Lafuente eran sorprendentemente distintas entre sí. No solo físicamente, sino también en la forma de mirar, de moverse e incluso de ocupar el espacio.
Sarahí, la mayor, era quien más se parecía a su madre. Tenía la piel morena, el cabello oscuro y rizado y unos rasgos elegantes que, en ella, parecían haberse endurecido. Había algo severo en su semblante, una seguridad casi altiva propia de alguien que había crecido sabiendo perfectamente quién era, cuánto valía su apellido y qué lugar le correspondía en cualquier habitación.
Amira, en cambio, poseía una expresión mucho más dulce. Había heredado también la piel morena y los rizos de Salma, pero sonreía con facilidad y sus ojos tenían una calidez que invitaba a conversar con ella. Era de esas personas que parecían capaces de hacer sentir cómodo a cualquiera después de apenas unas palabras.
Pero Fátima…
Alegra tuvo que reconocer que Fátima era la más hermosa de las tres y la joven parecía saberlo. Era la menor, aunque su manera de sostener la cabeza y la seguridad con la que observaba a los demás podían hacerla parecer mayor. Su belleza era distinta a la de sus hermanas: más llamativa, casi insolente. Tenía una abundante cabellera rizada, unos ojos oscuros y despiertos y unas facciones delicadas que contrastaban con el orgullo evidente de su expresión. Había en ella algo difícil de ignorar, una mezcla de juventud, inteligencia y esa seguridad que solo podía poseer una muchacha que había crecido rodeada de privilegios y jamás había tenido motivos para sentirse menos que nadie.
—¿Pasamos al comedor? La cena está lista —interrumpió Salma.
—Claro —respondió David.
Colocó una mano en la cintura de Alegra y la invitó a seguir a los demás hacia el comedor.
Para sorpresa de Alegra, buena parte de la cena terminó girando alrededor de ella.
Amira quería saber de dónde era; Fátima le preguntó por Ibiza y Fátima se interesó por sus estudios. Alegra contestó con cierta timidez, escogiendo cuidadosamente cada respuesta. Hablar de su pasado siempre significaba recorrer un terreno lleno de lugares a los que no podía acercarse demasiado. Así que habló de Gran Canaria, de su amor por la música y de cómo había comenzado a cantar siendo muy joven. Omitió nombres, situaciones y, sobre todo, las razones que realmente la habían llevado a marcharse. Incluso terminó confesando que estudiaba la secundaria por las noches.
—Llegué a Ibiza por una oferta de trabajo de Tristán —explicó Alegra—. Me escuchó cantar en la boda del primo de David y después me consiguió trabajo.
—Sí, ya nos habíamos dado cuenta de que eras tú —comentó Sarahí.
El tono amargo consiguió que la conversación se detuviera. Alegra volteó a verla y sus miradas se cruzaron. Sarahí sostenía la copa entre los dedos y con un rostro de pocos amigos. No necesitaba explicar a qué se refería.
La cantante de la boda.
La muchacha por la que David Canarias había terminado enamorándose mientras todavía existía un acuerdo entre sus familias.
Salma dejó los cubiertos sobre el plato.
—Sarahí…
—¿Qué? —replicó ella—. No he dicho nada que no sea verdad.
Alí dirigió una mirada firme a su hija.
—Sarahí.
Bastó pronunciar su nombre.
La joven apretó los labios y bajó la mirada.
Alegra permaneció en silencio. Resultaba evidente que Sarahí seguía resentida por el matrimonio. Aunque, si era justa, ella tampoco había sido responsable de que aquel compromiso no llegara a celebrarse. La decisión de romper el acuerdo había sido tomada por Alí y Ainhoa después de la muerte de David Tomás.
—¿Decías algo de la secundaria? —preguntó Fátima, evitando que el silencio durara más.
—La dejé hace algunos años —explicó—. Ahora quiero terminarla y, si puedo, continuar estudiando.
—¿La universidad? —preguntó Amira.
Alegra asintió.
—Ese es el plan.
—¿Y qué quieres estudiar? —se interesó Alí.
—Medicina.
Fátima sonrió.
—¿Medicina?
—Quiero ser pediatra.
Esta vez lo dijo sin bajar la mirada.
David sonrió a su lado. Había algo que le gustaba especialmente de escuchar a Alegra hablar de aquel sueño. Cada vez lo pronunciaba con un poco más de seguridad, como si poco a poco comenzara a creer que realmente podía conseguirlo.
—Es una carrera muy exigente —comentó Alí.
—Lo sé.
—Y larga.
—También lo sé.
Alí dejó los cubiertos a un lado y la observó con cierta seriedad.
—Si tú y David piensan formar una familia, no estoy seguro de que Medicina sea la carrera más indicada.
Alegra guardó silencio.
No supo exactamente cómo responder. Hacía apenas unas horas, sentada junto a David en El Retiro, habían hablado de hijos como algo lejano y maravilloso. Ella quería ser madre, muchísimo, pero nunca se le había ocurrido que aquel deseo pudiera significar renunciar al otro.
Debajo de la mesa, David buscó su mano.
—Entonces tendremos que contratar una niñera —respondió con absoluta tranquilidad.
Alegra volvió la mirada hacia él.
—¿Una niñera?
—O dos, si hace falta.
Ella sonrió mientras sentía la mano de David acariciando la palma de su mano con el pulgar.
—Si quieres estudiar Medicina, estudiarás Medicina. Ya veremos cómo resolvemos lo demás cuando llegue el momento.
No lo dijo como una declaración grandilocuente. Para David era simplemente un problema práctico: si algún día tenían hijos y Alegra estudiaba, encontrarían la manera de hacer ambas cosas.
—No te preocupes —intervino Sarahí desde el otro lado de la mesa—. Mi padre no cree demasiado en las carreras para mujeres.
El ambiente volvió a tensarse.
—Sarahí… —advirtió Alí.
—¿Qué? —Ella bebió un sorbo de su copa—. Es verdad.
—No es lo que he dicho.
—No necesitas decirlo. Ninguna de nosotras ha podido escoger una carrera de verdad.
—Has estudiado —replicó Alí.
—Idiomas, arte, literatura, música… Todo aquello que hace que una mujer resulte interesante durante una cena.
Salma dejó los cubiertos.
—Sarahí, por favor.
Pero ella ya había comenzado.
—Nos educaron para ser buenas esposas. Hablar francés, saber qué vino servir, tocar el piano lo suficiente para entretener invitados y no decir demasiadas tonterías cuando nuestros maridos hablen de negocios.
—Eso es una simplificación bastante injusta de la educación que has recibido —contestó Alí.
—¿Lo es?
Sarahí miró a sus hermanas.
—Amira está a punto de marcharse con los Khalil y Fátima también terminará casándose con quien convenga para la familia.
Fátima apoyó la espalda contra la silla.
—No me molesta casarme por conveniencia, Sarahí. Me molestaría que solo le conviniera a él.
La ocurrencia consiguió arrancarle una sonrisa a David. Sarahí, en cambio, no parecía dispuesta a abandonar el asunto.
—Lo digo para que Alegra no se sienta mal por el comentario de papá. No es personal. —La miró directamente—. Habría dicho lo mismo aunque fueras otra.
Alegra sostuvo su mirada.
—He tenido demasiadas personas decidiendo lo que debía hacer con mi vida, señorita Sarahí. Aprendí hace tiempo que escuchar una opinión no significa tener que obedecerla.
David sonrió y le apretó la mano con ternura.
—¿Sabes qué, mamá? —intervino, cambiando deliberadamente de tema—. Creo que Alegra sería perfecta para ayudarte en la fundación.
Salma levantó la mirada.
—Estaba pensando exactamente lo mismo.
Alegra las miró a las dos.
—¿Qué fundación?
Salma dejó la servilleta sobre su regazo.
—La Fundación Lafuente para la Infancia. La creamos hace algunos años para ayudar a niños de familias con pocos recursos.
Alegra prestó atención inmediatamente.
—¿Qué tipo de ayuda?
—Depende de las necesidades —explicó Amira—. Tenemos becas para que algunos niños puedan continuar estudiando, ayudamos con material escolar y financiamos varios comedores. También organizamos colonias durante el verano.
—Y atención médica —añadió Fátima—. Esa es la parte que pensé que podría interesarte.
Alegra volvió la mirada hacia ella.
—¿Atención médica?
—Básica —aclaró Amira—. Revisiones, vacunación, algunas consultas, medicamentos cuando podemos cubrirlos… Trabajamos con médicos que colaboran con nosotros y derivamos los casos más complicados a otras instituciones. También tenemos programas de ayuda para madres viudas y familias numerosas.
—¿Y los niños van a algún lugar? —preguntó Alegra—. ¿O ustedes van a buscarlos?
—Ambas cosas. Tenemos algunos centros con los que colaboramos, pero también visitamos barrios y pueblos donde sabemos que existen necesidades.
—¿Y cualquiera puede ayudar?
Salma sonrió.
—Cualquiera que esté dispuesto a trabajar.
Alegra se inclinó ligeramente hacia delante.
—Amira se irá a vivir con la familia de su prometido, Fátima se va a Nueva York y..
—Y yo tengo cosas que hacer… —contestó Sarahí con amargura.
—En resumen, no te interesa —tradujo Amira.
Sarahí le dirigió una mirada molesta.
—No. Simplemente tengo otras cosas que hacer. Además, eso de servir comidas, organizar material, acompañar niños, preparar actividades y ayudar con registros no es lo mío. —Tomó su copa—. Que lo haga alguien más.
—Yo puedo hacerlo —aseguró Alegra, animada—. También sé escribir a máquina. —Añadió—. Soy un poco lenta, pero puedo hacerlo.
Fátima sonrió.
—¿Cree que pueda ayudar a mi madre, señor Canarias? —preguntó la joven Fátima con educación.
—¿Puedo? —preguntó Alegra, viéndolo.
David frunció el ceño.
—¿Por qué me preguntas a mí? Claro que puedes. Solo debes organizarte.
Alegra sonrió.
—Entonces está decidido —concluyó Salma—. Alegra nos ayuda y ya no tienes de qué preocuparte, Amira… Brindemos por eso.
Todos levantaron las copas y brindaron. Todos menos Sarahí.
4 respuestas
tan bellas Amira y Fatima
Que bonita acogida de los Lafuente con Alegra!! Era de esperarse la actitud de Sarahí
Los Lafuente siempre la quisieron.
Sí… ojalá hubiesen sido más amigas.