David sabía que estaba perdido; muy perdido.
El regreso de Alegra había puesto de cabeza el orden perfecto en el que siempre intentaba mantener su vida y era exactamente lo que menos necesitaba porque en una semanas partiría a Madrid para pasar un año viviendo con los Lafuente.
Él se casaría con Sarahí, no había marcha atrás. Todo estaba pactado y acordado, incluso estaba en papel, los documentos se habían firmado cuando él tenía 14 años y sólo esperaban a la mayoría de edad para que la unión se festejara.
Sin embargo, la única mujer que había conseguido acelerar su corazón se encontraba en Ibiza apenas a unos kilómetros de distancia y trabajaría en el club de su mejor amigo. No podía creer su suerte.
Por fin una mujer le gustaba, porque sí, Alegra le gustaba y mucho más de lo que estaba dispuesto a admitir. Le hacía sentir vivo, diferente, extrañamente feliz. Con ella David podía ser David y a ella le gustaba como era; no tenía que fingir.
Porque David, a pesar de ser guapo y millonario, no era del tipo que coleccionaba conquistas, no improvisaba romances, no besaba a una mujer una noche para olvidarla a la mañana siguiente. Era un hombre reservado, tímido, analítico y acostumbrado a medir cada paso antes de darlo porque desde pequeño había aprendido que toda decisión tenía un coste de oportunidad y una consecuencia inevitable.Por eso pensaba tanto antes de actuar porque sabía que elegir un camino significaba renunciar a otro y aquella vez la decisión parecía imposible.
—Eres un tiburón para los negocios… pero un pez fuera del agua con las mujeres —solía burlarse Tristán.
David siempre terminaba riéndose porque, aunque odiaba admitirlo, su amigo tenía razón.
Subieron al Mercedes-Benz 280 SL negro que esperaba estacionado frente al Paraíso Club. David encendió el motor, pero permaneció inmóvil unos segundos mirando el volante y sin decir nada.
Hasta que rompió el silencio. Volteó a ver a Tristán por la ventana del conductor y le dijo:
—Sabes que no podemos estar juntos, Tristán. —Su amigo permaneció callado—.Sabes que esto no se puede dar. —Suspiró—. El regreso de Alegra es maravilloso, pero… también sabes cómo va a terminar.
Tristán apoyó un brazo sobre la ventanilla.
—¿Y cómo va a terminar?
David sonrió con tristeza.
—Conmigo en Madrid con Sarahí y ella aquí.
Hubo un largo silencio. El ruido lejano del club apenas llegaba hasta el automóvil. Tristán no respondió de inmediato, conocía demasiado bien a David, sabía que cuando empezaba a hablar de probabilidades, consecuencias y responsabilidades era porque estaba intentando convencerse de algo que su corazón se negaba a aceptar.
Finalmente soltó una pequeña risa.
—Eres el único hombre que conozco capaz de convertir el amor en un problema matemático.
David bajó la mirada.
—Porque lo es.
—No. —Tristán negó despacio—. Los números sirven para llevar una empresa. No una vida. El amor debe ser… —Tristán suspiró. ¿Qué sabía él del amor cuando estaba en una situación similar e incluso peor? —El amor debe ser impulsivo, debe ser…
David sonrió. Sabía lo que su amigo le quería decir.
—Debe sentirse como lo que tú sientes por Alegra…
David no contestó, no podía. Porque una parte de él sabía que tenía razón y otra seguía empeñada en demostrar lo contrario.
Manejó directo hacia su casa pensando en ella, en su sonrisa, en su carácter, en su belleza en su timidez. Cuando se estacionó en frente a la gran casa de los Canarias, suspiró.
—Venga David… esto no puede ser. Piensa en tu familia, en tu futuro en…
¿Mi felicidad?, pensó. Era la primera vez que David usaba esa palabra en su volcabulario.
Cuando entró a su casa un séquito de personas lo atendió.
—Bienvenido, joven Canarias —le dijeron, mientras les daba el saco y el maletín del trabajo.
—Gracias.
—¿David, hijo… eres tú? —escuchó la voz de su madre.
Al parecer, se encontraba en el salón así que caminó hasta allí.
La encontró sentada en uno de los grandes sillones de piel que decoraban la estancia. Ainhoa Donato, tan elegante como siempre, sostenía una Biblia abierta sobre las piernas mientras una copa de vino descansaba intacta sobre la mesa auxiliar. La luz cálida de la lámpara iluminaba su rostro sereno, dándole un aire casi solemne.
La vela perpetua.
David sonrió para sí al recordar el apodo que Tristán le había puesto años atrás. No era una burla cruel, solo la forma tan particular que tenía su amigo de describir a una mujer profundamente católica, prudente y tradicional, de esas que parecían llevar una vela encendida incluso cuando no estaban en una iglesia.
Su madre era así: reservada, serena, discreta y jamás levantaba la voz y rara vez perdía la compostura. Se había casado con David Tomás cuando apenas tenía dieciséis años, como parte de un acuerdo entre dos familias. Nunca estuvo enamorada de él, pero en aquella época las mujeres de su posición no siempre tenían el privilegio de elegir.
Ainhoa provenía de una familia profundamente religiosa. Era de las que asistían a misa cada domingo sin falta, colaboraban con parroquias, conventos, escuelas y obras benéficas, y encontraban consuelo en la oración antes que en cualquier otra cosa.
Sin embargo, David recordaba que no siempre había sido tan devota. La muerte de su hija Ainhoa, años atrás, había cambiado algo dentro de ella. La fe dejó de ser una costumbre y se convirtió en un refugio. Desde entonces, cada noche terminaba igual, una copa de vino, la Biblia abierta y una madre buscando en sus páginas las respuestas que la vida le había negado.
Al contrario de Tristán, cuya relación con su madre siempre había sido complicada, David adoraba a la suya. Era, sin lugar a dudas, la persona más importante de su vida. La respetaba profundamente, la escuchaba y la cuidaba. Y, aunque no siempre compartía su manera de ver el mundo, jamás permitía que alguien hablara mal de ella.
Para David, Ainhoa era sinónimo de paz. En una familia donde abundaban las discusiones, las ambiciones y las luchas de poder, ella siempre había sido el lugar seguro al que podía regresar. La única persona frente a la que dejaba de ser el heredero de Empresas Canarias para volver a ser simplemente un hijo.
—Madre… —saludó David.
Ainhoa levantó la vista de la Biblia, la cerró con delicadeza y le dedicó una sonrisa tranquila.
—Llegaste a tiempo para cenar. —Hizo una breve pausa antes de añadir—: Lo haremos solos don David no vendrá.
Don David. Nunca tu padre, nunca mi amor. Ni siquiera cuando estaban solos, siempre era don David. Como si entre ellos existiera un respeto construido con los años, pero nunca una intimidad verdadera.
—Dije que vendría.
—Bien.
Ainhoa cerró la Biblia con delicadeza y la dejó sobre la mesa. Después tomó la pequeña campana de plata que siempre permanecía a su lado e hizo sonar una sola vez. No tuvieron que esperar mucho.Uno de los empleados apareció casi de inmediato en la puerta del salón.
—Buenas noches, señora.
—Dos servicios para cenar, por favor. Don David no vendrá. Tiene trabajo.
—Sí, señora.
El hombre hizo una ligera inclinación de cabeza antes de preguntar:
—¿Desea cenar en el comedor o prefiere que sirvamos en su habitación?
Ainhoa levantó la mirada hacia su hijo. Una leve brisa entraba por los ventanales abiertos y movía suavemente las cortinas de lino. El cielo comenzaba a teñirse de tonos anaranjados mientras el sol descendía sobre el Mediterráneo.
Sonrió con serenidad.
—El clima está precioso esta noche. —Miró nuevamente a David—.Me gustaría cenar en la terraza… si a mi hijo le parece bien.
David sonrió con ternura.
—A tu hijo le parece una magnífica idea.
Ainhoa dejó escapar una pequeña risa, una de esas que pocas personas tenían el privilegio de escuchar.
—Entonces, en la terraza —ordenó.
—Enseguida, señora.
El empleado hizo otra reverencia y desapareció.
David le ofreció el brazo a su madre. Ella lo tomó con la misma elegancia de siempre y ambos caminaron hacia la terraza, donde el rumor del mar y el aroma de los jazmines les dieron la bienvenida.
—¿Cómo está Tristán? ¿Sigue igual de irreverente? —preguntó Ainhoa mientras caminaban hacia la terraza.
David sonrió. Sabía que su madre le tenía un cariño especial. No aprobaba su estilo de vida, sus excesos ni la facilidad con la que convertía cualquier lugar en una fiesta, pero siempre había reconocido algo que muy pocas personas veían detrás de aquella fachada despreocupada; su lealtad. Ainhoa solía decir que los hombres como Tristán podían cometer mil locuras, pero jamás abandonaban a quienes amaban y eso, para ella, valía más que cualquier fortuna.
—Está bien… te manda saludos.
Ella sonrió.
—Dale los míos cuando lo veas.
Hizo una breve pausa antes de continuar.
—Es joven. No comparto muchas de las decisiones que toma ni el estilo de vida que lleva, pero me tranquiliza saber que te quiere como a un hermano. —Volteó a verlo—.Y también me tranquiliza saber que te es fiel.
David asintió.
—Lo es.
—Los aliados son importantes, hijo. —Ainhoa acomodó una servilleta sobre la mesa mientras hablaba—. Pero son mucho más valiosos cuando, además de aliados, son amigos. —Le sostuvo la mirada—. No lo pierdas nunca.
—No lo haré.
Ainhoa sonrió con dulzura.
—A pesar de lo que diga don David…
David dejó escapar una pequeña risa.
—Tu padre cree que las empresas se construyen únicamente con dinero. —Negó despacio—. Se equivoca. Las grandes empresas también se construyen con confianza y ésta solo nace entre personas que son capaces de llamarse amigas.
David permaneció en silencio. Ambos tomaron asiento en la terraza. Desde allí podían verse las luces del puerto comenzando a reflejarse sobre el Mediterráneo mientras la brisa movía suavemente las enredaderas que cubrían parte del jardín. Pocos minutos después, el personal apareció con el primer plato.
David no tenía hambre. La cabeza seguía ocupada pensando en Alegra pero tampoco quería rechazar la invitación de su madre, aquellas cenas eran demasiado escasas para desperdiciarlas.
Antes de que cualquiera de los dos tomara los cubiertos, Ainhoa extendió la mano sobre la mesa. David sonrió porque era un gesto que conocía de memoria.Tomó la mano de su madre entre las suyas e inclinó ligeramente la cabeza.
Ainhoa cerró los ojos.
—Bendice, Señor, estos alimentos que vamos a recibir y a quienes los han preparado. Gracias por permitirnos compartir esta mesa una vez más. Amén.
—Amén —respondió David.
Solo entonces ella tomó los cubiertos.
—Espero que te guste… Yo lo disfruto mucho.
David asintió y probó el primer bocado.
—Está muy bueno.
Ainhoa sonrió con satisfacción.
—Siempre ceno en mi habitación…
Hizo una pequeña pausa mientras acomodaba la servilleta sobre sus piernas. Pero esto es mucho más bonito. David dejó de comer por un instante. Aquella frase le cayó como un peso sobre el pecho. Su padre casi siempre terminaba cenando en el despacho o en algún compromiso social y él, por su parte, pasaba más tiempo entre la universidad, las oficinas y las reuniones que en casa. Sin darse cuenta, ambos habían dejado a Ainhoa cenando sola demasiadas noches.
Observó a su madre. Ella no sonaba molesta, ni reclamaba, simplemente lo decía con la serenidad de quien se había acostumbrado a la soledad y eso hizo que David se sintiera todavía peor.
—Lo siento, madre…
Ainhoa levantó la vista y sonrió con esa paz que parecía envolverlo todo.
—No te disculpes, hijo. —Le dio un pequeño sorbo a su copa de vino—. Las personas importantes siempre tienen mucho trabajo.
David negó suavemente con la cabeza.
—No debería ser una excusa.
Ella dejó los cubiertos sobre el plato y le tomó la mano con cariño.
—Entonces prométeme una cosa.
—¿Cuál?
—Que, cuando tengas tu propia familia… —Sus ojos se suavizaron—…siempre habrá alguien esperándote en la mesa.
David sintió un nudo en la garganta. Pensó, inevitablemente, en Alegra y sin saber por qué, la imaginó sentada frente a él, compartiendo una cena tan sencilla como aquella.
—Te lo prometo, madre.
Ainhoa continuó comiendo con la serenidad que la caracterizaba.
David jugueteó unos segundos con el tenedor. Había una pregunta que llevaba tiempo rondándole la cabeza.
—Madre… ¿puedo preguntarte algo?
Ella levantó la vista y le sonrió.
—Lo que desees.
David dudó un instante.
—Tú… ¿tenías sueños?
Ainhoa sonrió con cierta nostalgia.
—Todos tenemos sueños, hijo.
—Sí, pero… tú. Antes de casarte con mi padre… ¿qué soñabas?
Ainhoa dejó lentamente los cubiertos sobre el plato y miró el jardín. El viento movía las flores de bugambilia y, por un instante, pareció regresar muchos años atrás.
—Quería ser monja y entregar mi vida a Nuestro Señor.
David asintió.
Pero ella sonrió. Fue una sonrisa distinta, más joven, más soñadora.
—Estoy bromeando. —Hizo una breve pausa—. Yo deseaba era ser escritora.
David levantó una ceja, sorprendido.
—¿En verdad?
—Sí. —Sus ojos brillaron con una ilusión que él jamás le había visto—. Me fascinaban las novelas góticas. Las historias de grandes mansiones envueltas en niebla, familias que escondían secretos imposibles, cartas antiguas encontradas en un desván, amores condenados y mujeres que luchaban contra un destino que parecía escrito desde antes de nacer.
Sonrió para sí.
—Leía a las hermanas Brontë, especialmente Jane Eyre. También me encantaba Rebeca, de Daphne du Maurier, con esa casa que parecía guardar memoria de todo lo ocurrido. Y, cuando quería asustarme un poco, volvía a Frankenstein de Mary Shelley o a los cuentos de Edgar Allan Poe.
David escuchaba con auténtico interés. Nunca había oído a su madre hablar con tanta pasión de algo.
—Quería escribir una historia así. Con una casa enorme. Un misterio. Una protagonista valiente y un amor capaz de sobrevivir incluso a la oscuridad. —Soltó una pequeña risa—. Tenía dieciséis años y estaba convencida de que algún día publicaría un libro.
—¿Y por qué no lo hiciste?
Ainhoa guardó silencio unos segundos para después volvió a tomar los cubiertos.
—Porque la vida también escribe sus propias novelas, hijo.Y, a veces, no nos da oportunidad de escribir las nuestras.
David sintió un nudo en la garganta al escuchar aquellas palabras.
A veces la vida también escribe sus propias novelas.
Tenía razón. La novela de su vida ya estaba escrita desde hace mucho tiempo y temía que ya hasta tuviera final. Él, infeliz pero con una empresa.
—Una vez me quise escapar… —continuó Ainhoa de pronto.
David levantó la vista.
—¿Cómo?
Ella sonrió con cierta vergüenza.
—Cuando me comprometieron con don David. —Acarició distraídamente el borde de la copa de vino—. Quería huir. Lo tenía todo planeado estaba decidida a marcharme.
David la observaba completamente fascinado porque jamás había escuchado aquella historia, ni siquiera imaginaba que su madre hubiera sido capaz de desafiar a toda una familia.
—¿En serio?
Ainhoa asintió lentamente.
—Quería irme a escribir mi propia historia. —Guardó silencio unos segundos. Después sonrió con una nostalgia inmensa—. Yo… estaba enamorada.
David abrió los ojos con incredulidad.
—¿Qué?
Aquello era imposible porque su madre jamás hablaba de amor y mucho menos de otro hombre.
—Sí. Se llamaba Markel, era el hijo de mi nana.
David permaneció inmóvil. Ainhoa levantó la vista hacia el jardín, como si pudiera encontrar allí un recuerdo de aquel muchacho.
—Habíamos hecho muchos planes. Nos escaparíamos juntos, tendíamos hijos. Él soñaba con abrir una pequeña panadería y yo escribiría novelas. Viviríamos rodeados del olor a pan recién hecho, de libros, de tinta y de tranquilidad. Lejos de los apellidos, del dinero, de las obligaciones. —Sonrió con tristeza—. Pensábamos que el amor bastaba para cambiar el mundo. —Su voz se volvió más tenue—. La noche anterior a mi fuga preparé una pequeña maleta. Metí un vestido, un cuaderno y mi pluma favorita. Creía que al amanecer empezaría mi verdadera vida.
David escuchaba sin atreverse a interrumpirla.
Entonces Ainhoa bajó la mirada.
—Pero antes de salir de casa llegó una carta. —Su respiración se hizo un poco más lenta. —Era de Markel. Decía que había aceptado embarcarse como marinero. Que necesitaba marcharse y que no podía ofrecerme la vida que yo merecía. Que, si realmente me amaba debía dejarme libre. —La voz terminó por quebrársele—. Se hizo a la mar…Y nunca volvió.
El silencio cayó sobre la terraza; solo se escuchaba el rumor del mar a lo lejos. David apenas pudo pronunciar un nombre.
—¿Markel…?
Ainhoa sonrió con una melancolía serena.
—Fue el gran amor de mi vida. Y, durante muchos años, también fue el protagonista de todas las novelas que nunca escribí. —Ainhoa tomó la mano de David entre las suyas y la apretó con cariño—. Las empresas son importantes, hijo y también la herencia.
David asintió. Era exactamente lo que su padre le repetía todos los días.
—Solo que tu padre y yo entendemos la palabra “herencia” de manera diferente.
David frunció ligeramente el ceño.
—¿Cómo así?
—Él cree que una herencia son edificios, hoteles, barcos, acciones y dinero. —Negó despacio—. Yo creo que una herencia es la vida que dejas escrita en el corazón de quienes te aman.
El viento movió suavemente algunos mechones del cabello de Ainhoa.
—Cuando yo muera, nadie recordará cuántas joyas tuve o cuántas propiedades administré. Pero sí recordarán si fui una buena madre, si hice el bine, si amé, si hice el bien. tuve el valor de ser fiel a mí misma.
David guardó silencio.
—Escúchame bien, hijo. Hay decisiones que protegen un apellido y hay otras que salvan una vida. Lo difícil es reconocer cuál de las dos tienes delante.
Ainhoa acarició la mano de su hijo.
—No permitas que un apellido pese tanto sobre tus hombros que termine aplastando al hombre que eres. Porque las empresas pueden volver a levantarse. El dinero puede recuperarse. Pero hay personas que, si las dejas ir… jamás regresan.
David sintió un escalofrío. Sin saber por qué, el rostro de Alegra apareció inmediatamente en su mente. Por primera vez desde que su padre le anunció su viaje a Madrid, comenzó a preguntarse si estaba a punto de tomar la decisión correcta.
—Madre… —dijo David después de un largo silencio—. Si hubieras logrado escaparte con Markel… ¿habrías sido feliz?
Ainhoa no respondió de inmediato. Volteó hacia el horizonte, donde el cielo comenzaba a confundirse con el mar. Sonrió con una mezcla de nostalgia y paz.
—Nunca lo sabré.
David permaneció callado.
—Quizá sí. Quizá habríamos abierto aquella panadería. Yo habría escrito mis novelas y él habría envejecido con harina en las manos. O quizá habríamos pasado hambre. Tal vez habríamos perdido al primer hijo o el negocio habría quebrado. —Negó lentamente con la cabeza—. La vida nunca nos permite conocer el camino que no elegimos.
David sonrió.
—Pero sí sé una cosa. —Volvió a tomar la mano de su hijo—. Nunca me arrepentí de haber amado a Markel y hoy daría todo lo que tengo por haber tenido una vida a su lado… buena o mala. —Suspiró—. Hay amores que duran toda una vida y otros que duran apenas unos días pero, ninguno se mide por el tiempo. Se miden por la huella que dejan.
—Nunca tengas miedo de amar, David. Nunca. Recuerada lo que dice el poema.
—“Si nada nos salva de la muerte, al menos que el amor nos salve de la vida”
Ainoha asintió.
La brisa nocturna recorrió la terraza mientras, a lo lejos, las olas rompían suavemente contra el puerto de Ibiza y por primera vez, David deseó que el destino escribiera una historia distinta para él.
2 respuestas
Que decir!! Solo que eres extraordinaria Ana…… Me gusta cada capítulo más
Owww Ainoha es increíble la podemos será una gran abuela. Que capitulo era increíble Ana