Las puertas de la unidad de cuidados intensivos se abrieron y David entró vestido con la ropa que le habían proporcionado en el hospital. Se sentía extraño dentro de aquella bata, avanzando por un pasillo en el que todo olía a desinfectante y donde las voces parecían reducirse instintivamente a murmullos.

Una enfermera caminó delante de él hasta detenerse frente a una habitación.

—Puede pasar, pero procure no alterarlo. Está muy débil.

David asintió.

Las puertas de la habitación se abrieron y David tomó un gran respiro. Creyó estar preparado pero, no lo estaba. No importa cuál fuese la relación con su padre no estaba listo para verlo así. Al entrar, tardó unos segundos en reconocerlo. 

David Tomás Canarias siempre había sido un hombre imponente. No necesitaba levantar la voz para hacerse notar; bastaba con que entrara en una habitación para que todos corrigieran la postura. Sin embargo, ahora se veía más pequeño, vulnerable, débil. 

Estaba recostado entre las sábanas blancas, con el rostro pálido y los ojos cerrados. Una mascarilla le ayudaba a respirar y varios cables desaparecían debajo de la ropa del hospital.

David sintió un nudo en la garganta. Sería la primera y última vez que vería a su padre. Tuvo miedo. 

Se acercó despacio y a penas en un susurro dijo: 

—Padre…

Los párpados de don David se movieron. David tomó su mano y sintió la temperatura de su cuerpo, estaba fría. La frotó con la otra para tratar devolverle algo más de calor. 

—Estoy aquí.

Su padre abrió los ojos con esfuerzo. Tardó unos segundos en enfocar el rostro de su hijo y, cuando finalmente lo consiguió, hizo un pequeño movimiento con la boca.

—Has tardado…

David dejó escapar una risa quebrada. Incluso al borde de la muerte seguía siendo él.

—Vine en cuanto pude.

Don David cerró nuevamente los ojos.

—¿Alguien más lo sabe? 

—No… —respondió David, como si estuviera seguro. 

—Bien…

Permanecieron unos segundos en silencio.

David apretó ligeramente su mano y él hizo un gruñido como si estuviera molesto. 

—Padre… el médico dice qué… 

—Sé que estoy muriendo… no me hagas perder el tiempo negando lo evidente. 

David guardó siencio. Hasta en estos momentos su padre no podía dejar de pensar en el trabajo. Se preguntó si se acordaba de su madre o de algo que no fuese la empresa. 

—David. Te quedarás con todo y te lo querrán robar… a como dé lugar. 

—Padre, no te agites. 

—Cuando muera, todos van a querar mi silla. 

—Gastón… 

—Gastón será el primero. Pero no será el único. Tus tíos llevan veinte años sonriéndome mientras esperan verme bajo tierra.

—Padre, no te agites —le pidió David.

Pero don David pareció reunir las pocas fuerzas que todavía le quedaban. Apretó con fuerza la mano de su hijo y trató de incorporarse sobre la cama.

Los aparatos comenzaron a alterarse.

—Crees que vas a heredar una empresa… —pronunció con dificultad—. Pero vas a heredar una guerra.

David intentó obligarlo a recostarse.

—Ya hablaremos de eso después.

—¡No habrá después!

David se quedó inmóvil. Nunca había escuchado a su padre admitir la posibilidad de morir.

Don David volvió a apretarle la mano.

—Y esa guerra tienes que ganarla.

—Padre…

—Júramelo.

—No tienes que…

—¡Júramelo!

El monitor comenzó a registrar los latidos cada vez más acelerados de su corazón. David miró hacia los aparatos y después hacia la puerta.

—¡Enfermera!

—¡Mírame!

David volvió el rostro.

Los ojos de su padre estaban clavados en él.

—Júrame que vas a ganar, David. No permitas que Gastón destruya lo que construimos. No dejes que tus tíos despedacen la empresa para llenarse los bolsillos. —Tomó aire con dificultad—. Todo lo que hice… todo… fue para que algún día fuera tuyo.

—¡Deja de hablar!

—¡Júramelo!

Los aparatos comenzaron a sonar con insistencia. Una luz se encendió sobre el monitor y David sintió que el pánico se apoderaba de él.

—¡Enfermera! ¡Por favor!

—¡Júramelo, David!

Y David cedió.

Se olvidó de la conversación que había ensayado durante todo el vuelo.Incluso, durante un terrible instante, se olvidó de Alegra.Ya no era el joven que había viajado a Madrid dispuesto a elegir su propia vida. Era un hijo viendo morir a su padre.

—Lo juro —respondió.

Don David continuó mirándolo, esperando más. David apretó su mano.

—Yo ganaré esa guerra. Empresas Canarias seguirá en pie y no permitiré que nadie nos la arrebate. Te lo juro.

Algo cambió entonces en el rostro de su padre. No fue un momento de ternura ni de alivio, fue satisfacción, como si acabara de cerrar el último negocio de su vida. 

—Diviértete. — Entonces, dejó caer lentamente la cabeza sobre la almohada.

El monitor lanzó un sonido diferente.

—¿Padre?

Don David cerró los ojos.

—¡Padre!

Las puertas se abrieron de golpe. Dos enfermeras y el médico entraron corriendo.

—¡Tiene que salir!

—¡Está sufriendo otro infarto!

—¡Padre!

Una enfermera sujetó a David por los brazos mientras el médico se colocaba junto a la cama.

—¡Señor Canarias, tiene que salir ahora!

—¡Padre!

Lo empujaron hacia el pasillo.

Lo último que David alcanzó a ver antes de que las puertas se cerraran fue la mano de su padre cayendo inerte sobre las sábanas.

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