Alegra llegó a Ibiza después de un viaje interminable.
Había tomado el vuelo más barato que encontró y, como consecuencia, pasó más tiempo en aeropuertos que en el aire. Hizo escala en Madrid y después en Palma de Mallorca antes de conseguir finalmente un vuelo hacia Ibiza. Cuando aterrizó, estaba agotada.
Solo llevaba consigo la maleta con la que había regresado de la boda unos días atrás, la caja de madera escondida entre su ropa, el poco dinero que le quedaba y la tarjeta de presentación que Tristán Ruiz de Con le había entregado aquella noche. Nada más. Toda su vida cabía en una sola maleta y aquello resultaba aterrador.
Al salir del aeropuerto no avanzó inmediatamente. Se quedó quieta frente a las puertas automáticas observando a las personas que iban y venían. Familias, turistas, empresarios y taxistas salían y entraban y nadie parecía prestarle atención. Sin embargo, no podía evitar mirar por encima del hombro. Lo hizo una y otra vez porque pensaba que en cualquier momento uno de sus hermanastros aparecería para llevársela de vuelta a Gran Canaria.
Su corazón no terminaba de tranquilizarse. Sentía que en cualquier momento la policía se acercaría y la metería a la cárcel. Alegra cerraba los ojos y la imagen de la sangre seguía persiguiéndola —la caída, el golpe, el silencio—; todo regresaba una y otra vez.
Alegra abrazó con fuerza el asa de la maleta.
—Nadie te siguió —se dijo.
Observó nuevamente los alrededores. No había nada, ni nadie que supiera quién era ella, solo desconocidos continuando con sus vidas. Finalmente, respiró hondo y avanzó.
Tomó un taxi; el trayecto hasta el Paraíso Club consumió casi todo el dinero que le quedaba, pero ya no tenía alternativa; aquella tarjeta era su única opción, su única puerta abierta.
Durante el recorrido observó el paisaje por la ventanilla. Vio el mar, las calles blancas, las tiendas, los hoteles. Todo parecía más brillante que en Gran Canaria. Extrañamente, se sentía libre, como si la vida que acababa de abandonar estuviera ya muy lejos.
Cuando el vehículo se detuvo frente al club, Alegra permaneció unos segundos inmóvil mirando la entrada. Empezó a dudar. ¿Qué pasaría si Tristán no la recordaba? ¿Qué pasaría si no estuviera allí? ¿Qué pasaría si se reía de ella? ¿Qué tal si el ofrecimiento era una broma cruel?
Sintió que el miedo regresaba, pero esta vez de manera diferente. Era un miedo a empezar de nuevo, a no tener nada, a no conocer a nadie, a estar sola. Alegra cerró los ojos y se obligó a respirar.
—Venga, Alegra —murmuró para sí misma—. Olvida lo que pasó.
Apretó con fuerza la manija de la maleta.
—Fue defensa propia.
Las palabras sonaron débiles, como si intentara convencer.
—Fue defensa propia —repitió—. Entonces añadió en voz aún más baja: —Además… Nadie te vio. Nadie te vio. Nadie te vio.
Se aferró a aquella idea porque era lo único que le impedía derrumbarse. No sabía si estaba huyendo, no sabía si estaba salvándose; solo sabía que, por primera vez en su vida, no tenía un lugar al cual regresar y aquella puerta del Paraíso Club era todo lo que tenía.
Alegra caminó hacia la entrada principal del Paraíso Club, pero al encontrar las puertas cerradas decidió rodear el edificio. La maleta comenzaba a pesarle, así que decidió arrastrarla.
Siguió las indicaciones de algunos empleados hasta llegar a la parte trasera del local. Allí encontró un escenario completamente distinto. Meseros entrando y saliendo. Camareros descargando cajas de botellas y técnicos cargando cables. Todo el mundo parecía tener algo que hacer.
Alegra apretó con fuerza la tarjeta de Tristán y después avanzó tratando de cargar la maleta. Se acercó a una mujer que parecía estar coordinándolo todo.
—Las botellas van a la barra principal. No, no ahí. Ahí van los barriles. ¿Quién movió esas cajas? ¡Rápido, que abrimos en unas horas!
La joven poseía una autoridad natural que obligaba a todos a obedecerla. Era delgada, elegante y hermosa. Su cabello oscuro caía en suaves ondas hasta rozarle los hombros, enmarcando un rostro de facciones delicadas y expresión segura. Tenía la piel ligeramente dorada por el sol mediterráneo y unos ojos vivaces que parecían analizar todo lo que ocurría a su alrededor sin perder detalle.
Vestía una blusa clara de cuello halter que dejaba al descubierto sus hombros y varias cadenas doradas adornaban su cuello con una elegancia sencilla pero sofisticada.
Alegra tragó saliva. De pronto se sintió muy pequeña, cansada y perdida. Aun así, reunió el valor para hablarle.
—Buenas tardes… —saludó con timidez.
La mujer giró la cabeza. Sus ojos recorrieron rápidamente la maleta, el aspecto agotado de Alegra y la tarjeta que llevaba entre los dedos. Durante unos segundos no dijo nada, solo la observó.
—Buenas tardes —respondió finalmente—. ¿Puedo ayudarte?
Alegra bajó la mirada hacia la tarjeta.
Después volvió a levantarla.
—Espero que sí. Estoy buscando a Tristán Ruiz de Con.
Mandy alzó una ceja. No era la primera mujer que preguntaba por Tristán y tampoco sería la última. Por experiencia propia sabía que nunca traían buenas noticias.
—¿Qué asunto tienes con Tristán Ruiz de Con? —preguntó, estudiándola con atención.
Alegra bajó la mirada y, con cierta timidez, extendió la tarjeta.
—Pues…
Mandy la tomó entre sus dedos. Reconoció de inmediato la elegante cartulina color marfil con el nombre de Tristán grabado en letras doradas y sonrió ante la palabra “heredero”.
—¿Él te dio esto? —preguntó.
Alegra asintió.
—Mira, que estas tarjetas son exclusivas, no se las reparte a cualquiera. En fin… dame unos segundos y voy por él. Pasa… entra…
—No, lo espero aquí —contestó Alegra.
Mandy echó un vistazo a su alrededor. Todo el personal seguía corriendo de un lado a otro y, por unos segundos, el club parecía funcionar sin necesidad de que ella diera una sola orden; después volvió la vista hacia Alegra y la observó con más detenimiento —las ojeras, la piel pálida, la ropa ligeramente arrugada por el viaje— y aquella maleta que parecía pesar más que su propio cuerpo.
Sonrió con calidez.
—Venga… hace mucho calor y te ves exhausta. Parece que te arrolló un auto.
Alegra soltó una risa débil. Era verdad, estaba exhausta, pero no quería causar molestias.
—Algo así…
Mandy no hizo más preguntas.
—Vamos. —Entonces, con naturalidad, le tomó la mano y tiró suavemente de ella—. Adentro hay aire acondicionado.
Alegra la siguió sin oponer resistencia. Hacía mucho tiempo que nadie la tomaba de la mano con tanta sencillez, sin exigirle nada, ni lastimarla, ni intentar controlarla. Aquel gesto le hizo un nudo en la garganta.
Mientras cruzaban la puerta de servicio del Paraíso Club, el aire fresco del interior golpeó su rostro y, por primera vez desde que huyó de Gran Canaria, sintió que podía respirar.
—Espera aquí… Iré por… —Mandy bajó la mirada hacia la tarjeta que todavía sostenía entre los dedos y sonrió con malicia—. El heredero-empresario.
Alegra no pudo evitar reír.
—¿Así le dice todo el mundo?
—No. Yo le digo cosas peores —respondió Mandy entre sonrisas.
Las dos se rieron.
Mandy desapareció por uno de los largos pasillos del club, dejando a Alegra sola en la recepción del personal. Ella soltó un largo suspiro y comenzó a mirar a su alrededor. Comenzó a contar el número de botellas de champán que había en una caja y cuántas cajas había; quería distraer los nervios de alguna forma. Sin embargo, al levantar la vista, encontró su reflejo en uno de los grandes espejos decorativos del lugar. Se quedó inmóvil porque parecía otra persona. El viaje había desordenado su cabello, tenía ligeras ojeras, la blusa estaba arrugada y algunos mechones caían rebeldes sobre su rostro.
—Madre mía… —murmuró.
Dejó la maleta a un lado y comenzó a arreglarse como pudo, pasando sus dedos entre el cabello para darle forma, alisando la tela de la blusa y limpiando con cuidado una pequeña mancha de polvo en la falda. Después pellizcó suavemente sus mejillas para devolverles un poco de color. No buscaba verse perfecta, pero sí menos rota.
Cuando estuvo lista, suspiró hondo y volvió a repetir su mantra:
—Fue defensa propia, nadie te vio.
Justo en ese momento la puerta del pasillo volvió a abrirse y Tristán apareció. De nuevo, ese aire desenfadado pero seguro invadió la sala; no obstante, al verla, se detuvo en seco. Abrió ligeramente los ojos y durante unos segundos pareció convencido de que estaba imaginándola.
—¿Alegra? —preguntó, completamente atónito.
Ella sonrió de inmediato. Fue una sonrisa sincera llena de esperanza y alivio.
—Tristán.
Él reaccionó al instante y acortó la distancia entre ambos.
—¿Qué demonios haces aquí? —preguntó en un tono de auténtica sorpresa.
Así fue como vio la maleta y después a ella. Comprendió que aquella no era una visita cualquiera o una coincidencia; era una decisión.
—Has venido…
Alegra asintió despacio.
—Me dijiste que, si alguna vez buscaba trabajo en Ibiza, que viniera a buscarte.
Él sonrió.
—Pues mira qué bien haces caso.
El silencio se hizo entre los dos. Alegra se acomodó un mechón de su cabello rizado detrás de la oreja y respiró hondo. No le gustaban tanto los silencios; para ella siempre significaban algo negativo.
—¿Sí me darás trabajo? —se atrevió a decir.
Tristán sonrió sin dudarlo.
—Claro que sí.
Le dio un par de palmadas a la tarjeta que aún sostenía entre los dedos.
—No necesitas hacer audición. Ya te escuché cantar y eres una maravilla, así que…
—¡No! —lo interrumpió Alegra.
Tristán frunció el ceño.
—¿No?
Ella negó rápidamente.
—Sí quiero trabajar… pero no de cantante.
Él parpadeó.
—¿Cómo?
—Me gustaría… digo…
Las palabras se atoraban en su garganta. Alegra bajó la mirada y trató de ordenar lo que quería decir. No podía comunicarle a Tristán que acababa de matar a su padrastro y que buscaba pasar desapercibida, porque sabía que si comenzaba a cantar en un bar tan famoso en Ibiza, pronto la encontrarían; los negocios de su padrastro tenían contactos y mucho.
Alegra bajó la mirada.
—Cualquier otra cosa.
Tristán guardó silencio. Aquella respuesta no tenía ningún sentido. La muchacha que había dejado sin palabras a más de trescientas personas en el Hotel Villa Canarias estaba rechazando precisamente aquello que mejor sabía hacer.
—¿Por qué? —preguntó con calma.
Alegra jugueteó nerviosamente con el asa de la maleta.
—Solo… no quiero cantar por un tiempo.
Tristán la observó con atención, esperando algo más, alguna frase que le diese más información, pero, al notar que Alegra era una mujer de pocas palabras, no insistió. Había aprendido que, cuando alguien respondía de esa manera, era porque detrás existía una historia demasiado dolorosa para contarla de inmediato.
—Bueno, si me preguntas, se me hace una tontería que no quieras cantar. Espero que más adelante quieras hacerlo. —Suspiró—. ¿Sabes servir mesas?
Alegra levantó la vista.
—Sí.
—¿Llevar cuentas?
—También.
—¿Limpiar?
Ella soltó una pequeña sonrisa.
—Llevo haciéndolo casi toda mi vida.
—Perfecto.
Alegra lo miró sorprendida.
—¿Perfecto?
—Sí.
Alegra soltó el aire lentamente. No se había dado cuenta de que llevaba varios minutos conteniendo la respiración. Tristán la observó unos segundos más; había algo en su actitud que no terminaba de encajar, pero decidió no presionarla o averiguar más.
—¿Tienes dónde quedarte? —preguntó con naturalidad.
Alegra dudó apenas un instante; le daba pena decirle que no, pero terminó negando con la cabeza.
—Vale… Eso también lo arreglamos.
Ella lo miró sorprendida.
—¿De verdad?
—Claro.
Lo dijo como si fuera la cosa más sencilla del mundo.
—No voy a dejar que una empleada mía duerma en la calle el primer día. Ya veremos dónde te acomodas. Ahora espérame un momento, ¿sí?
—Por supuesto.
—No me tardo.
Tristán le dedicó una sonrisa tranquilizadora antes de desaparecer nuevamente por el pasillo, dejando a Alegra, una vez más, sola. Ella suspiró liberando todo —los nervios, el miedo, la incertidumbre—; una sonrisa se dibujó en su rostro. Tenía trabajo; tal vez tendría un lugar donde dormir; no podía pedir más.
—Lo logré, mamá… —susurró con los ojos brillantes.
Era apenas el primer paso, pero, después de tantos años sobreviviendo, aquello se parecía mucho a la libertad. Alegra permaneció junto a la recepción del personal, observando el movimiento del club hasta que su mirada se cruzó con otra muy conocida. No pudo evitar sonreír.
Era David.
Él también, al verla, se quedó inmóvil, pensando que estaba ante una aparición. Como si el destino acabara de jugarle una broma imposible. Durante unos segundos, ninguno de los dos dijo una sola palabra, solo se miraron.
Alegra sintió que el corazón le golpeaba con fuerza en el pecho. No podía creer que aquel joven que había conocido en el Hotel Villa Canarias se encontrara frente a ella a unas horas de haber escapado de su prisión. No supo si era un regalo o una burla del destino, pero estaba ahí y ya no había marcha atrás.
David se acercó a ella y aun con la mirada llena de asombro le dio un simple “hola”. Alegra respondió igual.
—Hola… David.
Una respuesta
Tristán esas inteligente de lo que la gente cree y sabe que Alegra le pasa algo creo que serán buenos amigos.