Alegra se había obsesionado con buscar en los periódicos cualquier noticia que pudiera darle una pista de si la estaban buscando o no. Todas las mañanas hacía lo mismo. 

Revisaba primero las noticias de sucesos. Leía nombres, lugares, accidentes, detenciones, incluso aquellas pequeñas notas que normalmente habría pasado por alto. Después se pasaba a las noticias nacionales y buscaba alguna que tuviese relación con Gran Canaria. 

Ella necesitaba saber si alguien la buscaba, si la policía había hecho preguntas, si Pedro o alguien de sus hermanos habían denunciado su desaparición o dicho algo que la involucrara. Tenía que estar preparada por si debía meter sus pocas pertenencias en una maleta y escapar. 

Llevaba ya un mes fuera de Gran Canaria y, hasta entonces, no había encontrado absolutamente nada. Aun así, estaba obsesionada con la idea de hacerlo, así que cada mañana de manera religiosa compraba el periódico y lo revisaba. Sabía que el silencio podía significar que nadie la buscaba o que todavía no habían conseguido encontrarla.

Algunas noches imaginaba que Pedro aparecía de pronto en la puerta del Paraíso Club o que uno de sus hermanastros la reconcía caminando por Ibiza. La peor pesadilla de todas era que un policía llegaba por ella al restaurante y se la llevaba por el asesinato de Federico Montero y todos, incluso David, se enteraban de lo que había hecho.

—Soy inoscente… —murmuraba—. Lo hice en defensa propia. 

Pero, en realidad, Alegra se había vuelto un poco paranóica. En todo este tiempo, había aprendido a mirar por encima del hombro, a desconfiar cuando alguien la observaba demasiado, a memorizar las salidas de los lugares a los que entraba y a guardar parte de su dinero en un sitio de emergencia para tenerlo a la mano. 

Le dolería marcharse de Ibiza. En apenas un mes, aquella isla se había convertido en lo más parecido a un hogar que había tenido en mucho tiempo y, por primera vez, Alegra quería quedarse. Quería seguir trabajando en el Paraíso Club, cantar por las noches, despertar con el sonido del mar y platicar con Mandy en la cocina. Quería esta vida, la deseaba. 

La mañana del domingo, Alegra se dirigió al quiosco para comprar el periódico, como hacía prácticamente todos los días desde que había llegado a Ibiza, pero ni siquiera necesitó pedirlo. Uno de los ejemplares expuestos frente al puesto llamó inmediatamente su atención.

Reconoció el apellido antes de comprender el resto del titular.

FALLECE EN MADRID EL EMPRESARIO DAVID TOMÁS CANARIAS FOUNTAINE A LOS CUARENTA Y OCHO AÑOS.

Alegra se quedó inmóvil. Durante unos segundos simplemente observó aquellas letras negras, incapaz de relacionarlas con la realidad. 

—¿Señorita? 

La voz del quiosquero la hizo reaccionar. 

—Este… —señaló el periódico—. Quiero este.

Pagó con manos torpes y, sin pensarlo dos veces, regresó a casa de Mandy. Sabía que probablemente seguía dormida, pero era la única persona con la que podía hablar de aquello.

Entró como un torbellino y subió las escaleras hasta su habitación.

—¡Mandy! —llamó mientras golpeaba la puerta—. Sé que estás dormida, pero es una emergencia.

Se escuchó algún movimiento al otro lado y, momentos después, Mandy abrió la puerta. Tenía el cabello revuelto, los ojos entrecerrados y el rostro todavía marcado por el sueño.

—¿Qué pasa?

Alegra no respondió. Simplemente levantó el periódico y le mostró el encabezado.

Mandy necesitó apenas unos segundos para comprender.

—¡Madre mía!

Le quitó el periódico de las manos y comenzó a leer mientras caminaba hacia las escaleras.

—Ven.

Ambas bajaron hasta la cocina y se sentaron frente a frente. Mandy extendió el periódico sobre la mesa y comenzó a leer el artículo.

—El conocido empresario David Tomás Canarias Fountaine falleció ayer en Madrid a los cuarenta y ocho años de edad, después de sufrir un grave ataque cardíaco en su residencia de la capital. 

—¡Madre mía! —expresó Alegra, cubriéndose la boca—. No puede ser. 

—Al parecer fue un infarto —continuó Mandy—. Al parecer la vida bon vivant no le favoreció. 

—¿Qué más dice? —insistió Alegra. 

—El fallecimiento del empresario abre ahora numerosas incógnitas respecto al futuro de las sociedades familiares. Todas las miradas se encuentran puestas sobre su único hijo varón, David Fernando Canarias Donato, de diecinueve años, quien se encontraba en Madrid en el momento del fallecimiento —leyó en voz alta. 

—¡Madrid! —expresó Alegra, llena de felicidad—. Por eso se fue. 

—Ves… te dije que David no era de eso… 

—¡No me dejó, Mandy! —exclamó Alegra, y una sonrisa se le escapó antes de que pudiera contenerla—. Sé que no debería alegrarme, pero…

—Puedes alegrarte de que no te haya dejado sin alegrarte de que su padre haya muerto —aclaró Mandy—. Son dos cosas distintas.

La sonrisa de Alegra desapareció un poco.

—Suena horrible.

—Porque lo es. Pero no te preocupes demasiado por sentir compasión por don David. En el periódico podrán convertirlo en un héroe de los negocios, un padre ejemplar y un hombre extraordinario, pero quienes lo conocían cuentan otra historia. Era un hombre bastante hostil. Frío. Difícil. —Mandy hizo una pequeña pausa—. Aun así, que descanse en paz.

Alegra volvió la atención al periódico.

En primera plana aparecía una fotografía tomada en la funeraria. David vestía un traje negro, contemplan algo. A su lado se encontraba una mujer de negro, elegante y sorprendentemente joven.

Alegra señaló la fotografía.

—¿Quién es ella?

Mandy se inclinó para verla.

—Ainhoa Donato. Su madre.

Alegra abrió los ojos.

—¡Dios! ¡Qué joven!

—Debe rondar los cuarenta.

—Pensé que sería una señora mayor.

Mandy soltó una risa.

—¿Porque tiene un hijo de diecinueve?

—Bueno… sí.

—Se casó muy joven con el padre de David. Creo que todavía no tenía veinte años cuando ya era madre.

Alegra volvió a observarla.

Había algo en aquella mujer que inmediatamente despertó su curiosidad. No lloraba en la fotografía. Se encontraba erguida, con un sombrero negro cubriéndole parcialmente el rostro y una expresión tan serena que resultaba imposible saber qué estaba pensando.

—Parece muy… —Alegra buscó la palabra adecuada— tranquila.

—Ainhoa Donato siempre ha sido así.

—¿La conoces?

—No personalmente. Pero en este trabajo escuchas muchas cosas. Especialmente cuando los ricos beben. Será una mujer muy cotizada. No sólo porque es guapa, sino porque esa mujer tiene un patrimonio propio. 

—¿Propio? 

—Así es. Sus padres ya fallecieron y ella se quedó con todo. Los Donato no son precisamente pobres. Llegó al matrimonio con propiedades y una buena herencia, y ahora habrá que sumar lo que le corresponda de su marido. Probablemente salga de todo esto siendo una de las viudas más ricas de su círculo.

Alegra volvió a mirar la fotografía.

—¿Y qué hará con tanto dinero?

Mandy se encogió de hombros.

—Esa es la pregunta equivocada.

—¿Cuál sería la correcta?

—Qué hará con tanta libertad.

Alegra levantó la mirada.

—Se casó siendo prácticamente una niña, Alegra. Ha pasado más de veinte años siendo la esposa de David Tomás Canarias. Ahora tiene menos de cuarenta, dinero suficiente para no depender de nadie y ningún marido que le diga lo que debe hacer. Yo tendría mucho cuidado antes de sentir lástima por ella. 

Alegra sonrió.

—Me cae bien y ni siquiera la conozco.

—Espera a conocerla.

—¿Por qué lo dices?

Mandy le sonrió. 

—Porque que David esté enamorado de ti y que ahora su padre haya muerto cambia muchas cosas —continuó Mandy—. Quizá más de las que imaginas.

Alegra suspiró.

No quería ilusionarse otra vez.

Durante unos segundos, al descubrir que David no había viajado a Madrid para alejarse de ella, había sentido renacer aquella esperanza que llevaba días tratando de enterrar. Pero se obligó a contenerla.

La muerte de don David podía haber cambiado las circunstancias, sí. Quizá ahora nadie podía obligarlo a cumplir con la alianza. Quizá David tenía, por primera vez, la posibilidad de decidir qué hacer con su vida.

Pero eso no significaba que fuera a elegirla.

Miró nuevamente la fotografía.

El muchacho que aparecía en el periódico no se parecía demasiado al David que ella conocía. No era el joven que se quitaba los zapatos para caminar con ella por la cubierta del yate, que comía pa amb oli a su lado o que podía pasarse horas escuchándola hablar.

Aquel era David Canarias.

El heredero.

El hombre al que ahora todos parecían mirar esperando una respuesta.

—Tal vez ahora sea cuando más me necesite lejos —murmuró.

Mandy frunció el ceño.

—¿Cómo llegaste a esa conclusión?

—Mira esto.

Alegra señaló el periódico.

—Su padre acaba de morir y ya están hablando de quién se quedará con las empresas. Tiene diecinueve años, Mandy. Toda esa gente debe estar esperando que cometa un error.

—¿Y tú eres un error?

Alegra tardó en responder.

—Para ellos, probablemente sí.

—No te pregunté qué pensarían ellos.

Alegra bajó la mirada.

—No quiero ser otro problema para él.

Mandy suspiró.

—Otra vez con eso.

—Es la verdad.

—No. Es tu miedo disfrazándose de sensatez.

Alegra levantó los ojos.

Mandy señaló el periódico.

—Ese hombre acaba de perder a su padre. No necesita que tú decidas por él qué es lo mejor para su vida.

Alegra guardó silencio.

—Si David quiere quedarse con las empresas, que luche por ellas. Si quiere casarse con Sarahí, que se case con ella. Y si quiere estar contigo, deja que sea él quien decida si vale la pena pagar el precio.

—¿Y si lo pierde todo?

—Entonces será su decisión.

Alegra negó suavemente.

—Eso es muy fácil de decir cuando no amas a alguien.

Mandy se quedó mirándola. Alegra comprendió demasiado tarde lo que acababa de admitir.

—Así que lo amas.

Ella volvió los ojos hacia el periódico.

—Muchísimo. Como nunca había amado a alguien. —Ya no tenía sentido negarlo.

Mandy sonrió apenas.

—Entonces deja de intentar salvarlo de ti.

Alegra pasó los dedos sobre el borde del periódico. Quizá Mandy tenía razón y debía mantener la esperanza de que David la escogiera a ella. Sin embargo, después de una vida entera aprendiendo que las personas que se acercaban demasiado a ella terminaban sufriendo, amar a alguien y no intentar protegerlo de sí misma era mucho más difícil de lo que parecía.

—Deja que pase esto y se regresa… es tuyo. 

—Mío… —murmuró Alegra mientras contemplaba su fotografía.

La palabra escapó de sus labios antes de que pudiera detenerla.

David aparecía serio, muy distinto al muchacho sonriente que ella conocía. El cabello oscuro, ligeramente ondulado, caía con cierto desorden sobre su frente. Tenía las cejas marcadas y la mirada fija en algún punto fuera de la fotografía, intensa y ensombrecida por el cansancio de los últimos días. Una barba incipiente endurecía sus facciones y le daba un aspecto más adulto del que correspondía a sus diecinueve años.

Estaba guapísimo. Alegra sintió incluso un poco de vergüenza por pensarlo dadas las circunstancias.

—¿Crees que seré buena para él? —preguntó Alegra.

Mandy levantó la mirada del periódico y la observó durante unos segundos. Después sonrió.

—Están hechos el uno para el otro.

Alegra soltó una pequeña risa.

—Estoy segura que te escogerá —le dijo. 

Alegra sólo sonrió. 

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