Escúchame, marinero, y dime qué sabes de él. Era gallardo y altanero y era más rubio que la miel. Mira su nombre de extranjero escrito aquí sobre mi piel. Si te lo encuentras, marinero, dile que yo muero por él.
David abrió lentamente los ojos al escuchar la voz de Alegra cantándole al oído mientras jugaba con su cabello. A ella le gustaba enredar sus rizos entre los dedos, estirarlos y soltarlos para ver cómo recuperaban su forma.
La luz de la mañana entraba por las cortinas de la habitación y Alegra estaba recostada de lado junto a él, apoyada sobre un codo.
—Buenos días —murmuró David con la voz todavía adormilada.
Alegra sonrió.
—Buenos días.
—¿Cuánto tiempo llevas despierta?
—No mucho.
David entrecerró los ojos. Alegra y él aún se encontraban desnudos entre las sábanas. Hace semanas que las pijamas ya no formaban parte de sus vidas.
—¿Cuánto?
—Una hora…
—¿Una hora?
—No quería despertarte.
David giró la cabeza hacia el reloj de la mesita y volvió a hundirla inmediatamente en la almohada.
—¿Qué hora es?
—Casi las diez.
David abrió los ojos de golpe.
—¡Joder!
Intentó incorporarse, pero Alegra colocó una mano sobre su pecho y lo empujó nuevamente contra el colchón.
—Quieto.
—Tengo que ir a trabajar.
—No, es domingo.
David se quedó inmóvil, después se relajó y comenzó a reir.
—¿Domingo?
—Todo el día.
David se dejó caer sobre la almohada y suspiró.
—Es domingo… domingo.
—Lo es…
David volvió la cabeza hacia Alegra. Una sonrisa perezosa apareció en su rostro.
—¿Te parece si salimos? Hemos estado demasiado ocupados entre mi trabajo y tu escuela. Nos merecemos un domingo tú y yo solos. Podemos salir a desayunar, caminar, comer por ahí… ir de compras.
—¿De compras?
—Sí. Quiero comprarte un vestido bonito.
—¿Necesito otro vestido?
David se acercó un poco más.
—No. Pero quiero comprártelo para después quitártelo.
Alegra abrió los ojos y el rubor apareció inmediatamente en sus mejillas.
—¡David!
—¿Qué? Me parece una inversión perfectamente razonable.
—Eres un descarado.
—Estoy casado contigo. Puedo serlo.
David se giró hasta quedar sobre ella, apoyándose en los brazos para no dejar caer todo su peso. Alegra intentó mantener una expresión seria, pero terminó sonriendo.
—Aunque… —murmuró él, acercándose a sus labios—, también podemos cancelar todos los planes.
—¿Ah, sí?
—Sí. Podemos quedarnos aquí, no contestar el teléfono, no abrirle la puerta a nadie…
Rozó su nariz contra la de ella.
—…hacer el amor…
Alegra sintió que volvía a sonrojarse.
—¿Y después?
—Desayunar.
—Eso suena mejor.
—Y más tarde volver a la cama.
Alegra soltó una carcajada.
—¡David!
Él aprovechó su risa para besarla.
Alegra le rodeó el cuello con los brazos y respondió al beso, que comenzó juguetón y terminó prolongándose mucho más de lo que cualquiera de los dos había planeado. Cuando finalmente se separaron, David seguía sonriendo contra sus labios.
—Entonces, ¿qué escoges?
Alegra fingió pensarlo.
—El vestido.
David levantó las cejas.
—¿El vestido?
—Sí.
—Estoy decepcionado.
Ella le dio un beso corto.
—No he dicho que tengas que esperar hasta mañana para quitármelo.
Alegra aprovechó su desconcierto para escabullirse de la cama. Al apartar las sábanas y ponerse de pie, la luz de la mañana que entraba por las cortinas envolvió su cuerpo desnudo.
David se quedó mirándola.
Alegra alcanzó a dar un par de pasos antes de percatarse del silencio detrás de ella. Se volvió y encontró a su marido observándola con una sonrisa.
—¿Qué?
—Nada.
—David…
—Solo estoy admirando a mi esposa.
El rubor apareció inmediatamente en las mejillas de Alegra. Por instinto estuvo a punto de cubrirse, pero se detuvo.
—Pues admírala rápido porque tiene hambre.
David soltó una carcajada.
—Ven aquí.
—Ni hablar. Dijiste desayuno, paseo y compras. ¡Tienes veinte minutos para arreglarte! —anunció mientras corría hacia el baño.
David se puso de pie de un salto y Alegra lanzó un gritito emocionado al verlo ir tras ella.
—La ducha es demasiado grande para una sola persona —comentó él, alcanzándola antes de que llegara a la puerta.
—¡David!
Alegra intentó escapar entre risas, pero él la rodeó por la cintura y la hizo girar hacia él.
—Podemos ahorrar tiempo —argumentó David con absoluta seriedad.
Después entraron al baño.
***
Alegra y David desayunaron en un pequeño restaurante a unas cuantas estaciones de metro de su piso. No era elegante ni particularmente famoso: tenía mesas pequeñas, manteles sencillos y ese aroma a café recién hecho y pan tostado que recibía a los clientes desde la puerta. Precisamente por eso a Alegra le había gustado desde la primera vez que pasaron frente a él.
Desde que se había casado, la vida de David había cambiado de una manera que probablemente nadie de su familia habría imaginado.
Tenía dinero suficiente para contratar un chófer, una criada, una cocinera y cualquier otra persona que se encargara de las pequeñas incomodidades de la vida cotidiana. Había crecido así. Para él era perfectamente normal que alguien condujera el automóvil, preparara la comida, hiciera las camas o tuviera la ropa limpia y planchada antes de que siquiera recordara haberla dejado en el cesto.
Alegra, en cambio, no quería nada de aquello.
Todavía se volvía instintivamente cuando alguien la llamaba «señora Canarias», como si estuvieran hablando con otra persona. Tampoco se acostumbraba a entrar en un establecimiento y descubrir que el apellido de su marido podía conseguirles una mesa mejor o un trato diferente. Habían acordado que su nueva vida en Madrid sería sencilla y, mientras pudiera hacerlo, ella quería encargarse de su propia casa.
Aunque había descubierto que mantener limpio un piso de aquel tamaño era bastante más complicado de lo que había imaginado.
David había sugerido contratar a alguien al menos un par de veces por semana.
Alegra se había negado.
David había vuelto a sugerirlo después de encontrarla una tarde subida en una silla intentando limpiar la parte superior de una estantería.
Alegra se había vuelto a negar.
Por el momento, él había decidido dejarla ganar.
Después de desayunar, caminaron sin rumbo fijo por las calles de Madrid, tomados de la mano. Ninguno tenía prisa. Era una sensación extraña y maravillosa después de varias semanas en las que sus horarios parecían perseguirlos. El verano comenzaba lentamente a despedirse de la ciudad. Todavía hacía calor bajo el sol, pero algunas mañanas traían ya un aire distinto, una advertencia apenas perceptible de que el otoño se acercaba. Dentro de poco llegarían los abrigos, las tardes más cortas y esos días en los que probablemente ninguno tendría demasiadas ganas de recorrer Madrid a pie.
Por eso Alegra parecía decidida a aprovecharlo.
Se detenía frente a los escaparates, observaba los edificios, señalaba cualquier cosa que llamara su atención y hacía preguntas que David no siempre sabía responder, pese a saber un poco más de la ciudad que ella.
Finalmente llegaron al parque de El Retiro.
Caminaron hasta el estanque y encontraron una banca libre desde la que podían observar las barcas deslizándose lentamente sobre el agua. Alegra se sentó junto a David con una pequeña bolsa de chucherías que había insistido en comprar durante el camino. Él había asegurado que no quería ninguna y, sin embargo, ya había metido la mano en la bolsa tres veces.
—Los Lafuente quieren invitarnos a cenar —anunció David de pronto.
Alegra dejó de masticar.
—¿A cenar?
—Sí.
David pasó el brazo por detrás de ella y la acercó un poco más a su costado.
—Quieren conocerte.
Alegra frunció ligeramente el ceño.
Hasta ese momento, los Lafuente habían sido personajes de las historias de David. Alí aparecía prácticamente todos los días. También conocía de nombre a su esposa y, por supuesto, a sus hijas.
—¿Conocerme? ¿Por qué?
David la miró como si la respuesta fuera evidente.
—Porque eres mi mujer.
Alegra bajó la mirada hacia la bolsa que sostenía entre las manos.
Todavía le provocaba algo extraño escucharlo decirlo.
Mi mujer.
David lo decía con una naturalidad absoluta. Sin titubear. Sin parecer consciente siquiera de que esas dos palabras conseguían hacerla sonreír.
—Además —continuó—, los Lafuente siempre han manejado sus negocios como un asunto familiar. Alí quiere que siga siendo así. Si voy a trabajar estrechamente con él, es normal que quiera conocerte. Podrás conocer a Amira, a Fátima y…
Alegra tomó otra chuchería.
—No creo que Sarahí Lafuente tenga demasiadas ganas de conocerme.
David hizo una mueca.
—Sarahí sabe cuál es su lugar.
David le robó una chuchería de la bolsa.
—De cualquier modo, Sarahí no estará. Está en París visitando a una amiga.
Alegra levantó las cejas.
—Qué conveniente.
—Para ti o para ella.
—Para las dos, supongo.
—Entonces no conoceré a todos —comentó.
—Casi. De hecho, la cena es por Fátima. Es la hija menor de Alí. Se marcha otra vez a Nueva York para continuar sus estudios.
Los ojos de Alegra se iluminaron.
—¿Nueva York?
David sonrió. Conocía perfectamente aquella expresión.
—Nueva York.
Alegra suspiró y dirigió la mirada hacia el estanque.
—New York, New York… —canturreó, imitando exageradamente a Sinatra.
David rio y se inclinó para besarla.
—Algún día te llevaré.
Alegra dejó de cantar.
—¿De verdad?
—Claro que sí. Solo dame un poco de tiempo. Deja que las aguas se calmen, que las cosas con Alí empiecen a funcionar y que pueda ausentarme unos días sin encontrar la empresa incendiada cuando vuelva.
—No tienes que llevarme inmediatamente.
—Lo sé.
—Puedo esperar.
—Yo no quiero que esperes demasiado.
David tomó su mano y entrelazó los dedos con los de ella.
—Además, cuando vayamos, tendrás la experiencia Canarias completa.
Alegra ladeó la cabeza.
—¿Y qué significa exactamente una «experiencia Canarias»?
David adoptó una expresión solemne.
—Primera clase. El mejor hotel que encontremos. Una suite con una vista espectacular. Restaurantes imposibles de reservar, pases especiales, espectáculos, compras en las mejores tiendas…
Con cada cosa que enumeraba, la expresión de Alegra se volvía más escéptica.
—…y, por supuesto, un automóvil con chófer para llevarnos a todas partes.
Ella rio y volvió a apoyar la cabeza sobre su hombro.
—Suena ostentoso.
—Se llama comodidad.
—Se llama gastar muchísimo dinero.
—Tenemos dinero.
—Tú tienes dinero.
David se quedó en silencio.
Alegra lo notó enseguida y levantó la cabeza.
—¿Qué?
—Tenemos.
—¿Tenemos qué?
—Dinero.
Alegra negó con suavidad.
—Tú tienes dinero, yo no. Bueno… tengo algunos ahorros, pero los estoy guardando para algo.
David la observó.
—¿Urgente?
Alegra abrió los ojos.
—¿Cómo sabes que iba a decir eso?
—Porque siempre dices eso.
—No siempre.
—Siempre.
Ella hizo una pequeña mueca y volvió la atención hacia la bolsa que tenía entre las manos.
—Nunca sabes cuándo puede pasar algo.
David estuvo a punto de responder, pero se detuvo.
Aquella frase había salido de sus labios con demasiada naturalidad.
Nunca sabes cuándo puede pasar algo.
Entonces comenzó a recordar.
Alegra guardaba las monedas que le sobraban de las compras. Comparaba precios aunque la diferencia fuera mínima. Apagaba las luces de las habitaciones vacías y se molestaba si él dejaba correr el agua mientras se afeitaba. Había remendado una media que perfectamente podía reemplazar y todavía utilizaba algunas prendas que Mandy le había regalado en Ibiza, aunque David le había dicho varias veces que podían comprar otras.
Hasta entonces le había parecido parte de su sencillez.
En aquel momento comprendió que quizá era otra cosa.
—¿Qué podría pasar? —preguntó.
Alegra se encogió de hombros.
—No sé. Cualquier cosa.
—Dame un ejemplo.
—David…
—Solo uno.
Ella suspiró.
—Que necesitemos dinero.
—Tenemos dinero.
—Tú tienes dinero.
Otra vez.
David frunció ligeramente el ceño.
—Estamos casados, Alegra.
—Eso no significa que deba gastarme tu dinero.
—No he dicho que tengas que gastártelo.
—Me acabas de ofrecer medio Nueva York.
—Y pienso ofrecértelo completo si sigues discutiendo.
Alegra sonrió, pero David ya no estaba bromeando del todo.
—¿Para qué estás ahorrando?
—Para nada en particular.
—Entonces, ¿por qué lo haces?
Ella tardó un poco más en responder.
—Porque me tranquiliza.
Aquello sí lo hizo callar.
Alegra metió la mano en la bolsa y comenzó a jugar distraídamente con una de las chucherías.
—Cuando tienes algo guardado, sabes que, si sucede una desgracia, puedes resolver al menos una parte. Si te quedas sin trabajo, si tienes que marcharte, si alguien enferma… —Se encogió nuevamente de hombros—. No sé. Mamá siempre intentaba guardar algo. Aunque fueran unas cuantas pesetas.
David permaneció inmóvil.
—¿Para marcharte?
Alegra levantó la mirada.
—Es un ejemplo.
—Ha sido el segundo que has dado.
Ella pareció darse cuenta demasiado tarde.
—David…
—No estoy enfadado.
Y era verdad.
Lo que sentía era algo mucho más difícil de explicar.
Para David, el dinero siempre había sido una certeza. Incluso en los peores días de las Empresas Canarias, jamás había pensado en si tendría suficiente para comer al día siguiente. Su preocupación había sido perder una empresa, propiedades, prestigio, una herencia.
Nunca había temido quedarse sin un techo o tenido que esconder unas monedas para que no se las robaran. Alegra sí.
David la miró de una forma diferente. No con lástima, sabía que ella detestaría aquello; simplemente comprendió que estaban sentados en la misma banca, tomados de la mano, hablando del mismo dinero y, sin embargo, para cada uno significaba algo completamente distinto.
Para él, el dinero siempre había significado posibilidades, pero para Alegra significaba seguridad. Quizá incluso libertad.
—¿Cuánto tienes ahorrado? —preguntó.
Ella entrecerró los ojos.
—No pienso decírtelo.
—¿Por qué?
—Porque entonces vas a decir que no es suficiente y vas a darme más.
David sonrió.
—Me conoces demasiado bien.
—Por eso no pienso decírtelo.
—Está bien.
Alegra pareció sorprendida por lo rápido que había cedido.
—¿Está bien?
—Sí. Guárdalo.
—¿No vas a insistir?
—No.
David tomó su mano.
—Si tener ese dinero guardado te hace sentir tranquila, no lo toques.
Ella lo miró durante unos segundos.
—¿De verdad?
—De verdad.
Alegra sonrió y volvió a recostarse contra él.
Pero David permaneció pensativo.
—Aunque quiero pedirte una cosa.
—¿Qué?
—No vuelvas a decir que no tienes dinero.
Alegra levantó la cabeza.
—Pero…
—Tienes tus ahorros, pero también tienes lo que construyamos juntos. Mañana te abriré una cuenta para darte dinero; no quiero que tengas que pedirme dinero para comprarte algo. Ni que tengas que justificarme en qué lo gastas.
—David, tampoco necesito…
—Ya lo sé.
Le acarició la mejilla.
—Solo quiero que entiendas que ya no tienes que prepararte todos los días para una desgracia.
Alegra bajó la mirada. Aquella frase le tocó un lugar que David no podía ver.
—Las desgracias no avisan —murmuró.
—No.
David entrelazó sus dedos con los de ella.
—Aun así, si alguna llega, esta vez no tendrás que enfrentarla sola.
Alegra lo miró.
David no añadió nada más. No le prometió que jamás volvería a pasarle algo malo. No le dijo que él podía protegerla de todo. Por primera vez empezaba a comprender que algunas cosas que para él eran tan naturales como respirar, tener una casa, comida, dinero suficiente, saber que habría otro día parecido al anterior, para Alegra habían sido privilegios intermitentes.
Ella apoyó nuevamente la cabeza sobre su hombro.
—De todas formas, pienso seguir ahorrando.
David besó su cabello.
—Me parece bien.
—Y viajaremos en metro en Nueva York.
—No abuses de mi comprensión.
Alegra soltó una carcajada. David sonrió también y la abrazó con más fuerza. No quería cambiar aquella parte de ella a la fuerza, ni enseñarle a gastar, ni llenarle el armario hasta que olvidara lo que significaba contar monedas. Quería algo mucho más difícil. Que algún día Alegra pudiera guardar dinero porque tenía un sueño y no porque temiera una desgracia.
Y, quizá, cuando llegara ese día, sabría que por fin se sentía a salvo.
—¿Es muy mal momento para decirte que debemos comprar un vestido para la cena con los Lafuente?
Alegra solo respondió con una carcajada. Ella también entendió ese día que no podía cambiar esa parte de David Canarias.
Una respuesta
Ay Alegra feliz, pero siempre mirando sobr eel hombro, esperando que llegue la desgracia, nunca pudo disfrutar la felicidad que tenia con David, por todo lo que la atormentaba