Julio 18 de 1970
Ibiza

Querido Diario:

Después de nuestra escapada en el yate no he vuelto a ver a David.

Solo recibí la ropa que me envió. La atesoré durante horas; abrí cada caja con el mismo cuidado con el que se sostiene un sueño. Después le pedí a Mandy que la devolviera. Al principio insistió en que me la quedara, pero terminó comprendiendo mi punto. ¿Qué haría una persona como yo con ropa tan elegante? Levantaría demasiadas sospechas. No quiero que nadie me mire y se pregunte de dónde salió un vestido que jamás podría comprar.

Mandy quizo convencerme de conservar, al menos, uno de los vestidos. Me negué. Si voy a empezar mi vida desde cero, quiero hacerlo a mi manera. No quiero construir una nueva vida apoyándome en cosas que todavía siento que no me pertenecen.

Más tarde, Tristán le dijo a Mandy que yo había sido una mujer muy sensata al devolver la ropa. Sin embargo, también comentó que los Canarias no suelen aceptar que les regresen un regalo. Así que ahora todos esos vestidos, sombreros, blusas y faldas viven en un limbo: siguen empacados, perfectamente doblados, apilados dentro del clóset de la habitación donde duermo.

No sé qué hacer con ellos.

Por otro lado, mi trabajo en el club va bien. Ayudo a Mandy en la recepción, cobro algunas cuentas, acompaño a los clientes hasta sus mesas y, cuando hace falta, también sirvo bebidas. Me gusta mantenerme ocupada. Cuando trabajo, mi cabeza descansa. Porque cuando dejo de hacerlo, vuelven los recuerdos de Federico, de él cayendo por las escaleras.

A veces sueño que sigo allí. Que vuelvo a caer una y otra vez. Me despierto sobresaltada, convencida de que alguien está golpeando la puerta o de que escuché la voz de Pedro llamándome desde la calle. Me pregunto cuándo dejará de perseguirme todo esto. ¿Algún día seré realmente libre? ¿Algún día podré caminar sin mirar detrás de mí?

Estoy cansada de salir a la calle sintiéndome observada. De pensar que cada vez que suena la campana de la casa de Mandy vienen por mí. De permanecer alerta en el club por si aparece un rostro conocido entre los clientes.

Esta libertad todavía no es libertad, pero sabe a libertad; no sé si la estoy interpretando mal, pero, por ahora, debería ser suficiente. Mientras tanto, muero por volver a ver a David, por hablar con él, por seguir descubriendo al muchacho que existe detrás del apellido Canarias.

Me gusta. Me gusta muchísimo. Pero sigo convencida de que los peces no aman a las aves y mucho menos a un pez como yo.

Eran las cinco de la mañana cuando Mandy y Alegra terminaron de hacer el último corte de caja del Paraíso Club. Las dos estaban exhaustas. Aquella noche el lugar había recibido a cientos de personas por el cumpleaños de un importante empresario de la isla y no había quedado una sola mesa libre. La música había sonado sin descanso, las copas iban y venían de la barra y los meseros apenas habían tenido tiempo para respirar.

A pesar del cansancio, Alegra no se quejaba. Había ayudado en la recepción, acompañado a clientes a sus mesas y, cuando el club se vio rebasado, también había servido bebidas y recogido pedidos. Gracias a aquel doble turno había recibido muy buenas propinas, suficientes para guardar un poco de dinero y, por primera vez en mucho tiempo, sentirse útil ayudando con los gastos de la casa.

Ella y Mandy habían llegado a un acuerdo. Alegra se quedaría viviendo en la pequeña casa de Dalt Vila el tiempo que fuera necesario. Podía ser hasta que encontrara un lugar que sintiera verdaderamente suyo o hasta que Mandy terminara sus estudios y, cumpliendo el sueño que llevaba años persiguiendo, se convirtiera en sobrecargo y subiera a un avión rumbo a cualquier parte del mundo.

Todo podía pasar.

Sin embargo, esta vez se sentía feliz. Verdaderamente feliz. Por primera vez en su vida no vivía pensando únicamente en sobrevivir al día siguiente. Ahora empezaba a permitirse imaginar cosas que antes le parecían imposibles. Mandy la impulsaba a hacerlo.

—Podríamos ir a Madrid —le dijo la noche que llegaron los vestidos, mientras las dos modelaban algunos frente al espejo—. Pasear por las plazas, entrar a las librerías, visitar los museos y tomar café en esos lugares elegantes de los que todo el mundo habla. ¿No te gustaría?

Claro que le gustaría. Pero no solo Madrid.

Alegra fantaseaba con conocer el mundo que existía más allá de Gran Canaria e Ibiza. Soñaba con subir a un avión, cruzar el océano y llegar a Nueva York. Imaginaba caminar por Central Park mientras cantaba alguna canción de Frank Sinatra, recorrer la Quinta Avenida mirando escaparates imposibles y contemplar la Estatua de la Libertad desde la cubierta de un barco.

Desde pequeña guardaba una postal de Nueva York dentro de una vieja caja de madera donde conservaba sus pocos tesoros. Se la había regalado una de las cantantes del bar donde trabajaba su madre, una mujer que aseguraba haber recorrido el mundo antes de terminar cantando en Canarias.

A veces, cuando la vida se volvía demasiado difícil, Alegra sacaba aquella postal, la observaba durante unos minutos y se prometía a sí misma que, algún día, conocería ese lugar. Ahora, podía estar un paso más cerca.

Mandy terminó de cerrar la bolsa con el último fajo de billetes y la guardó en el cajón correspondiente. Después giró la llave dos veces y comprobó, como hacía todas las noches, que la caja fuerte había quedado perfectamente cerrada.

Solo ella y Tristán tenían autorización para entrar en la pequeña habitación de tesorería del Paraíso Club. Sin embargo, aquella madrugada había permitido que Alegra la acompañara para ayudarle a hacer el corte de caja.

Pocas personas entendían por qué Tristán confiaba tanto en Mandy para manejar el dinero del club.

Pero él sí tenía sus razones.

Antes de que ella llegara, uno de los supuestos amigos de Tristán se encargaba de la administración. Durante meses desvió dinero de las cuentas y estuvo a punto de llevar el club a la bancarrota. Fue David Canarias quien descubrió las irregularidades revisando los libros contables y ayudó a Tristán a recuperar el negocio.

Desde entonces, Tristán solo confiaba aquella responsabilidad a Mandy.

Y jamás se había equivocado.

—Vale… —dijo Mandy estirando los brazos hasta hacer crujir la espalda—. Solo cerramos esto y nos vamos a casa. Estoy tan cansada que creo que voy a quedarme dormida mientras camino.

Alegra soltó una risita.

—Entonces tendré que cargarte.

—Ni lo sueñes. Peso demasiado.

—No seas exagerada.

Las dos volvieron a reír.

—Voy por las bolsas. Nos vemos atrás.

—Vale… —respondió Mandy.

Alegra salió de la habitación de tesorería y caminó hasta los casilleros del personal. Abrió el suyo, guardó el delantal y contó las propinas de la noche. Sus ojos se abrieron con sorpresa. El pequeño fajo de billetes apenas cabía ya en su monedero.

Sonrió para sí. Cada moneda representaba un paso más para su independencia, para ese viaje que tanto quería hacer, de la vida que quería construir. Guardó el dinero con cuidado, tomó también la bolsa de Mandy y se dirigió hacia la salida trasera del club.

Unos minutos después ambas caminaban por las tranquilas calles de Ibiza, todavía iluminadas por los últimos faroles de la madrugada. El aire olía a sal y a pan recién horneado. Mandy respiró profundamente.

—¿Sabéis de qué tengo unas ganas terribles?

—¿De qué? —preguntó Alegra.

—De un buen desayuno. Se frotó las manos—. De un pa amb oli con jamón serrano, queso curado y un café bien cargado.

Alegra la miró con curiosidad.

—¿Qué es eso?

Mandy abrió mucho los ojos.

—¿Nunca has probado un pa amb oli?

Alegra negó con la cabeza.

—Pues hoy se acaba esa tragedia.

Le pasó un brazo por los hombros.

—Te voy a llevar al mejor sitio de toda la isla. Y te advierto una cosa… Después de probarlo, ya no vas a querer desayunar otra cosa nunca más.

—Bueno… solo si yo invito —contestó Alegra.

—Eso ya lo veremos —respondió Mandy con una sonrisa.

Cuando doblaron la última esquina y la pequeña casa apareció frente a ellas, ambas se detuvieron al mismo tiempo. Un elegante Mercedes-Benz 280 SL negro permanecía estacionado frente a la entrada.

Alegra reconoció el automóvil de inmediato y sintió cómo el corazón comenzaba a acelerarse.

Mandy sonrió de lado.

—Hmmm… al parecer hay cambio de planes.

Alegra no respondió, no podía. Mantenía los ojos fijos en el coche esperando por él. En ese momento, la puerta del conductor abrió la puerta y David bajó, llevaba un pantalón de vestir azul marino de corte recto y cintura alta, ajustado con un fino cinturón de piel oscura, y un jersey ligero de manga corta color azul profundo. Las mangas dejaban al descubierto unos antebrazos firmes y ligeramente bronceados por el sol de Ibiza.

El viento despeinó su cabello castaño, ondulado e indomable, haciendo que algunos mechones cayeran sobre su frente. La ligera barba de un par de días suavizaba la firmeza de su mandíbula y le daba un aspecto más maduro del que correspondía a sus diecinueve años.

Cuando sus ojos se encontraron con Alegra una sonrisa cálida, tímida y sincera se dibujó en su rostro, esa que ella empezaba a reconocer, incluso desde la distancia.

—Buenos días… —saludó.

Alegra se sonrojó. Sonrió sin poder evitarlo.

—Buenos días, David.

Él dio un par de pasos hacia ella.

—Perdón por venir tan temprano, pero no sabía a qué hora terminabas de trabajar, así que…

—Está bien… hoy salimos más tarde de lo normal.

Mandy los observó unos segundos. Al parecer, ambos la habían ignorado, así que se aclaró la garganta. David volteó a verla y cayó en cuenta que estaba ahí.

—Mandy…

—Ahórratelo, Canarias —contestó ella, sin el menor temor—. Mejor invita a mi amiga a desayunar un pa amb oli. Me dijo que nunca lo ha probado.

David volteó inmediatamente hacia Alegra.

—¿Eso es verdad?

Ella asintió con una sonrisa tímida.

Si David hubiera sabido que, para Alegra, la palabra comer casi siempre había significado conformarse con lo que hubiera, no se habría sorprendido tanto. Sin embargo, había platillos tan sencillos que ella no había podido comer.

—No… nunca lo he probado.

David sonrió.

—Entonces eso tiene que remediarse hoy mismo.

Mandy levantó un dedo.

—Llévala a Can Costa, en Santa Gertrudis. Ahí preparan el mejor pa amb oli de toda Ibiza. Mi abuelo decía que el pan sabe mejor cuando lo untan con tomate recién rallado y aceite de la isla.

David asintió.

—Es una buena elección.

Miró a Alegra.

—¿Te parece?

Ella le devolvió la sonrisa.

—Me parece perfecto… solo me cambio.

—Sí… tal vez podrías ponerte un vestido bonito o alguno de esos conjuntos que cierto empresario envió hace unos días… —comentó Mandy con una sonrisa traviesa.

Alegra se sonrojó.

—Mandy…

—¿Qué? Ya están ahí.

David bajó la mirada, incapaz de ocultar una pequeña sonrisa.

—Vale… yo te espero aquí.

—No tardo.

Alegra tomó la copia de la llave que Mandy le había dado, abrió la puerta y entró en la casa. En cuanto la puerta se cerró, Mandy dejó de sonreír. Se volvió hacia David y lo miró fijamente a los ojos.

—De todos los amigos de Tristán eres el menos patán.

David arqueó una ceja.

—Gracias… creo.

—No te emociones. —Se cruzó de brazos—. Ahora dime una cosa.

David aguardó.

—Dime que no estás siendo un patán con ella. Que no sólo haces esto para follártela, porque incluso para ti es mucho.

Él negó inmediatamente.

—No. —Su respuesta fue tan rápida que sorprendió incluso a Mandy—. De verdad me gusta. Mucho. Te lo juro.

Mandy sostuvo su mirada durante unos segundos, como si intentara descubrir si había alguna mentira detrás de aquellas palabras. No encontró ninguna.

Suspiró.

—Bueno…

Mandy echó a andar hacia la puerta.

—¿Bueno? ¿Solo bueno? —preguntó David, esperando una reprimenda.

Ella se volvió con una sonrisa divertida.

—¿Y qué quieres que te diga?

David se encogió de hombros.

—No lo sé… Que me amenaces. Que me digas que, si la hago sufrir, me matas.

Mandy dejó escapar una risa.

—¿Tú de verdad crees que yo puedo amenazar así a un Canarias?

David esbozó una leve sonrisa.

—Al parecer, te estoy dando permiso.

Mandy arqueó una ceja.

—¿Me das permiso a mí?

Bajó los escalones de la entrada y se detuvo frente a él, sosteniéndole la mirada.

—¿Y de qué serviría?

David guardó silencio.

—Recibes amenazas todos los días, ¿verdad? Una más no iba a cambiarte la vida. ¿o sí?

Mandy suspiró.

—Mi amenaza es que, si no la llevas a comer el mejor pa amb oli de toda Ibiza, no habrá boutique que pueda recompensarme.

David sonrió.

—Y, si de verdad te gusta… que vaya en serio. Porque diría que a ella también le gustas.

—¿Tú crees? —preguntó David, sonrojándose.

Mandy sonrió.

En ese momento, Alegra salió de la casa vistiendo un hermoso vestido rojo vino de lunares blancos. El corte ceñía delicadamente su cintura y caía recto hasta los tobillos, mientras el escote cuadrado y las mangas cortas abullonadas le daban un aire elegante y femenino. El suave movimiento de la tela acompañaba cada uno de sus pasos. Sus rizos y su sonrisa era todo lo que necesitaba para complementar el conjunto.

—Estás… —intentó decir David, pero las palabras se le quedaron atascadas.

Alegra se mordió el labio, incapaz de ocultar la sonrisa.

—Bueno… ya está bien —intervino Mandy—. Es hora de iros. Conducid con cuidado. Y recuerda… a las cinco de la tarde —añadió, mirando a Alegra.

—Lo prometo —respondió ella.

David rodeó el coche y le abrió la puerta. Con delicadeza, le ofreció la mano para ayudarla a subir.

—Gracias —murmuró Alegra, visiblemente emocionada.

—Un placer.

David cerró la puerta y rodeó el coche hasta el asiento del conductor. Antes de subir, se volvió hacia Mandy. Ella respondió con un leve gesto de la cabeza. No diría una palabra.

—Gracias —dijo él con una sonrisa.

Después ocupó su asiento y arrancó el motor. Miró de reojo a Alegra.

—¿Lista para probar uno de los mejores pa amb oli de tu vida?

Alegra sonrió.

—El único en mi vida.

David sonrió para sí. Sabía perfectamente que ella no estaba hablando del pa amb oli.

 

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