Ni David ni Alegra pensaron que volverían a verse; era imposible. No sólo porque vivían en islas distintas, sino porque pertenecían a mundos completamente diferentes.
Él era heredero, ella una joven que había pasado la vida luchando por sobrevivir. David había nacido rodeado de privilegios, reuniones de negocios y apellidos ilustres. Alegra había crecido entre la escasez, el trabajo y la incertidubre.
El amor entre personas como ellos solo existía en las novelas que se vendían en los quioscos o en las películas románticas que llegaban de vez en cuando al cine, no en la vida real. Además, curiosamente, ninguno de los dos creía en el destino.
David creía en los números, en las estadísticas, en la evidencia, en los balances financieros y en las probabilidades. Pero, sobre todo, en el coste de oportunidad. Había aprendido desde niño que toda decisión implicaba renunciar a otra. Cada minuto invertido en un proyecto era un minuto que no dedicaría a otro; cada inversión descartaba una alternativa y cada elección tenía un precio, incluso cuando ese precio no se pagaba con dinero.
Por eso analizaba cada paso de su vida como si fuera una decisión empresarial: calculando riesgos, beneficios y consecuencias antes de actuar. Para él, todo podía explicarse, todo tenía causa lógica y sentido.
Alegra, en cambio, no creía en las casualidades porque la vida nunca le había regalado ninguna. Creía en lo que tenía entre las manos y la mayor parte del tiempo no tenía casi nada. Había aprendido que las oportunidades no caían del cielo, que debía perseguirlas, trabajarlas y, si era necesario, sobrevivirlas.
Por eso, si alguien les hubiera dicho que volverían a encontrarse apenas unos días después, en otra isla y en circunstancias todavía más improbables, ambos habrían sonreído con incredulidad.Porque aquello desafiaba toda lógica,posibilidad y cálculo.
Y, sin embargo, allí estaban, frente a frente una vez más, como si hubiera fuerzas que no entendían de dinero, apellidos, clases sociales ni de coste de oportunidad. Como si, por una vez, la vida hubiera decidido escribir una historia que ningún economista habría podido calcular y ni siquiera la persona más escéptica habría sido capaz de explicar.
—¿Alegra…? —David pronunció su nombre con una sonrisa que no pudo contener—. ¿Qué haces aquí?
Alegra soltó el aire lentamente. Todavía le costaba creerlo ahí estaba David, frente a ella. Aquel hombre que había salido de una de sus fantasías. Se veía tan gallardo, tan guapo, tan bien vestido como la primera vez, con aquel traje impecable, el cabello perfectamente acomodado y esa expresión amable que parecía no abandonarlo nunca.
Seguía viéndose como un hombre salido de una revista y ella parecía todo lo contrario. El viaje había dejado huellas imposibles de ocultar. Traía la ropa arrugada, el cabello despeinado y unas enormes ojeras; de pronto sintió una profunda vergüenza. Sin darse cuenta dio un pequeño paso hacia atrás, buscando que la sombra del pasillo ocultara un poco su aspecto.
—Bueno… —respondió ella intentando sonreír—. Tristán me había ofrecido trabajo y pensé… ¿por qué no?
David sonrió con una mezcla de sorpresa y felicidad.
—¿Te vas a quedar en Ibiza?
Alegra asintió despacio.
—Eso parece.
—¡Qué buena noticia!
La alegría con la que lo dijo hizo que ella levantara la vista. David estaba genuinamente feliz de volver a verla y eso provocó en Alegra una sensación completamente desconocida. Sintió un ligero revoloteo en el estómago y un calor agradable que le recorrió el pecho. Hacía tanto tiempo que nadie parecía alegrarse de verla, que casi había olvidado lo bien que podía sentirse.
—Dice que no quiere cantar —interrumpió Tristán.
David desvió la mirada hacia su amigo.
—¿Cómo?
La sorpresa fue completamente genuina. No solo porque le parecía imposible que alguien con aquella voz quisiera abandonar los escenarios.
Ella mantenía la vista baja.
—¿Puedo saber por qué?
Alegra levantó apenas la vista. Sus ojos se encontraron con los de él durante un segundo.
—Bueno… ¿recuerdan el grupo musical? Como renuncié, me pidieron que no cantara por un tiempo… ya saben, por cuestiones del contrato.
Alegra terminó la frase y, por dentro, se sorprendió, la mentira había salido con una naturalidad que incluso la asustó. Demasiado fácil. Supuso que llevaba años aprendiendo a inventarlas para sobrevivir.
—Eso es una tontería —refunfuñó Tristán—. Créeme, nosotros sabemos bastante de contratos y ninguno puede prohibirte trabajar.
Alegra sintió un ligero sobresalto y temió que siguiera preguntando, pero David intervino antes.
—Tal vez solo quiere probar otra área… ¿no es cierto?
Los ojos de Alegra se encontraron con los de él, le estaba tendiendo una salida, una muy elegante. Ella sonrió agradecida.
—Sí… exactamente. —Hizo una pequeña pausa—.Excepto que el trabajo solo sea para cantar.
Tristán se quedó pensativo. En realidad, no necesitaba más personal, la platilla estaba completa desde hacía semanas, pero tampoco encontraba una razón para decirle que no. Había algo en Alegra que despertaba su instinto de proteger y eso sólo le pasaba con ciertas personas.
—Ya te ofrecí un trabajo, puedes trabajar aquí.
Alegra respiró aliviada.
—Puedo limpiar los baños…
—¿Cómo? —David la interrumpió, completamente sorprendido—. ¿Cómo vas a limpiar los baños?
La idea le parecía absurda así que volteó inmediatamente hacia Tristán.
—¿Eso harás con ella? No… tú podrías ser…
Se quedó callado. Trató de buscar un puesto adecuado pero no se le ocurrió ninguno. Tristán soltó una risa.
—Tranquilo, Canarias. —Miró nuevamente a Alegra—. Me hace falta una hostess. —Volteó ligeramente la cabeza—. ¿Le haces al inglés?
Alegra sonrió por primera vez desde que llegó.
—Yes, I do.
Tristán silbó, impresionado.
—Perfecto. —Señaló hacia el interior del club—. Mandy ya no puede hacerlo todo. Lleva meses diciéndome que necesita ayuda y, francamente, si no se la doy, un día me mata.
Alegra soltó una pequeña risa.
—Yo puedo hacerlo. No sé todo, pero aprendo rápido y trabajo duro.
David la observó en silencio. Había algo admirable en aquella manera de hablar. Lo hipnotizaba por completo.
—Perfecto. ¡Mandy, cariño!
La joven apareció pocos segundos después por el pasillo.
—Dime, heredero… —respondió con una sonrisa burlona.
—Alegra trabajará con nosotros.
Mandy levantó una ceja.
—¿Sí?
—Será hostess. Te ayudará con la organización, la recepción VIP y lo que haga falta.
Mandy observó a Alegra durante unos segundos, después sonrió.
—Me parece bien. ¿Cuándo empieza?
—Puedo empezar hoy —dijo Alegra bastante segura—. Sin problema.
David la miró.
—Creo que primero necesitas descansar. Si quieres te puedo hospedar en una de las habitaciones de uno de mis hoteles y…
Entonces, David se detuvo de pronto se sintió presumiendo de lo que tenía en lugar de ofrecer algo. No era su intención impresionarla con lo que tenía sino que lo conociera por quién era.
—¿Me estás presumiendo? —preguntó Alegra entre risas.
David abrió mucho los ojos.
—¡No! Claro que no… yo…
La torpeza con la que intentó explicarse hizo que ella riera todavía más.
—Es broma… me gusta bromear —admitió Alegra.
David esbozó una sonrisa de esas que nacían primero en los ojos.Las comisuras de sus labios se elevaron lentamente, dejando al descubierto unos dientes perfectamente alineados, mientras unas pequeñas líneas aparecían junto a sus ojos color avellana, haciéndolos brillar aún más. Era una sonrisa cálida, tranquila y contagiosa.
—Te agradezco el ofrecimiento pero creo que no se vería muy bien.
David entendió lo que Alegra insinuaba y no quiso insistirle.
—Yo puedo hospedarte —interrumpió Mandy—. Vivo en una casa en Dalt vila, tengo uan habitación extra. Por si gustas.
Alegra sonrió.
—Claro. Muchas gracias.
Tristán le dio una palmada en la espalda a David.
—Bueno, está arreglado. Ahora, si me disculpas. —Tristán le lanzó a David una mirada indicándole que fueran a hablar a otro lado.
—Sí, claro… —contestó Alegra, viendo a David.
En realidad ninguno de los dos se habían dejado de mirarse y sonreír.
—Mandy, cariño, dile qué hacer.
—Sí, patrón… —respondió.
David suspiró.
—Bueno…
—Bueno… —respondió Alegra, sonriendo.
Los dos soltaron una risa nerviosa. Ninguno parecía saber cómo continuar. David respiró hondo.
Solo despídete, se dijo.
Dio un pequeño paso al frente con la intención de darle un beso en la mejilla, pero, exactamente al mismo tiempo, Alegra creyó que él iba a estrecharle la mano, así que levantó la suya.
David quedó inclinado hacia ella y Alegra permaneció con la mano extendida. Los dos se quedaron inmóviles. Se miraron y después estallaron en una risa bajita, de esas que nacen más de la vergüenza que del humor.
—Perdón… —dijeron al mismo tiempo.
Volvieron a reír.
David se llevó una mano a la nuca, completamente avergonzado.
—Creo que… esto de despedirme no se me da muy bien.
—A mí tampoco… —admitió Alegra, todavía riéndose.
David terminó aceptando la mano que ella le ofrecía y la estrechó con suavidad. No era un apretón formal de esos que daba a los socios de su padre. Éste era cálido y delicado. Ambos se quedaron con la mano tomada sin tener prisa por soltarla.
—Hasta luego, Alegra.
Ella sostuvo su mirada unos segundos más. Después sonrió con esa dulzura que comenzaba a desarmarlo cada vez que la veía.
—Hasta pronto… David.
Aquella sola palabra hizo que el corazón de David se acelerara porque ahora sí estaba seguro de que la volvería a ver.
Una respuesta
Dios estos enamorados son tan tiernos.
Mandy me ya me cayó bien espero sea una buena amiga para nuestra querida Alegra