15 de julio de 1970
Querido diario:
Estoy en Ibiza.
No he podido dormir muy bien, a pesar de que estoy en lugar nuevo, lejos de todo lo que dejé atrás.
Ibiza es maravillosa. El mar tiene un color diferente y, cuando el viento entra por la ventana, por un instante olvido todo lo demás. A veces cierro los ojos y me convenzo de que realmente empecé de nuevo. Luego los abro y recuerdo que sigo teniendo miedo. Miedo de que alguien me encuentre, de que descubran quién soy, de que todo esto termine tan rápido como empezó.
Ayer conocí a buenas personas. Todavía me cuesta escribir esa palabra “buenas”. Tristán me dio trabajo sin hacer demasiadas preguntas. Mandy me ofreció un lugar donde vivir cuando apenas la conocía y David… no sé qué escribir sobre David. Nunca pensé que volvería a verlo. Creí que aquella noche en el hotel sería solo un recuerdo bonito para contarme cuando las cosas fueran mal.
Pero ahí estaba otra vez. Sonriendo igual que la primera vez, como si de verdad se alegrara de verme. No entiendo por qué. Sigo pensando que pertenecemos a mundos distintos, pero él me hace sentir tranquila. Eso es extraño porque hace mucho tiempo que nadie consigue hacerme sentir así.
Demasiada tranquilidad me da miedo. Lo sé, suena absurdo. Pero cuando has pasado tantos años viviendo en alerta, aprendiendo a desconfiar de cada ruido, de cada puerta que se abre y de cada paso detrás de ti, la paz también termina asustando.
Porque uno empieza a preguntarse cuándo va a romperse, cuándo volverá a doler, cuándo aparecerá alguien para recordarte que no mereces estar tranquila. Y eso me da mucho miedo. Más del que quisiera admitir.
No dejo de preguntarme si esta sensación tiene fecha de expiración, si despertaré un día y descubriré que todo esto fue solo un pequeño descanso antes de que la vida vuelva a quitarme lo poco que me ha dado.
Ojalá no. Porque, por primera vez en mucho tiempo, siento que estoy empezando a respirar y no quiero volver a olvidarme de cómo se hace.
—¿Alegra? —La voz de Mandy se escuchó al otro lado de la puerta.
Alegra cerró el diario con cuidado y lo guardó dentro del cajón del pequeño buró. Después tendió la cama y la acomodó. La casa de Mandy era tan sencilla como encantadora.
Construida completamente en piedra, parecía formar parte de las antiguas murallas de Dalt Vila, como si llevara allí siglos observando el Mediterráneo. Los gruesos muros mantenían el interior fresco incluso durante el verano, mientras que las vigas de madera oscura sostenían un techo alto del que colgaba una antigua lámpara de hierro forjado.
Las paredes, encaladas de blanco, reflejaban la luz que entraba por las pequeñas ventanas de madera azul, abiertas de par en par para dejar pasar la brisa marina. El suelo era de barro cocido, desgastado por el paso de los años, y en algunos rincones crecían macetas de bugambilias y romero que perfumaban discretamente toda la casa.
No había lujos. La habitación que Mandy le había prestado también era modesta. Tenía una cama individual con una colcha tejida a mano, un armario antiguo de pino, una cómoda con un espejo ligeramente envejecido. Era una casa humilde, pero estaba llena de algo que Alegra nunca había conocido: paz.
—¡Ya voy! —respondió mientras se levantaba de la cama y caminaba hacia la puerta.
Alegra abrió la puerta. Del otro lado encontró a Mandy, muy distinta a la mujer que había conocido la noche anterior. Ya no llevaba el maquillaje impecable ni la ropa elegante del Paraíso Club; ahora vestía unos pantalones de lino color beige, una blusa blanca con las mangas remangadas y unas alpargatas sencillas. Su cabello oscuro estaba recogido en una media coleta de la que escapaban un par de mechones rebeldes, y su rostro, completamente libre de maquillaje, dejaba ver unas pequeñas pecas sobre la nariz que le daban un aire mucho más juvenil. Aun así, conservaba lo que más llamaba la atención de ella, su sonrisa. Una sonrisa amplia, cálida y llena de energía.
—Buenos días, Mandy —saludó Alegra, devolviéndole la sonrisa.
—¡Bueeenos días! —respondió alargando la palabra con entusiasmo—. ¿Desayunamos?
Alegra asintió.
—Me encantaría.
—Perfecto.
Mandy dio media vuelta y comenzó a caminar por el pequeño pasillo.
—Espero que te guste el café. Porque hago demasiado y me niego a desperdiciarlo.
Alegra soltó una risa.
—A mí también me gusta mucho.
—Entonces ya tenemos algo en común.
Mientras bajaban hacia la cocina, el aroma a pan recién horneado y café recién hecho comenzó a llenar la casa. Por primera vez en mucho tiempo, Alegra sintió que estaba a punto de sentarse a desayunar en un hogar.
—¿Dormiste bien?
—Sí… muchas gracias.
Mandy sonrió mientras caminaban por el estrecho pasillo de piedra.
—Me alegro. Hace años que nadie dormía ahí.
Llegaron a la cocina y Alegra se quedó completamente inmóvil. La pequeña mesa de madera estaba puesta con un cuidado extraordinario. Había un mantel de lino blanco perfectamente planchado, una vajilla de porcelana con delicadas flores azules, servilletas de tela dobladas con esmero y un pequeño florero con lavanda recién cortada. En el centro descansaba una cesta con pan recién horneado, mermelada de higos, mantequilla, queso, fruta fresca y una cafetera de porcelana de la que escapaba un delicioso aroma. Todo parecía preparado para recibir a una reina.
—Esto es…
Mandy sonrió, algo avergonzada.
—¿Demasiado?
Se dejó caer en una de las sillas.
—Lo siento. Hace mucho tiempo que vivo sola en esta casa y… supongo que, cuando tengo compañía, me emociono un poco. —Se encogió de hombros con una sonrisa—. Anda, siéntate.
Alegra tomó asiento lentamente, todavía observando la mesa. No recordaba haber desayunado así nunca.
—Tenemos que platicar.
Alegra levantó la vista.
—¿Sobre qué? —preguntó asustada.
Mandy sirvió dos tazas de café antes de responder.
—Sobre las reglas de esta casa. —Hizo una pausa—. Y sobre ti. No te voy a obligar a contarme nada, pero sí quiero que sepas una cosa. Mientras vivas aquí, esta será tu casa. Así que no quiero que me pidas permiso para abrir el refrigerador, ni para servirte café, ni para encender la radio.
Alegra sintió que el pecho se le apretaba. Mandy continuó como si hablara de la cosa más normal del mundo.
—Solo hay dos reglas. La primera: aquí nadie se va a dormir enfadado y la segunda… —Sonrió con picardía—. La colada se hace entre las dos.
Alegra soltó una risita baja. Era la primera vez, en mucho tiempo, que reía sin miedo.
Mandy comenzó a prepararse una tostada. Untó generosamente mermelada de higos sobre el pan recién horneado y le dio un pequeño mordisco. Después levantó la vista hacia Alegra.
—Entonces… dime.
Alegra levantó la mirada de su taza de café.
—¿Qué cosa?
Mandy sonrió con esa expresión de quien estaba a punto de hacer una pregunta incómoda.
—David.
Alegra sintió un pequeño sobresalto.
—¿David qué?
—David Canarias —contestó con obviedad. Se llevó la taza a los labios y bebió un sorbo de café antes de añadir, con absoluta naturalidad—. Sí sabes que le gustas, ¿verdad?
Alegra estuvo a punto de atragantarse. Tosió un par de veces mientras dejaba la taza sobre el plato.
—¿Qué?
—Lo que oíste.
—No… —Negó enseguida con la cabeza—. Claro que no.
Mandy soltó una risa.
—Claro que le gustas. Es obvio… ese hombre se muere por ti.
Alegra bajó la mirada hacia su taza de café. Una pequeña sonrisa apareció en sus labios, pero desapareció casi de inmediato.
Negó despacio.
—No…
Suspiró.
—David y yo apenas nos conocemos. — Hizo una pausa—. Y, además, aunque fuese así, no puede haber nada.
Mandy arqueó una ceja.
—¿Por qué?
Alegra jugueteó con la cuchara.
—Porque él es del cielo y yo soy del mar. —Sonrió con tristeza—. Los pájaros y los peces no se enamoran.
Mandy sonrió con ternura.
—Claro que pueden enamorarse…
Alegra la miró sin entender. Mandy señaló por la ventana, hacia el Mediterráneo.
—Entonces explícame una cosa… ¿Cómo es que el cielo y el mar se besan todos los atardeceres?
—Mandy… no creo que David Canarias y yo tengamos algo, así que deja de decir tonterías. —Sonrió con timidez antes de bajar la mirada—. Él es un rico heredero y yo trabajo en el Paraíso Club. No puede haber nada. —Tomó un sorbo de café—. Mejor ya no sigas con eso y cuéntame de ti. ¿Cómo compraste esta casa? ¿Y cómo llegaste a trabajar en el Paraíso Club?
—Bueno… esta casa realmente no la compré. —Miró alrededor con una sonrisa llena de recuerdos—. Aquí vivían mis abuelos conmigo y mis cuatro hermanos.
Alegra observó las gruesas paredes de piedra y las viejas vigas del techo con otros ojos.
—¿Y ellos?
—Mis hermanos se fueron haciendo su vida. Se casaron, encontraron trabajo fuera de Ibiza… ya sabes. —Se encogió de hombros—.Yo era la más pequeña y decidí quedarme. —Su expresión se volvió un poco más nostálgica—. Mis abuelos comenzaron a enfermar. Primero mi abuelo, después mi abuela. Los cuidé durante años, cuando murieron, me dejaron la casa.
Alegra sonrió con ternura.
—Ese es un gesto muy amable —comentó Alegra.
Mandy dejó escapar una pequeña risa.
—Amable… sí. Aunque también fue muy duro. Gran parte de mi adolescencia se fue entre hospitales, medicinas y noches sin dormir, pero nunca me arrepentí. —Hizo una breve pausa—. Ellos hicieron de mí la mujer que soy.
Alegra asintió con respeto.
—¿Y el Paraíso Club?
—Eso fue pura casualidad. Tristán necesitaba a alguien que organizara un poco el caos que él mismo provocaba. Yo necesitaba pagar mis estudios. Así que aquí estoy.
Alegra sonrió.
—El Paraíso Club solo es un trabajo temporal. Estoy estudiando para ser sobrecargo.
Los ojos de Alegra se iluminaron.
—¿De verdad?
—Sí. Quiero recorrer el mundo. Conocer ciudades nuevas. Dormir en un país distinto cada semana. Siempre he pensado que el cielo es demasiado grande como para quedarse toda la vida en el mismo lugar.
—¿Y tú? —preguntó Mandy mientras terminaba su café—. ¿Tienes algún sueño?
Alegra guardó silencio unos segundos; después asintió.
—Sí. —Sonrió con cierta timidez—.Quiero ser pediatra.
Mandy dejó lentamente la taza sobre la mesa.
—¿De verdad?
—Sí. —Sus ojos comenzaron a brillar mientras hablaba—. Siempre me han gustado los niños. Me gusta verlos reír… cuidarlos. Creo que nadie debería crecer con miedo.
La última frase escapó de sus labios sin pensar. Alegra bajó la mirada.
—Pero para eso tendría que terminar la secundaria… después estudiar el bachillerato… y luego entrar a la universidad. —Sonrió con tristeza—. Es un sueño muy caro. —Suspiró—. Ahora lo que importa es volver a ahorrar para poder salir adelante. Tal vez algún día lo consiga.
Mandy la observó con admiración.
—Todo es posible.
Lo dijo con una seguridad que desarmó cualquier duda.
—De eso estoy completamente segura.
En ese momento sonó la campana de la casa; Mandy levantó la vista y sonrió.
—Debe ser Juan. —Se puso de pie mientras terminaba el último sorbo de café—. Le pedí que viniera a arreglar una ventana que no deja de hacer ruido cuando sopla el viento.
Alegra asintió.
—Vuelvo… no te muevas… —comentó ella con mucho entusiasmo.
Observó cómo Mandy desaparecía por el pequeño pasillo que conducía a la entrada. La cocina quedó en silencio y, por primera vez en muchos años, Alegra sintió algo completamente nuevo. ¿Podía ser que acabara de hacer una amiga? ¿Una amiga de verdad? ¿Alguien tan dulce, tan generosa y tan luminosa como Mandy? Le costaba creer la suerte que la vida parecía ofrecerle de golpe. Tenía un nuevo trabajo, un hogar, una oportunidad de empezar desde cero y todo aquello tan lejos de Federico, de Pedro y del resto de sus hermanastros. Tan lejos de los gritos y del miedo. Quizá Ibiza podía convertirse en su hogar.
—¡Alegra! —escuchó la voz de Mandy desde la entrada—. Te buscan.
El corazón se le detuvo y sintió cómo el estómago se le vaciaba de golpe. Ya me encontraron, la idea cruzó su mente con una rapidez aterradora.
Las manos comenzaron a temblarle. Sabía que Pedro tenía contactos y que Federico conocía gente en el puerto. Claro que podían haberlo encontrado. Había sido tan ingenua pensando que no lo harían.
Se acabó.
Se puso de pie despacio porque las piernas apenas le respondían. Caminó por el pasillo intentando controlar la respiración. Cada paso pesaba más que el anterior.
—Tranquila, Alegra. Tranquila.
Al llegar a la puerta, encontró a Mandy apoyada en el marco, sonriendo con una expresión imposible de descifrar.
La joven inclinó ligeramente la cabeza.
—¿Sigues creyendo que el cielo y el mar nunca se encuentran?
Alegra frunció el ceño, confundida.
—¿Qué…?
—Abre la puerta.
Alegra tragó saliva, tomó aire y giró lentamente el picaporte. Cuando vio quién la esperaba, su humor cambió por completo. No era Pedro, no era Federico… era David, con un ramo de flores silvestres entre las manos y la la misma sonrisa tímida que ya comenzaba a hacerle olvidar todos sus miedos.
Al verla, David sonrió y, al mismo tiempo, sintió cómo los nervios regresaban de golpe. No estaba preparada para verla así. El cabello oscuro de Alegra caía en una cascada de rizos rebeldes sobre sus hombros y parte de su espalda, brillando bajo la luz de la mañana con reflejos castaños. Su piel, ligeramente bronceada por el sol de las islas, parecía iluminarse aún más contra el vestido azul claro que llevaba puesto, un tono que hacía resaltar el color miel de sus ojos.
David tragó saliva. De pronto, la corbata comenzó a estorbarle, así que la aflojó discretamente el nudo con dos dedos, como si el aire hubiera desaparecido de la calle.
—¡Qué calor hace! ¿No creen? —preguntó, bastante nervioso.
El silencio se apoderó de la entrada. Mandy observó la escena cruzada de brazos, conteniendo una sonrisa. Lo que veía era casi enternecedor. Dos personas que acababan de reencontrarse y que, sin embargo, parecían haber olvidado cómo hablar.
David sostenía el ramo de flores con más fuerza de la necesaria y Alegra jugueteaba nerviosa con un mechón de su cabello. Ambos sonreían, pero los dos evitaban la mirada del otro.
Mandy soltó una pequeña risa.
—¿Las flores son para mí? —preguntó Mandy con una sonrisa traviesa.
David abrió mucho los ojos.
—¡¿Qué?! ¡No!… Bueno… sí… Bueno… no. —Se pasó una mano por la nuca, completamente descompuesto—. O sea… si quieres, también puedo traerte unas flores.
Mandy tuvo que morderse el labio para no reír.
—Entonces… ¿Son o no son?
David miró el ramo, después a Mandy y luego a Alegra. Como un tonto, volvió a mirar el ramo como si esperara encontrar ahí la respuesta.
—No… en realidad son para Ale… —Se aclaró la garganta—…Alegra.
El nombre salió entrecortado.
David cerró los ojos un segundo porque pensaba que así podría desaparecer. Quería salir corriendo y huir. Había sido mala idea ir a buscar a Alegra; debió consultarlo antes de tomar esa decisión tan descabellada. Se sentía como estúpido; era un estúpido.
Alegra tomó el ramo con ambas manos y acercó las flores a su rostro. El aroma era delicioso. Las pequeñas flores de pétalos blancos y centro amarillo brillaban bajo el sol.
—Me encantan…¿Qué flor es?
—Son… margaritas silvestres. Crecen en varios campos de la isla. No son las flores más elegantes… pero me parecieron muy bonitas.
Alegra volvió a sonreír.
—Son preciosas. —Acarició con cuidado uno de los pétalos
David sintió cómo el corazón le daba un vuelco.
—Me… me alegra que te gusten. —Hizo una pequeña pausa—. Mucho.
Mandy, que llevaba varios minutos disfrutando del espectáculo como si estuviera viendo una obra de teatro, comprendió que, si no intervenía, aquellos dos podían pasar media hora hablando únicamente de flores, así que carraspeó.
—Bueno… —Los dos voltearon al mismo tiempo—. Estaba pensando en una cosa. Iba a llevar a Alegra a conocer un poco la isla y comprarle algo de ropa. La pobre solo trajo una maleta y prácticamente no tiene nada. Pero Juan viene dentro de un rato a arreglar la ventana. Así que estaba pensando… —Miró directamente a David—…que podría ir contigo.
David tardó un par de segundos en comprender lo que acababa de escuchar.
—¿Conmigo?
—Sí. —Mandy sonrió como quien acababa de tener la mejor idea del mundo—. Después de todo, tú conoces Ibiza mejor que nadie. Digo… prácticamente eres dueño de la isla.
David soltó una pequeña risa.
—De la mitad. La otra mitad dice Tristán que es suya —bromeó, haciendo reír a Alegra.
—¿Otra vez me estás presumiendo? —preguntó ella.
—Un poco…
Mandy dio una palmada.
—¡Perfecto! Ya está decidido. —Se acercó a Alegra y comenzó a acomodarle algunos rizos que el viento le había desordenado—. David te enseñará la isla. Te llevará a comprar ropa. Te invitará a comer. Después pueden subir a Es Vedrà para ver el atardecer. Y, si todavía les queda tiempo, se toman un tinto frente al mar. —Volteó hacia David—. ¿Cierto?
David apenas podía creer la suerte que tenía.
—Sí…claro.
—Espera.. Tengo que hacer la colada… y ayudar aquí en la casa —comentó Alegra.
Mandy hizo un gesto despreocupado con la mano.
—¡Bah! La ropa no va a salir corriendo. —Sonrió con picardía—. No todos los días una puede salir a recorrer Ibiza con David Canarias. —Miró a Alegra con una sonrisa traviesa y le murmuró—. Y tampoco todos los días David Canarias aparece en la puerta de una casa con un ramo de flores para invitar a salir a una mujer.
—¿Estás segura? —preguntó Alegra mientras alisaba con timidez la falda azul de flores que llevaba puesta.
Mandy sonrió.
—Claro que sí. —Tomó del perchero el bolso de fibras naturales de Alegra y se lo entregó.
Era un bolso sencillo, tejido a mano, que combinaba a la perfección con el aire fresco y veraniego de aquella mañana. Al colgárselo del hombro, los rizos de Alegra cayeron sobre el vestido y, por un instante, David se quedó contemplándola. Le parecía preciosa y natural, como si perteneciera a la isla desde siempre.
—Bueno… fuera los dos. Diviértanse y te quiero aquí a las cinco de la tarde. ¡Adiós!
Mandy cerró la puerta con una sonrisa satisfecha, dejándolos solos en la estrecha calle empedrada de Dalt Vila. Durante unos segundos, ninguno de los dos dijo nada; solo se miraron. Sin saber exactamente por qué, terminaron riéndose al mismo tiempo.
David carraspeó, intentando recuperar la compostura. Después le ofreció el brazo con esa elegancia natural que parecía acompañarlo a todas partes.
—¿Vamos?
Alegra contempló el gesto unos instantes y tomó su brazo con delicadeza.
—Vamos… —contestó, dejándose llevar.
Una respuesta
Owww que lindos ambos ,❤️❤️❤️❤️