Julio 26 de 1970 

Querido Diario: 

Esta vez te escribo desde una pequeña cafetería frente al puerto porque me ha sido imposible quedarme en casa.  No es que haya pasado algo con Mandy, no estoy enfadada con ella o no me ha dicho algo que me molestara, simplemente necesitaba salir, tomar aire fresco, tratar de quitarme esta sensación que tengo en el pecho. 

Debo confesar que hay días en los que las paredes parecen acercarse demasiado y hoy es uo de ellos. Uno donde no puedo sopotar estar dentro de una habitación sin sentir que me voy a ahogar. Solía pasarme mucho en casa de Federico y yo creo que por eso prefería estar todo el día en la calle. 

Me he pedido un café pero llevo casi media hora mirándolo. Sé que ya debe estar frío pero no me apetece pedir otro, en realidad no tengo muchas ganas de interactuar. Es una lástima porque a mi alrededor hay personas desayunando, turistas hablando demasiado alto y una pareja que lleva todo este tiempo discutiendo sobre qué playa visitar. Me causa gracia porque quisiera decirles que vayan a cualquiera; todas son hermosas. 

Ibiza es hermosa. Es uno de los lugares más hermosos que he visto, tal vez porque es el único lugar que he vistado en mi vida. Nunca pensé que llegaría hasta acá, y ahora que vivo aquí me molesta sentirme triste. 

Es curioso, pensé que al marcharme de Las Palmas dejaría muchas cosas atrás como la casa de los Montero, los gritos, el miedo, las noches sin dormir y la tristeza, sobre todo esa última que me carcomía el cuerpo . Llegué a creer que una persona podía cambiar de vida con sólo subir a un avión y alejarse lo suficiente pero, en mi caso, creo que la tristeza también compró un billete… ¿me pregunto qué más puede hacerlo? 

Últimamente me cuesta dormir y es una situación terrible porque en realidad termino muy cansada de trabajar y sólo quiero descansar. Pero, es que cuando cierro los ojos y consigo dormir, regreso a lugares a los que no quiero volver, convirtiendo mis sueños en pesadillas. 

Como quisiera soñar con David, pero no he podido. No sé si sea una señal de que debo comenzar a olvidarme de él o simplemente mi mente está tan saturada que no me deja hacerlo. 

También mi humor siempre ha sido cambiante. Algunos días tengo ganas de cantar, de trabajar y de caminar hasta que me duelan los pies. Otros, como hoy, sólo quiero sentarme frente al mar y no tener que explicarle a nadie por qué estoy callada. 

No creo que esté mal, supongo que es parte de mi personalidad. Mi madre me decía que de pequeña podía pasar de correr por toda la casa a quedarme una hora mirando por la ventana. Ella me preguntaba qué pasaba y yo nunca sabía que responderle. 

Todavía no lo sé. Tal vez hay personas que nacen con un poco de tristeza dentro y a veces necesitan una pequeña dosis para poder regular tanta felicidad. Porque soy muy feliz. Sería injusto decir que no lo soy.

Vivo en una hermosa isla, tengo trabajo que me paga muy bien, tengo una mejor amiga que me quiere y me comprende. Como bien, canto cuando estoy sola, me río mucho y, sobre todo, tuve a David. 

Escribo tuve porque hace días que no sé de él y supongo que ya no lo volveré a ver. Quizá por eso hoy me pesa la vida un poquito más de lo habitual porque, por primera vez, tuve muchas cosas buenas juntas y pensé que podrían quesarse. 

Intento no enfadarme. Sé que él tomó una decisión y que yo misma había decidido tomarla por los dos, entonces, ¿por qué me duele tanto que haya sido él quién se marchara primero? ¡Sin decirme nada! Ni siquiera se despidió de mí. Aunque, quiero pensar, que su familia se lo prohibió. 

Sí… debe ser eso. 

¡Dios! ¡Qué contradictoria soy! Quería dejarlo para protegerlo, pero una pequeña parte de mí esperaba que no me dejara hacerlo. Esperaba que apareciera afera del Paraíso Club, en su auto, con esa sonrisa que siempre trae en el rostro y me dijera que había encontrado una solución; una donde pudiésemos ser felices. 

Pero no apareció y me siento triste. Quiero convencerme de que hizo lo correcto, sé que lo hizo. David es parte de su mundo y yo, desde el primer momento supe que no lo era. Supongo que una ilusa parte de mi pensó que podría lograrlo. Esta vez pensé que lo lograría. 

Sé que estaré triste unos días más pero, después volveré a ser yo misma. Siempre es así. Es mi dósis, es la manera con la que compenso que mi corazón esté roto. Sé que tengo que seguir trabajando y ahorrándo. Tal vez, algún día, salga también de aquí a otro lado, a otro contiente. Tal vez, algún día volveré a cantar frente al público o logre estudiar. 

He sobrevivido a cosas peores que un corazón roto. Lo único que me preocupa es que cada vez que sobrevivo algo siento que dejo un pedacito de mí detrás. No sé cuántos pedacitos me quedan, pero todavía quedan. 

Hoy, por ejemplo, queda suficiente para terminar este café aunque esté frío, levantarme y dejar esta mesa e ir a trabajar. 

Por ahora, creo que eso basta. 

Alegra. 

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