Y en otras noticias, ha fallecido esta madrugada en Madrid, a los cuarenta y ocho años de edad, el empresario David Tomás Canarias Fountaine, presidente de Empresas Canarias, después de sufrir varios problemas cardíacos que obligaron a su ingreso de urgencia.
Canarias Fountaine se encontraba desde hacía varios días en la capital española por motivos de negocios y, según fuentes cercanas a la familia, su estado de salud se agravó repentinamente en las últimas horas.
Su muerte supone la desaparición de una de las figuras más importantes de una de las familias empresariales con mayor tradición del país.
Empresas Canarias, fundada varias generaciones atrás como un modesto negocio familiar, consiguió expandirse durante la primera mitad del siglo hasta convertirse en un importante entramado de sociedades vinculadas a la hostelería, la restauración, el transporte marítimo, la distribución de alimentos y vinos, la importación y exportación y los bienes inmuebles.
A lo largo de su historia, la familia Canarias consiguió mantener sus negocios a pesar de las guerras, las crisis económicas y los profundos cambios políticos y sociales que afectaron a España y al resto de Europa.
Ahora, la muerte inesperada de su presidente abre numerosas interrogantes sobre el futuro del grupo.
Todas las miradas se encuentran puestas en su único hijo varón, David Fernando Canarias Donato, de tan solo diecinueve años, quien desde hace algunos años se prepara para incorporarse a los negocios familiares.
A pesar de su juventud, el heredero ya se ha ganado entre algunos empresarios y compañeros de estudios el sobrenombre de «el Lobo», debido a su habilidad para los números, su carácter competitivo y una particular capacidad para la negociación.
Sin embargo, su llegada a la dirección de Empresas Canarias no está asegurada.
Diversos miembros de las distintas ramas de la familia mantienen intereses y participaciones en las sociedades que componen el grupo, por lo que la desaparición de David Tomás Canarias podría iniciar una complicada disputa por el control de las empresas.
Entre los nombres que comienzan a mencionarse se encuentra también el de su sobrino Gastón Canarias Hernández, perteneciente a otra de las ramas de la familia y con aspiraciones dentro del negocio.
Será el consejo de administración, junto con los representantes de las diferentes sociedades familiares, quien deberá determinar en las próximas semanas el rumbo de Empresas Canarias.
Por el momento, la familia no ha emitido ninguna declaración.
El funeral de David Tomás Canarias Fountaine tendrá lugar en Madrid antes del traslado de sus restos para el entierro familiar.
Seguiremos atentos a cualquier información relacionada con la sucesión de uno de los grupos empresariales familiares más conocidos del país.
***
Apenas habían transcurrido unas horas desde la muerte de don David y la prensa ya hablaba de sucesores. Ni siquiera lo habían enterrado y la guerra que había anunciado desde su cama acababa de comenzar.
Tristán y él se encontraban el piso de los Canarias en Madrid, esperando que les confirmaran la sala donde sería velado el cuerpo y la hora en que comenzaría el funeral. Ambos vestían de negro. Tristán fumaba apoyado en la barandilla del balcón, contemplando distraídamente el movimiento de la ciudad.
—¿Tu padre vendrá? —preguntó David.
Tristán asintió.
—Claro que vendrá. No se perdería esto por nada del mundo.
David frunció el ceño.
—Lo dices como si fuera una fiesta.
—Para mi padre, casi lo es. —Tristán dio una calada al cigarrillo—. Un Canarias muerto, una empresa sin presidente y media familia preguntándose quién se quedará con qué… Es su ambiente favorito.
David bajó la mirada.
—Mi padre todavía no está enterrado.
—Precisamente.
Tristán se volvió hacia él.
—Ahora es cuando todos serán más peligrosos. Delante de ti te darán el pésame, hablarán maravillas de tu padre y te dirán que puedes contar con ellos para lo que necesites. —Expulsó lentamente el humo—. Después se encerrarán en alguna habitación a calcular cuánto pueden sacar de su muerte.
David apretó la mandíbula.
—Incluido tu padre.
—Sobre todo mi padre.
Tristán no hizo ningún esfuerzo por defenderlo.
—Ya sabes cómo es. Si ve un árbol caído, no recoge la leña, David. Llega con el hacha.
A pesar de todo, David soltó una pequeña risa.
—Al menos eres sincero.
—Por eso me tienes aquí.
Tristán apagó el cigarrillo en el cenicero del balcón y entró a la habitación.
—Además, prepárate. Mi padre será el menor de tus problemas.
—¿Qué quieres decir?
—Que dentro de unas horas vas a tener reunidos bajo el mismo techo a todos los Canarias que tu padre consiguió mantener a raya durante veinte años. Hizo una pausa—. Y el único hombre al que todos temían acaba de morir.
David suspiró y bajó la mirada. Por primera vez desde que habían salido del hospital, Tristán vio algo que pocas veces había encontrado en los ojos de su amigo: miedo.
No el miedo de perder un negocio o cometer un error, era el de un muchacho de diecinueve años que acababa de perder a su padre y, antes siquiera de poder llorarlo, sabía que tendría que defender todo lo que aquel hombre había dejado atrás.
Tristán arrojó el cigarrillo al cenicero y caminó hacia él.
—Mírame.
David levantó la vista.
—Mi padre vendrá y tu familia también. Gastón seguramente aparecerá vestido como si ya fuese presidente y tus tíos comenzarán a repartirse la empresa antes de que termine el funeral.
—Tristán…
—Déjame terminar.
Se colocó frente a él.
—No sé quién va a ponerse de tu lado mañana. Tampoco sé quién te dará la mano mientras prepara un cuchillo a tus espaldas. Pero hay una cosa que sí sabes desde ahora. —Tristán extendió la mano—. Mi lealtad es contigo.
David miró aquella mano durante unos segundos.
—Nuestros padres llevan media vida compitiendo —contestó.
—Nosotros no somos nuestros padres —respondió Tristán.
—Tu familia podría ponerse en mi contra.
—Entonces me pondré en contra de mi familia.
David levantó los ojos. Tristán no estaba sonriendo, no estaba bromenado; todas sus palabras eran en serio.
—¿Por qué? —preguntó David.
—Porque eres mi hermano y mi mejor amigo.
Las palabras quedaron entre los dos. David tomó finalmente su mano y Tristán apretó con fuerza. Después, en lugar de soltarla, tiró de él hasta golpear su hombro contra el suyo.
—Si esto es una guerra —murmuró—, no vas a pelearla solo.
David cerró los ojos un instante.
—Mi padre me hizo jurar que la ganaría.
—Entonces la ganaremos.
David se separó y lo miró.
—¿La ganaremos?
Una pequeña sonrisa regresó finalmente al rostro de Tristán.
—No pensarás quedarte con toda la diversión. Alguien tiene que poner a Tonto y más Tonto a raya…
David soltó una risa breve, la primera desde que su padre había muerto.
Tristán le dio una palmada en el hombro.
—Ahora deja de poner esa cara. Dentro de unas horas tendrás que entrar ahí abajo y convencer a una jauría de Canarias de que el muchacho de diecinueve años al que creen poder apartar de un empujón es el hombre que va a quedarse con la empresa.
David respiró profundamente.
—¿Y si no puedo?
Tristán sostuvo su mirada.
—Puedes.
—¿Cómo estás tan seguro?
—Porque ellos quieren la empresa.
Hizo una pausa.
—Tú quieres el legado…
David lo abrazó.
—Qué cabrón, el viejo… ¿no crees? —murmuró, todavía con una sonrisa amarga.
—¿De verdad pensaste que te la dejaría en bandeja de plata? —Tristán le dio una palmada en la espalda—. Tu padre solo regalaba el whisky.
David soltó una breve carcajada.
En ese preciso instante, la puerta del estudio se abrió. Ambos se separaron expectantes y vieron como Ainhoa Donato de Canarias apareció en el umbral.
La joven viuda, vestía completamente de negro. Llevaba un vestido de luto de corte impecable, ajustado a la cintura y con una falda que caía por debajo de las rodillas. Sobre el cabello recogido descansaba un sombrero negro de ala ancha, adornado discretamente con un lazo y una fina redecilla que le cubría parte del rostro. Las medias, los zapatos y el pequeño bolso que sostenía entre las manos completaban un atuendo sobrio que contrastaba con el collar de perlas que rodeaba su cuello.
Parecía preparada para ser observada.
No tenía los ojos hinchados. Tampoco había lágrimas sobre sus mejillas. Su rostro conservaba aquella serenidad que David jamás le había visto, así como una rigidez en los labios que no le permitía sonreír.
No parecía destrozada por la muerte de su marido pero tampoco parecía indiferente; sólo entera. David comprendió que quizá eso era lo único que su madre se permitía ser en aquel momento ya que al final nunca había tenido una relación de amor con su padre. Solo de indiferencia.
—Madre…
Ainhoa entró en la habitación. Tristán apagó inmediatamente el cigarrillo y se arregló el cabello.
—Señora Canarias. Lo siento mucho.
Ella le dedicó una pequeña inclinación de cabeza.
—Gracias, Tristán. Me alegra que estés aquí con mi hijo.
Tristán sonrió.
Después miró a su hijo. Duante unos segundos no dijo nada. David esperaba que su madre se acercara, que lo abrazara o que finalmente se derrumbara después de tantas horas manteniendo la compostura.
Ainhoa hizo algo mucho más propio de ella.
—¿Has comido?
David parpadeó.
—¿Qué?
—Que si has comido.
—Madre, papá acaba de…
—Sé perfectamente lo que acaba de ocurrir, David.
Su voz no tembló.
—Y también sé que llevas desde esta mañana corriendo de un lado para otro. No puedes enfrentarte a lo que viene con el estómago vacío.
Lo que viene, pensó David mientras intercambiaba una mirada con Tristán.
Parecía que todo el mundo sabía que algo estaba por comenzar menos él.
Ainhoa señaló la puerta del estudio.
—¿Vamos?
David frunció el ceño.
—¿Cómo?
—A cenar.
—Madre…
—Tu padre no irá a ninguna parte —respondió con una naturalidad que habría resultado cruel en boca de cualquier otra persona—. Y nosotros pasaremos buena parte de la noche en el velatorio. Creo que nos merecemos una cena decente antes de enfrentarnos a todo aquello. Es malo llevar las penas con el estómago vacío.
David la contempló sorprendido.
Ainhoa llevaba viuda apenas unas horas y hablaba de comer con la misma serenidad con la que aquella mañana había hablado de miel.
—Le he pedido a Maruja que nos prepare algo. ¿Vamos?
Antes de salir, Ainhoa dirigió la mirada hacia Tristán.
—Tú también estás invitado.
Tristán asintió.
—Gracias, señora Ainhoa.
Tristán arqueó una ceja y miró a David.
—Cada vez me cae mejor tu madre.
—No abuses de tu suerte —respondió Ainhoa antes de abandonar el estudio.
Momentos después, los tres se encontraban sentados en el amplio comedor del piso. Maruja había puesto la mesa con una sobriedad casi ceremonial. Nada de la vajilla destinada a las grandes cenas ni de los arreglos florales que solían acompañar las visitas importantes. Solo platos blancos, cubiertos de plata, servilletas de tela y tres copas frente a cada lugar.
Había preparado un consomé caliente para comenzar, seguido de merluza al horno con patatas y cebolla, una ensalada de lechuga y tomate y una cesta de pan recién cortado. Sobre un aparador esperaba un flan casero que ninguno parecía tener demasiadas ganas de probar.
Ainhoa tomó asiento en el lugar que siempre había ocupado, al igual que David. Tristán se sentó cerca de su amigo. La cabecera permanecía vacía. La silla de su padre seguía allí y alguien había atado un lazo negro al respaldo. David trató de no mirarla demasiado.
Ainhoa extendió las manos sobre la mesa y entrelazó los dedos. Con una sola mirada pidió a los jóvenes que hicieran lo mismo. David obedeció. Tristán vaciló apenas un instante antes de juntar también las manos e inclinar la cabeza.
Ainhoa cerró los ojos.
—Señor, concede el descanso eterno a tu hijo David Tomás y permite que la luz perpetua brille para él. Perdona sus faltas, recibe sus buenas obras y concédele la paz que quizá pocas veces supo encontrar en esta vida.
David apretó los dedos.
Aquella última frase le dolió.
—Te damos gracias por los años que nos permitiste compartir con él, por la familia que construyó y por todo aquello que deja detrás. Danos fortaleza para aceptar tu voluntad y sabiduría para cuidar lo que ahora queda en nuestras manos.
Ainhoa hizo una breve pausa.
Su voz continuaba firme.
—Y dondequiera que se encuentre, hazle saber que cumpliremos con nuestro deber. Dale descanso, Señor. Y a nosotros, danos paz.
—Amén… —repondieron los jóvenes.
—Ahora está con Ainhoa. Está en un lugar mejor —agregó su madre.
David asintió.
Maruja sirvió el consomé y desapareció discretamente del comedor. Durante algunos minutos solo se escuchó el sonido de las cucharas contra la porcelana. La comida estaba tan rica que ni Tristán tuvo comentarios para alivianar el silencio que había en el comedor.
Ainhoa tomó unas cucharadas antes de dejar la cuchara sobre el plato.
—Bien —dijo.
David levantó la mirada.
Su madre tomó la servilleta y se limpió cuidadosamente los labios.
—Ahora que has comido algo, podemos hablar.
—¿De qué?
Ainhoa lo miró directamente.
—De la razón por la que fui a ver al abogado antes de venir a Madrid.
David dejó lentamente la cuchara sobre el plato. De pronto sintió como si se le cerrar el estómago, al parecer, la cena no iba a ser tranquila como lo había imaginado.
—¿Qué ocurre?
—Es mejor que te enteres ahora que estás con gente de confianza —contestó, viendo a Tristán.
—No se preocupe, señora Ainhoa, de estos sensuales labios no saldrá nada.
Ainhoa sonrió levemente.
—Bueno. Tu padre modificó sus disposiciones hace algunos meses.
—¿El testamento?
—Entre otras cosas.
David se recargó contra el respaldo.
—¿Y qué dice?
—No lo sé todo. La lectura formal tendrá que hacerse con los interesados presentes.
—Entonces ¿qué sabes?
Ainhoa lo miró directamente.
—Que no te dejó Empresas Canarias.
El silencio cayó sobre el comedor. Tristán lo miró sorprendido, como si no pudiese creer lo que acababa de escuchar. Si fuese un espía de su padre esta información sería oro puro.
David, en cambio, permaneció inmóvil ante la noticia de su madre. Sin embargo, no sintió decepción.
—Bueno… —murmuró—. Supongo que eso simplifica bastante las cosas.
—No —respondió Ainhoa—. Las complica.
David frunció el ceño.
—¿Por qué?
—Porque tampoco se las dejó a Gastón.
Tristán dejó escapar una pequeña risa. Gastón le desagradaba tanto que no podía imaginar la cara de decepción que pondría al ver que no era candidato.
—Qué cabrón —se le escapó.
Ainhoa le lanzó una mirada.
—Perdón —se corrigió inmediatamente—. Qué hombre tan previsor.
David casi sonrió.
—Entonces ¿a quién se las dejó?
—A nadie.
Esta vez David se inclinó hacia delante.
—¿Cómo que a nadie?
—Tu padre tenía participaciones mayoritarias en algunas sociedades, participaciones compartidas en otras, propiedades a su nombre, barcos, hoteles, terrenos y acuerdos con distintas ramas de la familia. Lo que hizo fue impedir que todo ese poder pasara automáticamente a una sola persona.
—¿Por qué?
Ainhoa lo miró como si la respuesta fuera evidente.
—Porque conocía a su familia.
Tristán se recostó en la silla.
—La guerra.
David lo miró.
—¿Qué?
—Lo que te dijo tu padre.
David recordó inmediatamente aquellas palabras.
Crees que vas a heredar una empresa, pero vas a heredar una guerra.
Sintió un escalofrío.
Ainhoa continuó:
—Durante los próximos meses tendrán que reorganizarse las sociedades, designar representantes, ratificar cargos y decidir quién asumirá la dirección general. Tu padre dejó mecanismos para impedir que cualquiera pudiera proclamarse presidente simplemente por herencia.
—Incluyéndome.
—Especialmente tú.
David soltó una risa incrédula.
—Hasta muerto continúa poniéndome exámenes.
—Tu padre nunca creyó que un apellido fuera suficiente para dirigir una empresa.
—Pero quería que yo la dirigiera.
—Sí.
Ainhoa sostuvo su mirada.
—Quería que demostraras que podías hacerlo.
David apartó los ojos hacia la silla vacía de su padre. Ahora comprendía aquella última exigencia.
Júrame que la ganarás.
No le había pedido que conservara una herencia, le había pedido que la conquistara.
—Hay otra cosa —añadió Ainhoa.
David volvió a mirarla.
—¿Todavía hay más? ¿Qué podría ser peor que esto?
—La alianza con los Lafuente.
David se tensó.
—¿Qué pasa con ella?
—Se acabó.
David tardó unos segundos en comprender. ¿Se acabó? ¿Cómo? ¿A caso su madre había hecho algo?
—¿Cómo?
—No tienes que casarte con Sarahí.
El silencio que siguió fue completamente distinto.
—Madre…
—La alianza matrimonial fue una condición negociada entre tu padre y Alí Lafuente para consolidar una operación mucho más amplia entre ambas familias. Acceso a financiación, garantías bancarias, participación en determinados proyectos hoteleros y respaldo para la expansión de Empresas Canarias.
—Lo sé.
—Lo que quizá no sabes es que la parte fundamental del acuerdo dependía personalmente de tu padre.
David frunció el ceño.
—Explícate.
—Los Lafuente aceptaban respaldar la expansión porque confiaban en David Tomás Canarias. No en Empresas Canarias en abstracto. En él.
Tristán comprendió antes.
—Y David no es todavía presidente.
Ainhoa asintió.
—Exactamente.
Miró a su hijo.
—Tu padre ha muerto. Tú no controlas las sociedades. Nadie sabe todavía quién las controlará. Alí Lafuente no va a entregar a su hija y comprometer el patrimonio de su familia con un muchacho de diecinueve años que mañana podría quedarse fuera de la empresa.
David permaneció callado.
—¿Entonces los Lafuente rompieron el acuerdo?
—No necesitan romperlo. El acuerdo que justificaba el matrimonio ya no puede ejecutarse en las condiciones pactadas. Tendrá que renegociarse todo desde el principio.
—¿Y Sarahí?
—Sarahí no es un contrato, David. —Ainhoa tomó nuevamente la cuchara—.Y tú tampoco.
Tristán miró a su amigo. Poco a poco, una sonrisa cómplice comenzó a dibujarse en sus labios.
David frunció ligeramente el ceño.
Entonces Tristán articuló las palabras en silencio, solo para él:
—Ahí está tu milagro.
David comprendió de inmediato.
El milagro.
Días atrás, cuando se negaba a aceptar que debía elegir entre Alegra y Empresas Canarias, Tristán le había dicho que dejara de buscar soluciones imposibles y esperara un milagro.
Y allí estaba ese milagro tan esperado: la alianza con Sarahí había desaparecido.
—Puedo casarme con ella —murmuró.
Ainhoa lo escuchó.
—Puedes casarte con quien te dé la gana. —David levantó los ojos hacia su madre—. Pero… —Ainhoa suspiró, por supuesto que había un pero—. Si eliges luchar por Empresas Canarias, tendrás que comprender que ya no eres simplemente el hijo de David Canarias. A partir de mañana, cada cosa que hagas será utilizada para decidir si eres capaz de ocupar su lugar.
—Incluido con quién me case.
—Especialmente con quién te cases.
David sintió que la libertad que acababa de descubrir adquiría inmediatamente un peso diferente.
Ainhoa se inclinó ligeramente hacia él.
—Tu padre ya no puede obligarte a casarte con Sarahí. Los Lafuente tampoco. Yo mucho menos. —Hizo una pausa—. Pero no confundas ser libre con estar libre de consecuencias.
Tristán permaneció en silencio.
—Si amas a Alegra, elígela —continuó Ainhoa—. Pero si también quieres esa empresa, tendrás que conseguir que el mundo entienda que una cosa no te hace menos merecedor de la otra.
David miró nuevamente la silla vacía de su padre.
Qué ironía.Había llegado a Madrid convencido de que tendría que escoger entre Alegra y Empresas Canarias y ahora su padre acababa de morir dejándole exactamente lo contrario: la posibilidad de tener ambas… y la obligación de luchar por cada una.