El Mercedes-Benz se detuvo frente al Passeig de Vara Rey (Paseo de Vara de Rey), el elegante bulevar que unía el puerto con el corazón de Ibiza. A ambos lados se alzaban altos árboles que proyectaban largas sombras sobre el paseo empedrado. Bancas de hierro forjado, faroles de estilo modernista y una vista que quitaba el aliento.

            Para suerte de ellos, o más bien por lógica, el paseo a esa hora estaba desierto, sólo para ellos dos. David ayudó a Alegra a bajar del auto, tomando su mano con delicadeza.

—¿Aquí? —preguntó ella, sorprendida al ver que se alejaban de los hoteles elegantes.

David sonrió.

—Confía en mí. Antes de ir al barrio de La Marina quiero enseñarte la Ibiza que casi nadie conoce. La que más me gusta a mí.

Ambos echaron a andar por el paseo, todavía de la mano.

David sonrió de lado.

—Ahora tendrías que decir que soy un desgraciado por hacerte caminar después de haberte pasado toda la noche despierta.

Alegra soltó una risa.

—Podría hacerlo… —Lo miró de reojo—, Pero todavía me queda un poco de energía. Además, por lo que me ha dicho Mandy, no todas tienen la fortuna de pasear de la mano de David Canarias.

David sonrió. El comentario provocó que de nuevo se sonrojara.

Ambos guardaron silencio y dejaron que la ciudad hablara por ellos.

A lo lejos comenzaban a escucharse las primeras gaviotas sobrevolando el puerto, mientras el suave golpeteo de los mástiles de los veleros chocando entre sí marcaban el despertar de la bahía. Algún pescador descargaba las capturas de la madrugada entre el murmullo de voces cansadas y el arrastrar de cajas de madera sobre el muelle. Las campanas de una iglesia cercana anunciaron las seis de la mañana y, poco a poco, los primeros comercios levantaban sus persianas. Desde una panadería llegaba el aroma del pan recién horneado, mezclándose con la brisa salada que ascendía desde el Mediterráneo.

Ibiza despertaba despacio, igual que el amor que comenzaba a nacer entre ellos.

En realidad, David había ido a buscar a Alegra para hablar con ella. Después de la conversación con Tristán no había dejado de darle vueltas a sus palabras. Sabía que lo suyo era complicado y, por encima de todo, no quería convertirse en otra persona que terminara haciéndole daño. Había ensayado decenas de veces lo que pensaba decirle: que no podía prometerle un futuro, que existían demasiados obstáculos entre ellos, que quizá lo más sensato era poner distancia antes de que fuera demasiado tarde.

Pero bastó con verla salir de la casa, con sentir su mano entre la suya y caminar a su lado para que todo el discurso que había preparado se desmoronara. Porque sí, tal vez Alegra no era la mujer ideal para la vida que otros habían diseñado para él, pero era, sin duda, la mujer de su vida. Porque había cosas que la razón comprendía a la perfección, pero que el corazón se negaba rotundamente a aceptar.

—Este lugar me recuerda mucho a Las Canteras, en Las Palmas —Alegra fue la primera en romper el silencio—. Solía pararme en una esquina y cantar a todo pulmón, rogando para que alguien se detuviera a escucharme.

David la miró con atención.

—¿De verdad? ¿Cuántos años tenías?

—Nueve… Empecé a cantar muy chica.

David sonrió con ternura.

—Y puedo asegurar que ya tenías una voz muy hermosa.

Alegra soltó una risa bajita y negó con la cabeza.

—Era una niña. Tenía una voz frágil y apenas ganaba unas cuantas monedas.

Hizo una pequeña pausa.

—Algunos días reunía lo suficiente para comprar un poco de pan. Otros… simplemente cantaban porque no tenían otra cosa que ofrecer.

David sintió que algo se le encogía en el pecho. Le costaba imaginar a aquella niña sola, de pie frente al mar, cantando para desconocidos con la esperanza de poder comer ese día.

—¿Y nunca pensaste en rendirte?

Alegra miró el horizonte.

—Muchas veces. —Sonrió con nostalgia—. Pero no podía rendirme. —Guardó silencio unos segundos antes de continuar—. ¿Qué llevaría un pescador a su mesa si se rindiera al ver la tormenta?

David la observó.

—Mi madre decía que el mar siempre pone pruebas antes de regalar una buena pesca. Que los que regresan al puerto demasiado pronto casi nunca vuelven con las redes llenas.

Se encogió ligeramente de hombros.

—Supongo que la vida hace lo mismo.

David guardó silencio.

Aquella frase se quedó suspendida entre los dos, mezclándose con el sonido de las olas.

—Tenía razón tu madre —murmuró él.

Alegra volvió a mirarlo.

—¿Sí?

David asintió despacio.

—Porque, si aquella niña hubiera dejado de cantar… —Hizo una breve pausa y sonrió—. Yo nunca habría tenido la suerte de conocerla.

Alegra se mordió el labio para contener la sonrisa.

Continuaron caminando por el Passeig de Vara de Rey sin prisa, disfrutando del fresco de la mañana. El sol comenzaba a asomarse detrás de Dalt Vila, tiñendo de dorado las fachadas blancas de la ciudad. Un anciano barría la entrada de su cafetería mientras un repartidor descargaba barras de pan todavía calientes. Las gaviotas planeaban sobre el puerto y el rumor del Mediterráneo llegaba hasta ellos mezclado con el tintinear de los mástiles de los veleros.

David rompió el silencio.

—Me enteré de que quieres regresar los vestidos…

Alegra volvió el rostro hacia él y asintió.

—Son hermosos… —dijo señalando el vestido rojo que llevaba puesto—. Este también. Pero no puedo quedármelos.

David la miró confundido.

—¿Por qué?

—Porque no tengo dónde usarlos.

Bajó la vista hacia la tela que acariciaba con la mano.

—Se arruinarían guardados en un clóset. Y… aunque hayan sido un regalo…

No terminó la frase.

David esperó.

—Pero…

Alegra lo tomó suavemente de la mano y lo condujo hasta una de las bancas del paseo.

Ambos se sentaron.

Ella giró hacia él.

Tomó sus manos entre las suyas y, con una ternura que hizo que el corazón de David se acelerara, depositó un beso sobre sus nudillos.

Él se quedó inmóvil.

Jamás nadie había hecho algo así por él.

—Eres un sueño, David.

Él sonrió con timidez.

—Gracias…

—No, déjame terminar.

Alegra sostuvo su mirada.

—Eres un hombre tierno, detallista, gracioso… Me gusta cuando te pones nervioso porque entonces dejas de ser el heredero de Empresas Canarias y simplemente eres tú. Y, a pesar del dinero y del apellido que llevas, sigues siendo un hombre con los pies en la tierra.

David sintió que las mejillas se le calentaban.

—Gracias…

Alegra le sonrió con dulzura.

—Y justo por eso, porque sé que eres un hombre aterrizado, sé que vas a entender lo que quiero decirte…

Las palabras se quedaron suspendidas en su garganta porque, de pronto, dudó. Se estaba arrepintiendo. Hace unos días ella le había pedido que vivieran el presente, que dejaran de pensar en el futuro y disfrutaran el tiempo que les quedaba; ahora sentía que estaba haciendo exactamente lo contrario.

Bajó la mirada hacia las manos de David. Temía que él creyera que estaba rechazándolo y ese no era el caso, al contrario, precisamente porque empezaba a gustarle más, a quererlo un poco más, a sentir una conexión profunda con él, necesitaba poner límites antes de que el corazón se adelantara más de la cuenta.

Alegra respiró hondo.

—David… esto que está pasando entre nosotros, sabes que no puede ser. Míranos. Tú eres tú y yo soy yo.

—Alegra…

—Espera, estoy tratando de encontrar las palabras correctas —lo interrumpió. Volvió a tomar un respiro—. Mandy me contó sobre ti. Me dijo que tienes una gran carga sobre tus hombros. Que eres un hombre con reuniones, compromisos y una vida que ya está escrita mucho antes de conocerme. Sé que no tienes tiempo porque debes irte a Madrid porque estás comprometido con alguien más y porque hay personas que esperan cosas de ti.

—Alegra…

—No… no te juzgo. No te lo digo para juzgarte, sólo quiero que sepas que lo entiendo y te entiendo. No está en mí eso. El día en el yate fue maravilloso. Nos encontramos otra vez, recordamos aquel beso y por un instante fue muy fácil creer que el resto del mundo podía esperar. Nos prometimos ser rebeldes, pero sabes que rebelarse también tiene un precio. La diferencia es que tú no eres el único que tendría que pagarlo.

David la vio a los ojos y los vio brillar. A Alegra le costaba decir todo esto, le estaba rompiendo el corazón. Definitivamente, era una mujer muy valiente, decidida y elocuente, más que cualquier socio u hombre que había conocido en su vida.

—Yo puedo hacerme responsable de mis decisiones. Siempre lo he hecho. Pero no quiero que un impulso termine convirtiéndose en una carga para alguno de los dos.

—No, no será una carga… —murmuró David—. Yo… —de pronto se puso de pie y comenzó a caminar de un lado al otro en frente de ella, con unos dedos en la frente y tratando de pensar—. Yo sé que tengo responsabilidades y en realidad estoy cansado de que ese sea justo el pretexto o motivo para no poder desear algo o a alguien. Yo sé quién soy y a lo que estoy destinado. Pero, ¿qué pasa conmigo? ¿Por qué no puedo decidir a quién amar? ¿Por qué debo pasar una vida deseando lo que necesito?

David se sentó de nuevo al lado de Alegra y le tomó las manos. Sus miradas se cruzaron y el corazón a ambos les latió tan fuerte que no pudieron silenciarlo.

—Estoy cansado de dejar pasar mis oportunidades por tomar las de otros. Estoy asustado.

—¿Asustado?

— Sí, asustado. Porque nunca me había sentido así. — David acarició el rostro de Alegra con el dorso de los dedos—. Así… cómo me siento contigo.

Alegra esbozó una leve sonrisa aprobando la frase.

—El hombre que tienes enfrente también es un desconocido para mí. Siempre he sabido qué hacer. Siempre me educaron para eso, lo hago en mi día a día, resuelvo problemas, negocío, tomo decisiones sin tocarme el corazón, pero, contigo, todo eso deja de servirme.

Él bajó la mirada un instante y soltó una breve risa.

—Hace días que no duermo bien. Ensayo conversaciones que nunca ocurren. Me descubro sonriendo solo cuando recuerdo algo que dijiste o tu risa, tu voz.

David volvió a buscar sus ojos.

—Mi cabeza me dice que me detenga antes de que sea demasiado tarde. Mi corazón me pide exactamente lo contrario. —Se rió bajito—. Y lo peor es que llevo toda la vida haciendo que ambas cosas lleguen a un acuerdo, pero, esta vez, ninguna quiere escuchar a la otra.

Ella se mordió los labios y le sonrió con ternura.

—Bueno, me conociste hace muy poco. Tal vez sea sólo la emoción del momento y…

—No —interrumpió David de inmediato—. No es la emoción del momento, ni nuestro primer beso, ni estos días en Ibiza. —Respiró hondo—. Es la paz que siento cuando estoy contigo.

Alegra, al escuchar esa frase; quiso romper en llanto, pero no lo hizo. En toda su vida, nadie le había dicho una frase tan bonita como esa. Paz. David sentía con ella paz y eso era mucho mejor que cualquier declaración de amor.

—Llevo diecinueve años, Alegra, rodeado de personas que saben perfectamente quién debe ser David Canarias y tú has sido la primera que simplemente ha querido conocer a David.

David hizo una breve pausa. Pasó saliva tratando de desanudar la emoción de su garganta.

—Y ahora que sé cómo se siente ser ese hombre… no quiero volver a esconderlo. Quiero serlo.

David se puso nuevamente de pie.

—¡Pues que se joda el mundo! —exclamó.

Alegra soltó una carcajada.

Él también terminó riéndose.

—Que se jodan los negocios, las empresas… y por una vez, hasta los planes que otros hicieron para mí.

Se acercó a ella y le tendió la mano.

—Ven.

Alegra aceptó.

David la colocó frente a él.

—Hoy venía dispuesto a decirte que esto debía terminar. Estaba convencido de que era lo correcto. Y por lo que acabas de decirme… tú también habías llegado a esa conclusión.

Ella asintió en silencio.

—Pero llevo toda la vida tomando decisiones porque son las más convenientes. Las que tienen menos riesgos. Las que todos esperan de mí.

Hizo una breve pausa.

—Mi padre siempre dice que cada decisión tiene un precio. Que cuando eliges un camino, inevitablemente renuncias a otro.

Sonrió con melancolía.

—Creo que tiene razón.

Levantó la mirada hacia ella.

—Lo que nunca me enseñó es que también existe un precio por no elegir.

El corazón de Alegra dio un vuelco.

—Si hoy me alejo de ti, quizá conserve la vida que todos esperan que tenga.

Acarició suavemente su mano.

—Pero voy a pasar el resto de mis días preguntándome quién habría sido ese hombre que se atrevió a conocerte.

Respiró hondo.

—Y ese… ese es un precio que no quiero pagar.

Sus labios dibujaron una sonrisa nerviosa.

—Así que hoy elijo correr el riesgo.

—¿Aunque salga mal?

—Sobre todo aunque salga mal.

Él sonrió.

—Porque prefiero sufrir por haberlo intentado que vivir imaginando lo que pudo haber sido.

Alegra le dio un tierno beso sobre los labios.

—Será difícil, pero… ¿Quieres intentarlo?

Alegra aceptó sin dudarlo.

—Sí, claro que sí.

—No me importa si el pájaro no puede amar al pez —murmuró David—. ¿Y sabes por qué?

—¿Por qué?

David apoyó su frente contra la de ella.

—Porque el horizonte existe precisamente para recordarnos que hay cosas que parecen imposibles… hasta que las miras desde la distancia correcta.

Alegra sonrió.

—Todos dicen que el cielo y el mar nunca se tocan —murmuró—. Pero míralos… llevan toda la vida intentando encontrarse.

Alegra sintió que el nudo en su garganta se deshacía poco a poco.

Frente a ellos, el Mediterráneo comenzaba a teñirse de oro. El sol terminaba de alzarse sobre el horizonte y, durante un instante, el cielo y el mar parecían fundirse en una sola línea infinita.

David no apartó la vista de ella.

—No sé qué nos espera mañana —susurró—. No sé si el mundo intentará separarnos ni cuántas veces tendremos que elegir entre lo que sentimos y lo que esperan de nosotros. Lo único que sé es que hoy te elijo a ti.

Alegra sonrió con los ojos llenos de lágrimas.

—Y yo te elijo a ti, David.

Él llevó una mano a su mejilla con una delicadeza que contrastaba con la fuerza con la que le latía el corazón.

—Entonces intentémoslo.

Alegra respondió cerrando la distancia que los separaba.

Sus labios se encontraron despacio, como si ambos quisieran memorizar aquel instante antes de que el tiempo pudiera arrebatárselo. El murmullo de las olas, el canto lejano de las gaviotas y la ciudad despertando desaparecieron por un momento, dejándolos solos en un mundo que parecía haberse detenido únicamente para ellos.

Cuando se separaron, permanecieron con las frentes apoyadas la una contra la otra, respirando el mismo aire, sonriendo como dos jóvenes que acababan de tomar la decisión más importante de sus vidas.

Y, mientras el primer sol de la mañana abrazaba el Passeig de Vara de Rey, el cielo y el mar volvieron a encontrarse en el horizonte… igual que ellos.

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