David Canarias llevaba apenas unas semanas trabajando con Alí Lafuente y la empresa ya comenzaba a mostrar resultados. Pequeños, casi insignificantes a las pérdidas acumuladas durante años, pero resultados al fin y al cabo.
En tan solo unos días, él había comprendido que el verdadero problema no era la falta de clientes, ni la ausencia de oportunidades, sino el desorden. Había contratos que nadie revisaba, rutas de distribución que costaban más de lo que producían, proveedores cobrando precios distintos por los mismos productos y empleados que llevaban años haciendo las cosas de determinada manera simplemente porque nadie se había molestado en preguntar si existía una mejor forma.
Así que David había pasado sus primeros días preguntando todo lo que podía, recorriendo almacenes, hablando con los encargados, revisando las facturas y siguiendo con el dedo las rutas dibujadas sobre los enormes mapas que le habían dado.
Donde Alí veía una empresa desahuciada, David comenzaba a encontrar pequeñas fugas que podían cerrarse y negocios que todavía podían salvarse. En menos de dos semanas canceló contratos, renegoció precios con varios proveedores y reorganizó algunas rutas para que los camiones dejaran de regresar medio vacíos a Madrid. Definitivamente, estaba en su elemento.
—Presiento que pronto me dirás que estamos cerrando contratos con nuevos socios —habló con entusiasmo Alí Lafuente, cuando invitó a David a su oficina.
El banquero jamás pensó que terminaría administrando una empresa de distribución; incluso no tenía ni idea de lo que David hacía, pero el joven le dijo que le generaría dinero y eso era lo importante.
—No sé qué estás haciendo, pero continuá.
David se sentó en el sofá y sonrió.
—Venía a pedirle un favor. Necesito una asistente. Alguien que me eche una mano con todo lo que no alcanzo a hacer.
Alí levantó una ceja.
—¿Ya necesitas secretaria?
—Necesito tres, pero con una me conformo.
—¿Qué tendría que hacer?
David comenzó a contar con los dedos.
—Organizar mi agenda, atender llamadas, preparar correspondencia, archivar contratos, recordarme reuniones, mecanografiar informes y, sobre todo, impedir que vuelva a perder una factura importante debajo de una montaña de papeles. Necesito que sea organizada, muy organizada. Que escriba rápido a máquina, tenga buena ortografía y, si sabe algo de francés o inglés, mejor. Estamos empezando a recibir correspondencia extranjera y pierdo demasiado tiempo ocupándome yo de ella.
—Bien, veré a quién te puedo enviar —respondió Ali.
El hombre encendió un puro y le dio una larga bocanada. Después se acercó a su escritorio, tomó varios documentos de una carpeta y los dejó frente a David.
—Para esto te llamé, hijo —le dijo.
David tomó los documentos y los leyó.
—¿Qué es esto?
—La reclamación formal de la deuda de Empresas Canarias. —Alí permaneció de pie frente a él—. Mis abogados la presentarán mañana. El plazo que tenía tu padre para cubrir los créditos venció y, con su muerte, ya no existe razón para seguir aplazándolo. Reclamaremos todo lo que nos debe. Capital, intereses, garantías. Tu padre respaldó varios de los préstamos con activos de las empresas: almacenes, propiedades, participaciones y parte de la flota. Si la deuda no se paga a final del mes, iniciaremos el procedimiento para ejecutar esas garantías.
David sintió un nudo en el estómago. Gastón iba a perder todo y no solo la empresa, también sus propiedades, incluyendo las casas y la flota. El joven dio un suspiro profundo.
—Generaciones de Canarias deben estar revolcándose en sus tumbas —contestó.
—Posiblemente.
El joven volvió a mirar las cifras.
—¿Hay alguna manera de que Gastón pueda pagar esto? —preguntó Alí.
—No lo sé. Sé que su esposa, Marie, tiene dinero, pero dudo mucho que los Lachèvre puedan cubrir semejante cantidad. Tendría que conseguir financiación por otro lado, vender activos o… —David se interrumpió—. A menos que encuentre a alguien lo bastante estúpido para inyectar capital en una empresa que pierde dinero.
David miró de nuevo los documentos, después levantó la cabeza y miró a Alí.
—No presente la reclamación.
El banquero frunció el ceño.
—¿Cómo dices?
—No reclame todavía la deuda.
—David, estamos hablando de una cantidad considerable de dinero.
—Lo sé.
—Entonces sabrás que mi banco no es una institución benéfica.
—No le estoy pidiendo que la perdone. —David se inclinó hacia delante—. Le estoy pidiendo tiempo.
—¿Para qué?
Entonces, decidido, el joven se puso de pie y comenzó a caminar por la oficina. Su mente se activó de inmediato, ideando todo.
—Gastón cree que ganó. Mi padre murió, yo renuncié y él se quedó con la empresa sin tanto esfuerzo. Yo trabajo para usted en una empresa pequeña y hasta ahora me he mantenido fuera del foco. Nuestra empresa no es considerada una amenaza… todavía. Desde afuera parece que David Fernando Canarias Donato desapareció.
—Pero no lo has hecho —entendió perfectamente Alí la situación.
David sonrió.
—Exactamente.
Él se acercó hacia el escritorio y, viéndolo a los ojos, le propuso:
—Déle aire. Renegocie los vencimientos si hace falta. Cóbrenle intereses. Haga lo necesario para que la deuda continúe existiendo, pero no ejecute las garantías todavía. Mientras tanto, levantamos nuestra empresa. Primero la hacemos rentable, después ampliamos las rutas de distribución nacional, de importación, exportación, exactamente los sectores en los que Empresas Canarias lleva décadas trabajando.
Alí comenzó a comprender.
—Quieres competir con tu propia familia.
—No.
David negó lentamente.
—Quiero reemplazarla.
Aquello consiguió que Alí abandonara el puro.
—Mi padre construyó sus empresas alrededor de relaciones que llevan décadas funcionando. Proveedores, distribuidores, navieras, hoteles, restaurantes… Muchos hacían negocios con él, no con Gastón.
—¿Y crees que te seguirán?
—No a mí. —David sonrió—. Al dinero. Cuando sepan que usted respalda la empresa, no dudarán en firmar con nosotros.
Alí soltó una pequeña carcajada.
—Si nuestra empresa funciona mejor, paga puntualmente y ofrece mejores condiciones, poco a poco empezarán a trabajar con nosotros. No necesito quitarle todo a Gastón de golpe. Solo necesito que cada año Empresas Canarias necesite un poco más aquello que nosotros ya tenemos. Y mientras Gastón intenta mantenerlas vivas, nosotros crecemos con sus antiguos clientes, proveedores, contactos, rutas.
David tomó algunas monedas que descansaban sobre una pequeña bandeja de plata y comenzó a jugar con ellas entre los dedos.
—Hasta que llegue el momento de cobrar…
El banquero lo observó en silencio. Poco a poco, una sonrisa apareció en su rostro. Ahora entendía perfectamente lo que David proponía.
—Entonces reclamaremos todo.
David abrió la mano.
—Cada… —dejó caer una moneda sobre la bandeja.
El tintineo metálico resonó en el despacho.
—…deuda… —dejó caer otra.
Alí no apartó los ojos de él.
—…a la vez.
La última moneda cayó.
El sonido pareció más fuerte que los anteriores.
Durante unos segundos ninguno habló.
—Y para entonces —continuó David—, Gastón no tendrá socios a quienes pedir ayuda, ni contratos con los que negociar, ni una empresa lo bastante fuerte para conseguir otro préstamo.
—Porque estarán con nosotros.
—Exactamente.
Alí tomó su puro y dio una lenta bocanada.
—¿Y qué hacemos cuando Empresas Canarias caiga?
David miró las monedas esparcidas sobre la bandeja.
—Nos quedamos con todo lo que todavía sirva. Las rutas, los almacenes, los contratos, las relaciones comerciales… todo lo que mi familia tardó generaciones en construir.
—¿Y el resto?
David levantó la mirada.
—Que Gastón se quede con el apellido.
Alí soltó una carcajada.
—Ahora entiendo por qué te llaman el Lobo.
David sonrió apenas.
No había planeado nada de aquello cuando entró en el despacho. Unas semanas atrás habría hecho cualquier cosa por escapar de Empresas Canarias. Ahora, por primera vez, comprendía que no necesitaba sentarse en la silla de su padre para cumplir la promesa que le había hecho. Podía ganar aquella guerra desde fuera.
Alí aplastó lentamente el puro contra el cenicero.
—De acuerdo, Canarias. Te daré tu tiempo.
David asintió.
—No se arrepentirá.
—Eso espero. Porque acabas de pedirme que posponga el cobro de una fortuna confiando en un muchacho de diecinueve años.
David se puso de pie.
—No confíe en mí.
Alí levantó una ceja.
David señaló los informes de la empresa que acababa de comenzar a levantar.
—Confíe en los números.
La sonrisa del banquero regresó. Aquello sí era algo en lo que Alí Lafuente podía confiar.
Una respuesta
uuuufff por algo don Ali lo quería tanto a Don David, eran buenisimos para los negocios ambos