Alegra Bustamante había hecho de Ibiza su hogar en muy poco tiempo. O, quizá, su primer hogar, porque la casa de los Montero nunca había sido realmente un lugar al que pudiera llamar así. Allí solo había conocido el miedo, el hambre y la incertidumbre. En cambio, la isla le había regalado paz, trabajo, amigos y la oportunidad de empezar de nuevo.

Ahora vivía en un auténtico paraíso.

Su amistad con Mandy iba viento en popa. Las dos se comportaban como si se conocieran desde niñas. Compartían una casa, cocinaban juntas, se reían de cualquier tontería y pasaban horas conversando sobre lo primero que se les viniera a la mente. Mandy se había convertido en la hermana que Alegra nunca tuvo, su mejor amiga, la persona en la que más confiaba y con la que sabía que estaba a salvo. Sin proponérselo, Alegra era ahora la familia de Mandy, esa que se había ido de la isla hace años. Por primera vez en mucho tiempo, ambas tenían a alguien con quien compartir las pequeñas alegrías del día a día.

En menos de una semana, Alegra ya había hecho una rutina, construido una nueva vida. Además de trabajar en el Paraíso Club con Mandy, también había encontrado un segundo trabajo en un pequeño restaurante familiar del barrio de La Marina, uno de esos lugares frecuentados por pescadores, vecinos y algunos turistas que buscaban comida casera antes de embarcarse y recorrer la isla.

Tanto para Mandy como para David se les hacía excesivo; sin embargo, ella estaba acostumbrada a largas jornadas de trabajo desde que era una niña, por lo que permanecer tantas horas sin hacer nada durante el día la hacía sentir inquieta. Así, después de que David la dejaba en casa de Mandy, Alegra se daba una ducha, se cambiaba y se iba a trabajar. Solo eran unas horas, así que para la media tarde ya estaba de regreso en casa de Mandy para descansar un par de horas y prepararse para el turno de noche en el Paraíso Club.

El trabajo era sencillo, pero le gustaba. Le permitía conocer a la gente de Ibiza, practicar su trato con los clientes y, sobre todo, seguir ahorrando. Cada peseta que guardaba en aquella caja vieja de madera la acercaba un poco más a su verdadero sueño: terminar la secundaria, estudiar medicina y convertirse algún día en pediatra. Y tal vez, por qué no, volver a comprarse un tocadiscos.

Mandy no entendía por qué su amiga, que apenas dormía, insistía en trabajar tanto.

—Porque los sueños no se construyen con suerte, se construyen con horas de trabajo —le contestó.

En el restaurante Alegra se sentía feliz. Las cocineras la adoptaron de inmediato, como si fuese una sobrina más, y le enseñaron a preparar recetas tradicionales de la isla: el bullit de peix, el sofrit pagès, la frita de pulpo y el flaó. También descubrió el placer de un buen pa amb oli después de una larga jornada de trabajo.

Por primera vez en muchos años comía tres veces al día y nadie le reclamaba por servirse una porción más. En apenas unas semanas recuperó el peso que había perdido durante años de privaciones. Sus mejillas comenzaron a redondearse, sus brazos dejaron de verse frágiles y su figura adquirió la salud que siempre le había faltado. Incluso Mandy bromeaba diciendo que Ibiza estaba empeñada en devolverle todo lo que la vida le había quitado.

Y, aunque Alegra todavía no era capaz de verlo, su cambio no era solo físico. Poco a poco también estaba recuperando algo mucho más importante: la tranquilidad de sentirse, por primera vez, a salvo. Al menos por ahora, porque por las noches seguían perteneciendo a sus fantasmas.

Alegra evitaba dormir cuanto podía porque cada vez que cerraba los ojos revivía la caída de Federico desde aquella escalera. Escuchaba el golpe seco de su cuerpo contra el suelo, la sangre corriendo por el suelo, y volvía a sentir el mismo terror que la había obligado a huir de Gran Canaria.

Despertaba sobresaltada, empapada de sudor y con la respiración agitada, convencida durante unos segundos de que seguía atrapada en aquella casa que había sido su prisión durante muchos años.

—Ya no están, ya se han ido —se convencía, mientras respiraba el aire salado de Ibiza y recordaba dónde estaba.

Ella no sabía cuánto tiempo tendría que soportar aquella tortura.

¿La perseguiría ese recuerdo toda la vida?

Por un instante se preguntó si todo desaparecería si le contaba la verdad a Mandy… o a David. Tal vez, si alguien conocía lo que había ocurrido aquella noche, el peso sobre su pecho sería un poco más ligero.

Pero enseguida desechó la idea.

—No digas tonterías… —se murmuró a sí misma.

David jamás podría amar a una asesina y Mandy, por mucho que le tuviera cariño, seguramente la echaría de su casa en cuanto supiera quién era en realidad. No. Tendría que cargar con aquel secreto ella sola. Lo enterraría tan hondo que nadie volvería a desenterrarlo porque, si algo había aprendido desde niña, era que la verdad no siempre liberaba; a veces, lo único que hacía era destruirlo todo.

No obstante, todo desaparecía en cuanto veía a David. Bastaba una de sus sonrisas, el calor de su mano entre la suya o la manera en que la miraba para que los recuerdos dejaran de perseguirla. Cuando estaba con él, el pasado de Alegra parecía pertenecer a otra vida, una que poco a poco dejaba de definirla.

David la protegía, la cuidaba y la hacía sentir importante. La escuchaba como nadie lo había hecho antes, celebraba sus pequeñas victorias y la hacía reír incluso en los días más difíciles.

Cada madrugada que compartían tenía algo distinto: un recuerdo de infancia, una confesión inesperada, una anécdota de la universidad, un rincón nuevo de Ibiza o un beso diferente que él parecía inventar solo para ella.

David no era un príncipe de cuento.

Era un hombre bueno.

Un hombre que, a pesar de haber nacido rodeado de privilegios, conservaba una humildad que pocas personas con su fortuna tenían. No intentaba impresionarla con su dinero ni con su apellido; la impresionaba con los pequeños detalles. Le abría la puerta del coche, recordaba las cosas que ella le contaba, le preguntaba por sus sueños y era capaz de pasar horas escuchándola cantar sin mirar el reloj.

Pero lo que más enamoraba a Alegra era que David también se permitía ser vulnerable. Le hablaba de sus inseguridades, del miedo a decepcionar a su padre y de la presión constante de convertirse en el heredero de Empresas Canarias. Eran pensamientos que jamás compartía con nadie más.

Tal vez por eso, aquella mañana, mientras el yate se mecía suavemente lejos de la costa y ella descansaba entre sus brazos, David rompió el silencio.

—Ayer hablé con Tristán.

Alegra levantó la cabeza para mirarlo.

—¿Y qué dijo?

David soltó una risa breve.

—Que me escapara contigo.

Ella lo observó unos segundos y después estalló en una carcajada. Solo la idea de que ellos dos pudieran escaparse se le hacía imposible.

—¿Eso dijo?

—Palabra por palabra.

—¿Y tú qué contestaste?

David jugueteó con un mechón de su cabello antes de responder. En realidad, Tristán había sembrado aquella idea en su cabeza y, por más que intentara arrancarla, comenzaba a echar raíces.

—Que estaba loco —se limitó a responder.

Alegra le dio un beso tierno sobre los labios.

—Menos mal. Ahora no tengo maleta para empacar toda la ropa que tengo —bromeó.

Él sonrió.

El yate se mecía al ritmo de las pequeñas olas mientras el sol comenzaba a asomarse en el horizonte, tiñendo el mar de tonos dorados y anaranjados. Alegra seguía entre sus brazos, ajena al torbellino que él llevaba por dentro.

Extrañaría aquellos amaneceres.

Si no hacía nada, si permitía que el destino siguiera el curso que todos habían decidido por él, ese instante terminaría convirtiéndose en uno de los recuerdos más valiosos de su vida. Uno de esos momentos que se guardan para siempre porque nunca vuelven a repetirse.

—Aunque… por un momento lo pensé —David rompió el silencio con esa frase.

Alegra, volteo a verlo a los ojos y sonrió.

—¿De verdad?

David asintió con una sinceridad que la desarmó.

—Todo el día de ayer. Incluso, a pesar de mis deberes, no deja de resonar en mi mente.

Alegra se acomodó frente a David y le acarició el rostro. David se sonrojó ante la suavidad de su mano contra su mejilla.

—Imaginemos que es posible…

—Ale…

—Venga… Fantasear no cuenta nada. ¿Adónde me llevarías?

David sonrió.

—A cualquier puerto donde nadie supiera pronunciar «Canarias».

Alegra soltó otra risa.

—Eso elimina media España.

—Entonces Italia o a París. O si quieres más lejos, nos podríamos ir a Argentina o a Japón. Siempre quise ir a Japón.

—No hablo japones.

—Yo tampoco. Aprenderíamos.

Ella negó con la cabeza, divertida.

—¿Y de qué viviríamos, señor empresario?

David adoptó un gesto solemne.

—Tú cantarías.

—Ajá…

—Y yo administraría el lugar donde cantaras.

—¿Un teatro?

—Si eso quieres… montaríamos un espectáculo donde tú fueras la artista principal. Yo me encargaría de todo.

Alegra soltó una risa.

—¿Has administrado un teatro?

—No.

—¿Entonces cómo sabes que podrías hacerlo?

David se encogió de hombros.

—No puede ser tan difícil.

Ella negó con la cabeza, divertida, y sintió cómo el rubor le subía a las mejillas. David se inclinó hacia ella hasta rozar suavemente su nariz con la suya.

—La verdad… —Hizo una pausa—. No me importaría dónde escaparme contigo. Podría ser un teatro, un restaurante, un hotel o una pequeña casa frente al mar. Me daría igual. Mientras estuviéramos juntos… sin presiones, sin deberes… sin… —La frase murió en sus labios.

De pronto, todas sus responsabilidades y todos sus deberes regresaron de golpe a su cabeza. Alegra no necesitó que terminara la oración. En el poco tiempo de estar con David, había aprendido a leer su silencio casi tan bien como sus palabras. Entonces, entrelazó sus dedos con los de él y los llevó hasta su pecho.

—No sigas. —Él levantó la mirada—. No quiero que este momento también se convierta en una preocupación.

Se inclinó despacio y besó sus labios. Fue un beso lento, tranquilo, como si quisiera convencerlo de que, al menos durante aquellos minutos robados al amanecer, el mundo podía esperar. Cuando se separó apenas unos centímetros, apoyó la frente contra la suya.

—Ya tendremos tiempo para preocuparnos por el mañana.

Pero esta vez David negó con la cabeza.

—No… Yo no tengo tiempo.

Se apartó lentamente de ella y se puso de pie. Caminó hasta la proa del yate, pasándose ambas manos por el cabello. Su respiración se volvió más pesada. No estaba enfadado con Alegra; estaba desesperado.

—No tengo tiempo… —repitió, casi para sí mismo—. Tengo días.

—David…

Él se volvió hacia ella.

—¿No lo entiendes, Alegra? Dentro de unas semanas tendré que irme. No quiero seguir escondiéndote en este yate ni recogerte de madrugada para que nadie nos vea. Quiero caminar contigo por Ibiza. Quiero llevarte de la mano. Quiero besarte en mitad de Vara de Rey sin tener que mirar quién nos observa.

Bajó la voz.

—Quiero amarte en libertad.

El silencio duró apenas unos segundos.

—Pero también sé que, si no hago lo que esperan de mí, puedo perderlo todo. Mi familia, la empresa… todo aquello para lo que me prepararon desde que era un niño.

Se apoyó en la barandilla, mirando el mar.

—Y tampoco quiero dejar Empresas Canarias en manos de mis primos. Mi abuelo y mi padre dedicaron su vida a construirla. No puedo permitir que todo ese esfuerzo termine destruido por culpa de mi decisión.

Alegra permaneció en silencio. Nunca lo había visto así, tan asustado, tan humano. Ella se puso de pie y dio un par de pasos para quedar a su lado.

—Yo… yo no sé qué decirte. —Alegra se sintió inútil por no saber cómo consolarlo.

David volteó hacia ella, acercó su frente a la de ella y susurró.

—Dime qué hago, Alegra. Porque, por primera vez en mi vida, no sé cuál es la decisión correcta.

Alegra bajó la mirada.

¿La decisión correcta?¿Qué podía decir ella sobre decisiones correctas cuando toda su vida parecía estar construida sobre errores, huidas y secretos? Había escapado de Gran Canaria, mentido sobre su pasado y cargaba con una culpa que no se atrevía a compartir con nadie.

Guardó silencio unos segundos. Por mucho que le doliera reconocerlo, era plenamente consciente del lugar que ocupaba en la vida de David. Se había enamorado de él con una intensidad que jamás imaginó posible. Lo amaba con cada amanecer robado, con cada beso y con cada conversación en aquel yate perdido en el Mediterráneo. Pero, también, sabía que ella no era la respuesta a sus problemas.

Era el conflicto.

Si Alegra no hubiera aparecido en su vida, David habría seguido el camino que todos habían trazado para él. Doloroso, sí. Injusto, quizá. Pero sencillo. En cambio, desde que sus destinos se habían cruzado, él apenas dormía, mentía a su familia y vivía dividido entre el deber y el deseo, y esa idea le partía el alma, porque lo último que quería era convertirse en la razón de su sufrimiento.

Levantó la vista y buscó sus ojos.

—David… —susurró con una ternura que casi dolía—. Yo nunca quisiera ser la razón por la que pierdas aquello que más amas.

David sonrió. Sus palabras eran sinceras, pero también crueles. Porque ella ignoraba que ya formaba parte de aquello que más amaba.

En lugar de responder, tomó su rostro entre las manos y la besó con una dulzura que pareció borrar, por unos segundos, el peso de la conversación. Fue un beso largo, silencioso, como si ambos intentaran tragarse el miedo antes de despedirse.

¿Cómo podía Alegra resolver todos los problemas de David? No podía. Ni ella ni nadie.

Cuando el sol terminó de elevarse sobre el Mediterráneo, regresaron al muelle. David descendió primero del yate y, como hacía siempre, le tendió la mano para ayudarla a bajar. Antes de soltarla, la atrajo hacia él una vez más.

—Encontraré una solución, Alegra. Porque no estoy dispuesto a renunciar a ti —le susurró junto al oído.

Alegra sonrió con tristeza.

—Entonces no busques una solución para conservarlo todo.

David frunció ligeramente el ceño.

Ella acarició su mejilla.

—Busca una decisión con la que puedas vivir el resto de tu vida. —Guardó silencio un instante antes de añadir—: Porque las personas no nos arrepentimos de lo que perdemos… nos arrepentimos de las decisiones que tomamos por miedo.

David sintió un nudo en la garganta. Aquella muchacha que había sobrevivido con tan poco acababa de darle la lección más importante de su vida.

Sonrió.

—¿Y si mi decisión eres tú?

Alegra no respondió, simplemente se puso de puntillas y lo besó. Fue un beso lento, profundo, el tipo de beso que solo existe cuando dos personas olvidan por completo el mundo que las rodea.

—¡Vaya, vaya…!

Una voz conocida rompió el silencio del puerto. Ambos se separaron de golpe y cuando David lo vio sintió que la sangre abandonaba su rostro. A unos metros de ellos, con las manos en los bolsillos, visiblemente enfiestado y una sonrisa burlona dibujada en la cara, Dante Canarias los observaba.

—Así que el heredero tiene un secretito… —se burló Dante.

David sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Lo habían descubierto y nada volvería a ser igual.

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